Luis Cernuda
El novelista Dashieli Hammett
acaba de morir en Nueva York. Después de haber gustado a tantos lectores, me
parece, aunque carezco de noticia bastante como para permitirme afirmarlo, ha
debido morir en medio de ese olvido que, tras unos años de éxito ruidoso,
desciende de pronto y sin razón visible sobre tantas figuras aparentemente
queridas y admiradas por el público norteamericano. Porque, admitámoslo
prontamente, se trata de un escritor de gran público, no uno de aquellos que
entre nosotros acostumbraba a llamárseles, con expresión bien cursi, y
precisamente por los mismos años cuando Hammett gozaba de más éxito, un
escritor para «minorías selectas». El propio Dashiell Hammett no dejaría de
reírse si pudiera oír eso de ser o de no ser un escritor para «minorías
selectas», porque en él se reconoció, al mismo tiempo que a un best-seller,
a un escritor para escritores, a un técnico agudo en el arte de la novela y a
un estilista.
Nacido en St. Mary's County, Maryland, en 1894, tuvo adolescencia y
juventud bien agitadas y variadas, lo mismo que no pocos otros escritores
compatriotas suyos, comenzando a trabajar a los catorce años como recadista de
una compañía ferroviaria, para pasar luego por diversos oficios hasta emplearse
como detective privado, tarea que interrumpe la primera guerra mundial. Dañada
su salud en ésta, recluido en hospitales varios, vuelve después al menester
detectivesco, en medio del cual comienza a escribir. El éxito llega para él
tras un período largo de trabajo duro y de incertidumbre.
Entonces, ¿es Dashiell Hammett un escritor de valor pasajero o un
escritor de los que sobreviven a su tiempo? Lo de sobrevivir a su tiempo es
cuestión espinosa y no corresponde a nosotros decidirla. En sus momentos mejores
nos parece superior a otros escritores que pasan por estar destinados a
sobrevivir a su tiempo, como por ejemplo Hemingway y hasta Faulkner, tan
aburridos ambos en mi experiencia de lector, aun admitiendo la diferencia de
valor que, a favor del segundo, hay entre él y Hemingway. Es interesante la
indicación de que el parecer de André Gide, nada fácil en sus preferencias, era
favorable a Dashiell Hammett, y en su Journal de 19421949 hace varias
referencias al mismo, que vamos a citar.
El 12 de junio de 1942, dice: «He podido leer..., con asombro
considerable bien cercano a la admiración, Cosecha Roja, de Dashiell
Hammett (a falta de la Llave de Cristal, libro tan recomendado por
Malraux, pero que no puedo encontrar por ningún lado).» El 16 de marzo del año
siguiente, insiste: «Leído con vivísimo interés (y ¿por qué no atreverme a
decir que con admiración?) The Maltese Falcon, de Dashiell Hammett, del
cual hasta el verano pasado no había leído, y en traducción francesa, sino la
asombrosa Cosecha Roja, muy superior al Falcon, al Thin Man
y a una cuarta novela, evidentemente escrita por encargo, de cuyo título no me
acuerdo. En lengua inglesa o, por lo menos, norteamericana, mucha de la sutileza
en los diálogos me pasa desapercibida; pero en Cosecha Roja esos
diálogos, conducidos con mano maestra, son cosa para enfrentarla con Hemingway
y hasta con Faulkner; todo el relato mismo de una habilidad y cinismo implacables...
En ese género particular es lo más notable que he leído, según creo. Curioso
por leer la inencontrable Llave de Cristal, que tanto me recomendaba
Malraux.»
El 22 de marzo del mismo año indicado, alude otra vez a Hammett: «Avanzo
con dificultad en Chance; el libro menos bueno de Conrad que yo conozca (y
conozco gran número de ellos). Esa lentitud minuciosa parece aún más cansada
tras el paso vivo de Dashiell Hammett.»
