sábado, 3 de septiembre de 2011

Saneamiento de la ciudad


   

  Herminio C. Leyva


 El asiento de la Habana resulta húmedo en grado máximo. Sea porque se fundó la población sobre antiguos arroyuelos, cuyos cursos se ven en los planos del siglo pasado; sea por efecto de algunos manantiales yacentes que no se conocen, sea, en fin, por razón de lo permeable del subsuelo hasta cierta profundidad, o por todo esto en conjunto, el hecho es que descansa nuestra capital sobre un terreno completamente encharcado, puede decirse, si se me permite la hipérbole, excepto la parte correspondiente al banco rocalloso perteneciente a la costa de San Lázaro.
 Se comprueba esto de distintas maneras: primero, con la tierra húmeda en bastante proporción que producen las excavaciones de los cimientos para edificar; después, con esa humedad atmosférica que se siente a veces y que se manifiesta en los pisos bajos de muchas de nuestras casas por efecto, en el mayor número de casos, de la absorción capital de los materiales con que se hacen dichos cimientos; en tercer lugar, con algunas de las Cajas de aguas para incendios, por ejemplo, la de la calle de San Ignacio esquina a Obispo, cuyos manantiales son inagotables, y, por último, se comprueba también con el agua que se extrae del suelo a poca profundidad por medio de esos tubos de hierro que dan en llamar pozos artesianos. Penetran esos tubos, merced a un sencillo barreno en la tierra, y así que llegan a bajar 8 o 9 mts., el agua brota dentro del tubo en cantidad suficiente para los usos del baldeo, fregado y otros análogos, y si fuera potable, que no lo es por regla general, habría también para las demás necesidades de la vida.
 Tengo otra prueba más que aducir. Encargado en la Habana de la colocación de las cañerías del gas por la Compañía Americana, hace unos diez años, tuvieron los braceros que luchar muchísimo con las filtraciones laterales que venían a encharcar en algunos puntos el fondo de las zanjas, y recuerdo perfectamente que a más de otros parajes donde se presentó el agua entorpeciendo los trabajos, fue necesario emplear máquinas de agotamiento en la calle del Príncipe Alfonso, casi esquina a la calzada de Belascoaín, donde la profundidad de la zanja no llegaba a dos mts. ni con mucho.
 Pero si todo esto no fuere suficiente para probar esa humedad excesiva que trato de demostrar, lo probará, de una manera concluyente, el hecho que se relaciona con la existencia de cierta clase de insectos.
 Efectivamente; se sabe de una manera positiva que el mosquito solo se cría en terrenos húmedos y pantanosos, como se sabe también que la pulga no existe en estos lugares, y sí en aquellos que sean secos y polvorientos de suyo; pues bien: obsérvese que en la Habana la pulga no molesta al hombre en manera alguna, y que el mosquito se presenta insoportable en el interior de nuestras habitaciones, mucho más en los barrios del Pilar, Atarés, Vives, etc., donde el terreno resulta más bajo y pantanoso que en el resto de la ciudad. Es un hecho, pues, fuera de toda duda lo excesivamente húmedo del suelo en que tiene su asiento nuestra capital (…)
 ¿Existe en la Habana el hacinamiento en grado suficiente para producir mefitismo? Desde luego que no; por lo menos en la medida que resulta en Viena, San Petersburgo y otras capitales de Europa de primer orden. Se prueba esto evidentemente comparando la población específica media de nuestras casas con la que arroja una estadística europea que tengo a la vista.
 Existen en la Habana 17,000 casas, según informa un trabajo del Secretario de las oficinas del Ayuntamiento, señor Toymil, y como quiera que asciende nuestra población a 200 448 habitantes -censo de 1887, el último practicado- claro es que alberga cada casa por término medio, un contingente de 11,57 personas, al tiempo que en París se eleva ese número a poco más de 32; en Viena, a 49, 4; en San Petersburgo, a 52; en Nápoles, a 35; en Berlín, a 32, y en Marsella, a 13.
 Montpellier, Bruselas y Londres son los tres centros de población que nos aventajan en el sentido expresado, siendo así que sólo cuentan 11,9 y 8 habitantes por casa respectivamente. Es de notarse, pues, a ese propósito, lo que sucede en Londres: ocho individuos por casa es una densidad altamente satisfactoria para una capital de las condiciones de aquella, y tiene eso su razón de ser, según Mr. Fonssagrives, en que las casas de familia son allí numerosas y pocas, muy pocas, las de alquiler.
 En la Habana, por el contrario, puede estimarse que es mayor el número de las de arriendo, y consiste esto, a mi modo de ver; primero, en que el hombre vive aquí, por regla general, como si estuviera siempre de paso, es decir, ajeno a toda idea de arraigo que lo sujete establemente al suelo. Bajo ese supuesto constituye la familia, y por eso lleva nuestro país el sello de lo transitorio en todo lo que se relaciona con la existencia material del ciudadano. El 90 por 100 de los tales transeúntes no realizan sus propósitos al fin y a la postre: los lazos de familia, la nueva naturaleza que se forma aquí el europeo por razón del clima y las costumbres ya arraigadas en el individuo, lo retienen entre nosotros espontáneamente o mal de su grado; pero el hecho es que la muerte los sorprende al cabo de la vejez, siempre pensando en regresar al país de su nacimiento (…)
 El aire respirable en la Habana reviste caracteres alarmantes, pues concurren simultáneamente a viciarlo: el calor excesivo, obrando en la evaporación de un suelo húmedo por todo extremo y cargado de materias orgánicas; las letrinas infectas y los pozos-sumideros, establecidos en mal hora de muy antiguo y que se encuentran con profusión por toda la ciudad, sin respiraderos artificiales aquellas ni estos, es decir, sin tubos de salida para los gases mefíticos; las emanaciones infectas de nuestras mal llamadas cloacas; los despojos de un barrido tan descuidado como imperfecto; los establos residentes dentro del casco poblado; las tres plazas de mercado exhalando un olor insoportable, merced a las exigencias de cierta clase de explotación desmedida; los mataderos, sobre todo, el de ganado menor, cuyos despojos se deslizan por el placer de Peñalver, impelidos por una corriente de agua sin caudal y sin fuerza de arrastre; el arroyo del Matadero, sanguinolento y atestado de materias pútridas; la falta absoluta de irrigación por parte de la Administración Municipal; las emanaciones descompuestas que producen las tres ensenadas de la bahía; los pantanos que dejan las aguas pluviales, por dilatados días, en calles completamente cuajadas de edificios; la falta de conocimientos higiénicos por parte de la mayoría de un pueblo poluto, y tantos otros focos de infección como existen, visibles e invisibles, dentro y fuera de nuestra capital, llamada culta por costumbre.
