Surama Ferrer
Sentado en un rincón de la habitación
contempló ávidamente la entrada de una rata de oscura pelambre y nervioso andar
a saltos cortos. La siguió con los ojos, por el piso de ladrillos desajustados;
olisqueando hacia el otro rincón, donde la cuna permanecía inmóvil. La rata dio
vueltas en torno a los balancines del pequeño mueble y emitió chillidos
penetrantes, como para darse valor y escalarlos... A sus chillidos contestaron,
de la habitación contigua, otros... El corazón le latió apresurado.
-Van a venir más -se dijo-. Y esperó anhelante.
Dos animales grisáceos, enflaquecidos, asomaron sus ojillos relucientes, interrogantes, temerosos de imprevistos peligros. El permaneció inmóvil, diciéndose:
-Si me muevo, huirán... Me estaré quieto,
para darles confianza y que entren... ¡que entren!
Contuvo la respiración sin quitar la vista
de los ojillos inquisitivos. Entró una rata y se detuvo, Chilló y echó a
andar... Él contó:
-Una.
-Dos, tres, cuatro... Se animan, vienen
más...
-Cinco, seis, siete, ocho. ¡Ocho! Qué
flacas están...
-Nueve... ¿Nueve fieras hambrientas!
La plaga de roedores atravesó
desordenadamente la habitación distrayendo a cada paso el olfato, la vista y el
apetito con alguna migaja o alguna pieza de ropa tirada bajo los muebles.
Él pensó:
-Qué despacio van, para estar tan
hambrientas... Se distraen con cualquier cosa. Es que tienen miedo, ¡cobardes!
¡asquerosas! Lo huelen todo... Y mira aquella, todavía rondando la cuna, sin
atreverse a subir... ¡cochinos ratones!
En un montón de ropas se detuvo una de
ellas... Chilló fuerte. Acudieron las otras y se metieron por los repliegues de
las telas. Revisaban meticulosamente cada oquedad, asegurándose la salida.
Desenvolvían las telas, se enredaban, tiraban de sus extremos. Una roía una
tira y se alejaba de las otras...
¡Animales! Entretenerse con los trapos de ella, llenos de sangre. Reflexionó: -Le metieron muchos y todos se empaparon de sangre. Cuanto más crecía la tonga de trapos ensangrentados, más se me moría ella...
Olvidó las ratas adueñándose de la
habitación en penumbras y revivió a su mujer, desfigurada por el dolor,
desfalleciendo encima de la mesa, y él con las manos inútiles, sin poder hacer
nada. ¿Qué sabía un hombre de partos y de dolores de las mujeres? Sólo veía que
ella estaba mal. Se lo veía en los ojos, cuando sus dos pupilas negras, tan
redondas y luminosas, se opacaban y daban vueltas y más vueltas por el globo
del ojo, hasta que se quedaron fijas definitivamente. Fijas y cristalinas,
perdiendo la luz y el color.
-Yo quisiera hacer algo. Yo le dije a la
Comadre:
-Comadre, ella está muy extraña ¿qué le
pasa? ¿no le puede hacer algo? -Y ella me dijo, haciendo que se encolerizaba:
-Los hombres no saben de ésto... Yo sí.
Aquí en la Ciénaga todos los que han nacido en los últimos diez años, los he
sacado yo...
-Pero se demora mucho, y ella es débil y
está sufriendo... ¡Óigala como grita! ¡No puedo soportar sus gritos! ¡Déjeme
acercarme a la mesa!... Me horroriza esa sangre, pero déjeme acercarme a ella.
-No. ¡Salga, salga! La va a poner
nerviosa... Yo sé lo que hago...
-Pero ella no puede más, lo sé...
-De todos modos yo le saco el muchacho...
Es cuestión de tiempo. ¿Si habré sacado yo muchachos en esta Ciénaga! ¡Si sabré
yo como se ponen los hombres furiosos cuando pierden el hijo, y les queda la
mujer!... Primero el chiquito, el chiquito, me gritaban. ¡Puah!
