viernes, 24 de mayo de 2024

Alice Meynell

 


 Pedro Henríquez Ureña 


 Ninguna mujer ocupa hoy en las letras inglesas puesto igual al de Alice Meynell. Es uno de los mejores poetas de Inglaterra y al mismo tiempo uno de los mejores prosistas. Su poesía asciende a las cumbres de la inspiración mística (la poetisa es católica) o canta con los más suaves tonos íntimos. Poesía de técnica exquisita, de ideas sutiles, de emociones hondas, tiene todas las virtudes que hacen definitiva y clásica, des de su aparición, a la obra artística. 

 En la prosa, nadie quizás maneja actualmente el inglés con más fina precisión, con más impecable gusto en la selección de palabras, en la combinación de cadencias verbales. Sus ensayos, -pues nunca ha intentado la novela ni otros géneros de prosa-, son también clásicos. De ellos ha publicado la casa de Scribner una selección (Essays) que contiene las mejores páginas de sus libros anteriores: El ritmo de la vida, El color de la vida, El espíritu de los lugares, Los niños, La huida de Ceres

 Ninguna página suya tan famosa como la intitulada El color de la vida, que figura ya entre los cien mejores ensayos ingleses de la excelente Biblioteca Everyman. El color de la vida, para Alice Meynell, es el de la blanca piel humana, a través de la cual se adivina la roja corriente de la sangre. 

 Los ensayos que traducimos en seguida, Los descivilizados (palabra con que designa, no a los incivilizados, sino a los hombres en quienes la civilización ha descendido por influencia de la mediocridad) y Los honores de la mortalidad (donde celebra el triunfo del arte efímero pero realmente vivo mientras dura, el arte que prefiere los honores de la mortalidad a las responsabilidades de la inmortalidad) son, si más cortos, no menos interesantes. Los descivilizados encierra una grave lección sobre las orientaciones de la cultura en los pueblos nuevos, -colonias como Australia o naciones como los Estados Unidos-, y los nuestros debieran oírla. 

 Hay en torno de Alice Meynell una aureola romántica. Los poetas de las nuevas generaciones, para quienes son sagrados el nombre y la obra del intenso y majestuoso Francis Thompson, ven en ella a la que fue admirable protectora y amada ideal del poeta largo tiempo oscuro y hoy divinizado. A través de toda la obra de la poetisa y del poeta, mientras él vivió, se entabla un largo y delicado coloquio espiritual, de que forman parte la colección Amor en el regazo de Diana, de Thompson, y los mejores sonetos de Alice. El epílogo está en los dolorosos versos de Parted (Separados…). 

 Además, la madre es en Alice Meynell no menos admirable que la artista, como lo revelan sus preciosos ensayos sobre Los niños y los frutos recogidos de la educación de sus hijos Everard y Viola, hoy escritores de valer y de porvenir.

 LOS HONORES DE LA MORTALIDAD 

ALICE MEYNELL

 La brillantez del talento artístico que hoy se dedica a las labores del día o de la semana, en los periódicos ilustrados, es, seguramente, una confesión de que los Honores de la Mortalidad son apetecibles. Hace cincuenta años, los hombres trabajaban por los Honores de la Inmortalidad; ésta era el lugar común de sus ambiciones; desdeñaban poner belleza en las cosas de diario uso, destinadas a romperse o a gastarse, y aspiraban a sobrevivirse pintando más cuadros. Así, la acumulación de sus malos cuadros unidos a los nuestros de hoy, ha llegado a constituir problema para las naciones no menos que para los dueños de casa. Hoy los hombres principian a darse cuenta de que sus hijos preferirían heredar pocos recuerdos fantásticos. “El arte, al fin, consiente en trabajos sobre la porcelana y sobre las telas condenadas al término natural y necesario, la destrucción; y se lanza con decoroso empeño a dar de sí, día por día, cuanto puede, sin más estímulos que el proceso y el olvido. 

 Sin duda que este abandono de esperanzas tan vastas, y a la vez tan fáciles, cuesta algo al artista; es más, implica una aceptación de lo inevitable que mucho tiene de heroica. El premio de este sacrificio está en el singular y ostensible aumento de vitalidad que se advierte en esta labor hecha para vivir vida breve. La vida recompensa bien la aceptación de la muerte; puesto que morir es haber vivido. Hay verdadera circulación de sangre, -rápida actividad, belleza momentánea, abolición, recreación. El triunfo de un día es en verdad el triunfo de ese día. Entra en el tesoro de las cosas que honrada y completamente han terminado y desaparecido. ¿Acaso podría decirse igual elogio de un cuadro sin vida? ¿Quién, entre los prudentes, ha de vacilar? ¿Triunfar por sólo un día, -día especial, con nombre y fecha, distinto de todos los demás en todas las épocas-, o producir, para tiempos ilimitados, el fastidio?

 LOS DESCIVILIZADOS

 ALICE MEYNELL

 La mayor dificultad, cuando hay que tratar, críticamente, con el hombre descivilizado, es ésta: cuando se le acusa de vulgaridad, -omitiendo, sin duda, la palabra-, se defiende como si se le imputara barbarie. Especialmente el de suelo nuevo, -remoto, colonial-, os afronta, bronceado, temeroso en el fondo, como convencido a medias de su salvajismo, y en parte persuadido de la juventud de su propia raza. Escribe, y recita, poemas sobre ranchos y sierras, con los cuales pretende sugerir su naturaleza impetuosa y revelar el bien que se esconde bajo las rebeldes costumbres de una sociedad joven. Allí está para explicarse, voluble, con un glosario de su propia jerga incongruente.