 Todo esto, vuelvo a decir, contribuye poderosamente en la Habana a viciar la atmósfera respirable, y de aquí, aparte de otras enfermedades, ese número crecido de tuberculosos que perecen anualmente entre nosotros, cuya cifra de defunciones llegó a 1183 para una población de poco más de 200 000 almas, en el año próximo pasado, según reza la memoria presentada últimamente al Congreso Médico Regional de la Isla de Cuba, por el Dr. La Guardia (…)
 Bien puede asegurarse que pocas población ni de Europa ni de América, muy pocas, se prestan tan fácilmente como la Habana a la trasmisión de los contagios. Aparte de las condiciones higiénicas de nuestra capital que acabo de reseñar a grandes rasgos, cuyo mefitismo ofrece un poderoso auxilio a la trasmisión de los contagios: aparte de eso, préstase fácilmente a la importación de las epidemias, en virtud de las relaciones comerciales vivas e incesantes que sostiene el puerto de la Habana con la mayor parte de los extranjeros de alguna importancia y no pocos de los de la Península.
 Esto que es común a muchos países, viene a ser excepcional para el nuestro, a propósito de la importación de las enfermedades, en razón de esa despreocupación temeraria, cuasi criminal, en que hemos caído respecto a los asuntos cuarentenarios, cuyo abandono tal parece que nos coloca fuera de la ley eterna y natural del instinto a la propia conservación.
 Por otro lado, es un hecho evidente que la masa de nuestra sociedad, educada en lo general con el abandono propio de todo país en que radica la especulación desenfrenada, e imitando el ejemplo que le ofrece la administración municipal, se preocupa poco, muy poco, de la higiene, acusando todo esto en suma, lamentable falta de verdadera cultura, así en la masa del pueblo como en la mayoría de los que manejan la cosa pública.  
 Aparte de esto, también existe, asimismo, entre nosotros cierta falta de respeto a las leyes y disposiciones vigentes, merced a lo que se refleja el carácter nacional en nuestras costumbres, constituyendo todo ello, por último, un verdadero manantial de causas apropiadas a la trasmisión é importación de los contagios.
 En resumen, si no tenemos hacinamiento propiamente dicho, contamos en cambio y en proporciones alarmantes, con las otras dos causas que, al opinar de Mr. Fonssagrives, determinan la insalubridad permanente de las poblaciones, es decir, la impureza del aire y la facilidad en la trasmisión de los contagios.
 Prueba todo esto, en suma, hasta que punto satisfactorio puede llegar la salubridad de la Habana desde el momento en que se principie a sanear la población, o cuando menos, desde que empiecen a correr por nuestras calles las aguas de Vento.  A propósito de este asunto voy a permitirme una ligera indicación que someto al buen criterio del ilustrado Director del Canal, Sr. D. Joaquín Ruiz, y muy particularmente a su probado interés por la cultura de este país.
 De cuatro partes principales se componen las obras del expresado Canal, que son, la gran taza donde se hallan recogidos los manantiales en Vento; el acueducto propiamente dicho; el depósito en Palatino, y, por último, la distribución de las cañerías en la ciudad.
 Hállanse terminadas completamente las dos primeras, y, por tanto, pueden correr ya las aguas hasta un punto próximo al lugar donde se construye el depósito, es decir, hasta Palatino.
 Según tengo entendido y obedeciendo el señor Ruiz a las prescripciones del proyecto en orden a la marcha sucesiva de los trabajos, trátase de construir primero el depósito y por último establecer la distribución.
 En situaciones normales, ese es en efecto el orden que debe imprimirse a los trabajos aludidos; pero, en el caso en que nos encontramos de extremada escasez de agua, paréceme sería conveniente y hasta necesario de todo punto, que se invirtiera aquel orden, o lo que es lo mismo, que se establezca primero la distribución de las cañerías en la ciudad, conectando provisionalmente la maestra en Palatino con el acueducto y dejar la construcción del depósito para lo último.
 De esta suerte acaso se ganaría un año, de los dos calculados para la terminación total de la obra del Canal y siempre sería un año menos de angustias para este vecindario sediento del precioso líquido, y muy particularmente para el mejoramiento de nuestro estado sanitario, cada día más peligroso.
 (…) Nuestras mal llamadas cloacas son, sin disputa, uno de los elementos que más ayudan a sostener el estado alarmante de insalubridad a que hemos llegado.
 Esto no obstante, se las mira por parte de la Administración municipal con indiferencia temeraria, con punible incuria, pues no basta, no, a la salud del pueblo que se echen algunos gramos de sulfato de hierro en sus tragantes para evitar el contagio, y eso, de tiempo en tiempo, cuando nos amenaza, como ahora, la invasión del cólera, o en otros casos análogos: es necesario cortar el mal de raíz y si esto no puede realizarse de momento, tratar al menos de aminorar el peligro de otra manera más eficaz.
 Aparte de esa operación desinfectante, tan cándida e insuficiente que he traído a este lugar incidentalmente, el caso es que no tenemos alcantarillado propiamente dicho, pues excepto la magnífica cloaca de la calle del Consulado, digna de un París, las demás obras de fábrica de ese género que componen la red general de nuestros desagües, dejan mucho que desear, pero mucho, lo mismo en lo tocante a la distribución, que a dimensiones, material, etc. etc.: falta un plan general previamente estudiado con arreglo a la ciencia del ingeniero; no existen perfiles siquiera en las oficinas municipales de todas las calles de la ciudad; no se aprovechan en la limpieza de dichas cloacas esas corrientes de agua que, procedentes de la Zanja Real se pierden inútilmente, una en el arroyo del Matadero, la otra en la caleta de San Lázaro: en una palabra, nada serio ni provechoso se ha hecho todavía en ramo tan importante; más aún, tratándose de esta capital donde caen al año sobre 67 millones de metros de agua llovida, según los cálculos del inolvidable brigadier de Ingenieros Sr. Albear, y donde, por lo mismo, los rigores del clima exigen imperiosamente que tengan esas aguas pronto desalojo del pavimento y artificial empuje fuera del alveolo edificado.