Él se calló y estuvo muy quieto mirándola,
desde allí, desde la misma puerta por donde entraron las ratas... ¡Las
ratas!... Miró alrededor y las vio en círculo, rodeando la cuna, chillando y
chocando unas con otras, sin decidirse a subir. Retornó a sus recuerdos... Ella
seguía gritando y su voz era un sonido horripilante en la quietud de la
madrugada... Los gritos salían por todas las puertas de la casucha miserable y
volvían a entrar y se llenaba la casa de gritos que le helaban el sudor en los
poros... La voz se debilitaba. Sonó uno de hembra herida, desgarrada. Fue el
último... Entró en el cuarto y vio a la Comadre afanosa, con algo rojizo entre
las manos.
-¡Un macho! -le dijo por encima del
hombro-... Toma, cógelo, y ponlo en la cuna... Después échame acá todos los
trapos del armario... Le sale mucha sangre...
-Sí... Sí, los trapos...
Eran aquellos mismos trapos que las ratas
revolvieron como si fueran golosinas. Los trapos con la sangre de ella. ¡Con
toda la sangre de ella! Él quiso gemir, y los recuerdos se interpusieron a su
necesidad de desahogarse...
-¡Más trapos... más trapos! -jadeaba la
Comadre-. ¡Pronto, que se desangra, la muy boba!... ¡Más!...
El corrió de la mesa al armario. Lo vació;
abrió después el baúl y sacó su ropa, sus vestidos ingenuos, con cintas
descoloridas y un olor suave a sudor de mujercita desflorada...
Así transcurrió mucho tiempo. El hurgando
por todas partes y la Comadre pidiendo más y tirando al suelo los trapos rojos,
pegajosos...
-No más... ya no más, -oyó que le dijo a
sus espaldas, y puesto en pie miró a la Comadre...
-¿Qué?...
-Que no mis trapos, ya no hacen falta...- ¿Por qué?...
-Porque está muerta... Se desangró como
un pollo... Sin remedio, sin remedio!
Entonces, no supo lo que le sucedió. Se
fue acercando a la mesa y le miró la carita blanca, afilándose por momentos...
Blanca y larga como la hoja de una daga mora. Y los ojillos negros haciendo una
cruz con la línea de la nariz... Estaba desnuda, con las manos crispadas en sus
senos chiquitos, de mujercita recién desflorada... Y entre las piernas
abiertas, aquel infierno rojo angular, hirviente... Tenía que taparla, y se le
echó encima a llorar, cubriéndola toda...
La Comadre le decía desde lejos:
-No debes llorar. Los hombres de aquí de
la Ciénaga no lloran... Ahora tienes que atender al crío. Yo le voy a dar
leche, pero cuando me vaya, si grita, se la das en esta botella... ¡pobrecito!
¡mira como se le llena la boca con la chupeta! ¡y cómo se embarra! La mujer se
reía, ¡se reía!, ¡con ella muerta encima de la mesa!
¡Ah! ¡Qué bestia era aquella Comadre!
¡Ocuparse del macho que la mató a ella! Y la mujer seguía hablando:
-Este machito, necesita de una mujer que
lo cuide... ¡si señor! Cuando se la lleven a ella al amanecer, cuando yo vaya y
dé el aviso, te debes buscar otra enseguida... - pensó un momento: - ¡Ajá! ¡Ya
sé: la hembrita del botero, la más chiquita, tiene catorce años, pero puede
servir... ¡puede servir para los dos!
Él se dijo: todavía se ríe, se ríe, la muy
cínica, con ella muerta aquí arriba de la mesa...
-Ya está. Se embuchó la leche... ¡Bueno!
¡Me voy! Te acompaño en el sentimiento... Cuando venga por la mañana las
envuelves con algo y ellos se la llevan para la Ciénaga... Allí están
enterrados todos los de aquí, en la tembladera del centro... Una piedra en los
pies, y ya está...
Él seguía llorando.
