domingo, 7 de febrero de 2016

Mi visita a Triscornia



  Eva Canel
 
 Hasta las márgenes del Plata llegaban años ha, lamentaciones crueles contra ese nombre que a mí me recordaba sólo un recodo de la bahía habanera: se decían horrores del recibimiento que en la Habana se hacía al que llegaba buscando trabajo, a veces a costa de la vida: ese Triscornia era un nombre fatídico, encubridor de torturas horrendas para los pobres españoles. lnmigrantes paseando y descamando en Triscornia. 
 Por entonces el hotel de inmigrantes en Buenos Aires, era un inmundo barracón que parecía plaza de toros por la estructura arquitectónica, dicho sea con perdón de un albañil cualquiera. La prensa protestaba, en nombre de la ciencia y de la humanidad y del buen nombre de una nación que puede pecar de cualquier cosa menos de económica. A los inmigrantes se les facilitaba desde el alimento gratis por tres días, que nunca llegaban a cumplirse, hasta colocación, pasajes, también gratis, para cualquier punto por distante que fuese: se les cuidaba, se les atendía, se les trataba bien, convencido el gobierno de que en aquellas gentes se encerraba el progreso y la riqueza del país, pero se les hospedaba en forma ignominiosa en cuanto al edificio.
 El primero que protestaba, era el secretario general de inmigración, pues como no era el jefe, aunque sí fuese el alma de aquella organización inmejorable, no podía hacer al ministerio un plante que surtiese efecto. Era este secretario el Dr. Carlos Baires, letrado de prestigios, de moralidad que nadie discutía y hoy abogado del Tesoro Nacional, escritor de renombre por sus obras psicólogo-jurídicas y gran derrochador de simpatías que lo hacen muy querido.
 Después de muchos años de desempeñar el cargo, hizo formal renuncia y la hizo también el director, un buen señor que ayudó mucho a que la inmigración quedase satisfecha, pero no tuvo enjundia para evitar las deficiencias que destruían en parte la buena fe del ministerio.
 Este señor fue a Europa a pasear y se le hicieron en España, sobre todo en Galicia, buenos recibimientos. Era el Sr. Alsina muy devoto de la inmigración española, para su país, y daba muestras de ello, siempre que podía, y a pesar del "Hotel," así llamado por mal nombre, no se quejaba el inmigrante en forma destemplada porque le subsanaban el alojamiento lo mejor que podían atendiéndolo en otros menesteres.  Al buen Sr. Alsina lo sustituyó un hombre distinguido como abogado y como ciudadano, el Dr. Cigorraga, caballero lleno de buena voluntad en bien de los humildes, de los desheredados y más aún, lleno de gratitud hacia los inmigrantes que eligen la nación Argentina para llevar a ella ese caudal de fuerzas productoras que transformaron el país, de manera prodigiosa en el espacio de seis lustros.
 El nuevo director de inmigración consiguió un edificio encantador a la orilla del río: a él atracan los lanchones con los equipajes y los remolcadores con la gente. Jardines limitados por el Plata y por un barrio nuevo, oficinas admirablemente organizadas, comedores amplios, dormitorios escrupulosamente higienizados y, sobre todo, cariño, dedicación, amabilidad, cuidados exquisitos y conferencias para dar a conocer a los recién llegados el país, la moneda, los engaños de que podían ser víctimas... todo quedó sentado en el nuevo edificio.
 Seguían llegando a Buenos Aires de vez en cuando las ráfagas de horror contra el nombre "Triscornia" y leyendo descripcions dantescas del infierno habanero, se me ponía carne de gallina pensando por qué no habían de gozar mis compatriotas a su entrada en la Habana, de aquel solaz y bienestar y las consideraciones que gozaban en aquella República.