 Pero su colonialismo no es sino provincialismo que habla con exuberancia. Los nuevos aires hacen parecer más viejas aún las antiguas decadencias; el suelo joven no logra sino colocar en condiciones nuevas lo repetido, lo manoseado, lo barato, los sentimientos mediocres de una raza que se desciviliza. El mismo personaje que asume el parlero papel juvenil se apresura a daros seguridades, con cara sincera negación, de que no usa penachos de pluma ni se pinta el cuerpo para salir en son de guerra; y así, resulta doblemente difícil explicarle que nunca se sospechó de él sino el uso (metafóricamente hablando) de trajes de segunda mano. Y cuando no se trate de censura, sino de elogio, aun los norteamericanos quedan descontentos ante las palabras de los juiciosos que les elogian sus finos triunfos en la literatura de tradición inglesa, en el arte de tradición francesa; preferirían el aplauso que les estimule a escribir poesías en forma de prosa o a pintar paisajes con aspecto de panoramas, después de educarse a prisa en academias nacionales. Aun hoy, voces inglesas piden a la América que comience; que comience, porque el mundo está en espera. Cuando en realidad no hay comienzo para ella, sino continuidad, hermosa y admirable continuidad que sólo el constante cuidado puede llevar a sostenido avance. 

 Pero el hombre descivilizado no es peculiar del suelo nuevo. El pueblo, la aldea, en Inglaterra, lo conocen también en toda su vulgaridad cotidiana. En Inglaterra, también, tiene su literatura, su música, suyas propias, derivada de muchas y muy diversas cosas de precio. La basura artística, en la plenitud de su baratura y su falta de sencillez e imposible sin un pasado hermoso. Su característica principal, que es la inutilidad, no el fracaso, no podría alcanzarse sin el largo abuso, la reproducción multiplicada. El diario rebajamiento de las expresiones del arte, especialmente la expresión por palabras. La alegría, el vigor, la vitalidad, la coordinación orgánica, la pureza, la sencillez, la precisión, todas estas cualidades se hallan entre los antecedentes de la basura. Esta viene después de ellos; y procede ¡oh desgracia! de ellos. Nada más triste que esta prueba de lo que puede constituir el fracaso de las cosas derivadas

 No podamos escoger nuestra posteridad. Volviendo atrás sobre los pasos del tiempo, podemos, sí escoger entre lo que nos precede. Po demos dar a nuestros pensamientos antepasados nobles. Bien concebidas, bien nacidas, sí deben serlo nuestras ideas; y pueden tener ilustre abolengo. Tenemos voz para decretar la herencia que aceptamos; no solo en cuanto a las cosas heredadas, sino además en cuanto a su procedencia. Nuestro espíritu puede marchar hacia atrás y llegar a los más ricos pozos y fuentes de las artes. Los hábitos mismos, de nuestros pensamientos pueden irse, sin advertirle, por las vías que les señala su historia artes del nacer. Y sus compañeros deben ser hermosos, aunque no más que sus antecesores; y así engendrados, y así hermanados, nuestros pensamientos -confiamos- sabrán seguir las sendas nobles de la literatura. 

 Tal confianza tenemos en la herencia que recibimos y aceptamos. Pero ¿de la descendencia, quién está seguro? ¿Quién está a cubierto de los peligros de la posterior depreciación? Y más aún, ¿quién de nosotros señalará las corrientes actuales, una que va hacia el triunfo, otra que va hacia el deshonor? ¿O quién descubrirá por qué la derivación se vuelve degeneración, y cuándo y cómo se inicia bastardía? Los descivilizados tienen todas la perfecciones de la gracia entre los antecedentes de sus vulgaridades, todas las distinciones entre los precedentes de sus mediocridades. Para toda canción de café-concierto, ya sea que finja suspiro, risa o juego, existe la excusa de que la ficción fue sugerida, fue precedida, por una belleza, viva en otra época. Ni hay que condenar a los descivilizados como si hubieran en sí mismos poseído la civilización y la hubieran rebajado. No; nunca la poseyeron; nacieron con la tendencia a la mediocridad, con la inclinación hacia las cosas intelectualmente baratas. Y la tendencia no puede hacer otra cosa sino continuar. 

 Nada se ve más terrible que el futuro de este mundo de segunda mano que se multiplica. Los hombres no tienen que ser vulgares solo porque son muchos; pero cuando la infección de la vulgaridad ataca la multitud, ¡qué porvenir de insignificancia! Los ojos que a desgana, descubren esta verdad, -los vulgares no son incivilizados, y que no hay progreso para ellos-, no les auguran ningún verdadero porvenir. ¡Más canciones de café, más lenguaje curioso, más voces estruendosas de barítonos, más pinturas de cromo, más poesía colonial, más naciones jóvenes con tradiciones deslustradas! Sin embargo, ante esta perspectiva levantan su voz los provincianos de allende los mares, con alarde o promesa no raros, entre los jóvenes incapaces, pero sólo perdonable en los viejos. Prometen al mundo una literatura, un arte, que serán nuevos ¡sólo porque sus bosques no están medidos y su ciudad acaba de construirse! Pero en qué consistirá la novedad no saben decirlo. Ciertas palabras fueron terribles, un día en boca de la vejez desesperanzada. Terribles y lamentables como amenaza de un rey impotente (Lear), ¿cómo se oirán cuando sean las promesas de un pueblo incapaz? Haré cosas tales, lo que son, no lo sé.


 Las Novedades, 9 de septiembre, 1915, p. 7. OC, 5, 1911-1920, Editorial Nacional, Santo Domingo, 2013, pp.  295-99.



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