 Pero lo más lamentable que existe aquí en el ramo de cloacas, es la manera como están dispuestos sus tragantes. Colocados éstos por lo general en el eje de los cruceros y abiertos completamente a la libre circulación del aire, atestadas como se hallan aquellas de materias orgánicas en putrefacción, el olor que despiden dichos tragantes a grandes distancias es insoportable.
 Se comprende, hasta cierto punto, que se adoptara esa disposición en Londres o en París, donde las cloacas, que constituyen el orgullo de entrambos Concejos Municipales, no despiden gases mefíticos, merced al esmerado aseo en que se las tiene, pero aquí, lo repito, es altamente censurable lo que sucede, y la razón es obvia; van a las cloacas arrastrados por las corrientes pluviales, el polvo acumulado en la vía pública durante algunos días; restos de un barrido sumamente imperfecto; despojos de materias orgánicas arrojadas a la vía pública con punible desenfado, y, muchas veces, ratas y otros animales muertos. Entra todo eso en las cloacas, y como quiera que carecen éstas de fuertes pendientes, y más que todo, de corrientes permanentes de agua que las limpie y arrastre la materia precipitada fuera de la ciudad, claro es que han de subsistir tantos focos de infección temibles como tragantes existan en la población.
 Constituye todo esto ciertamente un estado tal de cosas que no es posible soportar por más tiempo, a menos que seamos nosotros tan valientes o tan locos como lo fue el héroe de la Mancha cuando retó a los leones a singular batalla.
 Así son las acerbas censuras de los extranjeros a poco que ponen el pie en nuestro suelo, y de aquí también, una de las causas que dieron origen al concepto poco favorable que formó de nuestra cultura la Comisión Americana que vino a Cuba en 1879 a estudiar las causas productoras de la fiebre amarilla (…)
 Incidentalmente he mencionado a la Comisión Americana que vino a estudiar la fiebre amarilla, y no he de cerrar este capítulo sin dedicar, siquiera sean dos palabras, a las medidas que indicó como necesarias o indispensables para hacer satisfactorias las condiciones insalubres del puerto de la Habana, puesto que si bien es cierto que apreció con buen criterio algunas de las causas que alimentan aquí la propagación de aquella enfermedad, también lo es que demostró, en otras, cierto tono de exagerada reprobación, con ribetes de ignorancia.
 En efecto, indicó la Comisión al Consejo Nacional de Sanidad de los Estados Unidos: primero, que se proveyera de agua potable a la Habana en abundancia, lo mismo al pobre que al rico; segundo, cegar los pantanos y terraplenar los terrenos bajos con buena tierra y piedras duras; tercero, destruir las actuales alcantarillas y construirlas de nuevo con arreglo a las exigencias de un buen saneamiento del subsuelo; cuarto, ensanchar las calles en gran número y empedrarlas y componerlas de manera que se conserven siempre limpias; quinto; echar al suelo las casas en su mayoría y construirlas de nuevo bajo distinto plan; sexto, cegar las letrinas y sumideros actuales e introducir un nuevo sistema más civilizado para el servicio que prestan; séptimo, suprimir las caballerizas, o apartarlas de los dormitorios; octavo, limpiarlas orillas de la bahía y conservarlas siempre así; y, por último, corregir las costumbres del pueblo bajo y curarlo de su ignorancia, enseñándole cuáles son los medios que le protegen contra las enfermedades.
 Merecen aplauso, ciertamente, la mayor parte de los preceptos higiénicos encaminados al mejoramiento de nuestro estado salubre: pero indicar la conveniencia con carácter de indispensable, de echar abajo la mayor parte de las casas de una capital populosa, que representa millones de millones de pesos en edificación, y construirlas de nuevo, al objeto de mejorar las condiciones sanitarias de la población, es o tener en poco la respetabilidad del informe que se iba a emitir, o negar rotundamente y en absoluto toda solución posible a un problema tan interesante de suyo, lo mismo para los Estados Unidos que para nuestra capital.
 Por otro lado, proponer o indicar el ensanche de gran número de nuestras calles con el propio fin de sanear la ciudad, fue desconocer las funciones higiénicas que la calle ejerce en la salubridad de las poblaciones.
No diré, no, que sean perfectas todas nuestras calles en lo que toca a su anchura con relación al clima; pero, si es cierto que esa anchura debe ser proporcional a la altura media de los edificios para que el aire y la luz penetre y se reparta convenientemente por igual: si es cierto que en climas como el nuestro hay que prevenir a las habitaciones contra los inconvenientes del polvo y del sol excesivo: si los Municipios de Europa, los más ilustrados, aspiran hoy solamente a 8, 10 y 12 metros de anchura en las poblaciones del Mediodía, según la importancia del tráfico; si no existen en la Habana, por último, esas callejuelas y calles cerradas que son las que en primer lugar rechaza la higiene pública, ¿en qué precepto científico, ni en qué conveniencia higiénica, ni racional siquiera, se apoyó la Comisión para consignar en su informe semejantes exageraciones?
 Drénese en buen hora el suelo por medio de un acertado sistema de alcantarillado; revístanse las calles de alguna manera; realícense, por último, las otras reformas que menciónala Comisión Americana, y de seguro que si no desaparece por completo la fiebre amarilla, disminuirán al menos sus lamentables y perniciosos efectos, de más trascendencia para este país que para ningún otro, y en cuyo azote, diga lo que quiera la referida Comisión, no influye poco ni mucho la profundidad de la calle; por consiguiente, no hay necesidad de ensanchar las de la Habana.

