domingo, 14 de junio de 2026

Las ratas

 

  Surama Ferrer


 Sentado en un rincón de la habitación contempló ávidamente la entrada de una rata de oscura pelambre y nervioso andar a saltos cortos. La siguió con los ojos, por el piso de ladrillos desajustados; olisqueando hacia el otro rincón, donde la cuna permanecía inmóvil. La rata dio vueltas en torno a los balancines del pequeño mueble y emitió chillidos penetrantes, como para darse valor y escalarlos... A sus chillidos contestaron, de la habitación contigua, otros... El corazón le latió apresurado.

  -Van a venir más -se dijo-. Y esperó anhelante.

 Dos animales grisáceos, enflaquecidos, asomaron sus ojillos relucientes, interrogantes, temerosos de imprevistos peligros. El permaneció inmóvil, diciéndose:

  -Si me muevo, huirán... Me estaré quieto, para darles confianza y que entren... ¡que entren!

 Contuvo la respiración sin quitar la vista de los ojillos inquisitivos. Entró una rata y se detuvo, Chilló y echó a andar... Él contó:

  -Una.

  -Dos, tres, cuatro... Se animan, vienen más...

  -Cinco, seis, siete, ocho. ¡Ocho! Qué flacas están...

  -Nueve... ¿Nueve fieras hambrientas!

 La plaga de roedores atravesó desordenadamente la habitación distrayendo a cada paso el olfato, la vista y el apetito con alguna migaja o alguna pieza de ropa tirada bajo los muebles.

  Él pensó:

  -Qué despacio van, para estar tan hambrientas... Se distraen con cualquier cosa. Es que tienen miedo, ¡cobardes! ¡asquerosas! Lo huelen todo... Y mira aquella, todavía rondando la cuna, sin atreverse a subir... ¡cochinos ratones!

  En un montón de ropas se detuvo una de ellas... Chilló fuerte. Acudieron las otras y se metieron por los repliegues de las telas. Revisaban meticulosamente cada oquedad, asegurándose la salida. Desenvolvían las telas, se enredaban, tiraban de sus extremos. Una roía una tira y se alejaba de las otras...

 ¡Animales! Entretenerse con los trapos de ella, llenos de sangre. Reflexionó: -Le metieron muchos y todos se empaparon de sangre. Cuanto más crecía la tonga de trapos ensangrentados, más se me moría ella...

  Olvidó las ratas adueñándose de la habitación en penumbras y revivió a su mujer, desfigurada por el dolor, desfalleciendo encima de la mesa, y él con las manos inútiles, sin poder hacer nada. ¿Qué sabía un hombre de partos y de dolores de las mujeres? Sólo veía que ella estaba mal. Se lo veía en los ojos, cuando sus dos pupilas negras, tan redondas y luminosas, se opacaban y daban vueltas y más vueltas por el globo del ojo, hasta que se quedaron fijas definitivamente. Fijas y cristalinas, perdiendo la luz y el color.

   -Yo quisiera hacer algo. Yo le dije a la Comadre:

  -Comadre, ella está muy extraña ¿qué le pasa? ¿no le puede hacer algo? -Y ella me dijo, haciendo que se encolerizaba:

  -Los hombres no saben de ésto... Yo sí. Aquí en la Ciénaga todos los que han nacido en los últimos diez años, los he sacado yo...

  -Pero se demora mucho, y ella es débil y está sufriendo... ¡Óigala como grita! ¡No puedo soportar sus gritos! ¡Déjeme acercarme a la mesa!... Me horroriza esa sangre, pero déjeme acercarme a ella.

  -No. ¡Salga, salga! La va a poner nerviosa... Yo sé lo que hago...

  -Pero ella no puede más, lo sé...

  -De todos modos yo le saco el muchacho... Es cuestión de tiempo. ¿Si habré sacado yo muchachos en esta Ciénaga! ¡Si sabré yo como se ponen los hombres furiosos cuando pierden el hijo, y les queda la mujer!... Primero el chiquito, el chiquito, me gritaban. ¡Puah!