  
  Mi visita a Triscornia no estaba presidida por la curiosidad, sin fines ulteriores, inherente al viajero que ambula distrayendo vagancias o buscando los medios de vivir al día sin trabajar ni molestarse. Yo quería hacer comparaciones; saber dónde trataban a mis compatriotas con mayor caridad y consideración; estudiar un problema que importa a España tanto como al país que necesita esos valiosos contingentes de savia, fortaleza y energías vitales.
 Mis intenciones, mis estudios, mis fines que aprovecharán a todos menos a mí seguramente, apenas los exteriorizo. Estos programas, que como fuerza tienen que sujetarse a los vaivenes imprevistos, descansan sobre la voluntad y aunque la mía es firme y tesonera, sale vencida alguna vez y en este caso me pueden confundir con los que ofrecen mucho y no dan nada; así hay que hacer sin ofrecer, reservando palabras para que las acciones resulten reforzadas.
 En la visita nos acompañó el subdirector de inmigración, el ya citado D. Rafael Rodríguez Acosta: el director Dr. Francisco Menocal había tenido ocupaciones imprescindibles como son las del médico.
 Desembarcamos en lo que yo conocía por Triscornia: pero ya no era aquello el remanso y recodo de la bahía, que recordaba: vale decir: el recodo y remanso allí los encontré y allí se desembarca para subir al campamento, que no es tal campamento sino un hermoso parque de recreo con pabellones magníficos, espléndidos, para el cuarentenario de primera clase y otros modestos, pero limpios, aireados, higiénicos y bien dispuestos para los inmigrantes.
 Cuando escribo estas líneas leo que piensan mejorar esta edificación sustituyendo la madera con cemento armado: y es que el Doctor Menocal enamorado de su cargo de Portero Mayor de la Nación, como el famoso Dr. Thebusen era en España Cartero Mayor del Reino, se ha enamorado de su cargo, repito, para honra de Cuba, gloria de su nombre y bienestar de los que llegan dispuestos, aunque ellos no lo sepan, a dejar mucho más en riqueza y progreso de lo que ganan como remuneración de su trabajo. Para estos cargos hay que buscar los hombres y no los hombres para cubrir los cargos: antes de conocer al hombre, al Dr. Menocal, no me costó trabajo adivinar que era un devoto del que desempeñaba.



 El magnífico y nuevo hotel de inmigrantes de Buenos Aires se quedaba eclipsado por este campamento, pórtico el más hermoso que una ciudad puede ofrecer a los que vienen ahitos de salud y de fuerza, dispuestos a trocarla, si necesario fuese, por algunas pesetas. Hablando con mi querido amigo D. Vicente Loriente de la visita a Triscornia me preguntó:
 —¿Por qué no escribe usted sobre eso? Haría usted un bien a Cuba y a las madres de nuestra tierra.
 —En mi libro de viajes hablaré.
 —Eso será muy tarde: ahora, un artículo sin perjuicio de volver sobre ello después.
 —¿No pensarán que exajero y adulo? Esperaré a marcharme para decirlo.
 —¿Adular usted? Todo el mundo conoce sus características: a nadie se le ocurrirá semejante cosa: y si se les ocurre, mejor; se despertará en ellos deseo de saber si es verdad o mentira lo que dice.
  Una opinión de Vicente Loriente tiene para mí fuerza incontrastable. ¡Le conozco tanto y hace tantos años! He penetrado en su caballerosidad insuperable, en su bondad de Cristo humano. En su cerebro alimentado con selección de refinada cultura espiritual y lo vuelvo a decir, cualquier opinion suya me parece un mandato. Dicho esto se puede comprender cómo recibiría el consejo de exteriorizar por medio de un artículo mi visita a Triscornia.
 Tuvo aquel trabajillo la popularidad del Diario de la Marina en que fue publicado: después le vi reproducido en diarios de Galicia y Asturias y feliz yo si conseguí llevar tranquilidad a las familias de los futuros inmigrantes llevándoles verdades que antes no conocían.
 Quizás antiguamente hubo motivo para las censuras; esto yo no lo sé: lo dicen personas respetables, pero cuando lo malo se hace bueno, debemos perdonar que no haya sido bueno antes: se mejoró: esto demuestra buena voluntad y vale mjás la buena voluntad que la mejoría misma. (*)
 Un ilustre político español, D. Juan de la Cierva, tiene perfectas orientaciones con respecto a la emigración y yo que como he dicho ya, no soy partidaria de que los españoles emigren, si el mal no ha de tener remedio próximo, deseo que España reglamente como lo hizo Italia el éxodo de su sobrante humano. Epistolarmente he tenido la honra de cambiar impresiones hace pocos años con el señor la Cierva, y reconozco en él, entre los españoles dirigentes, al más documentado y empapado en las cuestiones que tienen relación con el problema emigratorio. En esto como en todo lo que sea progreso, renovación social, procedimientos eficaces en nuestras relaciones con América, se ha dado cuenta el señor de la Cierva del camino que conviene seguir, de los obstáculos que deben removerse y de la línea firme, recta, honrada que se puede trazar para no abandonarla.

