Guillermo Cabrera Infante
El apartamento de Monique Lange y Juan
Goytisolo en la Rue Poissonnière era centro de reunión de los escritores de
España y de las Américas que visitaban París. Fue allí donde conocí a Mario
Vargas Llosa, entonces ganador del prestigioso premio catalán Joan
Petit-Biblioteca Breve. Mario (desde entonces lo llamé así) vino acompañado por
su mujer Julia -más tarde, mucho más tarde, la protagonista de la novela de
Mario La tía Julia y el escribidor, que vino a culminar su
separación-. Pero entonces Julia y Mario no estaban separados. Al contrario:
Mario mostraba una deferente ternura hacia ella y ella parecía muy enamorada de
Mario. Pero esa noche ocurrió un incidente extraño. Al irme Mario se ofreció a
llevarme hasta mi hotel, que no estaba lejos, y Julia comenzó a sentirse mal.
Parecía una especie de alergia: algo le había caído mal, su cara se hinchaba
cada vez más, hinchazón que aumentó en el elevador, y al entrar al pequeño auto
se veía abofada. Mario me pidió que los acompañara hasta el primer hospital
abierto a esa hora y luego me llevaría a mi hotel.
Ya en el hospital, me quedé en el salón de
espera, impaciente y preocupado: hay alergias que matan. De pronto, la puerta
abierta, vi pasar a Julia corriendo sobre sus altos tacones seguida (o
perseguida) por dos hombres de blanco. Me levanté y fui a la puerta y pude ver
cómo los hombres de blanco alcanzaban a Julia y la aferraban por los brazos y
luego casi la arrastraban hacia un punto no visible. A la zaga del grupo venía
Mario. Tuve que ir hasta un teléfono cercano para llamar a Juan Goytisolo y
pedirle que me asegurara que todo no era una pesadilla. Juan me aseguró de la
realidad de lo que estaba ocurriendo ante mis ojos. Al cabo regresó Mario y me
dijo que Julia no tenía nada con una tranquilidad de la que había sido ya
testigo en el viaje al hospital. Durante el trayecto, Julia se quejaba y se
revolvía en los asientos traseros, ya que Mario me había pedido que me sentara
a su lado, mientras Mario le repetía a ella bajito que se calmara y con una
mano libre le impedía que rodara de su asiento. La voz de Mario era sosegada
para Julia -pero no para mí-. Todo parecía familiar a Mario mientras Julia se
retorcía detrás de mí.
En el hospital consiguieron calmarla sin
ingresarla y regresó a la sala de espera bastante compuesta, pero sin sus
seguidores, perseguidores. Solamente la acompañaba Mario. Juntos volvimos al
pequeño automóvil. Julia iba calmada, también Mario pero nadie habló nada,
nadie explicó nada. Me hubiera gustado volver a hablar con Juan Goytisolo para
que me explicara por qué él también lo había acogido todo con tanta parsimonia.
Fue entonces que comprendí que todo había pasado y todos estaban en paz con
Julia porque su estado anterior tenía que ser tan habitual como su silencio
ahora. Julia, era evidente, había sufrido un ataque de histeria. Luego supe que
el matrimonio de Julia y Mario se acababa. Pronto se divorciarían. Esos ataques
de histeria debían ser cosa habitual en Julia y resultado de la petición de
divorcio. Julia era una mujer rubia, alta y atractiva y estaba muy enamorada de
Mario, que llevaba un bigotico a lo Don Ameche y era tan bien parecido como un
galán de cine. Fue en Bruselas que supe que finalmente se habían divorciado. En
algún momento entre esta visión de pesadilla y nuestro próximo encuentro Mario
se había afeitado el bigote y ya no se parecía a Don Ameche.
La próxima vez que vi a Mario fue
en la entrega del Premio Biblioteca Breve que me dieron en 1964 en Barcelona.
Ya Mario era una leyenda de trabajo duro y aplicación mayor, con que asombró a
todos los jurados del premio. Mientras sus amigos y su anfitrión Carlos Barral
bebían en el bar, se soleaban en la playa y se reunían temprano para una cena
tardía, Mario estaba encerrado en su cuarto: "Escribiendo,
escribiendo" decía Carlos, mientras apuraba otro cóctel tal vez con
ginebra.