  Él se calló y estuvo muy quieto mirándola, desde allí, desde la misma puerta por donde entraron las ratas... ¡Las ratas!... Miró alrededor y las vio en círculo, rodeando la cuna, chillando y chocando unas con otras, sin decidirse a subir. Retornó a sus recuerdos... Ella seguía gritando y su voz era un sonido horripilante en la quietud de la madrugada... Los gritos salían por todas las puertas de la casucha miserable y volvían a entrar y se llenaba la casa de gritos que le helaban el sudor en los poros... La voz se debilitaba. Sonó uno de hembra herida, desgarrada. Fue el último... Entró en el cuarto y vio a la Comadre afanosa, con algo rojizo entre las manos.

  -¡Un macho! -le dijo por encima del hombro-... Toma, cógelo, y ponlo en la cuna... Después échame acá todos los trapos del armario... Le sale mucha sangre...

  -Sí... Sí, los trapos...

  Eran aquellos mismos trapos que las ratas revolvieron como si fueran golosinas. Los trapos con la sangre de ella. ¡Con toda la sangre de ella! Él quiso gemir, y los recuerdos se interpusieron a su necesidad de desahogarse...

 -¡Más trapos... más trapos! -jadeaba la Comadre-. ¡Pronto, que se desangra, la muy boba!... ¡Más!...

   El corrió de la mesa al armario. Lo vació; abrió después el baúl y sacó su ropa, sus vestidos ingenuos, con cintas descoloridas y un olor suave a sudor de mujercita desflorada...

  Así transcurrió mucho tiempo. El hurgando por todas partes y la Comadre pidiendo más y tirando al suelo los trapos rojos, pegajosos...

  -No más... ya no más, -oyó que le dijo a sus espaldas, y puesto en pie miró a la Comadre...

  -¿Qué?...

  -Que no mis trapos, ya no hacen falta...- ¿Por qué?...

  -Porque está muerta... Se desangró como un pollo... Sin remedio, sin remedio!

  Entonces, no supo lo que le sucedió. Se fue acercando a la mesa y le miró la carita blanca, afilándose por momentos... Blanca y larga como la hoja de una daga mora. Y los ojillos negros haciendo una cruz con la línea de la nariz... Estaba desnuda, con las manos crispadas en sus senos chiquitos, de mujercita recién desflorada... Y entre las piernas abiertas, aquel infierno rojo angular, hirviente... Tenía que taparla, y se le echó encima a llorar, cubriéndola toda...

  La Comadre le decía desde lejos:

 -No debes llorar. Los hombres de aquí de la Ciénaga no lloran... Ahora tienes que atender al crío. Yo le voy a dar leche, pero cuando me vaya, si grita, se la das en esta botella... ¡pobrecito! ¡mira como se le llena la boca con la chupeta! ¡y cómo se embarra! La mujer se reía, ¡se reía!, ¡con ella muerta encima de la mesa!

 ¡Ah! ¡Qué bestia era aquella Comadre! ¡Ocuparse del macho que la mató a ella! Y la mujer seguía hablando:

 -Este machito, necesita de una mujer que lo cuide... ¡si señor! Cuando se la lleven a ella al amanecer, cuando yo vaya y dé el aviso, te debes buscar otra enseguida... - pensó un momento: - ¡Ajá! ¡Ya sé: la hembrita del botero, la más chiquita, tiene catorce años, pero puede servir... ¡puede servir para los dos!

  Él se dijo: todavía se ríe, se ríe, la muy cínica, con ella muerta aquí arriba de la mesa...

  -Ya está. Se embuchó la leche... ¡Bueno! ¡Me voy! Te acompaño en el sentimiento... Cuando venga por la mañana las envuelves con algo y ellos se la llevan para la Ciénaga... Allí están enterrados todos los de aquí, en la tembladera del centro... Una piedra en los pies, y ya está...

