Rolando Sánchez Mejías
Ya
en París, lo primero que vi fue al gato, descansando muellemente en la mesa.,
Dominique me dijo señalándolo:
–Cucú.
“Cucú”,
repetí para agradar a Dominique (ella me había hecho un descuento importante
gracias a un amigo peruano), yo había venido desde la Gare de Montparnasse
dando tumbos con mis bártulos, había conseguido llegar hasta la salida del
metro donde Dominique me esperaba para que no me perdiera, caminamos un poco y
subimos la escalera de un pequeño edificio, estaba cansado, el viaje desde la
Habana había sido un verdadero suplicio, Dominique abrió la puerta, fue cuando
vi al gato, Cucú se convirtió en mi único compañero, Dominique se iba muy
temprano a su trabajo en una biblioteca del extremo sur de París y yo me
quedaba escribiendo en compañía del gato,
Cucú era un gato sereno excepto cuando el hambre lo ponía nervioso,
entonces maullaba dando vueltas a mi alrededor, yo dejaba de escribir y le servía
su ración de Friskies, labor que Dominique me había encargado con insistencia,
fue cuando me enteré que Friskies era un producto especial para gatos, consistía
en pedacitos de legumbres y zanahorias, secos, con sabor a pollo, la caja traía
el dibujo de un hermoso gato de ojos verdes que se relamía de gusto, en un
lateral de la caja venía su modo de empleo y el análisis en % de su contenido,
por ejemplo: un gato adulto en actividad debía consumir unos 100 gramos del
producto, mientras que una gata en gestación alrededor de 130 gramos, al parir,
el consumo debía aumentar a 400 gramos, la descripción nutritiva arrojaba un
saldo de 29 % en proteínas brutas, siento confesar que el cálculo de tales
cifras solía llevarme a la siguiente conclusión: que los gatos, en París, se
alimentaban proporcionalmente mejor que yo en la Habana, Dominique volvía
tarde, ya para entonces yo había fregado, comprado el pan y cumplido con mis
obligaciones respecto al gato, salvo el problema del hambre, Cucú no era un
animal exigente (los he conocido peores), me dejaba escribir en paz, hacía sus
necesidades en el sitio previsto (una palanganita con gravilla especial) y no
andaba pegándose pervertidamente a las piernas de uno (los he conocido peores),
los días pasaron, me sentía mejor, me movía en Paris a la perfección,
planificaba y efectuaba caminatas, contemplaciones y lecturas en los cafés y
jardines, había logrado organizar correctamente mi alimentación, mucha carne,
leche y verduras, de tercera, claro, no faltaban el queso ni el vino, también
de tercera, engordé y me sentí lleno de una vitalidad excesiva pero
reconfortante, empecé a mirar a Cucú con mejores ojos, incluso nos revolcábamos
juntos en la alfombra, Cucú patas arriba y yo haciéndole cosquillas en la
barriga sedosa y cálida, también Cucú había engordado, le llenaba el pozuelo de
Friskies dos o tres veces al día, luego le añadía leche y carne prensada, vivíamos
en un pacto arcádico donde la comida era la clave de la felicidad, pero la
felicidad (tan frágil) termina un día, ¿qué la quiebra?, no se sabe, tal vez la
residua que llevamos dentro y que un buen día salta y da el zarpazo, lo cierto
es que yo había vuelto de un rendez-vous con la posible editora francesa de mis
cuentos y de ciertos libros un poco amorfos, la conversación había fluido sin
problemas, pero al final, nada claro, resulta que Mme M. no quería pagarme lo
que yo suponía debía de pagarme por un libro de cuentos cortos: 10 000 francos,
Mme M. desplegó una bella y taimada sonrisa cuando le dije la cifra. Contestó:
–3 000 francos. No más. Y con pago fraccionado, según ventas.
