Fernando Vallejo
Hombre Gabo: te voy a contar
historias de Cuba porque aunque no me creas yo también he estado ahí: dos
veces. Dos vececitas nomás, y separadas por diez años, pero que me dan el
derecho a decir, a opinar, a pontificar, que es lo que me gusta a mí, aunque
por lo pronto solo te voy a hablar ex cátedra, no como persona infalible que es
lo que suelo ser. Así que podés hacerme caso o no, creerme o no, verme o no. Si
bien el águila, como su nombre lo indica, tiene ojo de águila, cuando vuela
alto se traiciona y no ve los gusanos de la tierra. Eso sí lo tengo yo muy claro.
–No –les contestaste–. Pero voy a
ser. Tenemos muchas afinidades los dos.
–¿Como cuáles?
–Como el gusto por las rancheras.
Nos encantan a los dos. Por eso madrugué hoy a cantarle “Las mañanitas”.
Gabo: estuviste genial. Me sentí
en México tan orgulloso de vos y de ser colombiano...
¿Pero por qué te estoy contando a
vos esto, tu propia vida, que vos conocés tan bien? ¿Narrándole yo, un pobre
autor de primera persona, a un narrador omnisciente de tercera persona su
propia vida? ¿Eso no es el colmo de los colmos? No, Gabito: es que yo soy
biógrafo de vocación, escarbador de vidas ajenas, y te vengo siguiendo la pista
de periódico en periódico, de país en país y de foto en foto en el curso de
todos estos largos años por devoción y admiración. Tu vida me la sé al dedillo,
pero ay, desde fuera, no desde dentro porque no soy narrador de tercera persona
y no leo, como vos, los pensamientos. Vos me llevás a mí en esto mucha ventaja
desde que descubriste a Faulkner, la tercera persona, el hielo y el imán.
Y a propósito de hielo. Ahora me acuerdo de
que te vi también en el periódico con Clinton en una fiesta en palacio, en
México, “rompiendo el hielo”, como les explicaste a los periodistas cuando te
preguntaron y les contestaste con esa expresión genial. Vos de hielo sí sabés
más que nadie y tenés autoridad para hablar. ¿En qué idioma hablaste con
Clinton, Gabito? ¿En inglés? ¿O le hablaste en español cubano? Ese Clinton en
mexicano es un verdadero “mamón”, que se traduce al colombiano como una persona
“inmamable”. Ay, esta América Latina nuestra es una colcha de retazos
lingüísticos. Por eso estamos como estamos. Por eso el imperialismo yanqui nos
tiene puesta la bota encima, por nuestra desunión. Si vos vas de palacio en
palacio –del de Nariño al de Miraflores, del de Miraflores a Los Pinos, de Los
Pinos a La Moncloa–, lo que estás haciendo es unirnos. Vos en el fondo no sos
más que un sueño bolivariano. Gracias, Gabo, te las doy muy efusivas en nombre
de este continente y muy en especial de Colombia. Sé que ahora andás muy
oficioso entre Pastrana y la guerrilla rompiendo el hielo. Vas a ver que lo vas
a romper.
Bueno, te decía que he estado dos veces en
Cuba y que me fue muy bien. En la primera me conseguí un muchacho esplendoroso,
y te paso a detallar enseguida una de las más grandes hazañas de mi vida: cómo
lo metí al hotel. Pero te lo presento primero en la calle vestido para que le
quitemos después la ropa prenda a prenda en la intimidad del cuarto: de
dieciséis tiernos añitos, de ojos verdes, morenito, con una sexualidad que no
le cabía en los pantalones, lo que se dice una alucinación. Sus ojos verdes deslumbrantes
se fijaron en los pobres ojos míos apagados, y la chispa de sus ojos viéndome
incendió el aire. ¡Uy, Gabo, qué incendio, qué inmenso incendio en Cuba, el
incendio del amor! Menos mal que medio lo apagamos después en el cuarto, porque
si no, les quemamos los cañaverales y listo, se acabó la zafra.
–¿Cómo te llamas, niño? –le pregunté.
–Jesús –me contestó.
Se llamaba como el Redentor.
–¿Y qué podemos hacer a estas alturas de mi
vida y a estas horas de la noche? –le pregunté.
–Hacemos lo que tú quieras –me contestó.
