viernes, 26 de febrero de 2016

Américo Feria Nogales o la psiquiatría que cura





  Pedro Marqués de Armas


 Carlos Loveira lo menciona en su novela Generales y doctores. En 1895 fue deportado al Castillo del Acho, en Ceuta, donde estuvo prisionero hasta el final de la guerra. En la República ocupó puestos importantes en el entramado médico-político.

 En 1910 era subdirector de Mazorra, y colaboraba habitualmente en Archivos de Medicina Mental, órgano de prensa de la Clínica Malberty alrededor del cual se establecería -al año siguiente- la primera Sociedad Cubana de Psiquiatría y Neurología.

 En 1911 presentó al II Congreso Médico Nacional una ponencia titulada “De la locura ligada al espiritismo”. Ya entonces destaca por sus estudios sobre epilepsia y demencia precoz, y se sitúa de pleno en la corriente organicista kraepeliniana, aunque a la vez cercano a las tesis sobre el contagio y la locura colectiva sostenidas por autores franceses.

 Más tarde, colaboró con el criminólogo Israel Castellanos, a quien facilita fotografías y autopsias de enfermos de Mazorra que aquel utiliza en la elaboración de su atlas A través de la criminología (1914). Castellanos aseguró haber escudriñado en dichas autopsias en busca de la llamada “foseta vermiana”, detalle anatómico supuestamente hipertrofiado en ciertos epilépticos, cuyo hallazgo probaría las tendencias criminales.

 En 1915, Feria publicó en Rambla y Bouza el grueso volumen Elementos de patología mental. Se trata del primer libro de psiquiatría con fines docentes editado en Cuba. En él expuso la clasificación de Kraepelin, tal como fue configurada por los seguidores del gran organicista alemán. Describe, además, prácticas como el non-restraint, el open door, la clinoterapia y el uso de celdas acolchadas, entre otras novedades de la reforma intrasilar.

 Uno de los textos más significativos de Feria es sin dudas “La locura en nuestras razas”, publicado en 1919 en la revista Vida Nueva. En este artículo negó que existiera una “locura típica” de blancos o negros, pero aseguró, sin embargo, la existencia de “caracteres psicológicos propios de cada raza” que, junto a aspectos como el clima, la educación, la alimentación, la pesadumbre y los atavismos, suponían una mayor o menor incidencia de determinados trastornos.

  A su juicio, la manía predominaba en hombres blancos, mientras los negros eran propensos a la melancolía. En la mujer, por su parte, la manía era más frecuente en las negras, mientras la melancolía lo sería en las blancas. Al romperse el equilibrio mental, según Feria, se desatan en el blanco las “pasiones reprimidas” y su lucha adquiere la forma de defensa maníaca; en tanto en el negro “se ahonda la pasividad”, expresión de un pasado de sufrimientos.

 Feria advirtió la baja incidencia de Parálisis General Progresiva (producto de la sífilis cerebral) entre afrodescendientes, reservando esta categoría a “artistas y gentes de café”.

 Señaló, asimismo, la mayor frecuencia de locuras supersticiosas por brujería, entre los negros, y derivadas del espiritismo, en los blancos.

 Los negros, dijo, exhiben, al enloquecer, rasgos atávicos del arte y la religión africana: fetiches, armas primitivas, gestos bizarros que recuerdan sus bailes, y pájaros y animales raros.

 Castellanos elogió el artículo, expresando que era uno de los mejores estudios que se hubiera realizado sobre la “psique cubana”, y lo opuso, incluso, a las consideraciones de positivistas italianos como Locard, Mariani, Falco, y el propio Lombroso, quienes se expresaran con anterioridad –curiosamente, a partir de una colección de fotografías de presidiarios que Fernando Ortiz donara al Museo de Antropología de Turín (sólo Federico Falco había realizado investigaciones directas en el presidio de La Habana)- sobre los rasgos antropológicos dominantes en criminales y epilépticos cubanos. 

 Pero la obra más interesante de Américo de Feria tal vez sea la que tituló Orígenes de la locura. Su etiología y patogenia a la luz de los nuevos conocimientos de psicología experimental, biología y teoría coloidal. Y su tratamiento racional y positivo por las equilibrinas (1928, Cultural S.A), un avance de la cual expone ante Sociedad Cubana de Psiquiatría y Neurología en su ponencia "Teoría coloidal en sus relaciones con las psicosis" (1927).

 Intentaba inscribirse con ella en el nuevo modelo organicista que, justo entonces, comenzaba a estructurar la psiquiatría tanto en Europa, como en Estados Unidos, concretándose en la experimentación con sueros y vacunas, y en el uso de terapias de choque y de la psicocirugía.

 Fenómenos como la anafilaxia, el medio humoral, las glándulas endocrinas y las propiedades del coloide -que en medicina supusieron notables avances- llamaron poderosamente su atención y le llevaron a conjeturar sobre los efectos presuntamente nocivos de las sustancias coloidales en el sistema nervioso, y su implicación en las enfermedades mentales.

 De la hipótesis pasó sin solución de continuidad a la terapéutica, y entre 1925 y 1928 llevó a cabo un ensayo de “desensibilización humoral” que consistía en inyectar a sus pacientes, durante sucesivas sesiones, un “dispersoide proteínico” que llamó Equilibrina.

 Con este preparado pretendía “inactivar” la acción tóxica del coloide sobre las neuronas corticales. Administró su Equilibrina a 26 enfermos maniaco-depresivos y a 4 diagnosticados de demencia precoz, todos recluidos en Mazorra. Y a algunos los dio por curados.

 “La psiquiatría que cura”, tal como titula uno de los capítulos, no resulta sino el sueño de una terapéutica que, aun hoy, no acaba de cuajar. Entonces legítimo, pues se intentaba superar el estancamiento implícito a la más controvertida de las disciplinas médicas, hoy ese sueño parece cada vez más una falacia o, si se prefiere, una ficción que, de tan extendida, deja corto a cualquiera de aquellos crueles o simplemente anodinos ensayos.