Habiéndole manifestado el año 1909
al señor Director de la Biblioteca Nacional, que el petróleo que se venía usando
para la destrucción de las larvas y anobios de los libros no daba resultado favorable,
me encomendó que estudiase el procedimiento más adecuado para ello, y después de
ensayos con distintas sustancias, le propuse el empleo de la Solución de Formaldehido
(al 40%), presentándole las pruebas del resultado de mis estudios; y habiendo aceptado el uso de la
referida sustancia, con ella se practica la desinfección de los libros, teniendo
el formaldehido las ventajas siguientes:
1. Lejos de manchar los cueros,
los limpia y preserva.
2. No altera el dorado de los lomos.
3. No es nocivo para el
lector.
4. No mancha el papel.
5. Destruye las larvas por
su acción esclerógena.
6. Sus vapores, también
destruyen los anobios y otros insectos.
7. Es muy manejable. (Con
una alcuza pequeña puede inyectarse en los trayectos que hace la larva).
8. Puede usarse también en
fumigación, en caja cerrada para mayor número de libros. (La Casa de Gonin, de
París, prepara unos fumigatorios de varios tamaños para ese objeto)
9. El precio del
Formaldehido es, relativamente, económico.
Notas.—En la Biblioteca han
disminuido, en esta fecha, en en más de un sesenta por
ciento los anobios.
El ácido bórico es muy bueno
para la destrucción de polillas y cucarachas.
La bencina mata este último
insecto momentáneamente.
El Anobio más célebre de la
isla de Cuba es el que denomino Anobium bibliotecarum, porque apenas se ve en
otra parte más que en los libros, que perfora en estado de larva y destruye
poco a poco. Este es el motivo porque no he querido conservar el nombre
específico manuscrito de destructor, bajo el cual es conocido en la colección
de mi apreciable amigo el Sr. Chevrolat, de París, ni el de polilla que según
noticias del Dr. Gundlach tiene en el Museo de Berlín. Ya se sabe que estos
nombres por ser inéditos, no son obligatorios, sin embargo de que en otras
ocasiones tendré gusto en aceptarlos (…)
Historia.—No ha llegado a mi
noticia que este insecto destructor se encuentre en otra patria fuera de la
cubana; y aunque he visto en las bibliotecas de Europa algunos libros
agujereados a la manera de los nuestros, presumo que es por otra especie del mismo
género; pues, la de esta Isla ha tenido en la colección del Sr. Chevrolut, en
París, un nombre manuscrito como especie inédita. Durante los muchos años que
recojo insectos en la isla de Cuba, no lo he hallado más que en los libros,
salvo una vez que fue encontrado en una Ceiba; pero sé que en su voracidad no
respeta la madera, pues he visto un tomo en folio empastado con una tabla dura,
que fue perforada en todos sentidos, quedando intacto el pergamino del lomo: y
el Sr. Ldo. D. Antonio Bachiller y Morales, que no pierde la ocasión de dar
impulso a las ciencias, al paso que ilustra la literatura y la historia, me
remitió un trozo de cedro desecado y acribillado por las larvas del Anobio de
las bibliotecas, con individuos perfectos de machos y hembras, llamando al
mismo tiempo mi atención sobre un parásito que no me era desconocido y de que
hablaré al fin de este artículo.
