viernes, 7 de agosto de 2015

La noche del 26 de marzo






 La noche del 26 de marzo, noche de notables efemérides, va siendo la que da pie para este romance, cuyo asonante no se agotará fácilmente, por haber tenido yo la buena ocurrencia de hacerlo en prosa. En el año de 1848, si mal no recuerdo, le tocó lucirse en Madrid al famoso don Fernando de Aguilar: en este año ha logrado un triunfo más a nuestro alcance el joven de Manzanillo don Francisco Xavier Solá y Camps, resolviendo varios problemas aritméticos ante una numerosa concurrencia en la Universidad de la Habana. Yo había pensado seguir llamando a dicho joven el Manghiamele cubano, y no me arrepiento; pero ha de ser con la condición de llamar también al citado Manghiamele el Solá de Sicilia; porque después de lo que hemos visto en la noche del último 26 de marzo, creo que tanta razón hay para lo segundo como para lo primero. Por de pronto, le llamaré simplemente Solá, pues bien lo merece quien no necesita ya más que pronunciar su apellido para que los cristianos se quiten el sombrero y los moros llevemos la mano al turbante, que para estos casos goza fueros de morrion, diciendo los unos y los otros: ¡Salud y prosperidad al genio de Manzanillo!

 Y entre paréntesis, hay que andarse con pies de plomo en eso del fuero, ahora que se han inventado los azotes militares. ¡Qué! ¿No tienen ustedes noticia de esa invención? Pues lean “La Prensa” del viernes y verán una gacetilla en que bajo el epígrafe: AZOTES MILITARES, se da cuenta de los que han recibido buena cuenta, durante el año de 1862, algunos soldados ingleses. ¿Qué azotes serían esos para verse calificados de tal manera? Yo supongo que, por el solo hecho de ser militares los que recibieron los azotes, no tendrían estos la denominación que se les ha dado; pues en tal caso, cuando no es militar el que los lleva, los llamaríamos azotes paisanos. Indudablemente, aquellos de que nabla la gacetilla indicada tendrían uniforme, sabrían el ejercicio, y entre ellos puede que algunos fuesen beneméritos de la patria.  Sea como fuere, basta consignar el descubrimiento, y saber que este, publicándose el día 27 de marzo, debió imprimirse en la noche del 26, para que tengamos el dato por precioso y enumerar las efemérides de la citada noche. 



 Pero hablemos de matemáticas para ser más exactos; aunque ante todo, señores, quisiera yo felicitar cordialmente, primero: a la Ilustre Universidad de la Habana, por la plausible prontitud con que ha sabido abrir sus puertas al joven Solá para un examen público, dando así al acto solemne todo el prestigio que acompaña naturalmente al nombre de una corporación tan respetable; luego al Exmo. Sr, brigadier don Rafael Primo de Rivera, iniciador del pensamiento y protector decidido del joven genio cubano; luego a las muchas personas de todas las clases de la sociedad que se han apresurado a honrar el acto con su asistencia, y si no fuera yo parte interesada en el asunto, también daría una dedadita de miel al periodismo habanero, que en esta ocasión se ha portado como debía.

 Verificóse, pues, el examen del niño Sola, y le llamo niño, porque, ¿cómo se debe llamar al que no tiene más que once años? Puede que a él no le guste, porque recuerdo que cuando yo era de su edad tenía muchas ganas de pasar por mozo, y aun por todo un hombre, como suele decirse; pero ahora que conozco las edades por experiencia, me atrevo a dar un consejo a los que empiezan a vivir, y es que no tengan prisa para hacerse viejos. Es el desatino mayor que pueden cometer, y por otra parte, sobre todos los elogios que con justicia tributamos a Solá, el mayor consiste en decir que hace, siendo niño, lo que admiran los hombres.

 Fuera de la religión, es preciso convenir en ello, la virtud de la fe hace un papel secundario; pero en nada tanto como en matemáticas.

Quien dijo matemáticos, dijo incrédulos, en la buena acepción de la palabra, porque en la ciencia que cultivan toda verdad, aunque parezca de Perogrullo, tiene necesidad de verse demostrada para ser admitida.

 Por eso cuando se anuncia la aparición de un genio que hace lo que Manghiamele o Solá se hallan muy pocos que no digan lo del aposto! Santo Tomás, y esto se ha visto confirmado en la noche del jueves. Todo profesor de matemáticas quería ver si era cierto lo que se decía, en lo cual tenía razón, y cada cual llevaba su problema, no contentándose algunos con las cuestiones aritméticas, que eran las únicas que debían presentarse, según con anterioridad se había manifestado. Pero, ¡ya se ve! cuando se halla un prodigio, entran ganas de pedirle más de lo que anuncia, por lo cual hubo quien propusiera problemas de álgebra, de geometría, y no fallarla quien quisiera presentar algún problema de ajedrez tan fácil como estos: 1.° «Las blancas pueden dar mate en cuatro jugadas, sí se distrae el jugador de las negras; pero, ¿en cuántas jugadas sucederá lo contrario si se descuida el de las blancas?» 2.° «Dos habaneros han tardado en jugar una partida siete cuartos de hora, ¿cuántos habrían tardado si fuesen alemanes?» Para gloria de Solá diré que, no habiendo estudiado todavía más que la aritmética, resolvió un problema de geometría, pues dándole dos lados de un triángulo, para coger un papalote puesto sobre un árbol, acertó el tercero. La exactitud y brevedad con que contestó a las preguntas que se le hicieron sobre sumas, multiplicaciones, divisiones, quebrados comunes, elevación a potencias, denominados, reglas de interés &c., hicieron más que asombrar al auditorio, lo entusiasmaron a menudo, arrancándole aplausos y cariñosas aclamaciones. Pocas veces se detenía Solá para contestar satisfactoriamente, y eso que había problemas difíciles, aunque no fuese más que por recargar a la memoria con tantas cifras como las que juegan en el siguiente, bien sencillo por otra parte, qué propuso un portugués a un sevillano: Una pava costó treinta mil pesos; cada treinta mil años ponía un huevo; cada treinta mil huevos valían un maravedí: ¿cuántos años tendría que vivir la pava para dar lo que costó?», a lo cual contestó el sevillano: «Yo me contentaría con vivir la mitad, aunque tuviera que pelar la pava.»

 Pero, ¿qué cuidado le puede dar la abundancia de guarismos a quien tiene tan buena memoria? Y ahora que digo esto quiero hacer una aclaración. Regularmente se cree que la memoria supone poco entendimiento, y esto será verdad en oíros casos, mas no cuando se trata de matemáticas, en las cuales más se necesita de la inteligencia que de la memoria. Solá, para hacer lo que hace prueba tener el talento tan privilegiado como la retentiva.

 Voy a concluir diciendo que del seno de la ilustrada y numerosa reunión, surgió una idea eminentemente patriótica; la de abrir una suscripción que tenga por objeto facilitar recursos al niño Solá para continuar su educación, y estoy seguro de que todo el mundo contribuirá con cuanto le sea posible a proteger a un genio que, como dijo muy bien el Sr. Primo de Rivera, es una gloria para España, para Cuba y, particularmente, para Manzanillo.



  EL MORO MUZA