 Herminio C. Leyva Aguilera: Saneamiento de la ciudad de La Habana, La Habana, 1890. 

Del alcantarillado





 Cesáreo F. de Losada

 Entrado ya en el estudio concreto de las reformas sanitarias más importantes que exige el estado actual de insalubridad de la Habana, he de comenzar tratando del alcantarillado. Un buen sistema de alcantarillas es la primera necesidad higiénica de toda ciudad populosa que no quiera verse convertida en vaso de cultivo de cuantas bacterias patógenas viven y se desarrollan en el suelo, y ser víctima, por tanto, de las numerosas enfermedades infecciosas que ocasionan las referidas bacterias.
 Del período puramente instintivo de la humanidad viene el horror con que los pueblos han mirado siempre la acumulación de sus excretas en el interior de las habitaciones, y la tendencia de alejar, por procedimientos más o menos racionales, los peligros que aquellas representan para su salud. En la Roma antigua, ya se construyeron algunas obras públicas encaminadas al saneamiento del suelo y al alejamiento de las inmundicias, y es memorable, como tipo de arquitectura sanitaria de aquella época, la célebre Cloaca Máxima, construida por Tarquino más de 600 años antes de J. C., y que todavía se conserva y sirve a fines sanitarios de la Ciudad Eterna. Andando el tiempo, y poco a poco hasta la época moderna, los móviles instintivos que impelían á los pueblos a procurarse el alejamiento de las materias excrementicias, se han ido convirtiendo en razones poderosas de la ciencia sanitaria; de tal modo imperativas, por cierto, que, hoy por hoy, obligan a todos ellos sin escusa a preocuparse con preferencia de esto, so pena de dar muestras de una marcada incultura en cosa que tanto importa á su existencia.
 Lo que ha venido a esclarecer y fundamentar más esa tendencia de sanear el suelo de las poblaciones, ha sido el descubrimiento de la naturaleza vegetal de los gérmenes morbosos, causas eficientes de las enfermedades epidémicas.
 Al tratarse de plantas, microscópicas o no, todo el mundo ha comprendido desde luego que han de vivir con preferencia en el suelo, donde encuentran sobradamente las condiciones de calor, humedad y materia orgánica, necesarias a su desarrollo. De estas ideas ha surgido el conocimiento de la importancia higiénica del suelo, y de aquí han nacido también los muchos trabajos llevados á cabo sobre este punto; los cuales, por 1o terminantes y decisivos, han dado lugar a que, lo que fué en un principio una intuición obscura, y luego una sospecha racional, haya terminado por ser una verdad patentizada por la ciencia teórica, y corroborada por la experiencia de los higienistas qne han visto constantemente mejorar la salud de las poblaciones a manera que se ha drenado el sue1o y se han construido alcantarillas para la evacuación de sus inundicias. En este concepto, puede decirse que ha habido poblaciones, así en Europa como en América, en las que el tipo de mortalidad ha descendido en un 50 por 100, y aún más, de su cifra anual, por sólo la construcción de un nuevo altarillado con arreglo al sistema exigido por las condiciones especiales de la localidad.
 Para dar una idea de la urgencia con que deben realizarse las obras de desagüe de las inmundicias de la Habana, conviene llamar la atención sobre la cantidad enorme de materias excrementicias u que dan lugar las grandes poblaciones.
 La cantidad media de los excretas correspondientes a un solo individuo, ha sido calculada por Pettenkofer en 90 gramos de materias fecales. Y 1170 gramos de orina al día. Según este cálculo cada 1000 personas darán lugar anualmente a 34000 ki1ógramos de heces y 428000 litros de orina. Si a esto se agregan 159 litros diarios de aguas sucias por habitante, que son los que se evacúan próximamente, procedentes del servicio de las casas, resulta un total de 160000 litros diarios de inundicias por cada 1000 personas. Tomando ahora el último censo de población de la Habana, tendremos aproximadamente un total de 38000000 litros diarios, los cuales ascienden al año a la enorme cantidad de 8870000000 litros de materias orgánicas fementecibles y peligrosas, que por falta de evacuación conveniente, se infiltran por todas partes, contaminando el suelo y subsuelo de la ciudad.
 Añádanse a eso, las aguas de las lluvias torrenciales, que arrastran las materias orgánicas encontradas en las calles, siempre sucias, y entonces se comprenderá hasta que punto es difícil vivir sin enfermar, bajo la contínua influencia de esta infección general espantosa del suelo de la Habana.
 Por 1o demás, no hay para qué hablar de esas inmundas madronas, que, en unión con las fosas fijas, constituyen hoy todo el alcantarillado de la población; porque construidas como se hallan sin plan arquitectónico alguno, ni pendiente regular, ni impenneabilidad de sus paredes, ni forma adecuada de sección, ni ninguna de las demás condiciones que la higiene exige a esta clase de construcciones sanitarias, vienen a representar como una gran cloaca que, en contacto con el aire, se extiende por todo el subsuelo de los barrios más populosos de la urbe, siendo, en mi juicio, de más perniciosos efectos para la salud pública, que los propios pozos negros, con ser éstos el tipo más elemental y primitivo de ese linaje de obras sanitarias. De este modo, no solo se infestan de contínuo el suelo y la atmósfera de la ciudad, sino que, dando a la opinión de los habitantes un concepto falso de 1o que debe ser un buen alcantarillado, despierta, hasta en las personas mas ilustradas, cierta marcada desconfianza sobre el resultado útil que pueda obtenerse del dinero gastado el día de mañana en la construcción de un perfecto sistema de alcantarillas. Para evitar, en cierto modo, estos errores y prevenciones, conviene vulgarizar las nociones científicas sobre la influencia que el suelo ejerce en la salud de los individuos.
 Un suelo húmedo y saturado de materias excrementicias, es un peligro constante para la salud de las personas que sobre él viven. El suelo, como si fuera un ser vivo, respira y cambia sus gases con la atmósfera; y si por acaso es asiento de fermentaciones pútridas, envenena a aquella, colocando a los individuos que la respiran en aptitud orgànica para sufrir toda clase de infecciones. Esos gases que se desprenden del suelo, son el efecto de la vida de los seres microscópicos que en él se agitan y pululan; y muchas veces, esa vida micróbica, cuando está representada por bacterías específicas, claramente patógenas, es en las poblaciones el orígen de muy graves epidemias. Todo el el mundo conoce cómo se engendra el paludismo, y cómo se propaga la fiebre tifoidea por el suelo; y aunque no tenemos bastante razón todavía para afirmarlo de una manera categórica, hay muchos motivos para suponer que el gérmen de la fiebre amarilla sea también de naturaleza telúrica, y que, por tanto, viva y se consene en el suelo, sobre todo, en aquellos puntos de la costa en que persiste latente y permanece endémico durante los meses del invierno. Si esto fuera cierto, como hay grandes indicios para sospecharlo, ¿cuán grande no sería la responsabilidad de los que pudiendo contribuir a sanear el suelo de la Habana, no cooperan con su dinero y su inteligencia a realizar mi propósito de construir pronto un sistema de alcantarillas que llene por completo todas las exigencias de la higiene?