El insecto parece nocturno:
sus estragos no son causados por el animal perfecto, sino por los hijos en
estado de larva, que viene a ser el gusano antes de haber cobrado las alas. En
general esto sucede en toda esta clase de invertebrados, en que el macho y la
hembra viven el corto tiempo necesario para propagar la especie; mientras que
las larvas al salir del huevo crecen con lentitud, mudando muchas veces de
piel, y pasando por el estado inactivo de ninfa antes de su última
trasformación. La madre, aturdida por el olor de los papeles y libros
acumulados en bibliotecas cerradas, oscuras y húmedas, se introduce por los
mínimos intersticios, y llega a las materias que deben servir de alimento a sus
hijos: cediendo al imperioso impulso que la guía, deposita sus huevos sobre el
lomo o cantos de los libros que el hombre guarda para Henar sus ambiciosas
esperanzas de ciencia y felicidad terrestres. Un corto número de larvas salen
de estos huevos, y penetran con auxilio de sus fuertes mandíbulas, en el
interior del volumen, que perforan en galerías cilíndricas, comiendo los
materiales y tapando con sus excrementos el camino que recorren. Los intrincados
laberintos que de esta suerte practican, se notan por lo regular en la orilla,
principalmente en el lomo del libro, y solamente cuando la destrucción se
encuentra muy adelantada, se resuelven a invadir el centro. Parece que en sus
rodeos vuelve la larva a la superficie próxima para procurarse una salida
cómoda en su última trasformación. Así es que los libros de margen ancha salvan
muchas veces lo impreso. Los excrementos que la larva deja tras de sí, son
compactos y pegan las hojas, dejando el libro difícil de abrir; y causa
admiración, en vista de lo que acabo de decir, que el animal encuentre en las
profundidades en que se aventura, suficiente cantidad de aire para los
fenómenos de la respiración, necesarios a
todo ser organizado.
Cuando importa a la salubridad de la atmósfera
y a la salud de los seres que en ella buscan su existencia, que el cadáver de
un buey desaparezca en breve, acuden las fieras terrestres y los buitres
rapaces; acuden los insectos necrófagos que abundan en todas partes, entre
ellos unas moscas vivíparas que devoran más que un león, gracias al número de
sus hijos, y al desarrollo de las larvas, sucediéndose rápidamente las
generaciones, y compensándose la pequeñez con el número. Pero en el caso
presente, que conviene al hombre salvar los archivos de su inteligencia, y los
comprobantes de sus contratos civiles, refrena la Providencia el azote
destructor; y en el conflicto inevitable de la vida con la muerte, envía un
enemigo de fecundidad escasa, de desarrollo lento, de vuelo perezoso, cuyas
generaciones se ceban en un mismo volumen, y cunden a otros tardíamente; por lo
que ha sido llamado Anobio, esto es, sin vida. Estas consideraciones se
renuevan con frecuencia en la contemplación de lo creado, inclinando el ánimo a
la gratitud, y por este afecto a los sentimientos religiosos.
Dan pues, el tiempo
necesario para ser combatidos y vencidos por la diligencia humana; y solo
llegará a ser temible y peligroso por culpa lata de los encargados de los
archivos. Demuestra la experiencia que cualquiera biblioteca establecida en la
isla de Cuba, se preserva de por sí por espacio de 20 y 30 años, sin que acuda
de fuera la hembra del Anobio a empezar sus estragos. Para prevenir
constantemente el mal, bastará tener los libros y papeles en lugar seco y
ventilado, evitando la oscuridad en cuanto se pueda. Con este fin se tendrán
las bibliotecas sin vidrios, y en lugar de estos un enrejado menudo de alambres
para no dar entrada a las cucarachas y otros animales molestos. El mejor
preservativo está en la renovación del aire, para que no se reconcentre el olor
de los papeles, el cual puede solamente atraer la madre del Anobio: esto
sucedería con más razón si la humedad del lugar fuese causa de alguna
fermentación en las materias orgánicas que entran en la composición de los
libros. Así es, que mientras estuvo la Biblioteca de la Real Sociedad Económica
de la Habana en el salón del convento de Santo Domingo, piso bajo, esquina de
las calles de O-Reilly y de San Ignacio, con puertas de vidrio, y suelo húmedo,
siempre fue perseguida por estos insectos roedores; pero desde que se
estableció en San Felipe, piso alto, con puertas de alambres y buena
ventilación, ha desaparecido el azote; lo mismo en Santo Domingo en el salón
que está encima del Aula magna donde está hoy la biblioteca de la Real
Universidad. Ya se sabe que los archivos de los escribanos estaban hace algunos
años, contenidos en escaparates de cedro, con puertas de la misma tabla; y tal
vez por esta circunstancia fueron visitados por los Anobios: se infiere de las
precauciones que la Real Audiencia tomó sobre este particular, mandando que se
sustituyesen puertas con alambre a las primitivas de cedro o de caoba; y creo
que esta acertada disposición habrá producido muy buenos efectos. La mayor prueba
de que las cosas pasan como las he referido, es que los libreros de la Habana,
si no han tenido la imprudencia de comprar libros apolillados, son los que
menos han sido molestados por el insecto; no pudiendo atribuir esta dicha á
otra causa que á la de tener sus libros al polvo y al aire en estantes sin
puertas y bien ventilados.
