sábado, 29 de noviembre de 2014

Almelio en persona




  Pedro Marqués de Armas

 En una de esas ferias de libros que se celebraban al final de la calle Obispo, unas veces junto al parque Albear, otras junto a la Manzana de Gómez, conocí al poeta Almelio Calderón Fornaris. Aunque solo trabamos amistad años más tarde, siempre sitúo en aquellas ferias nuestro primer encuentro. Lo mejor de esas jornadas era, sin duda, la subasta y el concurso de literatura conducidos por el escritor humorista Juan Ángel Cardi, quien mazo en mano y chasqueando constantemente la lengua, solía dirigirse al público, sobre todo al más joven, con benévolo humor. Fue entonces que uno de los feriantes, vestido de blanco-amarillo (o mostaza, el mismo color de la barba de Cardi), subió a la tarima luego de haber alzado la mano unas mil veces.

 "¿Quién es el autor de La rueda dentada?", fue la pregunta. Y tras la repuesta: "¡Corrrrectoooo!"… Había dado en el clavo y así sucesivamente hasta ganarse un bono de 10 pesos, con el que salió disparado hacia los kioscos. Atrás le fui yo, no a Almelio, sino al concurso de literatura, venciendo la habitual timidez. "¿Quién es el autor de El sol a plomo?" Humberto Arenal, respondí por lo bajo… y el “corrrrectoooo” de Cardi esta vez me supo a gloria.

 Así que lo que me une a Almelio, desde el principio, es el teatro del mundo: un ruedo que nos convertiría, en breve, en pareja hermanada por el halterofilismo de las palabras y la ensoñaciones de un saber (el menú podía incluir libros de astronomía y cocina) que rebotaba en nosotros como en versiones habaneras de Bouvard y Pécuchet.

 Me lo topé luego en sesiones municipales y provinciales de talleres literarios y supe así, de sopetón, que practicábamos el mismo encandilante oficio. Pero cuando lo tenía todo dispuesto para visitarlo se metió entre nosotros una citación del Servicio Militar Obligatorio y no volví a encontrármelo hasta 1985, también en la calle Obispo, ahora de verde olivo y con una clavícula escayolada, consecuencia de una caída por la que obtendría la baja. (La había intentado muchas veces simulando ataques de asma, o provocándolos con ingestas de detergente, el famoso Fa; pero al final la vino a obtener a consecuencia de un insulso resbalón).

 Hay un domingo particularmente curioso en mi memoria, cuando leí en una hoja suplemento del periódico Juventud Rebelde algunos de los poemas de Fragmentos para un caballo de aire, su primer cuaderno, el cual publicaría más tarde no con la imagen previsible del tiovivo, sino con la de un animal mitológico soñado por Magritte. Este poemario lo convirtió en uno de los poetas más precoces de aquella generación —llamémosle Generación de los Ochenta—, situándolo sin duda como heraldo de cierto surrealismo insular, algo filosófico e irredento:

 El bisturí que muy pronto cortará los dedos
 de mi corazón creado tres veces por los    
 mecánicos del alma 

 Días antes de aquella apacible lectura se había celebrado otra, maratónica, en la Casa del Joven Creador, a modo —según recuerdo— de "crecimiento" hacia la Asociación Hermanos Saíz. Todo marcado, pues, por esa juvenilia que apresaría nuestro entusiasmo en redes institucionales, por fin lo visité en su casa de San Miguel 522. Transformado en vivienda, el aposento de los Almelios había sido en el capitalismo una tienda de corbatas. Pero ahora lo presidía una pintura al óleo en la que podía descubrirse el trazo sombrío de Arístides Fernández, revelando la extrañeza y el desvarío de varias generaciones: desde el poeta Fornaris (bisabuelo de la madre) hasta el Capitán del Apostadero Justo Casacó, todo confluyendo armoniosamente en el uniforme de miliciano (con chapas-medallones) del padre, la sonrisa escasa bajo una boina ladeada.

 De aquel encuentro estelar lo que más me marcó no fue, por supuesto, el colgante retrato (allí todo colgaba), sino el rápido devenir literario de aquella buhardilla; pues esa misma noche y mientras Almelio me descubría —para mí decisivamente— El cementerio marino de Valéry, comenzaron a sumarse otros poetas: Juan Carlos Flores, Ismael González Castañer y Esteban Ríos, entre otros, quienes trasladamos el foro hacia el Coppelita del Malecón, donde celebraríamos, en lo adelante, nuestros campeonatos de metáforas.

