lunes, 8 de mayo de 2017

Rafael Pérez Vento o la neuropsiquiatría



 Pedro Marqués de Armas

 Fue el último de esa pléyade de médicos cubanos formados en neuropatología y psiquiatría en Francia durante el siglo XIX. Encarna la figura del psiquiatra moderno, que deja atrás el rótulo de alienista y se interna de pleno en la medicina y la investigación. Su gestión se inscribe, pues, en la clínica, la cátedra y el laboratorio, para materializarse en el uso de modelos animales y técnicas electrofisiológicas, en la histología cerebral y la farmacoterapia, entre otros elementos que modernizaron la neuropsiquiatría.   
 Esto marca su diferencia con otros psiquiatras de la primera década republicana que, si bien proponen cambios modernizadores, provienen del ámbito asilar decimonónico.
 Rafael Pérez Vento y Nin nació en Guanabacoa el 25 de octubre de 1875, y allí radicó la mayor parte de su vida. En 1893 comenzó estudios de medicina en la Universidad de la Habana, y era interno del Hospital "Mercedes" cuando se enrola en la Guerra de Independencia. Pero por motivos de salud se vio obligado a partir al exilio. Continuó su carrera en Madrid y Barcelona, y en 1897 se trasladó a París donde se inscribe en la célebre Clínica de Enfermedades Mentales de la Salpêtrière.
 Se convierte allí en colaborador de Fulgence Raymond, el sucesor de Charcot, y tras dos años de experiencia se traslada al Asilo de Sainte-Anne, el centro psiquiátrico más avanzado de Francia en ese momento. Conoce entonces a Valentin Magnan, al que sirve de auxilar, y estudia bajo la tutela de Alexis Joffroy, organicista rotundo de gran erudición que negaba, sin embargo, el origen sifilítico de la parálisis general.
 En París, Pérez Vento profundizó en la histología del sistema nervioso y se adentró en la teoría neuronal de Ramón y Cajal, de la que fue uno de los primeros divulgadores en América Latina. Fruto de esa experiencia y ya de regreso a La Habana, publica en 1900 su tesis El método anatomoclínico en neuropatología, con la que incorpora su título a la Universidad de La Habana, y dos años más tarde La célula nerviosa. Teoría de Cajal.
 En 1901 fue nombrado Jefe del Laboratorio de Fisiología de la Escuela de Medicina. Al tiempo que promueve la investigación, se encarga del equipamiento y la aplicación de técnicas como la cardiografía, la miografía y la neumatografía. Sus conocimientos neuropsiquiátricos, complementados con no pocos hallazgos histológicos y neuroanatómicos, tal como puede observarse en su bibliografía, lo enmarcan como el típico patólogo de época entregado por entero al laboratorio.
 Su obra anticipa, por tanto, la de Lafora y Achúcarro en España, quienes derivan como él de las enseñanzas de Cajal y afianzan el modelo experimental. Al igual que Lafora, se ocupó del estudio de la corteza cerebral en diversas patologías neurológicas, así como en subnormales (el cerebro de los idiotas deviene entonces fetiche donde se cruzan no pocos mitos evolucionistas), lo mismo que en mejorar los métodos de microscopía y preparación de tejidos; pero sin alcanzar, desde luego, la recia formación de aquéllos, formados en universidades alemanas y quienes conducirían la neuropatología española a un nivel científico incomparablemente más alto. 
 Dentro de la Escuela de Medicina de La Habana, Pérez Vento progresó hasta alcanzar en 1914 la categoría de profesor auxiliar de Fisiología, y en 1918, la de profesor titular de Fisiología Humana y Física Médica. Asistencialmente, se desempeñó desde 1903 en el Hospital “Mercedes”, y a partir de 1908, en el laboratorio de la Casa de Salud La Covadonga, en cuya sala “Benito Celorio” radicaba la Clínica de Enfermedades Nerviosas y Mentales, con la que habitualmente colaboró. Fue también médico de prisiones y de la Sala de Observación de Presuntos Enajenados y consultante del Dispensario Tamayo. En 1911, se encontraba entre los fundadores de la Sociedad Cubana de Psiquiatría y Neurología.