Después de la ceremonia volví
inmediatamente a Bruselas para el fin de año con Míriam Gómez, y Mario y yo
viajamos juntos rumbo a París, donde yo cambiaría de avión y Mario se bajaría.
Hablamos poco: él con su problema y yo con los míos. El avión que me llevó a
Bruselas no salió sino tres horas más tarde por culpa de la acumulación de
hielo en las alas y nevaba en todo Orly. No lo volví a ver hasta dos años más
tarde.
Mientras tanto habían ocurrido demasiadas
cosas en mi vida. Yo había dejado de ser agregado cultural de Cuba en Bélgica,
había viajado a La Habana a los funerales de mi madre, había decidido
exiliarme, había vivido en Madrid y ahora vivía en Londres, prestado en casa de
amigos, enfrentando otra ciudad, otro país, otro invierno cuando supe que Mario
y Patricia vivían en Londres. Lo llamé y nos invitaron a cenar en su casa. Era
tan lejos de donde yo vivía que el viaje fue una travesía de trenes, taxis y búsqueda
de la dirección. Al irnos yo tuve que pedir otro taxi que nos llevara a la
estación del underground más próxima. Recuerdo que al colgar
el teléfono Mario me felicitó por mi inglés: ellos no hablaban una palabra.
Mi vida se organizó de una manera incierta.
Vine a vivir en Trebovir Road detrás de la estación de Earls Court no en un
apartamento lujoso como se me calumniaba en Cuba sino en un sótano no infecto
sino infestado de cucarachas. Mario, que todavía apoyaba a Castro y su supuesto
socialismo siguió su relación conmigo, lo que no hicieron mis supuestos amigos
afectos. Un día supe que Mario, cosas de la casualidad, esa diosa caprichosa,
se había mudado con su familia a la misma calle, sólo tres cuadras más arriba
de la estación del subterráneo. Vivía en un apartamento modesto de los bajos
pero no tan pobre como el nuestro. De las incontables anécdotas que tuvieron
lugar por esos pagos sudamericanos estaba la vez que Míriam Gómez tuvo que ir a
casa de los Vargas a matar a una rata que aterrorizaba a la muy joven y bella
Patricia Llosa, recién casada con Mario. Ella, niña mimada, estaba muy poco
preparada para vivir en lo que era casi un sótano. Allí Mario se encerraba a
escribir desde temprano hasta terminada la tarde y había que dejarle el
almuerzo (un sándwich o un plato ligero) en una bandeja a la puerta. Mario la
abriría, almorzaba solo y seguía escribiendo, escribiendo.
Fue en ese apartamento que Mario decidió
reunir a García Márquez y a mí. Ya nosotros nos habíamos mudado de Earls Court
para esta dirección y ahora íbamos a celebrar el año nuevo en casa de nuevos
amigos del todavía pendular Swinging London. Íbamos vestidos para una fiesta:
Miriam Gómez con su traje neo art decó de nuestro retrato que
está en esta sala y yo con mi smoking recién comprado para la
fiesta final del fin de la filmación de Wonder Wall, la
película que se había filmado con un guion mío: una comedia nada cómica cuya
única gracia estaba en la música incidental de George Harrison. No recuerdo
cómo estaba vestida la mujer de García Márquez, pero sí recuerdo que el
colombiano llevaba una camisa de leñador a cuadros negros y rojos.
A pesar de que Mario era un anfitrión animoso,
no teníamos absolutamente nada de qué hablar García Márquez y yo. De pronto él
parecía encontrar su tema, que era el código de supersticiones de la pava, que
era venezolano pero el colombiano se lo cogió como propio. Yo no tenía idea de
lo que era lo pavoso, pero recuerdo que se trataba de no
llevar calcetines con sandalias y cosas así. Miriam Gómez contribuyó con su
arte de las flores, hablando de la buena suerte que daban las flores amarillas,
puestas, dispuestas en tres en mi escritorio.