Gide casi admira, sin atreverse a reconocerlo, la novela Red Harvest, bien que admita que, entre una novela como ésa y otra de un novelista «artista», como la indicada de Conrad, ésta semeja lenta, pesada diríamos, para hablar francamente. En efecto, una novela como Red Harvest deja atrás, caduca a una cantidad de novelas que parecen o, mejor, parecían tener valor superior, pero que encontramos aburridas, y una cualidad esencial en el novelista es la de entretener al lector.
The Glass Key y Red Harvest sí nos entretienen y reconocemos que lo consiguen pulcra y seriamente, sin concesiones mercenarias al gusto vulgar: a la facilidad, a la superficialidad, al efectismo. Mas una vez leídas, y admitida la honestidad y el talento de su autor, acaso aún nos parezca que su lectura no ha alcanzado a despertar nuestra simpatía honda ni nuestra admiración indudable. Leemos para divertirnos o para aprender, quiero decir para nuestro aprendizaje intelectual, y poco podríamos aprender de una lectura cuando ésta, además de entretenernos, no consiga asociarnos íntimamente con ella, no despierte en nosotros la emoción de compartir una experiencia excepcional, tanto intelectual como humanamente.
Para conseguir eso, la visión de la realidad debe ir entreverada de afecto y de ironía, lo cual, desde Cervantes acá, ha sido meta del arte novelesco. Un novelista actual como Lawrence Durrell, por ejemplo, la alcanza en ocasiones; para comprobarlo léase ese episodio, en Bitter Lemons, sobre la compra de una casa en Chipre. Mas no basta, sin embargo, para proporcionarnos la entera emoción de hallarnos ante una honda verdad artística. En la vida ordinaria no vemos sino lo visible de ella y de los seres humanos; para verlos enteramente, para calar hasta esa zona invisible que ni ellos alcanzan a penetrar en sí mismos, donde la trivialidad e insignificancia aparentes pueden realzarse con un viso mágico, alternativamente poético, dramático o trágico, es necesario que el novelista, aliado con el poeta, nos dé vislumbre de esa otra dimensión humana que, desde Shakespeare acá, nos fuera revelada para siempre. (Y perdóneseme que saque a colación tan grandes nombres como los de Cervantes y Shakespeare.) No es necesario, ni fácilmente posible, que el novelista alcance adonde Cervantes y Shakespeare alcanzaron (aunque Dostoiewsky y Galdós sí alcanzaran), ya basta con un acercamiento mayor o menor a esta meta ideal.
Nuestro escrúpulo excesivo nos está llevando a esperar de Dashiell
Hammett cosas que él, probablemente, no pretendía ni buscaba; ya es bastante lo
que nos da: realidad, consistencia, interés. Además, el ambiente intelectual de
su país cuando él escribe sus libros no había llegado aún a la «sofisticación»
literaria alcanzada en años posteriores, si no en general, al menos por un
sector lo bastante fuerte como para imponer al resto sus opiniones como las
adecuadas. Recuérdese que Joyce ha conseguido en Estados Unidos un reconocimiento
y respeto más extensos que en otro país cualquiera; recuérdese el éxito
reciente de un escritor tan exquisitamente real y poético como Truman Capote.
Dashiell Hammett escribe en la época cuando la Ley Seca y las bandas de gansters
daban a la vida norteamericana un carácter especial, y las obras de aquél,
realistas como son, adquieren ese tono hard-boiled que sirvió luego para
denominar genéricamente a tal clase de novelas. No sería justo exigirle, pues,
que supo ver y expresar aquel ambiente con acuidad singular, dotándolo, por la
reticencia y la aguda notación psicológica con que lo expone, de un valor
novelesco indudable, que buscara también algo acaso extraño al mismo: la
dimensión poética. Esta, de haber intentado darla, acaso le resultara falsa,
tanto en lo puramente delicado como en lo dramático.