  Él seguía llorando.

 -¡Ah! Antes que se me olvide... No te estés ahí tirado encima de ella, la pobre, déjala descansar... Júntale las piernas... Cuida al crío, que las ratas del cayo son unas fieras y se meten en las casas y le comen pedazos a la gente... Ten cuidado con el machito y esas ratas de manigua...

 Todo pasó tan rápido... Se la llevaron. Se quedó solo con el machito que dormía en la cuna... Dio unas vueltas por la casa y no quería acercarse a la cuna... Pasó el día y no hizo nada, sólo podía pensar en aquello mismo, oyendo sus gritos... El último, sobre todo, el último que fue la despedida. Se cansó de dar vueltas y se tiró en el rincón del cuarto, vigilando la cuna... Se dijo que no valía la pena estar toda la vida vigilando aquello, que le mató a la mujer... El machito era culpable, no debía cuidarlo. ¿Para qué?... De pronto se acordó de las ratas... Sí... allí estaban, revolviéndolo todo. Entraba poca luz, casi no las veía, pero escuchaba el ruidillo de sus uñas en los ladrillos... No se decidían a la faena... Porque, ¿qué se haría él con un crío? El hijo la mató a ella y debía morir también... Pero él no sabía matar. No podía matarlo... Las ratas sí sabían: roe que roe la carne blanda, las venitas débiles, los pulmones chiquitos, el corazón vivo. Ellas sabían. Y él tenía que esperar a que acabaran, para estar libre de aquello... Tenía que esperar. Se balanceó la cuna. Los chillidos de los roedores lo paralizaron. Oía atentamente.

  -Están subiendo por los balancines de la cuna... Se empujan... Se demoran... ¡animales!... No... ¡Llegan!

  La cuna se movió con rapidez. Ellas chillaban fuerte... Un grito inarticulado comenzó a invadir la cuna. Se fue dilatando, haciéndose continuo y desesperado... El respiró hondo desde el rincón:

  -Lo están mordiendo... ¡Cómo grita!

 El grito del recién nacido se ahogaba, para resonar con más intensidad... Las ratas se disputaban las porciones mis suculentas... La cuna saltaba sobre los balancines al empuje de las bestezuelas, rata devorando al infeliz ser humano indefenso. A medida que aumentaba la furia del ataque y arreciaba el grito animal del hijo, él comenzó a sentirse mejor:

   Qué alegría... Cómo trabajan estas ratas cochinas... Están locas con el olor a leche del crío y con las masitas blandas... Me están librando... En cuanto acaben me largo a la Ciénaga, a tocarle a ella los senos, debajo del fango... ¡Pobrecita! Me estará esperando... ¡Qué se lo coman de una vez! ¡asesino! Mató a su madre...

  El balanceo de la cuna disminuía. El grito enronquecido se ahogó definitivamente... Una rata saltó al suelo y huyó a la manigua... Le siguieron las otras... El cuarto se adormiló en un silencio roto a intervalos por una risa reposada... Se alzó y rio con más frecuencia... Alargando sus carcajadas en una a abierta, gutural... Se agarró los cabellos... Después abrió los brazos y riendo echó a correr por la manigua. Entró en el caserío sorteando las casas y las gentes que se quedaban mirándole boquiabiertas... Enfiló hacia el puente de tierra, que moría en la tembladera del centro... Un carbonero acertó a gritarle:

  -¡Por ahí no, animal, que te entierras en la tembladera...!

   Rio más y contestó:

  -¡Las ratas! Las ratas... ¡Ya voy...!

  Faltó la tierra apisonada del puente bajo sus pies... Saltó, y cayó rígido, como una saeta hendiendo la tersura de la Ciénaga... El regazo oscuro y corrompido del fangal acogió la risa loca del hombre suicida, y la devolvió lentamente a la superficie, en burbujas semiesféricas, de un gris opaco...



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