En esa salita que de día era el estudio de
Mario y de noche la sala de estar de Patricia, hubo otros encuentros con las
supersticiones sudamericanas. Fue cuando Julio Cortázar vino a Londres con su
mujer de entonces, Ugné Karvelis, de cara tan rara como su nombre. Patricia
sirvió café y Ugné se encargó del azúcar, que repartió. Cuando llegó a mí la
azucarera voló de su bandeja a mi regazo, bañándome, literalmente, en azúcar:
blanca que hacía contrastar con mi traje oscuro. Ugné se volvió toda disculpas,
con genuflexiones que detuvo Miriam Gómez diciendo: "No importa. Eso es
considerado una señal de buena suerte en Cuba". Yo no sabía de semejante
superstición ni siquiera si Miriam Gómez la había inventado ad hoc para
la ocasión. Lo que sí supe luego es que éste era un numerito que había montado
la Karvelis para destacarse y al mismo tiempo colocar a su blanco de azúcar
blanca en una situación embarazosa. Me lo contó Mario que había sido testigo o
blanco en situación similar. ¿Era ésta una versión de la Maga?
Luego Mario y su aumentada familia dejaron el
barrio, a Londres y a Inglaterra. Mario
viajaba y daba clases en universidades diversas. Hasta hubo un tiempo que dio
clases en Cambridge y lo vi poco. Estaba contento con sus extrañas clases en
Cambridge, donde tenía tan pocos alumnos que la clase podía trasladarse de la
universidad a un pub cercano. Más tarde reapareció en Londres:
Mario siempre vuelve a Londres.
Después vino su incursión en la política
activa. Una noche cenamos en su casa y pude augurarle el desastre que
significaría su vida política. Pero sus constantes viajes a Lima (no era un
regreso a Perú todavía) terminaron por atraparlo en una red de la que sólo se
extricaría con su desastrosa aventura política -a la que siempre Patricia se
opuso-. Patricia había devenido de una bella muchacha encantadora una mujer
juiciosa y leal a Mario hasta que ella misma se vio envuelta en la fiebre
política. Como antes, le había aconsejado yo que sus viajes a Lima terminarían
por resultarle onerosos políticamente. En corto tiempo fue nominado candidato a
la presidencia del Perú.
Ahora estaba toda la familia instalada en su
flamante apartamento de Knightsbridge, uno de los barrios ricos de Londres.
Recuerdo que cenando una vez allí, rodeado por la decoración high-tech de
su apartamento que incluía una creciente pinacoteca con cuadros modernos
(había, central, un botero con su excesiva gordura que parecía
un Oliver Hardy en busca de Stan Laurel, el Gordo detrás del Flaco en cualquier
comedia del dúo), con portero y elevador. Vivían bastante cerca de nosotros,
pero bien lejos de la modestia de los tiempos de Earls Court: Mario se había
convertido en un escritor de éxito mundial. Pero ahora, de regreso al Perú, lo
esperaba la derrota política.
Fue una campaña electoral pero peligrosa
físicamente -y aún más riesgosa políticamente-. Mario, como se sabe, fue
derrotado por Alberto Fujimori, un desconocido total entonces. La derrota
electoral fue tan estruendosa que muchos dudaban de que Mario se recobrara como
figura pública. Pero Mario regresó a su escritorio y a sus novelas, y al poco
tiempo estaba recobrado como escritor de éxito, de crítica y de ventas.
Viviendo en su apartamento de Knightsbridge, pero escribiendo. Según una
costumbre recientemente adoptada escribía por el día en un salón de lectura del
British Museum, y por las noches los Vargas cenaban con amigos o solían salir a
cenar con nuevos amigos. Mario y Patricia volvieron a ser una pareja perfecta.
Los visitábamos a menudo invitados a comer comida peruana que cocinaba Patricia
y vimos el apartamento lujoso crecer en otras cámaras y recámaras al expandirlo
con otras propiedades vecinas. Pero seguían viajando mucho, a pesar de que la
familia había crecido con dos hijos grandes, Álvaro y Gonzalo, y una niña que
pronto se hizo mujer, la bella Morgana. Viajaron a todas partes. Mario más
exitoso que nunca dando charlas dondequiera y visitando lugares remotos como
los arrecifes de Australia, que le habían fascinado desde niño.
