viernes, 12 de febrero de 2016

Lo que es Triscornia






 Una carta desde La Habana



 Sr. Director de LAS DOMIMICALES:



 Salud.



 No soy ciudadano de ningún país determinado. Soy individuo de la raza humana, que tiene por patria el Mundo. Por consiguiente, mi opinión y mi deseo es que a los hombres que de luengas tierras arriben a estas playas en busca de hospitalidad, se les trate dentro de los límites que la civilización y la humanidad exigen.

 Por tanto, no puedo ver, sin sorprenderme, el que un Sr. Alcover, que se dice cubano, lo mismo que pudiera decirse chino, alegue «la razón de la sin razón,» a favor de Triscornia, en carta publicada en el núm. 46 de ese Semanario, y que sirve a la par de contestación o refutación a un anónimo comunicado del periódico El País.

 Si el Sr. Alcover le dijera a ese comunicante anónimo que de los actos realizados por cuatro asalariados no puede hacerse responsable a todo un pueblo, de generoso sentir, justo y equitativo sería, si dicho señor se concretara estrictamente a demostrarlo así. Si le dijera, además, a dicho comunicante que muchos de achocolatado rostro, son de más noble y puro corazón que algunos hombres de tez blanca que vienen del otro lado de los mares sería una verdad como un templo, y nada objetaría yo en tal caso.

 Mas, como después de que el Sr. Alcover...

        ... «con pico y garra

        el pecho candidísimo desgarra

        del bello airón que quien...» etc.

  pasa a hacer un relato inexacto y una defensa injusta de Triscornia, tomo este asunto por mi cuanta, y empiezo a preguntar: Si el Sr. Alcover no es empleado de Triscornia, y por tanto, no pudo ver lo relatado en El País, como ocurrido en un vapor, ¿por qué singular fenómeno o abstrusa ciencia ha podido adivinar los hechos, y lo quo es peor, desmentirlos?

 Y si en Triscornia se trata bien a los inmigrantes ¿es óbice, acaso, para que en el vapor sucediera lo relatado? 
  Y díganme LAS DOMINICALES: si los hechos a que ambos señores se refieren no tienen analogía ni guardan relación entre sí de ninguna manera, ¿en dónde está la rectificación aludida? Porque si el dicho del uno pudo ser calumnioso, ¿no puede ser interesado el del otro? Lo dejo a su imparcial criterio.

 Y ahora voy a decir lo que es Triscornia.

 En el litoral de la bahía al ENE hay un terreno así denominado, en cuyas alturas hay seis o siete barracones, llevados allí por fuerza animal, cuyos barracones, construidos ad hoc para el campamento de las tropas yanquis, son idénticos a los de éste, que está aún hoy detrás del castillo de la Cabaña.

 Los seis o siete barracones de referencia se hallan rodeados de una cerca de alambre con púas en un radio de regular extensión, teniendo a trochos unas garitas, en las cuales la guardia rural, arma al brazo, vigila perennemente el exterior, mientras que empleados de distintas categorías y colores, españoles y cubanos, lo hacen interiormente.

 Tal es el lugar a donde se conduce, en forma buena o mala, a los individuos que por primera vez lleguen a Cuba, los que no traigan money y los que no contesten las preguntas de rúbrica que un doctor cubano, pero que americanizó hasta su nombre, les hace a bordo del correo.

 Y es claro, después de hechos los pobres hay que socorrerlos. Por lo cual los inmigrantes, al revés del cantar: «Ellos comen, ellos viven y pagan contribución». O sea una peseta por cada día que pernocten allí, que abonarán a su salida, bien que salgan para una colocación, bien que un yanqui se los lleve al Ferrocarril Central, que ya se sabe: los hombres a sufrir «eternos tormentos», y las mujeres a cocinar para los hombre... y, vamos, que como van para los montes del Camagüey, para algo más las llevan, sin contar con que algún empleado, al acompañarlas a la capital para algún asunto, las lleve al otro día, después de que el derecho aquel, que no es cosa de, «según dicen», ha sido pago.