Queda otra cuestión por aludir, concerniente al género novelesco que
cultiva Dashiell Hammett: que ese género puede parecer a muchos secundario, por
no decir mercenario. Gide tal vez lo insinúe, al hablar de «ese género tan
particular», refiriéndose a la novela de detection. Dicho género
novelesco, que Poe inaugura brillantemente con sus dos historias The Murders
in the Rue Morgue y The Mystery of Maríe Roget, con su juego
ingenioso de observación y deducción, tiene luego un largo y vario proceso en
manos de unos y otros. Pues bien, a Hammett, aunque en no pocos de sus relatos
y novelas el protagonista o agente es un detective (él crearía, con Samuel
Spade, su personaje detectivesco), no me parece que se le pueda considerar
estrictamente, al menos en sus libros mejores, como conforme al patrón del
género. No hacemos la salvedad para excusarle de haber cultivado un género
secundario o mercenario, sino porque, en efecto, no nos parece que The Glass
Key y Red Harvest contengan propiamente misterio a descubrir ni
trama siniestra a revelar.
El detective que actúa en Red Harvest (1929), para romper el
círculo de la sórdida y terrible historia que allí se desarrolla, es, por lo
pronto, polo opuesto de aquellas figuras románticas de tantas historias
detectivescas, y carece del halo con que ya Poe provee a su Auguste Dupin y
Conan Doyle subraya y teatraliza aún más en su Sherlock Holmes. El detective
que Hammett pone ahí en escena es de edad mediana, bajo y gordo, pero es
igualmente eficaz que Dupin o Holmes en la tarea y, aunque su técnica sea bien
distinta, realiza la hazaña de romper primero y exterminar después, gracias al
procedimiento de enfrentar a unos gangsters con otros, la red con que
aquéllos estrangulaban a Personville, donde fue llamado para asunto de su
profesión y donde su olfato natural e incentivo profesional le obstinan en la
tarea. Un juego de palabras al comienzo del libro, entre el nombre de ciudad,
Personville, y como lo pronuncian algunos, Poisonville, nos encamina hacia la
sátira y crítica del estado social del país en el momento que escribe,
implícitas en la obra de Hammett.
A este tipo de novela, donde apenas parecen concurrir las circunstancias
del género detectivesco, algunos lo han llamado thriller, aunque tampoco
en este caso la denominación nos parezca adecuada. Lo característico es la astucia
extraordinaria con que la acción y el relato de la misma están conducidos. Ya
dijimos que Hammett no hacía concesiones ningunas a la facilidad,
superficialidad ni efectismo. En cuanto a crear personajes, muchos de los suyos
son inolvidables, como esta Dinah Brand de Red Harvest. La perfección
del diálogo y el paso ágil y alerta de la acción, son absorbentes, como siempre
en los libros mejores del autor.
En The Glass Key (1931), que Malraux con tanta razón recomendaba
a Gide, el protagonista, Ned Beaumont, no es un detective, sino guardaespaldas
y factótum del gangster Paul Madwig. La acción, tan viva como en Red
Harvest, gira sobre el tema reticente de la lealtad en Ned para con Madwig,
enamorados ambos (digamos enamorados, aunque sentimientos y pasiones sean aquí
demasiado complejos como para designarlos con una sola palabra), de Janet
Henry, hija de un personaje político corrupto. Ned Beaumont guarda el secreto
de esa atracción, acaso hasta para consigo mismo, hasta bien avanzado el
relato. Su amistad y lealtad para Madwig le lleva a emprender (acaso como
compensación, ya que sabe cómo Janet está enamorada de él y no de Madwig) en el
underworld de gangsters que regenta la ciudad, y para deshacer la
amenaza contra el imperio de Madwig, una tarea equivalente a la del detective
en Red Harvest.
Ese sentimiento inconfesado de lealtad y de nobleza da al libro
delicadeza recóndita, sin aludirse a él, dejando que el lector lo presienta si
quiere y si puede. La acción es violenta en extremo: movida por la crueldad, la
fuerza bruta y el instinto criminal, que se exhiben sin recato al sin
recato alguno, contrasta en ella el pudor de los sentimientos nobles, de los
actos desinteresados que, en cambio, quedan presentidos. Diálogo y relato se
expresan con crudeza y sangre fría, con aparente insensibilidad que es en
extremo curiosa: es una acción entre hombres, hombres fuertes y duros para
quienes sería humillante y nada viril cualquier gesto de delicadeza. Por eso
mismo resalta más la actitud noble de Ned Beaumont para con Paul Madvig. El
amor apenas se exterioriza: lo presentimos latente en la acción. Ése es uno de
los rasgos singulares en la novela de Dashiell Hammett: que los
motivos de la acción quedan ocultos y el lector avanza por ella en una especie
de niebla; hay que leer el libro con atención bien despierta para calar en la
intriga y en los personajes. Lo cual es prueba de arte novelesco sutil y, ¿por
qué no?, refinado bajo la crudeza y sarcasmo exteriores, los cuales no dejan de
apuntar más o menos directamente, como ya dijimos, a la sociedad y al tiempo en
que los personajes viven.
The Thin Man (1934) responde mejor al patrón de la novela de detection.
Tenemos ahí a un ex detective profesional que se ve casi obligado a investigar
un misterio: dónde está el invisible Clyde Wynant. The Maltese Falcon
(1930), que sigue a la anterior en mérito decreciente, tiene también como héroe
a un detective, Samuel Spade, que aparece en otras novelas largas y cortas de
Hammett, dedicado aquí a la doble tarea de hallar el halcón de oro y de
esquivar los engaños e intrigas de Brigid O'Shaughnessy que, sin decírselo, lo
quiere para ella. Esta es, en su egoísmo y codicia, personaje curioso: terrible
y en apariencia de una dulzura inerme ante el hombre. Mas la búsqueda del
halcón, siempre dilatada por medio de nuevas intrigas, resulta a la larga
monótona. Blood Money (1927) recuerda algo a Red Harvest en la
astucia para deshacer el grupo de gangsters (aquí asociados en un robo
considerable) y el engaño y doblez enconados que éstos practican para
deshacerse unos de otros. Entre ellos son memorables la atlética Big Flora y el
aparentemente inocuo Papadopoulos, cobarde y traidor, mastermind en la
maquinación del robo, y hacia el cual Big Flora parece experimentar una curiosa
atracción medio maternal medio sexual. The Dain Curse (1929) acaso sea,
entre las de su autor, la novela de menos valor.
Quedan sus novelas cortas y cuentos, los que al comenzar estas líneas no
era nuestro propósito comentar suficientemente. De interés unos y otros,
algunos de valor, por ejemplo, The Green Elephant, tienen un interés adicional:
marcar más claramente que las novelas la frontera, en la obra de Hammett, entre
lo novelesco literario y lo sensacional del thriller. Mas ya de un lado,
ya de otro en esa frontera, la obra de Dashiell Hammett posee siempre la
facultad de entretener poderosamente al lector. ¿Cuánto tiempo durará en ella
dicha facultad? Nadie puede responder a eso. Los tiempos cambian y las
diversiones humanas también; lo único que no cambia es la sempiterna necesidad
humana de entretenimiento. Cervantes lo sabía, como indica el prólogo a sus Novelas
Ejemplares: «Que no siempre se está en los templos, no siempre se ocupan
los oratorios, no siempre se asiste a los negocios por calificados que sean:
horas hay de recreación donde el afligido espíritu descanse».
Y aunque la ocupación religiosa haya cedido algo en nuestro tiempo, según creo, y dejado por tanto horas desocupadas de un lado, que de otro ocupe la tan incrementada asistencia a los negocios, aún le quedan al hombre, aparte del tiempo que dedica a los entretenimientos del día, horas libres durante las que requiere materia para divertirse. Y ¿dónde mejor que en la lectura? Como no me figuro que le basten siempre a tal propósito libros como esos que se incluyen en tantas inefables listas de «diez mejores libros» (donde suelen incluirse no los libros que se han leído, sino los que se cree conveniente pretender como leídos), agradezcamos a Dashiell Hammett, que con tanta destreza y talento proporcionara a muchos, con sus obras, nueva y adecuada materia para satisfacer una necesidad humana vieja como el hombre.
1961
Prólogo
a Cosecha roja, Alianza Editorial, 1967.
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