Federico de Ibarzábal
No. Este es, seguramente, el Puerto
de la Buena Arribada.
El piloto decía:
-¿Para qué ir más adelante?
Y como todos tienen deseos de
desembarcar...
Echan el ancla.
Si, es bello. Pues como florecen las
rosas del otoño y hay sol dorado y azules transparencias en la atmósfera que
ondula de brisas y esto es grato...
Se viene de lejos.
Llegar. A alguna parte, pero llegar.
¿No se ha perdido el camino.
Así es posible echar el ancla.
Las islas maravillosas están ahí, en
las páginas infantiles de los libros daneses. Aquí no. Estamos en rada, ahora
que es tiempo de mediodía y va a zarpar una goleta con buen viento del este.
-¡Eh, del barco!
-¡Salud, marineros!
Deja atrás la Isla de los Muertos.
Deja atrás el dolor y la desesperanza. He ahí su proa hendiendo azules de
crestas blancas en el golfo rizado y pequeño, y su casco frágil de quilla
verde. Se va. Cuando alcance el mar libre...
Ya está. El bauprés apunta
directamente al norte.
-¡Salud, marineros!
Vosotros pasaréis sobre nuestras
huellas. Es lo mismo. No se sabrá nunca. Nosotros ocupamos vuestro lugar en la
rada.
-Poco a poco, camaradas. Esto es muy
pequeño.
Junto a la baliza de fondeo borneamos suavemente y caemos proa a levante,
acoderados y expectativos.
No se sabe nada. Nadie sabe nade.
-¡Tú, piloto!
La Isla de los Muertos está ahí,
toda blanca, y azul, y dorada, y no da miedo verla. ¿Y este no es el Puerto de
la Buena Arribada?
No lo parece.
-Entra, marinero. ¡Avante! Penetra bien toda esta isla y no mires atrás.
Ahí queda tu mundo pequeñito, bien guardado, custodiado, vigilado. Sigue
adelante y no te preocupes, hijo, que la salvación está en ti mismo. Todo,
también, lo llevas en ti. Y ya te llamarán cuando hagas falta. Todo está en ti
mismo.
-¿Hasta la esperanza?
El contramaestre sonríe.
Sabe que no hay lugar a la esperanza. Todo lo ocupa el olvido en la Isla de
los Muertos. ¿Cargada de qué, pues, salió esta goleta?
La calle es ancha y clara. Huye del muelle recta como un buen propósito,
hacia el corazón de la ciudad. ¡Cuidado, marinero! El contramaestre va derecho,
por el medio de la calle, Si no oyes el canto de las sirenas, ¡oh, marinero!...
De todos modos te agarrarán por un brazo...
Todos aquí están muertos, sin embargo. No saben que marchan por la calle de
la Buenaventura. No saben que la calle no conduce a ninguna parte, sino al
corazón de la ciudad. Que es como decir...
Y las sirenas, en sus grutas de papel pintado, duermen la siesta.
-¿Es verdad que están muertos? -dice el marinero.
Los ve pasar. Cruzan por su lado y junto al contramaestre, sin verlos, sin
cuidarse de ellos, ingrávidos y tristes como si los acabaran de desenterrar
tras largos años de experiencia subterránea. No lo cree el marinero y va a
tocar a uno de ellos. El ciudadano se ocultar a aquel extraño su condición de
muerto. Muerto, muerto, esquiva rápido y huye lejos, evasivo y ligero como si
quisiera muerto hace muchos años. ¿Y este no será a lo mejor, y tal vez y
probablemente, un enterrador? El marinero ve otra vez la sonrisa del
contramaestre. Una sonrisa ciertamente estúpida y que no tiene razón de ser. Porque
no debe el marinero reírse de los muertos -y menos cuando se está en la Isla de
los Muertos- él, que viaja en un féretro flotante, por encima de montañas de
muertos. A veces, junto a barcos que llevan una tripulación de cadáveres. Y con
pasajeros que han muerto hace muchísimo tiempo.
El marinero es rubio y noruego, de
Oslo. El contramaestre, danés y supersticioso.
-Entonces, ¿de qué te ríes? -le dice el marinero.
-Es que esto no nos importa a
nosotros, camarada marinero. Y es verdad que ven cosas extrañas, que sólo hacen
reír a los que llegan de fuera, del mar lejano y turbio, o gris o verdoso o de
azul absoluto. La risa no es más que una presunción del contramaestre, porque
cree saberlo todo. Así lo interpreta el marinero: -¿Y esos, también están
muertos?
Cruza un pelotón de soldados.