Para combatir el mal cuando
ha cundido en una biblioteca, importan poco los polvos de diversas sustancias
que he visto echar entre las hojas de los libros, y que no penetran en las
galerías calafateadas de excrementos donde se esconde el insecto: es menester
desalojarlo uno a uno con un punzón y golpes de mano, hoja por hoja, sin dejar
indicio de excrementos en parte alguna. Aun así, puede suceder que algunos
huevos permanezcan y den lugar a la renovación del daño: por cuya causa es
prudente pasar los libros después de la primera operación a un lazareto donde
permanecerán algunos meses, y se visitarán segunda vez; conociéndose el daño
nuevamente causado por el excremento nuevo que la larva depositará por
necesidad en las galerías recientes: se repetirá la operación cada vez que sea
necesaria, hasta no dejar un solo libro apestado. Entonces descausará el
bibliotecario por muchos años, si se arregla a las instrucciones del párrafo anterior.
Mejor fin se conseguirá si
los fabricantes de papel estudian el efecto de ciertos ingredientes que
pudieran introducir en la confección de aquel material; porque he visto libros
que por la calidad del papel se han preservado en medio de la completa
destrucción de otros. Rrecuerdo haber tenido en la mano una obra en folio 6 con
bellas láminas de historia natural: todo el texto estaba comido, y las láminas
quedaron intactas; cuando más la primera arañada. El folleto de Ramírez sobre
las aguas de San Diego, impreso en la Habana, salvaba las cubiertas, que eran
de una simple hoja de papel, al paso que perdían las demás hojas. He visto un
libro inglés conservarse sano en medio de lastimosas averías. Un lomo de
pergamino preserva más que el becerro y la badana.
Muy común en todas partes, tanto en las casas
como en el campo y en los montes; muy dañino, menos por lo que come que por
roer la ropa, los muebles, víveres, etc. No necesito describir el pelaje ni las
costumbres, pues todo es muy sabido. Esta especie era conocida en Europa desde
la antigüedad más remota.
La variedad albina es bien conocida, pues se
la cría a menudo en jaulas o en pomos muy grandes.
Se han observado no solamente en la Isla de
Cuba, sino también en Europa (Alemania) ratoncitos cantores. Yo mismo los he
oído cantar en una casa de la calle de Cuba en La Habana, y en otra de la calle
de la División en Guanabacoa, y he tenido uno en una jaula, donde cantaba de
noche. En esta operación se veían moverse los cachetes y el vientre. El canto
era de poca fuerza, y parecía el de un pajarito que empieza a probar el canto
de su especie. Un conocido mío, alemán, preso por causas políticas en Alemania,
observó en su prisión por mucho tiempo dicho canto, y publicó después un artículo
en el periódico ilustrado Gartenlauhe
(1861, p. 777). En los periódicos de La Habana, (no recuerdo en cuáles ni en
qué año) se habló también de unos ratoncitos cantores. Supongo que el canto es
particular a algunos machos en el tiempo de los amores.
Mus musculus Linn.
Syst. nat. I, p. 83.