 Almelio solía resultar ganador, al tiempo que íbamos pergeñando nuestras poéticas. Poeta, poema y poéticas se convirtieron entonces en extensiones de una identidad: aquella que nos devolvía, en medio de la pobreza y a contrapelo de la paideia revolucionaria, un don supremo: el lujo de las palabras. Querían mantenernos a raya, como dentro de una escuelita-bunker. Pero he aquí que no podían secuestrar todo el lenguaje. Como dijera en uno de sus poemas Juan Carlos Flores: "Nos decían que no, que nos acercáramos. Que leyéramos a Pita, a Guillén, a cualquiera de los otros. Nos decían que no, y tuvimos que elegir".

 La poesía de Almelio Calderón es uno de los ejemplos más claros y sintomáticos de esa elección. Lector ferviente de los surrealistas, de Huidobro, de Borges y Paz, y de un "reencontrado" Lezama cuando todavía su lectura era perseguida, o bien desestimada, y sin más pretensiones que la de encarnar ad eternum esa identidad de Poeta Niño de la que habla Wallace Stevens (suerte de fragor onírico que cancela todo despegue, como si él mismo fuera el sueño de una época —esa época), su elección no era sino la de todos: piedra de toque a partir de la cual, digámoslo así, toda una generación buscó su propio asidero.

 Con los poetas mencionados y muchos otros viví ese momento primordial en el que la amistad abriga, como ninguna otra cosa, frente al destartalo de una circunstancia. Juntos montamos un libro de grupo: Corrimiento hacia el rojo, que así tituló Ismael González Castañer en señal de intercambio. Y luego aparecería el verdadero Retrato de grupo, la precoz antología de aquellos egresados al círculo de la ilusión y del delirio. Que no lo era entonces, desde luego: "vivíamos poderosamente entre los dioses", como señala Almelio en verso memorable.

 En San Miguel 522, como en la Quinta de los Molinos, o en la biblioteca de Lezama, fue cuajando una experiencia literaria, gremial, que tenía ya mucho de "resistencia" pero que aún podía desarrollarse al margen de la política como tal. Eran los años del entusiasmo, marcados principalmente por la fe en los libros (sobre todo, "otras literaturas"), aquella fe promiscua que nunca estuvo exenta, por suerte, de talento, y que se materializaría en revistas ahora míticas como Naranja Dulce, y en no pocos libros singulares.

 Que esta antología se titule De la pupila del ahorcado, no nos toma de sorpresa. Pocos poetas, concluidos aquellos años de formación, lo mismo dentro de Cuba que ya en el exilio, supieron desaparecer tan magistralmente. Su sombrero zequeriano no es bobería, si se mira de cerca; tampoco su bufanda a lo Nerval… Parecía uno de los menos preparados para la estampida, pero partió, también él, a lo que a la postre sería un descampado…, si bien con tragaperras incluidas.

 Tuvo que trocar la poesía por oficios menos encandilantes, y zapatear desde 1994 al margen de todo. "Mi miedo", me dijo una vez, "no es dejar de escribir. ¡Que quede claro!" Pero al leer Poner orden en mis tierras, libro que escribiera entre 1997 y 2003, y el sorprendente Los dados de la noche (2010-2012), se tiene la impresión de que el desastre y la mudez ya estaban inscritos en su poesía, a modo de tabla de surfing. Asistimos, desde estos últimos cuadernos, a sus propios comienzos, como si se tratara, más que de escribir, de flotar soberanamente sobre idéntico abismo, remontando las olas —el oleaje del papel, quiero decir— con una misma cosmética de dioses y extensiones.

 Poesía que aspira a la fijeza, barroco en clave existencialista, lamento sideral, estamos ante un producto irreductible. Por eso me agrada tanto el poema titulado "Extinción", donde Almelio en persona se quita la ropa y se mete en la cama para perderse en él. A lo que cabe añadir: esa pupila de la que habla no es sino la del Niño Muerto de Blanchot: luz que trasiega terca, y acaso burlonamente, en el párpado del que sobrevive.