El contramaestre calla. Ve la punta de los rifles y él no sabe lo que puede
pasar. Luego dice:
-Debe ser una patrulla de relevo.
Piensa si serán los soldados que cuidan de los cementerios de la isla para
que no se les vaya ningún muerto.
-Todos, todos, están muertos, dice pensativo el marinero.
-¿Tú no recuerdas, Olsen? En la rada no hay ningún barco.
-Es que aquí no entran barcos. Es la
Isla de los Muertos, Bergen.
Hace rato que ven cruzar junto a ellos innumerables siluetas. Algunas se
detienen, vacilan un momento -¿se irán a caer?-, reinician su camino. No se
quieren mover de la esquina por temor a tropezar con algunas de estas siluetas
pálidas y graves, y derribarlas. El contramaestre no hará nunca eso, ni por
descuido. Quiere volver a Rotterdam... Dos sombras cruzan por su lado. Una
dice:
-¿Ves? Todo está muerto...
Bergen mira a todas partes. Toca a Olsen con el codo:
-“Todo está muerto.” ¿Oíste, Olsen?
-Es terrible -dice la otra sombra,
alejándose de su compañero.
Por el cielo, de un azul pastel, cruza muy alto, un avión amarillo. Una
esquina más adelante, encuentran una fila de automóviles, junto a la acera. Todos
sus choferes, muertos seguramente, se han quedado como dormidos.
-Mira -dice Olsen-. Parece que
estuvieran durmiendo.
Uno tiene un periódico entre las
manos igual que si leyera.
-A lo mejor es un diario de hace ocho años, Olsen.
Se detiene para ver mejor.
-¡Un diario de ocho años! Estábamos... -pensó un momento. Estábamos en
Malasia.
Acercándose, Bergen observa la fecha del día, estampada como una cifra de
misterio en la primera página del diario.
-No me explico, Olsen...
Echan a andar.
Frente al edificio de la Cámara de Comercio, ven que la casa está sombría,
abandonada, como si desde hace mucho tiempo antes no se hablara allí de
transacciones, ni de intercambios, ni de mercaderías de ninguna clase, ni de
nada absolutamente.
-Esto también está muerto, Bergen.
-¿Y esto? -dice Olsen más adelante.
-¡Oh! La Bolsa. También muerto. Aquí no se cotizan valores lo menos desde
que nosotros andábamos capeando aquel tifón del mar de la China.
Olsen está más rojo ahora y más rubio bajo el sol del mediodía, que
enciende la calle con chorros de oro vivo.
Unos álamos perecen bajo el polvo, a lo largo de la avenida. Las casas,
despintadas y sucias, parecen próximas a derrumbarse bajo el peso de su
abandono. Casi todas están desocupadas. En sus puertas hay clavados letreros
iguales, como lápidas.
-Nichos vacíos, Bergen.
Son casas desalquiladas. Sus moradores, probablemente, ya están en el otro
mundo. Los carteles tienen polvo de muchos años. Algunos están rotos por la
lluvia y el viento. De su interior llega olor a humedad, a moho.
-Deben de ser interiores desolados y oscuros, Olsen.
Trata de mirar por una ventana que tiene las persianas rotas. Se echa otra
vez al centro de la calle, tapándose la nariz. Por poco lo atropella un
automóvil. No se indigna.
-Los pobres, como no ven.
Se refiere al chofer.
El driver, efectivamente,
aunque quisiera disimularlo hábilmente, no puede negar que es un cadáver. Hasta
huele mal. Además, no hay sino que ver su cara amarilla, sus pómulos casi
descubiertos bajo la piel arrugada y muerta.
-Debe ser un muerto de hace poco
tiempo, Olsen.
-Te lo conocemos, amiguito -dice
Bergen al chofer.
Mira el reloj.
-Las doce y treinta, Olsen.
No hay un solo almacén abierto. Desde luego, ¿para qué? En una tienda de
extranjeros encuentran unos cuantos hombres vivos.
-Survivors, Olsen. *
Entran. No huele a cadáver. Ni a
tumba recién abierta. Sino a vino, a aceites y a arenque ahumado. Sentados a la
mesa, con In cara hacia el norte, y en un pedazo del edificio del Congreso. Un
largo merengue con una cúpula de natilla que se tuesta al sol. Enfrente, otra
fila de automóviles con sus cadáveres al timón, inmóviles como sus vehículos.
