viernes, 19 de febrero de 2016

La casa chinesca

 


 La mejor hora para visitar la Exposición es sin duda alguna por la mañana de nueve a once. Esta es la hora que escogen con preferencia los emperadores, y las personas de la buena sociedad de París solían apresurado a seguir el ejemplo. La facilidad que a esa hora existe para trasladarse de una parte a otra sin inconveniente, y la menor concurrencia, son dos circunstancias favorables para que pueda uno dedicar su atención a los objetos con más fruto y monos fatiga.
 En una de estas últimas mañanas hemos visitado la casa chinesca.
 Los periódicos de esta gran capital, al dar cuenta de la inauguración del jardín chinesco, no se han olvidado de describir el modo de tomar el té según la usanza china. Después de haber colocado una buena cantidad de té en el fondo de una pequeña taza de porcelana, se lo va echando por encima, y con lentitud, agua caliente, teniendo cuidado, al terminar esta operación, de tapar la taza con una cubierta de porcelana, cuyos bordes tienen menos circunferencia que la taza, y por lo tanto entra en la misma un poco. Cuando el té ha estado bastante tiempo en infusión, ya puede tomarse, pero cuidando de no destaparlo; antes bien colocando el dedo índice sobro la cubierta, para que las hojas no penetren en la boca.
 Así preparado el té, conserva todo su aroma; pero de todos modos, la casa chinesca tendría un éxito muy efímero si no fuera por los muchos ingleses que hoy acuden a visitarla Exposición.
 El jardín chinesco se ha formado con el protesto, digámoslo así, do establecer un salón para tomar el té del modo que queda expresado. Comprende todo el local un departamento con dos salas y un pequeño salón situado en el primer piso, un café-restaurant, un teatrito al aire libre, un museo y a la entrada una especie de galería donde se venden objetos de la China.
Una señora vestida a la europea y un chino de larga trenza son los encargados de vender dioses Vichnou, abanicos, barras de tinta china, veladores, tinteros de la porcelana conocida con el nombre de China, estuches do agujas y otros mil objetos do este género.
 El restaurant no tiene nada de particular, como no sea la circunstancia de que en él se sirvo ese nuevo y extraordinario plato conocido con el nombre de nido de golondrinas, manjar que solo pueden aspirar las grandes fortunas, puesto que excede mucho, en precio se entiende, a la sopa de tortuga de Inglaterra y a las trufas y legítimo champagne de Francia. Las personas poco pudientes solo conocen este plato por haberlo leído alguna vez en el menú de una gran comida; los ricos lo encuentran delicioso en razón a su extraordinario precio.
 Una galería alrededor del restaurant constituye un precioso comedor al aire libre, aunque, a decir verdad, este se ensancha comúnmente tanto como permite el jardín.
 La sala del té está servida de ordinario por dos jóvenes chinas, de quince años la una y de diez y siete la otra, que están envueltas en grandes ropajes de satén color celeste, con un hipogrifo bordado en seda, negro, en el pecho, y un sol a la espalda. Generalmente están sentadas las dos detrás del mostrador con los ojos bajos y como avergonzadas do las miradas que se fijan en ollas.
 Estas jóvenes ¿son feas o bonitas? He aquí una gran cuestión que no nos atrevemos a resolver. A un francés le oímos decir que son horribles; pero en cambio presenciamos un hecho que prueba lo contrarío. Un chino que al parecer tomaba té, estaba embebecido en la contemplación de las dos jóvenes, y de su inmovilidad, así como de los suspiros que lanzaba con frecuencia, podía deducirse que las consideraba ángeles del cielo, o por lo menos vírgenes de Rafael.
 El servicio de té está dirigido por un señor de alguna edad, pero fresco y rollizo, cuyos modales y ojos negros hacen creer á algunos que os español. Una mujer del pueblo chino está al servicio do las dos jóvenes citadas, y es una especie de dueña, vestida con un saco de sarga negra, sin hipogrifo ni soles.
 En el fondo del jardín está el teatro donde se dan por la tarde representaciones de funámbulos y acróbatas.
 El museo es bastante curioso, con objetos de China, y los hay de gran valor, como cajas incrustadas en nácar, juegos de ajedrez, instrumentos de música que parecen de cirugía, armas que se asemejan a los instrumentos de música, magníficas vestiduras bordadas do oro, quitasoles y pinturas de todas clases. Sin disputa el mejor objeto de la colección es el cráneo de un general tártaro convertido en caja o bolsa de tabaco por orden del padre del actual emperador de la China, que quiso do este modo honrar la memoria de un valiente capitán que sucumbió en defensa de su patria y de su soberano.