Habíamos
empezado hablando de las excelencias del cuento corto, la tesis del tigre que
salta hacia su objetivo o la flecha que sale disparada y da en el blanco, o la
flecha –añadí yo para hacerme el gracioso— que no va a ninguna parte, todo esto
tomando té y picando unas galletitas encantadoras, me sentía a punto de ser
feliz, allí, con mi editora francesa, quién lo iba a pensar, poco a poco ella
me fue explicando que en Francia se prefería la novela, que era un mal momento
para la literatura en general, no se
vendían los libros de cuentos o los libros híbridos, con la excepción de algún
que otro clásico que para eso eran clásicos, ¿no?, primero había que publicar
una novela, dos, ¡y entonces el libro de
cuentos o el libro “raro”!, al lector había que probarle –apretó la boca como si me comunicara un
secreto– que uno merecía ser leído como Dios manda, un asunto de economía, de
economía del lenguaje, y del dinero, añadió, yo trataba de no perderme los ojos
azules y achinados de Mme M. que centelleaban pícaros cuando mencionaba la
palabra economía, siguió diciendo:
–Aunque con sus cuentos haré una excepción. Claro, habrá que trabajar
en dos o tres hilos conductores. Entre nosotros: a veces no se entiende bien lo
que usted quiere decir. Querido, óigame bien: el lector prefiere el signo más
evidente de la literatura. ¡El lector ama las historias!
Sí: corroboré soltando por la boca una nubecita blanca (fumo en situaciones extremas) que tomó primero la forma de un elefante, luego un globo de azúcar y finalmente otro elefante antes de disolverse en formas caóticas, fue cuando dije, adoptando una pose digna:
–¿Y cuáles serán mis honorarios? Me conformo con 10.000 francos.
Mme M. se estiro en la silla, como para despejar las arrugas del vestido, fue cuando dijo, calculando la caída de la ceniza en el cenicero:
–3.000 francos. No más. Y con pagos fraccionados, según ventas.
Al cabo de medio minuto dije:
–Ah.
En ese medio minuto pensé: 3.000 francos no es mucho pero ninguno era peor, comer en los árabes, cero cine, pegar la gorra de vez en cuando en casa de Manolo y Chantal, la biografía cara de Céline que esperara, también las botas de cuero para mi esposa, y suplicarle a Domi (en nombre de la solidaridad latinoamericana) otra rebajita en el alquiler… De pronto, no sé por qué, calculé que con 3.000 francos bien podría comprarme unas 110 cajas de Friskies, por supuesto no le mencioné nada a Mme M. acerca del cálculo, sólo le dije: “Ah” y nos despedimos prometiéndonos vernos pronto, ella me detuvo con un gesto
–Antes de que se vaya... ¿Sabe usted cuánta gente de la que se pasea por las calles de París quiere ser escritor? La mitad. Y de esa mitad la mitad tiene talento. Cualquier francés tiene talento para escribir, y Francia se hundirá entre otras cosas porque la mayoría de los franceses tienen talento para escribir. Escuche. En un café de Sant Germain un hombre fue a escribir día tras día durante quince años. Había que verlo en aquella mesita apartada, doblado laboriosamente en su tarea. Escribía y escribía en enormes cuadernos de contable. A veces levantaba la cabeza, sonreía al pagar y volvía a sumergirse en su trabajo. Movía la mano muy lentamente, deteniéndose como un artífice en cada palabra, qué digo en cada palabra, ¡en cada letra! ¡Supongo que sólo así pueden escribirse las grandes sagas del espíritu! Pedía un chocolate por la mañana y otro por la tarde. En el intermedio una sopa de habas con un vaso de tinto. Con eso le bastaba. Una noche reclinó la cabeza sobre su cuaderno y se quedó dormido. Pero no se había quedado dormido. Se había quedado muerto sobre su cuaderno. No hay imagen más sublime que un escritor muerto sobre sus papeles. Los franceses somos muy curiosos. Siempre queda el morbo de saber en qué un hombre empleó la última parte de su vida. ¿Qué había dentro del cuaderno? Pues bien: garabatos. Garabatos exquisitamente dibujados ¡Cientos y cientos de páginas repletas de garabatos idénticos y perfectos! ¿Obra de la bêtise? ¿Burla in extremis? Quién sabe. De lo que sí no hay dudas es que fue la obra de toda una existencia.