  
  Se ha venido haciendo una campaña de escándalo y mala voluntad contra el Brasil, y sin negar que hubiese como en todas partes, casos muy censurables, no he podido llegar a convencerme de que fuese verdad cuanto se propalaba. Los celos, comprensibles para quien está en autos, que sienten los países de inmigración, unos contra los otros y con mayor motivo si son cercanos o vecinos, de fronteras amojonadas con hitos solamente, como el Brasil y la República Argentina: los celos de esos países entrepelados en sus necesidades de atraer braceros, recurren a todos los arbitrios para quitarse el cargamento, sin reparar en calumnia de más o en injuria de menos.
 Esos gobiernos cuyos pueblos viven de la inmigración, gastan ingentes sumas en arrebatársela por medio de la propaganda y los agentes bien remunerados, al propio tiempo de ensalzar lo propio deprimen al contrario. Dos o tres veces estuve preparada con ánimo de saber la verdad en lo que se decía sobre el Brasil, pero dificultades familiares me lo impidieron en los momentos oportunos.
 A Cuba me traía la casualidad que es la reguladora más enérgica de mis decisiones. El "Portero Mayor de la República Cubana", doctor D. Francisco Menocal, es un médico que tiene el físico de su cargo, porque es de aspecto tan simpático, semblante tan abierto y trato tan sencillo, que el inmigrante debe sentirse descansado bajo su égida protectora.
 La oficina de inmigración en Cuba es mucho más escrupulosa y paternal que en la República Argentina, porque la orientación es diferente. En la Nación del Sur tienen sus leyes hijas de sus necesidades. Antes de ser votada la ley de «Defensa Social» y algunas leyes sanitarias y haber sentido la necesidad de poner coto a la trata de blancas, entraba todo el que arribaba, sin el menor obstáculo. Hacían falta inmigrantes; hombres de oficio para las industrias, peones para obras y muelles y ferrocarriles, braceros para las cosechas; todo era necesario y todo se admitía porque todo servía, todo se aprovechaba. La riqueza era tanta que a nadie se le podía ocurrir que fuese carga pública el extranjero más inútil.
 Cuando el socialismo, he dicho mal, el anarquismo, tomó por campo de cultivo aquel país, fue cuando en sesión permanente y en menos de veinticuatro horas se hizo carne la ley de "Defensa Social" que un escritor exdiplomático y miembro de los cuerpos co-leigisladbres, D. Miguel Gané, había presentado dos o tres años antes. También fue entonces cuando la inmigración estableció las selecciones necesarias, y las protecciones que rigen, sin apurar la nota de la intransigencia.
 Los países platenses o sus tributarios fluviales como el Paraguay, tienen cada cual su ley. En la República del Uruguay no se permite entrar a sacerdotes a no ser que sean de antiguo residentes y vuelvan al país. También vigilan a los ácratas que expulsa la Argentina para que no se queden en la tierra uruguaya y mientras esto disponía un gobierno, pudimos ver hace años en manifestación, en la cual iban algunos respetables ministros, que se ostentaban, a cara descubierta, las sociedades anarquistas con su bandera negra o roja.
 Pero esto no es del caso: lo dejaremos para un estudio psicológico de los gobiernos y los hombres que no consiguen la homogeneidad ni aún rebuscándola dentro de sí mismos. Las leyes de inmigración paraguayas prohiben la entrada a los negros, pero en cierta ocasión, los Estados Unidos les mandaron un cónsul, sino negro retinto, mulato muy oscuro que no pudieron rechazar, pero que recibieron a regañadientes.
 Los Estados Unidos, con esa enciclopédica ignorancia que poseen, respecto de todo lo que no son ellos, ignorancia que los circunda de inocencia infantil algunas veces, creyeron que en el Paraguay privaba la gente de color seguramente y por eso lo hicieron. El cónsul era por otra parte un hombre culto y muy correcto, acaso más correcto que otros del mismo origen y distinto color cuyos trabajos, ingerencias y líos, fueron funestos en los tiempos de López, el famoso tirano.
 Son, pues, las leyes de inmigración variadas en todos los países y éstas se dictan en cada uno, según advierten las necesidades los encargados de dictarlas. Vamos a concretarnos a la Isla de Cuba.