 Y es claro, un muchacho sirviendo en un casa cualquiera de la Habana, con menos quehaceres, con menos esclavitud, sin chapear manigua, ni recibir las ardientes caricias de Febo durante el día, tiene todas aquellas cosillas de que habla el Sr. Alcocer, más ocho o diez duretes mensuales y algún deshecho de su amo.

 ¿Se quiere saber ahora por qué el Gobierno de Cuba fundó ese Departamento?

 Es muy sencillo. Los americanos, so pretexto de que los latinos eran propensos a la fiebre amarilla y pudieran contagiarlos, mandaron crear ese maquiavélico albergue, porque no anduvieran errantes por las calles los innúmeros españoles, enfermaran y pudieran morirse... los yanquis.

 Aparentemente esto. La realidad e intención de los americanos, es ésta verdad palpable.

 Que la inmigración española no venga en grande escala, y no pueda contrarrestar, por tanto, la influencia anglosajona, que piensa dar al traste muy pronto con el predominio latino en esta región del Nuevo Mundo.

 Y para confirmar lo dicho, ahí está la ley yanqui de la inmigración, que va a aplicar aquí un Gobierno cubano, que no es tal, sino un siervo humilde del Gabinete de Washington.

 Es, en suma, Triscornia, una injusticia notoria y un negocio manifiesto. En la Argentina, donde existen también esta clase do establecimientos, no hay guardias, carceleros, ni se le impide a los individuos recorran la ciudad en busca de trabajo, pudiendo volver a dormir y comer al Departamento, y por último, pactan libremente y salen a fundar colonias de italianos, vizcaínos, etc., etc.

 De esto, a estar recluido como en una prisión aumentando la deuda a medida que pasan días, va mucha diferencia; y por eso no es de extrañar que los contratistas de líneas férreas, los del Ferrocarril Central y demás agentes del interior vengan a Triscornia, donde hallan hombres esclavos, que no tienen quién los saque de allí, ni hay comerciantes que puedan responder en término de un año por todo el mundo.

 De Triscornia han salido también, los que se prestaron, mediante exigua remuneración, a ser inoculados por los mosquitos para experimento médico, de si esos insectos traen o no la fiebre amarilla; cantidad que no llegaron a percibir, por haber muerto.

 De modo que tenernos; además de los abusos a que Triscornia da lugar, un perjuicio al bracero del país, que no puede trabajar en las míseras condiciones a que se prestan los emigrados.

 Y aquí tiene usted un motivo; el porqué, la prensa española, que representa al capitalismo, no ponga mano en el asunto, porque primero es el negocio que los compatriotas pobres.

 Y les haré justicia, advirtiendo que al principio tanto habló, que dio lugar a que el cónsul español se personara en Triscornia, dónde pasó, lo que en cuarteles cuando un general va a inspeccionar el rancho de la tropa.

 ¡Todo está admirablemente!

 También unos oficiales de un buque español naufragado por estos mares, poco ha, al marchar a España, remitieron a la prensa enérgica protesta, que el Dr. Frank, director y médico de Triscornia, se apresuró a desmentir por conveniencia propia.

 Y tenga la seguridad el Sr. Alcover y cuantos con tan estrecho criterio piensan, que los que van a Trisoornia, no tienen de vagos y de sinvergüenzas un bello; antes al contrario, su misma infelicidad retratada en sus rústicos semblantes, les hace víctimas de tamaña arbitrariedad. ¡Y vagos son, los infinitos parásitos que viven del sudor ajeno y los conscientes sabemos bien cómo anda repartida la vergüenza, en la corrompida sociedad actual! Calificativos esos que no andan nunca juntos con el harapo y las encallecidas manos.

 Señor director, si usted publica estas líneas redundará el beneficio del proletario español, en bien de Cuba misma, cuyos hijos conscientes protestan de esa injusticia, y quedaremos todos, en el lugar respectivo.

 De usted respetuosamente.



 JUAN JOSÉ

 Habana, Marzo 1902