Contribución a la Mamalogía Cubana, por el Dr. Juan Gundlach, Socio de Mérito de la Real
Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de la Habana; de la Real
Sociedad Económica de Amigos del País; y Socio de Mérito o Corresponsal de
varias Sociedades americanas y europeas, La Habana,
1877, p. 49.
He tomado conocimiento por encargo de V. S. S. de un oficio anónimo, pues firma Un Güinero, el cual recomienda la introducción en esta Isla del Tamanduá Guacú, para la destrucción de las bibijaguas. El animal citado en el anónimo pertenece al género Myrmecophaga, que traducimos en español por Hormiguero. El carácter principal de este género consiste en el defecto total de dientes; pero en compensación existe una lengua larguísima y glutinosa, que sirve al animal para buscar su alimento en los nidos de las bibijaguas y otras hormigas, no menos que en los huecos y rendijas donde se esconden otros insectos, pues sería un error el creer que se alimentan exclusivamente de hormigas. Buscan con preferencia las casillas de los comejenes, las cuales perforan para introducir la lengua y extraer sus habitantes. Las especies conocidas de hormigueros habitan la América del Sur, séase el Brasil, el Perú, el Paraguay. La especie más notable por su tamaño, pues alcanza a cuatro pies de longitud es la que indica el Güinero, llamada vulgarmente Tamanduá Guacú, y por Linneo Myrmecophaga jubata. Vive en parajes bajos, y aun húmedos, sale de noche a comer insectos y no trepa sobre los árboles. Tiene cuatro dedos delanteros, uno de ellos armado de una uña poderosa que encoge hacia abajo. Es animal inocente, si no es atacado; pero fuerte, valeroso y peligroso, si teme por su vida. Hay otra especie de dos pies de longitud y de cola prensil, la cual vive sobre los árboles; es el Myrmecophaga Tamanduá de Cuvier. Hay otra del tamaño de una rata, que también tiene la cola prensil, y es trepadora; tiene solamente dos dedos delanteros, por lo que se llama en la ciencia Myrmecophaga didactylus de Linneo. Estas tres especies pueden destruir muchas hormigas: veamos hasta que punto pueden ser útiles. El gran Tamanduá tiene el inconveniente de habitar parajes bajos y húmedos, de los cuales se apartan las bibijaguas, las cuales buscan terrenos secos: sus costumbres no son sociables, ni su inteligencia adelantada, para que pueda domesticarse y prestar servicios voluntarios bajo la dependencia y compañía del hombre. Sueltos por los bosques frecuentados, serían prontamente presa de cazadores o de hambrientos que no respetan la utilidad pública; y en los bosques no frecuentados serían de ninguna utilidad: pueden ser peligrosos, si se creen atacados. No olvidemos que a falta de comejenes, se alimentan de toda suerte de insectos, sin ir en busca exclusivamente de hormigas y bibijaguas. No creo por lo tanto que su introducción deba ser objeto de la solicitud económico-agrícola de esta Sección. Solamente convendría en un jardín, donde viviera encerrado, y pudiera andar suelto de noche; pues de día se queda dormido. La segunda especie no tiene el inconveniente de vivir en parajes húmedos, y tiene la ventaja de ser mas inocente, y de poder hacer la guerra a las bibijaguas, ya en tierra, ya en los árboles; pero si se extendiere por el Departamento Oriental, destruiría seguramente las abejas, y con ellas el comercio de cera blanca y de cera prieta, que es ya considerable en la Isla. Por su tamaño, no se libraría de la persecución de los cazadores, y no pudiéndose domesticar, no hay esperanza de que permanezcan en una finca donde pudieran apreciarse sus servicios, ni menos en terrenos cultivados que no les ofrecen habitaciones frondosas. La tercera especie está en igual caso, aunque por su pequeñez puede multiplicarse más fácilmente, pero hará el mismo daño a las colmenas, y si tiene otros insectos a su disposición no se empeñará en buscar bibijaguas. En cuanto a la destrucción de los comejenes, que habrá indirectamente llamado la atención de V, S. S. es de advertir que la especie que más interesa á los Mirmecófagos es la que levanta pirámides en los troncos podridos; y no es la misma que destruye las habitaciones en las ciudades y fincas rurales. Por lo dicho creo que es de poca utilidad, y de mucho riesgo la introducción propuesta.