Ahora vivían medio año en Londres y dos
cuartos crecientes en París y Madrid, ciudad que encantaba a Patricia tanto
como a Mario Barcelona. Dejamos de vernos bastante aunque siempre en uno de
nuestros viajes a Madrid cenábamos y yo bromeaba con Patricia acerca de su
fascinación que no cesa. Una de las últimas cenas la dio el editor Juan Cruz en
uno de los restaurantes más de moda en Londres y allí Mario y Patricia se reían
como una pareja feliz. Podían estarlo. Sus hijos habían crecido y cada uno
tenía su parcela de acción. Gonzalo se dedicaba a una labor de caridad
patrocinada por las Naciones Unidas. El otro hijo, Álvaro, era un periodista
independiente y reconocido, y aunque muchos creían que se apoyaba en su doble
apellido, en realidad se llamaba Vargas por su padre y Llosa por su madre, que
de soltera se llamaba Patricia Llosa: ella y Mario eran primos.
Luego ocurrieron dos ocasiones memorables que
a mí me parecieron oficiales. Viajó a Londres el presidente Felipe González en
su primer viaje a Inglaterra y nos invitó a Mario y a mí a almorzar en la
Embajada de España. Yo no conocía personalmente a González, pero Mario lo
trataba con la familiaridad de viejos amigos. Tal vez lo fueran. En todo caso
González había venido con varios de sus ministros y Mario brillaba en su
conversación con políticos profesionales. El almuerzo terminó con mi tête-à-tête con
Felipe González, pero ésa es otra historia.
Años más tarde se repitió una ocasión similar
cuando el presidente José María Aznar nos invitó a Mario y a mí a visitarlo en
La Moncloa. ¿Nos habíamos convertido en el dúo demócrata? No lo sé. Sólo sé que
Mario se portó con más soltura que yo: ya conocía a Aznar. Yo había venido como
fui al almuerzo con Felipe González: más por curiosidad de escritor que otra
cosa. Hicimos el trayecto a La Moncloa en un auto fuertemente blindado.
Regresamos Mario y yo al hotel en el mismo automóvil. Durante el viaje de regreso
tuve una suerte de convencimiento iluminador. Los políticos no tienen
convicciones, tienen conveniencias.
En una de nuestras últimas cenas en Londres
Mario acababa de publicar su última novela y parecía feliz con su destino
recobrado. Recuerdo que lo felicité por el logro que significaba su nuevo libro
y aceptó mi felicitación de buen grado. A Mario y a mí nos ocurría algo que no
se puede llamar modestia -ni siquiera falsa modestia-. De la que, por ejemplo,
Borges era un maestro consumado, con sus frases de rigor: "Usted ha
enriquecido mi libro con su lectura", que sonaban casi tan formales como "Favor
que usted me hace" o "Gracias por sus elogios, que no merezco".
Esta vez tuve que atrapar a Mario en su esquina frente a Harrods para decirle
cuánto me había gustado su última novela, que era una vuelta al libro bien
contado de sus inicios, y le auguré una carrera feliz -que lo ha sido en
extremo al recibir críticas excelentes de toda la crítica inglesa, siempre
renuente a celebrar a escritores españoles, pero peor a autores
hispanoamericanos. Fue escogido, por muchos críticos, como uno de los mejores
libros del año.
Tuvimos una última cena en Madrid. Mario ya no
estaba preocupado por su hipertensión, sino por la tensión que se había creado
con Álvaro con su campana solitaria en contra del presidente Toledo, que Mario
había apoyado electoralmente, y aunque Patricia era el calmado centro materno
de siempre, Mario parecía furioso, no con Álvaro, sino con las inesperadas
vueltas que daba y da toda la política. Me alegré de estar presente porque supe
lo profundos que eran sus sentimientos de ser un demócrata convencido -aun en
lo que parecía una crisis familiar-.
Como escritor, la crítica inglesa lo ha comparado con Conrad y ha dicho que desde Nostromo no había una novela sudamericana que planteara tan bien la dicotomía entre la novela y la política como tema central. Es que Mario se parece a Conrad hasta en sus dilemas. Pero su verdadera carrera, donde era un triunfador, era la literatura. A la que no ha tardado en volver con esta La fiesta del Chivo, que había tratado de escribir durante años, mientras en la vida es un verdadero, como Conrad, pater familias. Mario Vargas Llosa es un gran escritor. Pero, estoy seguro, prefiere ser un buen padre. Es posible que me equivoque, pero creo haber demostrado que lo conozco bastante. Nuestros encuentros nunca han producido un encontronazo.
El País, diciembre 2002.
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