 Prólogo a De la pupila del ahorcado, editorial Efory Atocha, 2013. Publicado anteriormente en Diario de Cuba. En la fotografía, de izquierda a derecha: Mario Bonet, Pedro Marqués de Armas, Gerardo Fernández Fe, Almelio Calderón, Ismael González Castañer, y Carlos. A. Aguilera. 


En la Quinta






 Ismael González Castañer

 
 Una vez miraba lunas sobre nubes y después sobre árboles y tierra jardinera y quise contarlo a alguien. También debía decirle que extrañaba a alguien, o a Usted precisamente/Usted, pues yo hablo con respeto a todo mi interlocutor y me comporto siempre como un ángel.

 De verdad necesito lugares y modos de verdadera vida.

 La luna entraba por los ojos cuando las nubes contrarias le daban vista, luego me dije: "Mejor tiéndete/ ¡Acaba de hacerlo alguna vez, por Dios, o por los dioses que no tienes!"

 Y trepé allí y escalé como un niño que canta lo vivo, perdiendo horas de sueño, sabiendo que debía dormirlas porque mañana favorezco trabajos como un ángel.


 De Mercados Verdaderos
 

viernes, 28 de noviembre de 2014

De catalanes y otros cuerpos voluntarios




 
 Gil Gelpí y Ferro

 La procesión cívica, con admirable orden, desde el muelle de la Machina siguió por las calles de la Cuna, Oficios, Plaza de Armas, y frente del Palacio, desde cuyo balcón el Excmo. Sr. Capitán General presenció el desfile, saludó a los Voluntarios y vitoreó a España y a Cuba Española, cuyos vivas fueron contestados con entusiasmo por los Voluntarios, y por la compañía de Guías del Capitán General que cubría el frente del Palacio y mantenía la Plaza despejada. Siguió la procesión por las calles del Obispo, Mercaderes, Plaza Vieja, Muralla, Calzada del Monte, Águila, Reina y Paseo de Tacón, donde abriendo filas las comisiones delos cuerpos, dieron paso a los Cazadores de Barcelona que entraron en el Cuartel de Madera.
 Por la noche un gentío inmenso recorría las calles para ver la iluminación, las colgaduras y los magníficos arcos de triunfo. Los oficiales e individuos del batallón de Voluntarios Catalanes fueron en todas partes obsequiados y reinó la más cordial fraternidad y la más pura alegría en la capital de las Antillas.
Al anochecer del día siguiente todo respiraba animación en las inmediaciones de la Quinta de los Molinos, donde debían ser obsequiados con un banquete los Sres. Jefes y Oficiales del Batallón de Catalanes por la Comisión de Festejos, como habían sido obsequiados con un buen rancho los individuos de tropa del mismo.
 En los elegantes salones de la Quinta, donde solían residir durante el verano los Capitanes Generales, se habían preparado mesas con más de trescientos cubiertos, donde se debían sentar con los dichos jefes y oficiales obsequiados, todo lo más distinguido de la capital de la isla de Cuba. Los señores convidados por la Comisión de Obsequios como a las 8 se sentaron y empezó el banquete, alternando los coros de catalanes con las bandas de música colocadas en los alrededores de la Quinta. La comida fue excelente y a los postres el Sr. Presidente de la Comisión D. Manuel Martínez Rico, brindó por los Voluntarios Catalanes, por el Excmo. Sr. Capitán General y por España, que ha de conservar siempre la isla de Cuba! El Sr. Vice-Presidente D. Francisco Camprodón recitó unos hermosos versos en catalán, que arrancaron atronadores aplausos.
 El Sr. G. Gil Gelpí, Secretario de la Comisión brindó por las madres catalanas que conservando las creencias y siguiendo las costumbres de nuestros antepasados, saben desprenderse hasta de sus hijos cuando la Patria lo reclama! Comparó a las nobles madres catalanas cuyos elevados sentimientos pueden rivalizar hasta con los de las matronas espartanas, con las desgraciadas hijas de la isla de Cuba que han abandonado sus hogares para pasar al campo de los insurrectos o al extranjero a mendigar socorros, abjurando la religión verdadera de sus padres y abandonando las costumbres, tradiciones idioma y cuanto hay en el mundo de más caro! El Excmo. Sr. D. Rafael Clavijo General Subinspector de Ingenieros y Voluntarios pronunció un elocuente discurso, y lo mismo otros señores que fueron como los precedentes interrumpidos varias veces por los aplausos del inmenso gentío que se había reunido dentro y fuera de los salones.
 Al día siguiente el Excmo. Sr. Capitán General revistó a los Voluntarios Catalanes, los que fueron obsequiados hasta el día que verificaron su embarque, acompañados hasta el vapor que debía conducirles a Nuevitas por los señores de la Comisión y jefes de Voluntarios de la Habana.
