domingo, 17 de junio de 2012

Mascaradas en Escauriza






 Era una noche del Carnaval de 1860.
 Había baile de máscaras en el Liceo y baile de ídem en Escauriza.
Al dar las doce, con la puntualidad de Alí, el cochero de Monte-Cristo, me hallaba yo a las puertas del primero de los dos citados institutos, aguardando a un caballero a quien había dejado allí hora y media antes, como quien dice al primer do de pecho del sereno.
 Dos damas cubiertas con caretas color de candela y envueltas en dóminos negros, bajaron la escalera colgadas de los brazos de mi inquilino y entraron en un cupé elegante, estacionado a dos pasos de mi vehículo. El cochero estaría advertido de antemano, pues partió sin aguardar órdenes ni recibir dirección. Los caballos guajamones eran antiguos conocidos míos, y la librea color de café con leche me había servido seis meses antes. Las caretas color de fuego eran diáfanas para mí como si fueran de cristal.
El cupé arrancó despacio, y en la esquina de la Dominica torció sobre la derecha por la calle de O'Reilly.
Mi caballero subió en mi coche y me dio orden de seguir a una discreta distancia el cupé. Obedecí como era natural.
 Salimos por la puerta de Monserrate. El cupé tomó por la alameda de Isabel II, y yo seguí rodando sobre sus huellas. Antes de llegar al Campo de Marte se detuvo el cupé: yo imité su ejemplo.
Mi conducido descendió del mío, se acercó a la portezuela del otro carruaje, la cual abrió a guisa de improvisado lacayo, y tendió su mano, cubierta aun con el suave guante de cabritilla, para ayudar a bajar a las dos mascaritas.
A casa, por la Puerta de Tierra -dijo una vocecita de cristal, que me llegó hasta el fondo del corazón, dirigiéndose al cochero del cupé, el cual con la obediencia pasiva del oficio se alejó al trote, perdiéndose al medio minuto en los recodos de la pila de la India.
—Es una locura la que nos obligas a hacer, dijo la misma voz; pero mi curiosidad vehemente ayuda a tu capricho. ¡Si él lo llegará a saber!
—Vamos, no tengas miedo: yo respondo de todo.
—Vamos, pecho al agua, dijo la otra.
 Los tres subieron al humilde coche de alquiler.
—A Escauriza, ordenó la voz de mi dueño temporal.
Me pareció haber oído mal. ¿A Escauriza? En un minuto me planté en sus puertas.
—A las dos en punto aquí, me dijo el amo; y tomando de bracero a sus compañeras penetró en el salón bajo, dedicado a Baco, y trepó la magnífica escalera, iluminada a jour y adornada con los colores nacionales, que conduce a aquel templo de Tepsícore y de Momo, como dicen los localistas de periódico.
La música tocaba a la sazón una de esas danzas irresistibles que han hecho tan famoso el nombre de Juan de Dios.
 Irresistible también era la tentación que yo sentía de seguir a mi triunfeminavirato; y por supuesto no lo pude resistir.
 Coloqué mi carruaje a buen recaudo bajo los árboles de la alameda, y penetró a mi turno en el inmenso salón. ¡Interesante cuadro! Todas las mesas estaban ocupadas, y la muchedumbre hormigueaba circulando en todas direcciones, aguardando una oportunidad para ocupar el primer puesto vacío. ¡Cuánto bullicio, cuanta animación! Tres ginebras con marrasquino, gritan por acá. Un gincoktail y dos ponches clama una voz por allá; en tanto que más lejos saltan con estrépito los corchos de la champaña, como una salva de buen humor, en medio de hurras tumultuarias y de carcajadas alegres y provocativas.
 Gracias a un conocido revendedor de contraseñas, me hice de una, mediante el mínimo desembolso de tres pesetas, y subí.
El que no haya ido a un baile de Escauriza, que vaya, si quiere saber lo que es bueno. Por mi parte, confieso que la tarea de describirlo es superior a mis fuerzas. Allí se ve la danza cubana en toda la plenitud de su gracia, en todo el esplendor de su qué sé yo.
 Siempre el crujido de la seda me ha producido crispaturas nerviosas; pero el chirrido que ella produce frotada a son de música, es capaz de dislocar al más pintado la columna vertebral.
A pocas vueltas me di con mis dos caretas color de fuego. La una estaba sola guarecida en un rincón: la otra danzaba, como si supiera, con nuestro conocido del coche. Tan bien bailaban los dos que un numeroso círculo de curiosos aficionados se formó en su derredor, y cada vez que sonaba la segunda parte, cincuenta bocas y cien manos rompían en aplausos.
Y la pregunta de ¿quién será? y la respuesta de: «no la conozco» rodaban por todos los ámbitos del salón.
 Por no saber firmar el autor,
 Maese Nicomedus.



 "Memorias de un cochero" (fragmentos), Don Junípero, domingo 4 de enero de 1863, Año I, no. 14, p. 106. 

 Imagen: Función en Teatro Escauriza.


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