–Entonces vamos a mi hotel.
–Aquí los cubanos no podemos ir a ninguna
playa ni entrar a ningún hotel –me explicó–. Pero caminemos que esos que vienen
ahí son de la Seguridad del Estado, y además nos están viendo desde aquel
Comité de Defensa de la Revolución.
–¿Y de quién la están defendiendo?
–No sé.
La estarán defendiendo, Gabo, de los pájaros.
Vos me entendés porque vos sos un águila.
Los dos pájaros o maricas seguimos caminando,
y caminando, caminando, llegamos a los prados del Hotel Nacional. Era el único
sitio solitario en toda La Habana. A mi hotel, el Habana Libre, ex Hotel Hilton
(que construyó Batista pues la revolución no ha construido nada), era imposible
entrar con Jesús: el hall era un hervidero de ojos y oídos espiándonos. El
estalinismo, ya sabés Gabito, que es lo que procede montar en estos casos: si
al pueblo se le deja libre acaba hasta con el nido de la perra y de paso con la
revolución.
Ese Hotel Nacional de esa noche era irreal,
alucinante, palpitaba como un espejismo del pasado. Ardiendo sus luces como
debieron de haber ardido las luces de la mansión de El Cabrero, la que tenía
Núñez en Cartagena, hace cien años, con su esposa doña Soledad. Pensé en
Casablanca, la de Marruecos, y en el ladrón de Bagdad. Y entonces, de súbito,
como si un relámpago en la inmensa noche oceánica me iluminara el alma, entendí
que Castro, el tirano, había logrado lo que nadie, el milagro: había detenido
el tiempo. En los marchitos barrios de Miramar y de El Vedado, en los ruinosos
portales, en el malecón, el monstruo había detenido a Cuba en un instante
exacto de la eternidad. Entonces pude volver a los años cincuenta y a ser un
niño. Nos sentamos en un altico de los prados, cerca de unas luces
fantasmagóricas y un matorral. El mar rugía abajo y las olas se rompían contra
el malecón. Tomé la cara de Jesús en mis manos y él tomo la mía en las suyas y
lo fui acercando y él me fue acercando y sus labios se juntaron con los míos y
sentí sus dientes contra los míos y su saliva y la mía no alcanzaban a apagar
el incendio que nos estaba quemando. Entonces surgió de detrás del matorral un
soldadito apuntándonos con un fusil.
–¿Qué hacés, niño, con ese juguete? –le
increpé–. Apunté para otro lado, no se te vaya a soltar una bala y acabas de un
solo tiro con la literatura colombiana.
Fíjate, Gabo, que no le dije: “Qué haces,
niño” o “Apunta para otro lado” sino “Qué hacés” y “Apuntá”, con el acento
agudo del vos antioqueño que es el que me sale cuando yo soy más yo, cuando no
miento, cuando soy absolutamente verdadero. ¡El susto que se pegó el soldadito
oyéndome hablar antioqueño! Hacé de cuenta que hubiera visto a la Muerte en
pelota. O que hubiera visto en pelota al hermano de Fidel, a Raúl, el maricón.
–No te preocupes, que anotó mal mi apellido
–me dijo Jesús.
Y en
efecto, el apellido de Jesús es más bien raro, y Jesús vio que el soldadito lo
escribió equivocado.
¿Y cuál es el apellido de Jesús? Hombre Gabo,
eso sí no te lo digo a vos porque estando como estamos en este artículo en Cuba
desconfío de tu carácter. No te vaya a dar por ir a denunciar a mi muchachito
ante la Seguridad del Estado o ante algún Comité de Defensa de la Revolución.
Anotado que hubo el nombre de Jesús en la
libretica con su arrevesada y sensual letra, como había aparecido, por la magia
de Aladino, desapareció. ¿Pero sabés también qué pensé cuando el soldadito nos
estaba apuntando? Pensé: ¿y si la misa de dos padres la concelebráramos los
tres? Un ménage à trois, une messe à trois pour la plus
grande gloire du Créateur? Pero no, no se pudo, no pudo ser.
Se fue pues el soldadito, se nos bajó la
erección, y echó a correr otra vez el tiempo, la tibia noche habanera.
–Jesús, esto no se queda así. Si no me acuesto
contigo esta noche me puedo morir.