 El Excmo. Sr. D. Julián de Zulueta, habiendo recibido de las Provincias Vascongadas la noticia de estar prontos para embarcarse los decididos Voluntarios del Primer Tercio que las Juntas estaban organizando, reunió en su casa un gran número de personas distinguidas, y entre ellas las que habían formado parte de la Comisión de obsequios para recibir a los catalanes. Bajo la presidencia del mismo Sr. Zulueta, que organizó una Comisión para recibir y obsequiar a los valientes del Primer Tercio de Voluntarios de las provincias vascongadas. El día 2 de junio llegaron los vascongados en el vapor Guipúzcoa y verificaron su desembarco en la Machina. Allí se había colocado un hermoso laurel de la India, simbolizando el histórico Árbol de Guernica y al rededor del cual se colocó la Comisión de obsequios, en cuyo nombre el Excmo. Sr. D. Antonio García Rizo dio a los valientes la bienvenida, pronunciando en castellano un elocuente discurso que fue vivamente aplaudido; lo mismo que el pronunciado después en vascuence puro y con notable brío por el Sr. Eleizegui. Siguiendo el mismo Programa que se observó en la entrada de los catalanes, y aumentado todavía el séquito con numeroso carruajes, con niñas representando la agricultura, la industria, la navegación y el comercio, con un coro de vascongados que alternaba con el de los catalanes, y con comisiones de muchas más poblaciones, y teniendo el honor de abrir la marcha los voluntarios de caballería Chapelgorris de Guamutas, se dirigieron por las calles engalanadas y por debajo de varios arcos de triunfo al Cuartel de Madera. El día 3 después de haber tomado los Voluntarios excelente rancho, costeado por la Comisión, fueron obsequiados los Sres. Jefes y Oficiales con un gran banquete en el Teatro de Tacón, en el que tomaron asiento más de cuatrocientas personas, de la más alta posición de la Isla.
 A los postres el Excmo. Sr. D. Julián de Zulueta pronunció un patriótico y entusiasta brindis, al que siguieron los de los Excmo. Sres. Generales de Marina, de Artillería, de Ingeniero y Regente de la Audiencia, del Sr. Coronel de los Voluntarios Vascongados y de los Sres. Directores de los Periódicos D. Juan de Ariza, D. Gonzalo Castañón y el que estas líneas escribe. El Sr. de Zulueta tuvo la feliz idea de reunir y publicar en un Álbum de gran lujo todos los artículos y todas las poesías que vieron la luz pública y todos los discursos que se pronunciaron en la Habana, con motivo de la llegada del primer Tercio de Voluntarios Vascongados. Tenemos a mucha honra que nuestros humildes artículos y discursos figuren en aquel notable libro, que recuerda uno de los más memorables días que registran los Anales de la isla de Cuba.
 Con igual entusiasmo y siguiendo con pocas variaciones el mismo Programa, fueron sucesivamente recibidos los batallones de Voluntarios de Andalucía, Asturias, Santander y 2 y 3ro de Catalanes y otros cuerpos de Voluntarios que llegaron a la Habana; y en todas las fiestas cívicas reinó la más cordial fraternidad entre los hijos de todas las provincias peninsulares y ultramarinas. En todas se manifestó el más noble entusiasmo y se dieron repetidas pruebas de desprendimiento patriótico.
 Con estas Fiestas cívicas se consiguió levantar el espíritu público, poner en contacto hombres de distintas posiciones, dar a conocer la altura en que estaban muchos individuos y encaminar por buena senda la opinión pública; sin excitar rivalidades y sin dejar crecer aspiraciones que hubieran producido resultados funestos en las circunstancias que en aquellos meses atravesaba la isla de Cuba. Ano ser por los arranques de patriotismo, los rasgos de desprendimiento y el caudal de conocimientos que en aquellos días se pusieron de manifiesto, quién sabe hasta dónde habrían llegado las ambiciones bastardas de algunos hombres de reputación usurpada, que quizá soñaran en organizar juntas; y en nombre de los principios conservadores y a pretexto de conjurar futuros peligros, habrían entrado en el peligroso terreno de la Autonomía. Al ver que en caso de proponerse una peligrosa medida cuando el pueblo español leal lo podía todo, no serían ellos los elegidos, porque otros habían dado pruebas de ser más inteligentes, mas desinteresados y mejores patriotas, se contuvieron y se marcharon algunos a la Península en busca de empleos lucrativos.
 Al mismo tiempo que los ambiciosos que siempre habían pertenecido al partido conservador se contenían, los laborantes se desanimaban al ver como se encaminaba por la buena senda la opinión entre los que sin reparar en sacrificios y sin pretender medrar personalmente, querían ante todo que Cuba fuera para siempre Española.