 
 (...) El sistema llamado separador, estudiado singularmente por el ingeniero norteamericano Varing, con su principio de evacuar las deyecciones humanas y las aguas sucias domésticas con independencia de las demás cosas, por ser aquellas las únicas materias verdaderamente nocivas de los excretas; con la facilidad de resolver el problema hidrodinámico del acarreo regular de las inmundicias de una manera fija y matemática, dada la cantidad conocida y constante de esas materias; con la utilización de tubos de arcilla de todos tamaños, vidriados por dentro y perfectamente impermeables, que colocados con la inclinación correspondiente aseguran el desagüe, sin riesgo de infiltraciones  del suelo; con la colocación de estanques automáticos de agua, sistema Fie1d, (F1ush-tank) en la cabecera de los grandes ramales de alcantarillas, para que al vaciarse rápidamen te barran y arrastren, de tiempo en tiempo, cuantas materias puedan detenerse en los conductos; y con otros mil perfeccionamientos que cada día van agregándose al referido sistema, hacen de él, el único que, con las modificaciones exigidas por las circunstancias especialísimas que aquí concurren, sería aplicable con éxito a la población de la Habana (...)
 Yo estoy seguro, que de todos estos procedimientos, el único que quedará en pie, andando el tiempo y a manera que vayan venciéndose las dificultades prácticas que en cada localidad se ofrecen, será el del destino de los excretas de las poblaciones al riego y abono de las tierras, como se hace ya en Berlín y en muchas otras cindades de Europa y América. Esta es la ley de la Naturaleza en lo que se refiere al ciclo evolutivo de la transformación de la materia, y no creo que el arte pueda en esto, como en tantas otras cosas, seguir otros derroteros que los señalados por la Natnraleza misma.
 Si he insistido, Sres. Académicos, tanto en este punto, débese a la importancia excepcional que yo concedo al saneamiento del suelo en el plan general de mejoras higiénicas de la Habana. La prueba de esta verdad, la teneis en el hecho de que, no obstante las reformas que, al fin y al cabo, se han realizado en esta ciudad de medio siglo a esta parte; no obstante la gran obra de Albear, trayendo a la Capital de Cuba las puras y caudalosas aguas del Canal de Vento, no ha variado gran cosa el tipo de la mortalidad, y sigue siendo la Habana una de las poblaciones más insanas y la razón consiste, en que se ha olvidado lo principal por 1o secundario; en que se ha comenzado en ciertas cosas por el fin, y en que se ha desconocido, que en estos países tropicales, donde todo es espléndida y frondosa vegetación, 1o mismo se dan exuberantes en el suelo, las palmas y cañaverales, como se reproducen y propagan los gérmenes de las epidemias, representados por formas criptogámicas del reino vegetal.
 Hay que agregar a esto, que la necesidad de sanear el suelo de la Habana ha crecido con la traida de las aguas de Vento. En los pueblos, como en los seres vivos, es un contrasentido aumentar la cantidad de los ingestas, sin tener preparados y dispuestos de antemano los órganos encargados de la expulsión de los excretas. Esa enorme cantidad de agua, que utilizada como bebida y usos domésticos va, después de saturada de materia orgánica, a desembocar en las inmundas cloacas de la ciudad, aumenta extraordinariamente las infiltraciones del suelo, y mantiene a éste en aquel grado de humedad que más favorece la vida microbiana.

 Consideraciones higiénicas sobre la ciudad de La Habana (fragmentos), por el Excmo Sr. D. Cesáreo F. de Losada, Inspector de Sanidad Militar, La Habana, 1897. 