–Yo también me puedo morir –me contestó.
Estando pues como estábamos en grave riesgo de
muerte los dos, determinamos irnos a mi hotel, al Habana Libre, a ver qué
pasaba. Yo tenía una camisa rojita de cuadros y él una gris descolorida, hacé
de cuenta como de la China de Mao. En el baño del hall del Habana Libre las
intercambiamos: yo me puse la suya vieja, gastada, comunista; y él la mía
nueva, reluciente, capitalista. Mi gafete del hotel se lo puse a Jesús en lo
más visible, en el bolsillo de la camisa, y yo me quedé sin nada. Cruzamos el
hall de los espías y entramos al ascensor de los esbirros. Dos esbirros del
tirano operaban el ascensor y nos escrutaron con sus fríos ojos. Jesús con mi
camisa reluciente de prestigios extranjeros y mi gafete no despertaba
sospechas. Yo con mi camisa cubana y sin gafete era el que las despertaba.
¿Pues sabés, Gabito, qué me puse a hacer mientras subía el ascensor para
despistarlos? ¡A cantar el himno nacional! El mío, el tuyo, el de Colombia, en
Cuba. ¿Te imaginás? “Oh gloria inmarcesible, oh júbilo inmortal, en surcos de
dolores el bien germina ya”. ¡Gloria y júbilo los míos, carajo, me volvió la
erección! ¡Nos volvió la erección! Y así, impedidos, caminando a tropezones,
recorrimos un pasillo atestado de visitantes rusos y de cancerberos cubanos.
Los rusos cocinaban en unas hornillas de carbón, con las que habían vuelto al
viejo Hilton un chiquero, un muladar. ¡Qué alfombras tan manchadas, tan
quemadas, tan desastrosas! Ni las del Congreso de Colombia. ¡Y las cortinas,
Gabo, las cortinas! La guía nuestra, una muchacha bonita, se había hecho un
vestido de noche con un par de ellas. Pero para qué te cuento lo que ya sabés,
vos que habés vivido allá tantos años y con tantas penurias.
Con la erección formidable y al borde de la
eyaculación entramos Jesús y yo a mi cuarto. Las cárceles a mí, y por lo visto
también a Jesús, me despiertan los bajos instintos, y me desencadenan una
libido jesuítica, frenética, salesiana. Pero pasá, Gabito, pasá con nosotros al
cuarto que vos sos novelista omnisciente de tercera persona y podés entrar
donde querás y ver lo que querás y saber lo que querás, vos sos como Dios Padre
o la KGB. Pasá, pasá.
Pasamos al cuarto, y sin alcanzar a llegar a
la cama rodamos por el suelo, por la raída alfombra, como animales. ¡Uy,
Gabito, qué frenesí! ¡Qué espectáculo para el Todopoderoso, qué porquerías no
hicimos! Por la quinta eyaculación paramos el asunto y entramos en un delirio
de amor. Salimos al balconcito, y con el mar abajo rompiéndose enfurecido
contra el malecón, y con la noche enfrente ardiendo de cocuyos, y con el tiempo
otra vez detenido por dondequiera, atascado, empantanado, nos pusimos a reírnos
de los esbirros del tirano, y del tirano, y de sus putas barbas, y de su puta
voz de energúmeno y de loco, y de todos los lambeculos aduladores suyos como
vos, y riéndonos, riéndonos de él, de vos, empezamos a llorar de dicha y luego
a llorar de rabia y ahora que vuelvo a recordar a Jesús después de tantísimos
años me vuelve a rebotar el corazón en el pecho dándome tumbos rabiosos como
los que daban esa noche las olas rompiéndose contra el malecón.
Pero te evito, Gabo, mi segundo viaje a La
Habana, mi regreso por fin al cabo de diez años en los que no dejé nunca de
soñar con él, con Jesús, mi niño, mi muchachito, y el desenlace: cómo la
revolución lo había convertido en una ruina humana. Ya no te cuento más, no
tiene caso, vos sos novelista omnisciente y de la Seguridad del Estado y todo
lo sabés y lo ves, como veía la Santa Inquisición a los amantes copulando per
angostam viam en la cama: los veía la susodicha en el lecho desde el
techo por un huequito.
Tomado de El Malpensante, noviembre-diciembre de 1988.
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