Repertorio Físico Natural de la Isla de Cuba, Tomo I, La Habana, 1865-1866.
Imagen: La Osa Hormiguera de su Majestad, atribuido a Goya.
Un enorme caimán (crocodilus
acutus), de cuatro varas y media de longitud, colocado de ujier en la casa
de un ciudadano, no recomienda ciertamente las humanitarias intenciones de éste; y sin embargo la casa de mi afectuoso amigo Juan Antonio Fabre
ha sido invadida de más de doscientas personas en dos días, a pesar de haber en
ella el expresado servidor de palacio.
El Sr. Fabre es habilísimo
preparador naturalista, y la admirable preparación que ha hecho de este fornido
ex-habitante del río Zaza, puede competir con las mejores preparaciones que se
verifican en los museos de Europa. ¡Cuánta vida
está respirando en su sorprendente actitud el anfibio! Tal parece con la boca
entreabierta que olfatea y que está dispuesto a todo. ¡Vade reto! — Del
comedor de la casa de Fabre pasará este caimán a la morada del benemérito
general Dulce, a quien lo regala una persona distinguida.
Juan Antonio Fabre es un
hombre lleno de ciencia y de modestia, infatigable en el trabajo, inimitable en
todo lo que sale de sus manos por la exactitud, el esmero, la delicadeza, la
perfección con que está hecho. Aficionadísimo a la Historia Natural, en todos
sus ramos ha trabajado con un ardor ejemplar, con un gusto exquisito, y él es
hoy quien remite al Jardín Botánico de Madrid un tesoro de plantas por él
preparadas, en una especie de herbarios portátiles, que simulan grandes
volúmenes de obras ricamente encuadernadas. Yo he visto allí un tomo o volumen
en gran folio conteniendo 131 especies de musgos, y otros dos tomos
iguales con 260 especies de líquenes, y otro volumen idéntico con 300
especies de helechos. Y todas estas criptogramas preciosísimas, con cien
y cien especies más, todas desconocidas, todas nuevas, han sido recolectadas
por Wright, botánico inteligentísimo, en la parte oriental de nuestra isla. ¡Prodigiosa
y bendita riqueza de la vegetación cubana, tan pobremente explotada hasta
ahora! ¡Dos mil trescientas especies de las plantas cubanas, de las
recolectadas por Wright, han sido clasificadas por el eminente Gbiseiuch!
También remite Fabre a Madrid multitud de animales bellamente preparados. El pez zorro,
la chopa amarilla, el sábalo, el cachucho, el perro y
otros peces, igualmente notables y raros, se encuentran hoy en su laboratorio,
prontos ya para ir a su destino, desafiando la habilidad de los más diestros en
ese arte, cuyo mecanismo exige indudablemente mucha inteligencia y mucha
instrucción.