La fonda está llena de moscas y de silencio. En una vitrina que llega hasta el
techo, un techo bajo, abovedado, detrás del mostrador carcomido, se ahílan
botellas con marbetes inscriptos en todos los idiomas del mundo. Olsen y Bergen
piden vino, señalando una botella con un letrero que dice: “Rioja”, y que ellos
conocen perfectamente desde su reciente recalada en Veracruz. Se les da hielo,
que rechazan prontamente. No se explican que no se tome el vino caliente. Salen
luego, después de dejar sobre la mesa de tabla un dólar, la moneda
internacional en América. Es la una de la tarde.
Por la calle abajo, observan que los
escaparates de todos los comercios están agujereados de proyectiles. Algunos
cristales han desaparecido y se les ha sustituido con tablas. Muchas calles
están así. Algunas parecen una valla interminable, donde no se anuncia nadie.
Ni la virtud de ningún específico ni los milagros de las panaceas locales. No
es extraño. ¿Qué aplicación han de tener estas cosas en la Isla de los Muertos?
Hay cosas curiosas. Por ejemplo:
aquel tendero inclinado sobre una carpeta, con una pluma en la mano y los ojos
a medio cerrar... Cualquiera diría que está escribiendo, y fatigado de sueño...
¡Un muerto! Y cosas espantosas: junto al quicio de una puerta, una mujer
sentada en el suelo, con la espalda pegada a la pared, como si acabaran de
fusilarla. Todavía tiene los ojos abiertos. Pero ya no miran a ninguna parte. A
su lado, cuatro chiquillos envueltos en andrajos, sin carne alrededor de los
huesos. El pellejo -se advierte por los claros del churre- es amarillo como el
de los niños en Amoy o en Nangking. Por sus cráneos rapados pululan caravanas
de insectos internacionales. Uno de esos chiquillos, que no está bien muerto
todavía, al ver pasar a Bergen y Olsen, se alza de su pudridero. Con enorme
sorpresa de Bergen, el pequeño se mueve, tiende las manos y dice en un slang
desmañado:
-Mister, one cent!
Le dan algunos centavos.
La mujer fusilada se mueve un poco, y Bergen cree que una ráfaga de aire la
va a derribar al suelo. No lo quiere ver y se marcha.
Unos camiones enormes, de altas paredes metálicas, cruzan con terrible
estrépito. A Olsen le parecen carros para la basura, pero Bergen insiste en que
son grandes depósitos de cadáveres que van a ser precipitados al mar. No está
muy seguro. Pero debe de ser así, dado que despiden tan mal olor. El estruendo
se apaga en una calle lejana. El hedor se confunde en la atmósfera con los
otros hedores de la ciudad muerta. La putrefacción es general, y Bergen -tan
amigo de hacer observaciones- apunta que en el ambiente enrarecido deben flotar
cómodamente y sin miedo a descender a ras de tierra, las almas de aquellos que
habitaron un día las casas lapidadas.
La ciudad es hostil y punteada de fealdades por todas partes. Un rincón de
ella, no muy lejos del centro, por cierto, huele a estiércol. Es el barrio
asiático. El sol es su único desinfectante. Todo aparece ahí lamentable,
corrupto y purulento. Gacho, inconcluso y nonato. Un asco. Bergen y Olsen pasan
rápidamente.
-Eh, boys! Coming!
Está semidesnuda, a la puerta de un prostíbulo. Pintarrajada por todas
partes, parece una máscara. ¡Una sirena!
-No, chica -dijo Bergen-. Que no tenemos inyecciones a bordo.
Las residencias vacías, las siluetas enclenques de las sombras que cruzan
dando la impresión de que van a deshacerse, y comercios abandonados, se suceden
hasta el extremo de la ciudad muerta, triste en su silencio inmutable.
Pasan aun frente a dos clubes, que
tienen las puertas cerradas. No se atreven a hablar a nadie, pues temen oír
respuestas de ultratumba, o sonidos inarticulados que no expresan nada.
Continúan su marcha.
Por todas partes no se ven sino edificios incendiados, casas abandonadas
por sus moradores - muertos ya seguramente-, edificios saqueados. Apenas hay transeúntes.
Ni vendedores. No se pregonan periódicos. No hay el menor síntoma de vida en
ese sector de la ciudad.
Atraviesan la ciudad.
Sobre el bastión de una vieja
fortaleza, un grupo de marineros mira al horizonte con vago gesto de cansancio.
Otros reposan a la sombra de una casamata. La bayoneta de un centinela refleja
el sol siniestramente.
Por una calle, que no es ciertamente la de Buenaventura, ven los últimos
estertores de la ciudad y las postreras miserias de la Isla de los Muertos.
