sábado, 5 de octubre de 2013

Otra vez la catástrofe




 LAS ÚLTIMAS CATÁSTROFES (IMPRESIONES GENERALES)


 Durante los últimos días del presente mes, han ocurrido dos catástrofes en esta población, cuyo recuerdo tardará mucho tiempo en borrarse de la memoria de todos los que han logrado salvarse de ellas: una la de la noche del diecisiete y otra la de la tarde del veintiocho. Ambas fueron producidas por las fuerzas de dos elementos poderosos que se desencadenaron en momentos inesperados, ocasionando la muerte de diversas personas.
 ¿Cuál ha sido la peor? Atendiendo al número de las víctimas, la primera ha sido la más desastrosa; pero si se tienen en cuenta los medios de que disponíamos para defendernos, la segunda ha debido impresionarnos más. Y así hubiera sucedido indudablemente, si la existencia ignorada de una sustancia inflamable en el lugar en que ocurrió la primera catástrofe no hubiera contribuido a la muerte de los que, ya en cumplimiento de su deber, ya impulsados por sus generosos sentimientos, acudieron a salvar el establecimiento del poder de las llamas. 
 Como sucede en tales casos, tres impresiones han experimentado los habitantes de esta capital, después de ambas catástrofes: la primera de horror; la segunda, de cólera; y la tercera, de resignación.                                          
 La primera ha sido la más general. Tan pronto como este periódico, en la mañana del incendio, esparció la noticia desoladora de la catástrofe, describiendo el fuego, enumerando las víctimas y enalteciendo la memoria de ellas, no hubo una sola persona que no se sintiera horrorizada hasta lo más profundo de su corazón. Cada uno buscaba preferentemente el espacio en que figuraban los nombres de los muertos. Al encontrar el de algún conocido la impresión era tanto más fuerte cuanto más imprevista. Entonces se recordaba su figura, su carácter y sus merecimientos. Y el estupor se acrecentaba, porque si todavía no estamos familiarizados con la idea de que la muerte es cosa natural, mucho menos lo estaremos cuando ésta ocurra por causas imprevistas, inevitables, fatales.
 Humeantes aún los escombros, calientes los cadáveres y abiertos los ataúdes en que éstos comenzaban a descansar para siempre tal vez, el sentimiento primitivo desapareció o mejor dicho, se adormeció un instante, siendo sustituido por el de la cólera. No sólo éste era engendrado por el dolor que nos causara la muerte de tan heroicos seres, sino hasta por el de saber que habíamos tenido un peligro más suspendido sobre nuestras cabezas. Y convencidos de que estábamos libres ya de él, hemos formulado una serie de cargos contra los que ya por ignorancia, ya por mala fe, según el criterio de cada cual, colaboraron en la catástrofe, dejando sumidos a muchos supervivientes en la más negra desolación.
 Ahora que la tumba guarda el cuerpo de los sacrificados, que sus nombres se conservan en la mente de todos, que se les han rendido los últimos homenajes y que se recolectan fondos para socorrer a los que han dejado sin amparo detrás de ellos, ambos sentimientos van desapareciendo, amortiguándose, reemplazándose por el de la resignación. Es la resignación desesperada de lo inevitable. Lejos de ser censurable, está dentro de nuestra misma naturaleza, sin que esté a nuestro alcance impedir su nacimiento, su desarrollo y su invasión en nuestro ser.
    

 Después de esos tres sentimientos, ha de venir el último, el más natural de todos: el del olvido. Y vendrá lentamente, en pequeñas dosis, a cada día, a cada hora, a cada minuto; sin que nos demos cuenta quizás, hasta que nos domine por completo. Pero no se eternizará tampoco en nuestro corazón. Otras nuevas desgracias vendrán a herirnos, a conmovernos y a postrarnos. Y, reflexionando un poco, un incendio y una desgracia no son de los más terribles males que pudieran sobrevenir. Hay otros peores todavía.


  HERNANl


 La Discusión, lunes 2 de junio de 1890, Año II, Núm. 289.




  HONORES PÓSTUMOS


  El recuerdo de la espantosa catástrofe de la noche del diez y siete de mayo último se ha grabado de tal manera en la memoria de los habitantes de esta capital, que no pasa un solo día sin que se haga alguna manifestación, ya pública o ya privada, a la memoria de las víctimas. Es ya el único homenaje que se les puede tributar. Si hay una región más allá de la vida en la que se refugian los que desertan involuntariamente de las filas humanas, el alma de esos héroes obscuros debe estar inundada de profundo agradecimiento hacia los que han logrado sobrevivirles.
 Además del luto que encresponó la ciudad en la mañana de la catástrofe; de las honras celebradas en distintos templos; de las suscripciones abiertas en todos los diarios; de la función dada en el teatro Albisu; y de otras manifestaciones que, no por ser menos solemnes, dejan de ser meritorias; se ha celebrado anoche en el Círculo Militar una velada fúnebre, cuyo producto se destinará al socorro de las familias de las víctimas.
 Como todas las fiestas que se efectúan en la elegante sociedad, la que se acaba de dar quedó espléndida, tanto por el programa, como por la concurrencia, pues sabido es que allí sólo asisten personas de alto rango y de reconocido valer.
 La casa que ocupa el Círculo, estaba suntuosamente decorada. Desde que se trasponía el umbral, la vista no encontraba más que alfombras elegantes, rameadas de flores; panoplias soberbias cuajadas de armas; espejos brillantes, encuadrados en marcos diversos; y, sobre todo, una profusión tal de flores que se encontraban, en todas partes, como si se hubiese querido dar una muestra de las maravillas y de los esplendores de la flora tropical.
 En el salón principal, invadido por la concurrencia, la luz del gas, tamizada por las bombas de cristal cuajado, resbalaba a lo largo de las paredes estucadas, arrancaba chispas multicolores de las joyas femeninas y fingía incendiar los vidrios de las puertas, esparciendo por todas partes su dorada claridad.
 El programa se cumplió en todas sus partes. Tanto los oradores, como los poetas, estuvieron a la altura de su reputación, logrando arrancar aplausos a la concurrencia que supo apreciar dignamente la elocuencia de los unos y la inspiración de los otros.
 Para dar más importancia artística a la velada, en la segunda parte se tocaron y cantaron algunos trozos de música, siendo también muy espléndidos los artistas.
 La fiesta ha sido, en resumen, una de las mejores que se han dado en los últimos meses y los que asistieron guardarán siempre un recuerdo agradable de ella.
 