Inmediato a
su laboratorio, laberinto inescrutable cuya llave solo él posee, tiene Fabre su
museo, en un corto salón, a cuya entrada me sentí yo sumamente conmovido. Una
emoción particular me asalta siempre de un modo inevitable cuando entro en el
recinto donde el hombre del trabajo, del arte, de la ciencia, atesora sus
adquisiciones, aunque todavía sean estas muy escasas; pero aun me conmuevo más
profundamente cuando veo que ya en aquel recinto no caben los objetos, por más
que se economice y aproveche hasta el lugar menos accesible. En el salón de
Fabre no caben ya todas las cosas preciosas que ha reunido, pero sorprende el orden
con que están colocadas. Es considerable la colección de preparaciones de
animales: mamíferos, aves, peces, reptiles, insectos, moluscos; y al lado de la
colección, o mezclados con ella sin confundirse, madréporas, fósiles,
minerales, nidos, huevos, objetos industriales, rarezas naturales y
artificiales, cuadros al óleo, libros numerosos, láminas, esqueletos, medallas, monedas. Y todo, todo escogido, y estudiado, y preparado admirablemente por
Fabre. Como objetos muy dignos de particular mención recuerdo: una colección de
cangrejos que encierra cuarenta especies, la colección de mariposas lindísima,
muchas aves, varias hutías, un tigre, un mono, un fósil
de Saratoga formado por el tronco de un árbol di cotiledón, un enorme y
completo cráneo de un caimán, un cuadro primoroso hecho con semillas de plantas del
país, una corbata de piel de majá con una semilla por alfiler, una
abundante colección de maderas de Cuba, y
una colección en cera negra de tipos cubanos, que representan al
panadero, al carretillero , al velero y otros varios, algunos de los cuales van
desapareciendo.
Mientras que Juan Antonio
Fabre me enseñaba su museo, en aquel lugar donde su noble ambición no cabía, yo
gozaba doblemente, admirando los bellísimos objetos que encierra el museo, y
envidiando el candor santo, la diligencia fervorosa, el amor acendrado con que
él se detenía delante de cada objeto para explicarme hasta el particular más
insignificante.
¡Oh! Sí, los hombres como
Juan Antonio Fabre, que a la cualidad de caballeros por sus sentimientos y
virtudes, unen el mérito inapreciable de la vida
laboriosa, decididamente empicada en beneficio de las ciencias, de la industria,
de las artes, es a los que se debiera dispensar toda clase de protección por los
amantes del saber, por las corporaciones, por el gobierno; porque ellos son los
que verdaderamente sirven a la patria.
Al salir de la casa de Juan Antonio
Fabre vi cruzar a la bella Rosalía Navarrete, tan lozana y tan animada como la
vi tres meses hace en Saratoga. ¡Dios la guarde! Yo había recorrido los lagos,
después de visitar el Niágara, había hecho la navegación del San Lorenzo hasta
Montreal, y había atravesado el famoso, el estupendo puente Victoria. En
Saratoga vi, con su apreciabilísima familia, a la interesante Rosalía, y
escribí en su precioso álbum los versos siguientes, que han obtenido la más
completa aprobación de S.A. mi esposa: —
Yo
recorrí las campiñas
del suelo que nos circunda, y engalana y fecunda la naturaleza hallé:
Y con vigor inaudito
en una y en otra parte
un nuevo triunfo del arte
surgir audaz contemplé.
Y vi la fugaz corriente
extenderse en ancho río, y llevar su poderío
al
más remoto confín.
Y vi a la airosa colina suceder la enhiesta cumbre,
queriendo eclipsar la lumbre
del sol aun en el zenit.
Yo
vi el apacible lago,
limpio espejo de la altura,
de llores y de verdura
sus márgenes esmaltar;
Y luego agitar su seno,
cual sierpe que se desata,
y en soberbia catarata
sus aguas precipitar.
Yo
vi carriles inmensos,
y vi puentes colosales,
y vi profundos canales,
prodigios
de la invención.
Mas
ni la naturaleza,
ni
el arte rico y triunfante
tuvieron
poder bastante
para
colmar mi ilusión.
El
recuerdo de la patria
a
mi espíritu venía,
y su triste poesía
era
a todo superior .
El
hogar de la familia
en
mi mente se pintaba ,
y en él ¡ay! se atesoraba
toda
mi dicha y amor.
Mas
te encuentro, Rosalía,
y el admirable conjunto
recobra
su encanto al punto,
su
vida, su sombra y luz: —
Que
la patria, la familia ,
mujer,
hermosa, cubana,
mi
tierna amiga, mi hermana,
todo
lo compendías tú.
Soliloquios,La Habana, 1865, Imprenta La Intrépida, pp.
27-32.