Se
arregló el pelo sobre las orejas, desde la puerta le dije adiós con la mano,
entonces ella me dijo acariciando un grueso tomo que adornaba su buró:
–¿Sabe usted qué habría sido de Balzac si sólo hubiera escrito cuentos
o libros “raros”?
–Sí –contesté–. Se habría muerto de hambre
Hizo un ademán de profunda comprensión y me despidió con una sonrisa, llegué al apartamento, abrí la puerta y lo primero que vi fue a Cucú sobre la mesa, el gato no dejaba de observarme aunque sin gran interés, levanté un dedo y con la boca inflada de aire para que Cucú no se perdiera el efecto disparé: “¡Pum!”, contestó con un débil maullido, sentí hambre, en el refrigerador quedaba una porción de pollo cocinado, sólo había que calentarla y cubrirla con mayonesa, calenté el pollo, olía bien, fui a buscar pan a la cocina, cuando volví ya Cucú se había tragado parte del pollo, la mayonesa le brillaba en los bigotes, pensé con el cuchillo en la mano: “Dios mío, se ha comido mi pollo.”, Cucú no se inmuto y siguió comiendo, pensé: “Seguramente seguirán pasando nubes en la vasta extensión que se avecina, un espacio vacío donde a cualquiera lo roza el ala de la imbecilidad”, y descargué el golpe, la pata izquierda de Cucú quedó separada en el acto, el gato maullaba como quien no comprendía bien lo que estaba pasando, solté el cuchillo, corrí al baño y volví con gasa y desinfectante, Cucú se apoyaba sobre la espalda ligeramente ladeado hacia la herida, envolví el muñón lo mejor que pude, la pata seguía en la mesa, junto al plato, había que deshacerse de la pata, y del gato, no sé qué cuento le iba a hacer a Dominique acerca de la pata de su gato, envolví la pata en un periódico, la acomodé en el bolsillo del abrigo, metí a Cucú en una bolsa, se puso a maullar, primero bajito, luego muy alto, finalmente bajito: un lamento en sordina pero insistente, limpié la sangre y bajé a la calle, caminé en dirección a Pigalle y eché la bolsa con el gato en la basura, más adelante, la pata, me puse a mirar las vidrieras de las tiendas, un clochard desde un rincón me hizo un gesto con una botella vacía, le dije rechinando los dientes: “Ya pasó tu momento histórico, si es que alguna vez estuviste en la historia, so cabrón”, me lanzó la botella que fue a parar a la calle.
En un árbol un pájaro describía círculos
cada vez mayores, después trazó los círculos en sentido contrario, se posó en
una rama y se quedó extático contemplando el cielo, amarillo como los ojos del
pájaro.
Caminé hasta los almacenes Tati y me compré
un gorro para el invierno, y un abrigo, y un edredón, para envolverme mientras
escribía, durante el invierno, después llegó el invierno, un frío seco, bueno
para mi asma, pero gradualmente intenso, Dominique tardó en acostumbrarse a la
ausencia de Cucú, lloriqueó las primeras semanas, yo le expliqué que Cucú se
había ido por donde se van todos los gatos: por la ventana, en busca de su
gata, pero Domi palmoteaba con sus gordas manos meneando la cabeza, hasta que
una noche se apareció con otro gato con el que apenas sostuve relaciones, era
un puro manojo de nervios y para colmo anoréxico, a Mme M. nunca la volví a
ver, una mañana fui a su oficina y sólo encontré a dos obtusos contadores de
una cadena de restaurantes griegos, después de los primeros días de frío
llegaron días más suaves, cargados de un ligero esplendor que movía las cabezas
peladas de los árboles, yo seguía envuelto en
mi edredón, pues el invierno arreció y las cabezas de los árboles se
cargaron de nieve.
Todavía guardo las fotos de París.
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