 HERNANI


 La Discusión, miércoles 18 de junio de 1890, Año II, Núm. 303.





 ÁLBUM DE LA CATÁSTROFE (RESEÑA HISTÓRICA)


  – ¿Otra vez la catástrofe? – refunfuñará el lector al leer este título.
  Sí; pero no será para hacer el panegírico de las víctimas, ni para gemir sobre sus despojos, ni para proponer medidas que en lo sucesivo, impidan la repetición de sucesos análogos, sino simplemente para anunciar que acaba de salir de la imprenta de los Sres. Ruiz, con la denominación de estas líneas, un folleto de ochenta y ocho páginas, elegantemente impreso, en el que se hace una reseña detallada de todo lo referente a la catástrofe ocurrida en la noche del diez y siete de mayo último.
  Desenójese, por lo tanto, el lector. Aunque nada se hubiera dicho acerca de los pobres seres inmolados en aras del deber, nada podría decir hoy, porque los acontecimientos, vistos a alguna distancia, pierden gradualmente su grandiosidad y sólo sirven para ser clasificados en el número infinito de los que constituyen la trama de la vida, sin que al cabo de cierto tiempo produzcan impresión alguna en nosotros. Además, no debemos turbar diariamente el reposo de los muertos. Es bueno de cuando en cuando ir a visitarlos al cementerio, llevarles algunas flores y hasta derramar una lágrima por ellos; pero es también conveniente ocuparse de los vivos y consagrarles toda nuestra atención.
 Ahora pasaré al folleto. Al doblar la primera hoja, la mirada se detiene a leer las magníficas páginas que les sirven de introducción, y en las que el alma amantísima de una madre cubana, a la par que la de una escritora católica – la de la señora Domitila García de Coronado –, se enternece y gime al recuerdo de la catástrofe, procurando ungir luego con el óleo de la resignación cristiana los corazones heridos de las madres inconsolables de los gloriosos muertos. Esa introducción es lo mejor del libro. Escrita sencillamente, con los ojos empapados de lágrimas y el corazón trasverberado de dolor, emana de ella esa ternura infinita, esa delicadeza inimitable y esa conformidad piadosa que forman el alma de la mujer y que, con la pluma en la mano, saben trasmitir perfectamente al papel.
 Después de la introducción, empieza la reseña de la catástrofe, ajustada perfectamente a la verdad, sin que falte en ella un solo detalle, por insignificante que sea, porque todos eran igualmente interesantes, en aquellos días, para el público habanero. La reseña está escrita al correr de la pluma, tal como se escribe para un periódico que se publica todos los días, cuyos trabajos no pueden ostentar, por falta de tiempo para hacerlo, la corrección de forma que sus autores quisieran ver en ellos.
  Leyéndola detenidamente se siente estallar el incendio, se oye la espantosa detonación, se presencia el transporte de los heridos a los hospitales, se saben los nombres de las víctimas, se juzga la conducta de las Autoridades en tan desastroso momento, se lee la biografía de los desaparecidos y se asiste a la conducción de los restos mortales al cementerio, comprendiéndose luego perfectamente el sentimiento de duelo que embargó, por muchos días, el corazón de los habitantes de esta capital.
 Terminada la reseña del incendio se encuentra la de la inundación ocurrida a los pocos días, hecha con el mismo estilo, el mismo orden y la misma abundancia de datos. Al mismo tiempo se publican, en esta parte, las observaciones meteorológicas del P. Viñes, pídiéndose también la recompensa debida para los que, como el sector Gautier, expusieron su vida por salvar la de sus semejantes.
  Y, por último, se han añadido al texto ocho grabados: un grupo de bomberos del Comercio; el retrato del Sr. Zencoviech, una vista de la ferretería, tomada desde la calle de Lamparilla; otra de la remoción de escombros y extracción de cadáveres; otra de los escritores de los almacenes de Santa Catalina; otra de la ferretería contigua a la incendiada; y otra del entierro de las víctimas al pasar por frente al parque Central.
 El folleto se recomienda no sólo por el interés que encierra, sino porque permite conservar, por módico precio y en forma manuable, la narración sucinta de la horrible catástrofe, pudiendo ser enviado al interior de la Isla, y al extranjero, donde hay muchas personas interesadas en conocer la verdad de los hechos.


  HERNANI


 La Discusión, jueves 19 de junio de I890, Año, Núm. 303.