viernes, 2 de septiembre de 2011

Purificando la atmósfera






  por el Dr. D. Ambrosio González del Valle




 Estudiábamos en 1867 el lugar en que se debía levantar el nuevo Cementerio de esta ciudad, llamando la atención del Municipio en orden a las ventajosas cualidades topográficas e higiénicas que ofrecían a nuestro juicio los terrenos que al poniente de la ciudad y de la loma de Aróstegui, o del Castillo del Príncipe y la de Jesuitas, se extienden hasta el río de la Chorrera, para escoger allí el lugar no sólo de la nueva necrópolis, sino también el de un nuevo y mejor Matadero.
 Urgía acudir a una y otra necesidad de servicio público, imperiosas ambas y de premiosa satisfacción, según los reclamos de la salud pública, del aumento de la población y de la cultura del país.
 El que hoy existe en el barrio del Pilar lo erigió el Ayuntamiento en 1797 a influjo del celo, actividad y solicitud del Regidor Armenteros, contra el daño que llevaban los aires infectos del matadero al Hospital Militar de San Ambrosio, —calle de San Isidro, frente a la Iglesia de este nombre, — por estar situado uno y otro establecimiento al Sur del recinto amurallado de la ciudad; a cuyo propósito sanitario cooperó el ilustrado Jefe entonces de la Hacienda D. I. Pablo Valiente. (1)
 También hoy será más propio lugar para los corrales de depósito y reconocimiento del ganado beneficiable, como para arrojar —pasado el río— las basuras recogidas en la limpieza de la ciudad, aquel sitio muy de escogerse, donde no lleguen las aguas del mar, exclusivamente utilizables para los abonos después de fermentadas todas las inmundicias, ya convertidas en mantillo.
 Estos terrenos, a sotavento de la ciudad, separados de todo poblado, con ventilada elevación, alegre perspectiva, bañados del aire sanísimo y purificador del mar en la actualidad, y de fácil y frecuente comunicación por la ciudad, por caminos comunes y los de hierro para atender a todas las exigencias del servicio público, municipal y privado, los cruzan aguas corrientes; la zanja, faldeando la loma de los Jesuitas que se dirige a la Quinta de los Molinos, y el caudaloso Almendares que, con el nombre de "La Chorrera" (2), se encamina ampliando su cauce natural, de "Las Puentes" hasta desembocar en la costa del Norte.
 Las aguas del Almendares se brindan, pues, para escoger en su ribera oriental el sitio del Matadero y los corrales, y proveer con sus corrientes al aseo, limpieza y sanidad de las carnes y beneficio del ganado que se destine para el alimento del vecindario, y aprovechar la boca de "La Chorrera" para dar salida, sin riesgo de la salud pública, a los desperdicios orgánicos de la matanza de más de trescientas reses diarias, yendo todo por el rápido curso del río a mares extensos y batidos que en su movimiento se renuevan sin cesar; circunstancia importantísima que no podría conseguirse poniendo el matadero próximo a la Zanja, con el peligro cierto de contaminar sus aguas por un largo trayecto. (3)
 ¡Y cuidado! que tampoco las cercanías del río Luyanó ofrecen conveniencias para situar por allí el Matadero. Al Sur, por escasez de agua y tanto que en prolongada seca no hay, y sobre todo que la sangre albuminosa de los rastros, con materias orgánicas, iría como sucede con el de hoy a las ensenadas que circunvalan el Cerro de Atarés, ya casi de mar muerta y cieno corrompido, que en perenne fermentación difunde en la atmósfera sus emanaciones pestilentes y deletéreas, al extremo de no andar en aquellas aguas pez alguno que pueda vivir. (4)
 La zanja, que nos legaron desde 1566 nuestros antepasados, fue y es todavía un rico presente que no debemos despreciar (5): encañonada antes de entrar en el Cerro mediante un buen filtro antepuesto, y distribuida convenientemente por cañerías de hierro como quiso el Excmo. Ayuntamiento (6), no sólo se corregirían, a favor de la salud de los vecinos, las filtraciones y humedades que se denuncian en muchos barrios, sino que bajo la presión que le da la altura del origen de donde se toma el agua que es del Cerro, podría utilizarse para el lavado y desinfección de las cloacas de parte de noche, y de día proveer las fuentes de los paseos y parques, dando más frescura al ambiente y surtiendo del agua necesaria al riego de las calzadas, plazas y calles recurso indispensable en un clima tan cálido como el nuestro, a la vez que contribuya a evitar las nubes de polvo, que cuando sopla el Sur enferma a vecinos y transeúntes, desasea casas, muebles y tiendas de mayor ornamentación en presentar al expendio sus artículos de comercio.
 En los abrevaderos del ganado, en el lavado de las carnes y aseo general hay que distinguir respecto a las aguas del río La Chorrera dos zonas: una fluvial y otra mezclada con las del mar, determinada por las mareas entrantes y sus ondas cuando soplan los vientos del Norte.
 Este límite lo conocen bien los vecinos del Carmelo y del Vedado, aprovechando las aguas de la zona fluvial para beber, en el lugar donde estaba la Sierra de García y llamado por otros con el nombre del Paso de la Madama.
 De aquí deben partir las aguas para el establecimiento de los Rastros, no sin dejar de recomendar la más vigilante policía en las industrias adyacentes en Las Puentes, o que se funden en lo sucesivo en una y otra margen del río, para que no se arrojen en su corriente los residuos malsanos de distintas fabricaciones, que sin duda viciarían las carnes del abasto público, causando grave perjuicio a las reses en los abrevaderos de los corrales.
 Una caballería de tierra —13420 hectáreas — de forma cuadrangular, escogida a quinientos metros del Carmelo, dará espació amplísimo al edificio, donde se levanten con holgura los corrales, depósito y dependencias y cuanto más exija el servicio de su policía especial. (7)
 Cimentándola a un metro sobre el terreno, se favorecerá rápidamente las salidas de las aguas del lavado, sangre e inmundicias, para acudir a esa indispensable previsión.
 Los suelos deben tener una lisura extremada a la vez que sólida resistencia, con nivelaciones inclinadas a muchos desaguaderos para que jamás resto alguno de materia fermentable quede en los suelos; precaución que se alcanzaría con el asfalto, preparado para resistir a las influencias del clima, o con otro sistema de los que no permiten grietas en el piso.
 Alrededor de los edificios y muros, la siembra de los frondosos laureles son utilísimos para mitigar la acción radiante del sol de las costas, para neutralizar los efluvios morbosos que pudieran desprenderse, como también para mantener las salas a media luz, porque la práctica tiene demostrado que una baja temperatura, la ventilación y la ausencia de la luz son partes a retardar la putrefacción de las materias animales, alejando las moscas y otros insectos. (8)
 Y es para observarse que las emanaciones de los mataderos y del trasporte de carnes frescas —de reciente matanza— son completamente inofensivas a la salud, habida consideración a que se trata de carnes sanas y que no se le da tiempo para corromperse. Lejos de ejercer una influencia insalubre para los vecinos o para los jiferos y expendedores a la menuda, por el contrario robustece su constitución el andar con las carnes y respirar su atmósfera alimenticia.
 Veamos ahora, con el plano de la ciudad a la vista, si el paraje escogido es el mejor para el tránsito de las piaras del ganado por tierra y por mar, y sin los perjuicios y riesgos que ocasiona hoy su conducción por las frecuentadas vías del Cerro y Jesús del Monte, que van al Puente de Chávez, y si los caminos que deben abrirse para este servicio son más a propósito para llevar la provisión de la carne a los mercados.
     