 Álbum histórico fotográfico de la guerra de Cuba, 1872, pp. 299-31. 

domingo, 23 de noviembre de 2014

La escuela muda




   Miguel Ángel de la Torre

I

 Un suceso peregrino ha venido a arrugar someramente en estos días la superficie de esta vida de lago del ingenio Hormiguero, estancada al borde de la esmeralda musical de los cañaverales infinitos. ¡Oh, esta vida regida por los mandatos periódicos de la sirena de ingenio! Pasan los días, los meses y los años al pie de la gran torre de ladrillos rojizos sin lograr hacer sentir su paso. Acaba la zafra y empieza el tiempo muerto en sucesión tranquila y monótona, para luego volver a la zafra, un año tras otro, de igual manera, sin un tropiezo, algo así como las olas del mar. Se vive a espaldas del calendario y hasta del reloj mismo. 
 Mientras tanto los trenes, en su carrera diaria entre Cienfuegos y La Habana, se detienen un momento al borde de esta laguna de vida humana, dejan unas cuantas cartas y otros tantos periódicos y luego siguen bufando, rebrincando sobre su camión férreo. La torre del ingenio, desde su sitio inmutable, los ve alejarse con un aire de soberbia y de burla. 
 Pero esos trenes no logran contagiar este rincón del mundo con la rugiente fiebre lejana de las ciudades. Así no eran menester demasiado sensacionales ocurrencias para merecer la atención de estas imaginaciones encalmadas y en desuso.
 Comprended ahora el éxito facilísimo de un Sherlock Holmes cualquiera extraviado entre estas maniguas. El cual Sherlock Holmes ha hecho efectivamente acto de presencia en estas pasmadas latitudes. Es un Sherlock Holmes mixto de Raffles, burlón, caprichoso, inclasificable y capaz de desorientar al más agudo de las novelas policíacas a la moda. No se sabe cuáles sean sus propósitos ni siquiera ha dado a conocer sus pretensiones. Hasta ahora parece simplemente un peregrino “dilettante” de las emociones fuertes, para cuya endiablada alquimia, a manera de inmensa retorta propicia, ha escogido el batey del Hormiguero, donde unos centenares de vidas humanas dejaban hasta hoy irse los días sin tomarse vulgar molestia de contarlos.

 El misterioso huésped de Hormiguero ha hecho sentir su sensacional presencia por medio de pasquines y de avisos directos. Ha dado muestras de su aristocrático deseo de riesgo desdeñando la fácil impunidad, al alcance de todas las cobardías, del correo oficial. Sus terroríficos mensajes aparecen en las paredes de la casa de las oficinas –todo el día llena de empleados y por la noche celosamente custodiada por los guardia jurados de turno-; sobre las mesas en el interior de las viviendas particulares; en los bolsillos de las chaquetas de los obreros colgadas al alcance de la mano en las horas de labor.

 Ahora bien ¿cuáles son sus avisos? Escritos con gallarda letra inglesa y con cierta literatura cuidadosa, sus mensajes advierten y conminan con urbanidad, sin grosería, sin odios. “Este año no habrá zafra –dice un día-. Empeñarse en lo contrario le causará usted grandes daños”. Otras veces amenaza con quemar los cañaverales, con destruir la maquinaria, con envenenar las grandes calderadas de frijoles del rancho diario; pero en tal ocasión, siempre sin abandonar su cortesanía epistolar, habla de atroces secuestros y torturas en algunos de los hijos de los empleados importantes del ingenio.