 Un breve repaso a su obra

 En 1914 publicó Hojas fisiológicas, libro que dedica varios capítulos a la fisiología del sistema nervioso central, y dos años más tarde aparecería otro volumen suyo, Fojas Neurológicas y Mentales, donde reúne casi todos los artículos que había publicado hasta la fecha en revistas cubanas, españolas y norteamericanas. Un repaso a este último nos orienta sobre sus intereses, los cuales van desde la historia de la neurología hasta la topografía cerebral (siguiendo la tradicional legitimación de Gall a Broca), desde la psiquiatría forense hasta el análisis de fenómenos sociales como el espiritismo y la cartomancia, y desde las enfermedades neurológicas hasta las mentales.
 Fiel a su formación, apuesta por una neuropsiquiatría no solo certera en sus fundamentos clínicos y anatomopatológicos, sino también terapéutica. Así, algunos textos pueden calificar de “ensayos farmacológicos”; postula, por ejemplo, el empleo del fósforo como tónico cerebral y antidepresivo, de la estricnina como antimaníaco y de la cloretona en el tratamiento de la epilepsia. En este sentido sobresale su ponencia “Nota preliminar al tratamiento de la epilepsia por cloretona”, presentada en 1904 ante la Sociedad de Estudios Clínicos. Este fármaco, sobre cuya experiencia se pronuncia en otras ocasiones, se convierte en su punta de lanza contra una psiquiatría que tilda de anticuada, burlándose del escaso arsenal terapéutico, limitado, según expresa, a la sugestión y al bromuro de potasio. Empleó la cloretona durante largos años, convencido de que retardaba y hacía menos intensas las convulsiones, así como de su efecto sedativo en agitaciones y estados maníacos. 
 Asoma, en suma, el optimismo terapéutico propio de ese nuevo organicismo que reformula entonces las relaciones entre psiquiatría y medicina. No quiere decir ello, sin embargo, que sus trabajos se sustraigan al omnipresente degeneracionismo, ni menos, a sus implicaciones sociales. Como lo demuestran algunos informes forenses, sostuvo la búsqueda de estigma físicos y morales en los sentenciados, a la vez que defendía los reclamos de la Defensa Social. Pongamos por caso su dictamen sobre el asesino del General Portuondo, un poeta callejero de nombre Agustín Aguilera, a quien calificara de degenerado y peligroso y en cuya conducta apreció una “responsabilidad atenuada” que facilitaría que el individuo, pese al diagnóstico de “delirio sistematizado”, fuese condenado a cadena perpetua.
 En un artículo que tituló “Ciencia Mental y Opinión Pública”, Pérez Vento escribió: “No se puede concluir como ha pretendido Lombroso y sus discípulos que degeneración y criminalidad sean la misma cosa”. Pero este criterio no lo aplica en el caso en cuestión, ni lo aparta de los postulados dominantes entre los psiquiatras de la época, quienes, sin excepción, respondían de conjunto a unos mismos principios: el control social, el prevencionismo, y el uso de indicadores somáticos y étnicos. Iguales presupuestos pueden apreciarse en sus artículos “Ciencia y Superstición” y “Fumaderos de opio”. En el primero, considera a la quiromancia, la astrología y otras prácticas espiritistas, plagas tan peligrosas como la brujería, y exige frenar su “cortejo de crímenes” aplicando severos castigos. 
 No obstante, el grueso de su labor permanece anclado en la medicina y la investigación, por medio de técnicas de medición, modelos animales y procedimientos terapéuticos. Empleó las corrientes galvánicas y farádicas en la neurastenia y, específicamente, en el tratamiento de la impotencia masculina durante la década de 1900; y poco más tarde introdujo en la isla la Reacción de Wassermann para el diagnóstico de la sífilis. Su línea de pensamiento, en suma, es aquella que va de la neuropatología al abordaje de las llamadas enfermedades mentales menores (algunas formas de neurosis), sin pasar por el psicoanálisis, ni topar todavía con el órgano-dinamismo.
 Entre sus artículos destacan los dedicados, muchas veces por primera vez en Cuba, al diagnóstico de enfermedades como la ataxia cerebelosa, la ataxia tabética, la parálisis pseudo–bulbar, la corea de Sydenham, y la enfermedad de Friedreich.




 Práctica privada

 En 1904, Rafael Pérez Vento y Nin estableció una consulta privada en la calle Bernaza, no. 32. Pero su mayor contribución la hará desde el Sanatorio para enfermedades nerviosas y mentales “Pérez Vento”, inaugurado el 11 de abril de 1912 en Guanabacoa. Exclusivo para señoras y señoritas, fue por más más de cuatro décadas uno de los centros de asistencia privada más reconocidos de la República. Sobresalía por la modernidad y confort de sus instalaciones, su cuerpo de enfermeras graduadas, su laboratorio y salón dental, como por sus espaciosos jardines. Desde 1929 se ocupó de su dirección el psiquiatra y psicoanalista René de la Vallete, formado en Estados Unidos, y casado con la única hija del fundador, Ofelia Pérez Vento. El Sanatorio se encontraba activo en 1959, cerrando sus puertas poco más tarde.
 Algunos contemporáneos dejaron recuerdos y opiniones sobre Pérez Vento. Martínez-Fortún, por ejemplo, lo describe como “fornido, con barba y bigote negro, entre unos labios rojos, gruesos y pronunciados; de carácter inquieto y aspecto estrafalario". Por su parte, Aurelio Serra señala que a pesar de su enorme cultura no era buen orador y carecía de dotes docentes. En cambio, otro notable neuropsiquiatra, Rodolfo Julio Guiral, en un artículo titulado “Pionero de la psiquiatría en Cuba” y publicado en en la revista Cuba Profesional en 1953, se encargaría de hacerle justicia al valorar sus numerosas contribuciones desde la perspectiva de su época.  
 Por último, recordar que le cupo hacer un curioso diagnóstico, cuando a propósito del sabio austriaco Nowack que pronostica en La Habana de 1906 un inminente y devastador terremoto, envió una carta a la prensa habanera en la que, sin mencionar el nombre del personaje pero calándolo, alertaba a la opinión pública que se trataba de un caso de paranoia.
  Pérez Vento arrastró una larga enfermedad y falleció el 28 de enero de 1923.

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