 El ganado que viene de la Vuelta de Abajo, y que no sin alarma de los vecinos y con algún desorden y confusión, vocería y algazara del populacho, porque suelen descarriarse algunos toros enfurecidos, entorpeciendo el tránsito público, irá según el proyecto que nos ocupa sin aquellos inconvenientes, con ahorros de tiempo y camino; pues de las Puentes, orillando el río de la Chorrera por su ribera occidental, se puede encaminar el ganado franca y libremente hasta el nuevo sitio, salvando el río por un puente que ya levantarían los contratistas.
 El que se conduce de la Vuelta de Arriba, cómoda y fácilmente puede dirigirse por la calzada del Luyanó, casi inhabitada; de aquí por detrás de Jesús del Monte y luego por la calzada
de la Infanta para tomar por San Antonio Chiquito, hasta llegar a los nuevos rastros que se proyectan; a cuyo fin los empresarios con muy poco costo arreglarán los caminos por los que hoy transitan las carretas que de las Canteras se dirigen a la ciudad.
 La importación de las reses por mar encuentra expedito desembarque, porque el mar de la Chorrera ofrece fondo bastante para toda nave y un muelle poco costoso las llevará á las puertas del nuevo Matadero.
 ¿Y la conducción de las carnes al mercado, cuarteles, hospitales y varios distritos? —Ahí está el camino de la Chorrera a la Habana, siempre ventilado por los aires del mar y sin estorbos ni incomodidades en su tránsito; ahí el camino de la Chorrera a San Antonio Chiquito, y finalmente ahí está también para usarse la vía férrea, que siendo más nivelada, pueden rodar por ella carros cerrados con persianas movibles, que así ventilados, nos traigan las carnes sin las percusiones que por baches y cangilones dan las otras vías, influyendo en su descomposición.
 Este camino urbano pasa por el nuevo Mercado de Hierro y Plaza del Vapor; un chucho puede construirse fuera de la vía pública para la estación de descarga, y de esos puntos trasportar a otros carros la carne para completar el abasto general de la ciudad, si no se pensase en establecer un paradero central en cualquier sitio de la calzada de San Lázaro.
 Ya que de carros hablamos, es del caso mejorar este servicio, alejando de la vista la repugnante impresión que causa el traje asqueroso de sus conductores y lo sucio de aquel, cuyo remedio está en el baldeo diario de los carros, pues contamos con el agua abundante del Almendares. Así, y sólo así, se acabará el olor fétido que esparcen en su camino las carretas de
carnes y dejarán de presentarse sus conductores ensangrentados y mugrientos por falta de aseo y costumbre de estar limpios, cual lo requiere un país culto y exige la higiene pública.
 Un provecho más, y por cierto no despreciable, considerado bajo el punto de vista económico al paraje escogido y estudiado ya para situar los Rastros municipales y su construcción. Allí tenemos a la mano aguas, piedras, coco, cal y arena que a baratísimo precio, y además la economía del tiempo que en otra circunstancia no proporcionaría trasporte.
 Conclusiones.—De los antecedentes expuestos se deduce:
 Que la ribera oriental del río de La Chorrera brinda por sus condiciones físicas, higiénicas y topográficas una posición preferente a cualquier otro lugar de las cercanías de la ciudad para instalar allí el nuevo Matadero.
 Que el paraje escogido hace más expedita la conducción del ganado y de las carnes a los distintos mercados y demás puntos de abasto.
 Que el sistema tubular aplicado al curso de las aguas de la Zanja tomadas a la entrada del Cerro, corregirá muchas filtraciones y humedades de las casas vecinas, saneando muchos lugares, y servirá para desinfectar las cloacas, distribuyéndose las mismas aguas para lavarlas de parte de noche, mientras que de día se utilizarán en las fuentes de los paseos y plazas, refrigerando el ambiente sin dejar de hacerse el riego que apague las nubes de polvo que más de una enfermedad traen a los que lo sufren en los días de gran seca y los vientos del Sur que las levantan.

 Notas: (1) En 1764 se fundó el Hospital en este sitio, donde estaba desde 1685 el Colegio de San Ambrosio, el cual se trasladó al extinguido de los Jesuitas en 1774, recibiendo el nombre de San Carlos y San Ambrosio. En el sitio que ocupaba el antiguo matadero se estableció una casa de baños para el público conocidos por Baños del Matadero. (2) Los primitivos indígenas le llamaban "Casiguaguas." (3) Previsión de la Ley. (4) En la ensenada de Atares, según la tradición, se encuentran manantiales de agua dulce, cegados hoy por el fango. (5) En 1.591 concluyó los trabajos de la zanja D. J, Bautista Antonelli, ingeniero que trajo consigo en l.589 el Capitán General D. J. de Texeda, por cuya razón se le llamó por algún tiempo con el nombre de Zanja de Antonelli. (6) A moción del Sr. Zulueta, solícito de mejoras en este ramo como en otros muchos de la Municipalidad. (7) No se recuerda que en las crecientes del rio se hayan inundado estos lugares. (8) Los laureles de la India sembrados cerca del mar crecen con más vicio y son más frondosos, como se nota en la Plaza de Armas, frente al Templete y en la Alameda de Paula, por la mayor cercanía al mar. Sea ocasión esta para recomendar una vez más la siembra del Eucalypius globulus, el eminente purificador de la atmósfera y que bajo sus emanaciones balsámicas se neutralizan los efluvios pantanosos. La salubridad bien reconocida del clima de Australia (país pantanoso) es debida a las emanaciones de este árbol.

 “Higiene pública. Rastros. Proyecto de su traslación a la Chorrera. Consideraciones respectivas a la zanja dentro del poblado  de la Habana” (Sesión Pública Ordinaria del 12 de junio de 1870.). Anales de la Real Academia de Ciencias Médicas Físicas y Naturales de La Habana, vol. 7, 1870-71, pp. 36-31.


jueves, 1 de septiembre de 2011

El cuarto de Assan






  Ramón Meza



 Poco tiempo transcurrió hasta el bautizo de Cipriano Justo Assam, que este fue el nombre que sacó de pila el asiático. Aún conservaba cortado el pelo de la parte posterior de la cabeza, operación que se le hizo para que recibiera más directamente el agua bautismal. Cipriano, por el santo que el martirologio romano conmemoraba el día de la ceremonia; Justo, por deferencia a su futura suegra; y Assam, su nombre verdadero, le quedó de apellido.

 Cada día iban estrechándose más y más los lazos de afecto entre aquellos cuatro seres felices.

 El Nené adoraba a Cipriano y había aprendido a llamarle en su graciosa jerga: Piano.

 ¡Piano! y un chasquido de lengua le servía al Nené, para significar al complaciente asiático que lo llevara a ver bañar caballos. ¡Piano! y soplar ruidosamente, significaba que lo llevase en el vapor, en el ferrocarril.

 Y por más que Carmela, hundiendo las teclas de piano para que sonasen y señalando luego a Cipriano repetía cien veces al niño: Mira, Nené, piano, es esto, Cipriano esto: —el Nené seguía en su invariable tema.