 El Dr. Menocal después de dar al campamento de Triscornia el aspecto más bello con jardines y huertos de legumbres, hizo de aquel Paseo de Triscornia altonazo que fue terreno militar, la estación sanitaria y preventiva que puede desearse.  De allí salen los inmigrantes limpios de lo que extraen de los sollados de los barcos, despercudidos, contentos, porque la limpieza y la belleza animan y reconfortan el espíritu, haciendo su entrada en la ciudad pictóricos de nobles ambiciones y deseando que se les faciliten medios de ponerse a prueba, para dejar sentado que valen mucho su vida y sus esfueizos y que sin esos esfuerzos y esa vida no habría riquezas ni adelantos ni bienestar ni Patria.
 Las oficinas de inmigración en los países que de inmigración viven se han penetrado de esto y, por lo tanto, si hubo en un tiempo malos empleados, desconocedores de los deberes que la humanidad impone y el patriotismo aconseja, en Cuba hoy no se registran deficiencias. La severidad con la ley, meditada y necesaria, no excluye la suavidad en los procedimientos y sobre todo no hay casos inhumanos y hay verdadero celo por rodear al inmigrante de protección, tratando de evitar que él mismo pague andando el tiempo, faltas de previsión que serían censurables.
 Una decisión que no he podido menos de aplaudir en el Doctor Menocal y que no existe en ninguna parte es la que asegura el pasaje de regreso a los artistas de humilde condición y poco sueldo. Mil veces se me ha encogido el corazón, viendo a pobres coristas y cómicos humildes varados en diferentes pueblos, sin encontrar quien les tendiese un cable para remolcarlos. El Dr. Menocal exige a las empresas, antes de permitir el desembarco de coros, músicos y otros artistas más modestos, que depositen el importe del pasaje de vuelta para reembarcarlos en caso de que la empresa no cumpla sus compromisos y deberes. Es la más humanitaria y la más oportuna ley que en Cuba practica la oficina de inmigrantes.
 La protección a los menores de ambos sexos que llegan solos a la Isla de Cuba, se practica con escrupulosidad celosa y no me canso de alabarla.
 Los inmigrantes pagan en Triscornia veinte centavos, una peseta diaria por su manutención. cantidad exigua muy inferior al gasto que cada uno representa, pero si el inmigrante trae cierta cantidad disponible o tiene personas de responsabilidad que respondran por él, no pasa por Triscornia siquiera, y esto no es ningún bien, por el contrario, dos o tres días de campamento, serían para la mayoría de ellos, como medida higiénica de conveniencia más que relativa.
 La inmigración da facilidades a los centros regionales para que sus socios reciban y saquen a los que llegan aceptándoles unes órdenes expedidas por dichos centros en las cuales consta que el portador es socio y en este caso ya se le reconoce solvencia para responder por el recién llegado. No niego que todos estos trámites son un poco engorrosos pero redundan muchas veces en beneficio de los que se suponen molestados.
  Los pueblos, dados los tiempos que corremos están en el deber de defenderse y esta defensa depurada, compleja si se quiere, viene a dar la razón a España en su antigua y tan condenada ley de pasaportes, que censuraban a gritos los extranjeros y muchos espanyoles juzgándola arcáica, antiracional, vejaminosa y, como cosa de nuestra patria, mala.
 En una forma o en otra no hay nación que no exija trámites fastidiosos al viajero y con esto, repito, queda probado que la ley española tenía razón de ser entonces, cuando ya es en todas partes. Ahora bien: el cumplimiento de una ley en pueblos libres por civilizados, no puede ser vejaminoso si al imponerla no hay vejamen y si la ley representa justicia nadie debe quejarse. Lo antipático y triste de la ley es cuando no se cumple por igual en todos, y por todos los encargados de cumplirla.




 (1) Cuando corrijo estas pruebas, leo denuncias graves en toda la prensa sobre abusos cometidos con los que vienen a trabajar y salvar la zafra con sus brazos: yo estoy segura que esos abusos son agenos a la alta dirección de inmigración: Los señores Dr. Menocal y Rodríguez Acosta, están poseídos y penetrados de su deber, y si en sus dependencias no se cumple una vez, indefectiblemente se cumple, si ellos se enteran de una falta. (N. de la A.)


 Lo que ví en Cuba (a través de la isla); fragmento, Imprenta La Universal, 1916.