 También ha llegado a la ingenuidad, uno de sus avisos, en el cual pretendía paralizar las labores del ingenio. Al parecer sintió la necesidad de hacerse sentir un poco más tangiblemente, a cuyo objeto quiso ofrecer una muestra de la realidad de su poder. “Si no se me obedece la romana no funcionará, porque se ha quitado una de sus piezas insustituibles” –escribía el enigmático Sherlock Holmes al final de su comunicación; pero desgraciadamente, aunque la sustracción audaz de tales piezas, era cierta, su reposición fue fácil.

 A consecuencia de lo cual las labores no fueron esa vez interrumpidas. Ni esa ni ninguna otra vez. Porque debemos añadir que a estas horas, a pesar de los escalofriantes mensajes timbrados con una macabra y tosca rúbrica consiste en unas tibias cruzadas debajo de una calavera, todavía las maquinarias del Hormiguero no han volado, los frijoles no causan sino sus indigestiones ordinarias y los niños siguen siendo el encanto de las pocas horas de asueto de sus padres.



                         II


 Otra novedad en la vida estereotipada del ingenio ha sido la implantación aquí de un cinematógrafo, ocasión de grato solaz para estas gentes laboriosa. A vosotros, concurrentes a las tandas perfumadas de Fausto y de Miramar y a las hervorosas sesiones infantiles de Campoamor, os sería difícil formaros idea de una función en este lindo teatrillo de ladrillos rojos erigidos entre los fragantes macizos de flores del jardín de Hormiguero, adonde cada noche se congrega la más heterogénea y bulliciosa de las concurrencias cinematográficas.

 Son mecánicos tiznados, colonos cuyos caballos cubiertos del sudor de varias leguas quedan amarrados a la puerta, las esposas y las hijas de los empleados lindamente ataviadas, confundidos en una asamblea alborozada y de fácil contentamiento sobre la cual brota constantemente a lo largo de la función toda clase de sorprendentes comentarios manifestados a voz en grito con ingenuidad encantadora.

 Esta noche primera de mi asistencia desfila por la pantalla una de esas cintas en varios episodios, de asuntos truculento, a cuyo anuncio el público de La Habana forma filas ante las taquillas. Aquí el éxito es igualmente clamoroso…  El héroe de la película pasa mil trabajos y tormentos, pero a cada apuro se muestra más invencible. Da trompadas sansonianas, se muestra genial en sus astucias, burla, acomete y desorienta a sus enemigos, bajo una constante ovación de este público ingenuo.

 En un momento peligroso llega, sin embargo, en el cual el héroe parece al fin a punto de ser vencido. Entonces de las últimas filas en sombras del teatrillo surge un grito:

 -¡Espérense ahí, voto a Dios!

 Mientras tanto vemos a un guajiro, descompuesto, jadeante de emoción corriendo hacia el escenario con el machete desenvainado en la mano, en auxilio del héroe de la cinta.

 Casi nadie ríe de la aventura, suspensos todos del desenlace. Afortunadamente el héroe ha vencido al fin y el machete vuelve a la vaina. 


                         III


 A mí este caso me hizo reír, pero luego me hizo pensar también.

 Mientras los miles de metros de celuloide con un zumbido monótono de la máquina proyectora, seguían corriendo, yo seguía en tantas y tan diversas caras el reflejo de las aventuras de aquel Roleaux invencible y gallardo cuyas sugestiones luego fructificarían en la inconsciencia del sueño y al día siguiente durante las largas horas de rumia mental consagradas al trabajo. El teatro era en aquellos momentos una escuela en silencio y en la pantalla iluminada se iba desarrollando una muda lección de crímenes, de adulterios, de toda clase de contagiosas monstruosidades.

 Yo en tanto seguía buscando entre los espectadores, a la escasa luz de la sala, al misterioso autor de los mensajes amenazadores e inofensivos ante los cuales desde hace unos días en Hormiguero se ha desvelado los padres y han redoblado asustado su vigilancia los guardias jurados…



 Heraldo de Cuba, octubre 17 de 1919.


 Prosas varias, pp. 105-09.