 Assam, o bien Cipriano, enloquecía al muchacho. A veces lo acostaba sobre la mesa del comedor y se pasaba horas enteras hundiendo su chata y amarillenta nariz en aquella gorda y fresca barriguilla, diciendo que se la quería comer, con lo cual hacía cosquillas al muchacho, y poniéndole sobremanera nervioso, le hacía reir desesperadamente.

 Por las tardes continuaban los paseos. Caminaban como si ya estuviese constituida definitivamente la familia. Cipriano a cuestas con el niño, le compraba iglesillas de azúcar, perros y leones de pasta de almendras, habilidad de sus paisanos. Y Doña Justa y Carmela iban por delante de ellos.

 Una tarde instó Assam a sus amigas que se llegaran hasta su casa para tener el gusto de enseñársela.

 Cuando llegaron ambas mujeres ante la puerta de la casa del asiático, tuvieron una desagradable decepción. Sucia, oscura, ennegrecida por el humo de sartén en que hervía media docena de peces y por el de la lámpara de petróleo que se encendía de noche, ocupada por un miserable puesto de frutas en que apenas había un par de racimos de plátanos casi pasados, media docena de cañas torcidas de puro viejas y colocadas dentro de un barril desfondado, varias naranjas peladas y de tantos días que su blanca corteza estaba agrietada, reseca como pergamino, todo lo cual vendía un desgreñado y flaco compatriota de Assam vestido con aquella sempiterna blusa de color carmelita y anchos pantalones azules.

 Era todo mezquino, pobre, repugnante.

 Tras del mostrador, había clavado en la pared una especie de mapa en que aparecía pintado torpemente, con chinesco estilo, un gran muñeco, que, a manera de llagas, tenía repartidas por todo el cuerpo hasta treinta y seis figuras.

 Assam detuvo al Nene ante aquel exótico mamarracho, y señalando varios puntos, hacía ver al niño:

 —Mira, Nené, fúúú un vapor; !ay que miedo! ¡un muerto! un pavo real, un pescado chico, un toro, una luna, un cochino, una cachimba, un gato, una jicotea, como las que tienes allá, en tu casa, dentro del barril de agua de legía, un cangrejo, eomo los que cogemos en la playa y atamos con un cordel, curas, monjas...

 —¡Vamos no juegue usted con esas cosas, D. Cipriano! exclamó Doña Justa.

 —¡Oh! sí, así se llaman, Assam no juega, replicó el asiático. Y prosiguió señalando al Nené las figuras, borrachos, limosneros, guapos, mujeres, caballeros...

 El niño se aburrió, y no menos Carmela y Doña Justa porque aquellas figuras necesitaban la interpretación oral de Assam para que se adivinase lo que eran, como el célebre gallo del pintor de Ubeda.

 —Adelante, exclamó Assam a cuestas con el Nené. Y atravesaron la trastienda.

 Siguieron un largo y estrecho pasadizo al cual caían las puertas de varios cuartos, abiertos unos, cerrados otros y ocupados todos por una abigarrada colonia asiática.

 Una corta escalerilla de madera, agrietada por el sol y roida por los ratones y la humedad, conducía a la habitación de Assam, amplia, fresca, ventilada, llena de muebles valiosos y mil objetos de China de gran mérito.

 Nadie podía sospechar que en el fondo de aquel miserable tugurio, que olía a opio y aceite hirviente por sus cuatro costados, hubiese aquella habitación adornada con un gusto y riquezas de príncipe.

 Biombos, farolonas, cajas de sándalo, babuchas de gruesa suela y con las puntas muy encorvadas hacia arriba, todo exótico, raro, pero luciente, sin un polvillo, ordenado al gusto de su propietario, que gozaba con las sorpresas que llevaban Doña Justa y Carmela en su minucioso examen de todos aquellos objetos.

 El Nené cargó con cuanto pudo, Assam reía de verlo tan apurado, arrojando al suelo tres objetos cada vez que quería coger alguno que se le había caído.

 —¡Qué lo rompe, todo Don Cipriano, y es una lástima clamaba Doña Justa.

 —Oh! se compra otro, afirmaba el generoso Don Cipriano Justo Assam, llenando las pequeñas manos del Nené con mil chucherías de su tierra.

 —¿Y todo esto es de usted, Don Cipriano? preguntaba Dona Justa.

 — Todo, todo: desde la puerta para acá Don Cipriano es el dueño. Cobra y paga todo, afirmó orgullosamente Assam.

 —Ah! muy bien!, interrumpió Doña Justa, señalando la cama del asiático, la palmatoria y los sillones, donde lucían algunos adornos de cintas y tejidos que ella y Carmela le habían regalado: ¿ahí tiene usted esas boberías?

 —No, boberías no: para Don Cipriano eso vale más que todo, respondió el amable y cortés asiático.

 —Y dime, Cipriano, preguntó Carmela, ¿quién compra esas frutas tan malas que tienes allá en la puerta?

 —¿Quién?, todo el mundo: así como tú ves, esa frutería gana más que todas las de la Habana juntas.

 Doña Justa y Carmela salieron sumamente complacidas de casa de Assam.

 Así pasaban los días; pero no sin variación, que el asiático se había vuelto más serio. Algunas burlas descaradas de los pilludos y mozalvetes lo habían amoscado un tanto. Ya no iba el pobre tan orondo y satisfecho, cuando salía acompañando a sus amigas.

 Además, mostrábase muy celoso desde que Carmela había correspondido a su pasión: quejábase de que la joven no le tratase con más afecto, y se enfurecía cada vez que notaba que su mirada se fijaba en cualquier otro hombre.

 A Tocineta, que había seguido burlándose de él, lo cogió un día por la pechera de la camisa, sacó del cinto una luciente navaja y le amenazó con que le cortaría el pescuezo como siguiera embromándole.

 Tocineta enmudeció y cobró un terror pánico al asiático.

 Sin embargo, nada oscurecía ya la dicha de que iban a colmar aquellos seres con el próximo matrimonio del cristianizado Don Cipriano Justo Assam y la bellísima Carmela, cuyos encantos crecían de día en día y se realzaban con los magníficos trajes, adornos y joyas que la pródiga mano del rumboso asiático le proporcionaba.



 Carmela (cap. XX), La Habana, La Propaganda Literaria, 1887, pp. 182-186.