-¡Ah! Antes que se me olvide... No te estés
ahí tirado encima de ella, la pobre, déjala descansar... Júntale las piernas...
Cuida al crío, que las ratas del cayo son unas fieras y se meten en las casas y
le comen pedazos a la gente... Ten cuidado con el machito y esas ratas de
manigua...
Todo pasó tan rápido... Se la llevaron. Se
quedó solo con el machito que dormía en la cuna... Dio unas vueltas por la casa
y no quería acercarse a la cuna... Pasó el día y no hizo nada, sólo podía
pensar en aquello mismo, oyendo sus gritos... El último, sobre todo, el último
que fue la despedida. Se cansó de dar vueltas y se tiró en el rincón del
cuarto, vigilando la cuna... Se dijo que no valía la pena estar toda la vida
vigilando aquello, que le mató a la mujer... El machito era culpable, no debía
cuidarlo. ¿Para qué?... De pronto se acordó de las ratas... Sí... allí estaban,
revolviéndolo todo. Entraba poca luz, casi no las veía, pero escuchaba el
ruidillo de sus uñas en los ladrillos... No se decidían a la faena... Porque,
¿qué se haría él con un crío? El hijo la mató a ella y debía morir también...
Pero él no sabía matar. No podía matarlo... Las ratas sí sabían: roe que roe la
carne blanda, las venitas débiles, los pulmones chiquitos, el corazón vivo.
Ellas sabían. Y él tenía que esperar a que acabaran, para estar libre de
aquello... Tenía que esperar. Se balanceó la cuna. Los chillidos de los
roedores lo paralizaron. Oía atentamente.
-Están subiendo por los balancines de la
cuna... Se empujan... Se demoran... ¡animales!... No... ¡Llegan!
La cuna se movió con rapidez. Ellas
chillaban fuerte... Un grito inarticulado comenzó a invadir la cuna. Se fue
dilatando, haciéndose continuo y desesperado... El respiró hondo desde el
rincón:
-Lo están mordiendo... ¡Cómo grita!
El grito del recién nacido se ahogaba,
para resonar con más intensidad... Las ratas se disputaban las porciones mis
suculentas... La cuna saltaba sobre los balancines al empuje de las
bestezuelas, rata devorando al infeliz ser humano indefenso. A medida que
aumentaba la furia del ataque y arreciaba el grito animal del hijo, él comenzó
a sentirse mejor:
Qué alegría... Cómo trabajan estas ratas
cochinas... Están locas con el olor a leche del crío y con las masitas
blandas... Me están librando... En cuanto acaben me largo a la Ciénaga, a
tocarle a ella los senos, debajo del fango... ¡Pobrecita! Me estará
esperando... ¡Qué se lo coman de una vez! ¡asesino! Mató a su madre...
El balanceo de la cuna disminuía. El grito
enronquecido se ahogó definitivamente... Una rata saltó al suelo y huyó a la
manigua... Le siguieron las otras... El cuarto se adormiló en un silencio roto
a intervalos por una risa reposada... Se alzó y rio con más frecuencia...
Alargando sus carcajadas en una a abierta, gutural... Se agarró los cabellos...
Después abrió los brazos y riendo echó a correr por la manigua. Entró en el
caserío sorteando las casas y las gentes que se quedaban mirándole boquiabiertas...
Enfiló hacia el puente de tierra, que moría en la tembladera del centro... Un
carbonero acertó a gritarle:
-¡Por ahí no, animal, que te entierras en
la tembladera...!
Rio más y contestó:
-¡Las ratas! Las ratas... ¡Ya voy...!
Faltó la tierra apisonada del puente bajo
sus pies... Saltó, y cayó rígido, como una saeta hendiendo la tersura de la
Ciénaga... El regazo oscuro y corrompido del fangal acogió la risa loca del
hombre suicida, y la devolvió lentamente a la superficie, en burbujas
semiesféricas, de un gris opaco...
No hay comentarios:
Publicar un comentario