Hay, en las esquinas, hombres con las manos extendidas y rígidas, como
queriendo comprobar si llueve. Hay muchos así por las calles. Bergen se imagina
que son limosneros. Por la calle vuelan papeles sucios, amarillos de tiempo.
Seguramente han muerto todos los basureros y las calles no han sido barridas
desde ese tiempo. Lo único que parece conservar aún un poco de vida, son
algunos álamos del parque. Pues hasta las banderas cuelgan fláccidas en sus
mástiles endomingados.
En una pequeña plaza, llena toda de
siluetas amarillas, de escombros y de silencio, han visto humear un edificio de
dos plantas, con su exterior cerrado. Las ventanas altas, de cristales, están
perforadas por las balas. Mirando hacia el interior, Bergen ve los restos de
una imprenta deshecha, con las maquinarias rotas, llenas de cenizas. Olsen
comprueba que se trata de las oficinas de un periódico que el gobierno ha hecho
quemar para hacerlo callar por la fuerza.
Bergen sabe que, una tarde, la plebe
que moría le dio fuego. Y como los soldados ya no tenían a quien fusilar,
porque la ciudad no contenía sino una población de cadáveres, fusilaron el
edificio del periódico. Cuatro horas después, los enterradores vigilaban,
descaradamente, con el fusil al brazo, el enorme cadáver del periódico que
había perecido entre las llamas. La pequeña plaza está salpicada de manchas de
sangre y de comentarios vergonzantes.
A uno de esos soldados, que ha
evolucionado lo suficiente para emplear el acento humano al expresarse, se
acerca Bergen:
-¿Muchos muertos?
-Hoy, siete -dice el mílite mirándolo fríamente.
-¡Bah! -exclama.
El soldado comprende:
-Esto no duró más que diez minutos -dice-. Otros días hemos trabajado
más...
¿Cuántos? -dice Olsen impaciente.
-¡Oh!, otros días... Hasta cuatrocientos.
Se ríe y vuelve la espalda.
Los dos quedan clavados en el suelo. Cuando el soldado pasa otra vez junto
a ellos, Bergen está recordando una vieja historia de sangre:
-Hace un año, un marinero de Oslo, Nilsen, dio una puñalada, en esta misma
ciudad muerta de ahora, a un fogonero italiano, durante una riña de taberna.
Había sido condenado. ¿Qué será de él? ¿Cómo estarán los presos de la cárcel?
Y dice al soldado:
-¿Y en la cárcel?
-¡Psh! Esos son muertos.
El soldado lo dice despreciativamente. Piensa Bergen: “Pobre Nilsen! Se
imagina que los han fusilado a todos.”
Siguen. Ven los colegios cerrados,
las escuelas abandonadas, los comercios abandonados. Muchos, tras inútiles
barricadas. Cafés vacíos. Bares en silencio. Hasta las iglesias sufren de
soledad y sus campanas están mudas. La policía ha muerto también, seguramente,
porque no ven agentes por la calle. Casi junto a Bergen cruza rápido un camión
militar erizado de fusiles. Piensa que, desalojada de cadáveres la ciudad -¿los
habrán tirado al mar?-, las tropas han ocupado este último reducto de la vida
en la Isla de los Muertos.
Ahora van en silencio hacia los
malecones desiertos.
-¡Al puerto! -dice Bergen.
El contramaestre se orienta. Siempre
por el medio de la calle, llegan a la rada. El “Norgens”, en bahía, luce, desde
el muelle, más pequeño y más insignificante en las aguas sin barcos. Humea como
el Fusi Yama. Los fogoneros -se advierte enseguida- levantan presión, allá
abajo, en el vientre oscuro de la embarcación, inmóvil como si estuviera
dormida en las aguas sucias del puerto.
No. Este no es el Puerto de la Buena
Arribada.
El piloto:
-¡Eh, Olsen! ¡Bergen! ¿Qué hacéis
ahí, como muertos, que no os movéis desde hace una hora?
Los dos están amarillos, tirados a popa, bajo un sol que les derrite los
sesos.
El barco gana el mar libre. A popa queda la isla, en la desolación de su
destino, como un enorme catafalco que se va agrisando en la distancia...
1934
*Supervivientes no traduce bien
la palabra (survivors). Podría decirse mejor supervivess, es decir,
hombres que han sobrevivido a sí mismos. (N.del autor.)
La isla de los muertos y otros
relatos, Selección y prólogo de Enrique Saínz, Letras Cubanas, 1983. Fotografía: Carteles, 1923.
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