domingo, 30 de agosto de 2015

El caso Mapelli





  Pedro Marqués de Armas

 James Mapelli transitó del mundo del teatro al de la terapéutica sin pasar por la medicina. Luego de una década de empeños, lo logró de manera estable en Buenos Aires, ciudad en la que se habría radicado hacia 1915. Siempre dijo que se había formado con Lombroso, que era médico graduado en la Universidad de Turín, y así lo presentaban los periódicos, lo mismo en Milán que en Barcelona, en La Habana que en Buenos Aires.  
 En cada una de estas ciudades donde no pocos médicos disfrutaron de sus espectáculos y, en algunos casos, lo invitaron a tratar a sus enfermos, su imposibilidad de mostrar o acreditar el título generó algarabías y protestas en las acorazadas corporaciones médicas. 
 Era ilusionista, hipnotista, calculista y un largo etcétera. Según quienes lo vieron actuar tenía el mismo nivel de un Cumberland o un Onofroff.
 En La Habana lo llevaron a Mazorra por mediación de la Sociedad de Psiquiatría. Allí hipnotizó a algunos pacientes y sacó de un estado catatónico a una reclusa negra que tan pronto hacía muecas y gestos extraños como adquiría una rigidez espantosa.  
 En España, como en Cuba, lo acusaron de charlatán y retaron a demostrar sus conocimientos de medicina. El célebre doctor Juarros, psiquiatra forense y temprano seguidor de Freud, le dio una cita a la que no se presentó, mientras la prensa le hacía campaña a nombre de la “verdadera ciencia”. 
 Mapelli llegó a hacer pública una carta en la que se ofrecía para hacer declarar al Capitán Sánchezquien entonces estaba siendo procesado por el descuartizamiento de García Jalón, el rico amante de su hija. 
 Sánchez se negaba a abrir la boca, y Mapelli, colmo de insolencia, se brindó para abrírsela en dos minutos. 
 (De este caso, no el de Mapelli, sino el del Capitán, ver El crimen del Capitán Sánchez, de Vicente Aranda, 1985.)  
 En Argentina actuó durante algunas temporadas en el Teatro Coliseo, hasta que fue llamado al Hospital Pirovano para hacer demostraciones e impartir conferencias. 
 Personaje arltiano en el país de las ficciones, sus curaciones de oscuras parálisis y casos de impotencia y dolor crónico terminaron por convencer a los médicos. Casi al mismo tiempo que surgía el interés por el psicoanálisis, logró hacerse de un lugar en la clínica.
 Tampoco entonces faltaron acusaciones de curanderismo, e incluso, su consultorio fue cerrado en varias ocasiones. 
 Sin embargo, suficientemente hábil como para escribir y publicar sus experiencias, adaptando o adoptando el lenguaje de las revistas especializadas -“Paraplejía funcional curada por psicoterapia”, así tituló uno de sus artículos-, pronto Mapelli se hizo del todo indispensable.  
 En 1928 publicó La psicoinervación. Terapéutica psíquica en la prestigiosa  editorial El Ateneo, con una propuesta teórica que no desmerecía en modo alguno. En realidad, más que en el terreno de las grandes  curaciones mediante hipnosis se colocaba, con este estudio, en el ámbito de la psicoterapia, al destacar el papel de la sugestión y de la palabra como estímulo psíquico. 
 Fue reclamado en breve desde instituciones, por fortuna para él, más ligadas a la medicina que a la psiquiatría propiamente. 
 Sus éxitos en el campo de la cirugía, y sus ocasionales aportes a la policía, sellaron su prestigio y terminaron de acreditarlo.   
 No hay que olvidar que su irradiación sobre la sociedad y las sacrosantas instituciones solo podía tener un origen: la ficción, la creencia, es decir, la sociedad misma.   Mapelli no solo se impuso tras años de entrega como el médico práctico y dotado que era, sino que ayudó a crear un clima favorable para el incipiente psicoanálisis en la Argentina de los años treinta.
 No dudó en presentar su “psicoinervación” como “verdadera terapéutica”, capaz de señalar las insuficiencias de la medicina. 
 No solo eso, la ofreció como guía, como programa a incorporar. Y ciertamente, al igual que en el teatro, no pocos lo siguieron.


No hay comentarios: