domingo, 18 de enero de 2015

El diablear de los diablos




 Juan Perucho 


 Muchos brujos recurren a los círculos mágicos para protegerse, durante los encantamientos, de las apariciones del diablo. Se ve que ello, en ningún modo, constituye espectáculo agradable y, por poco que se descuiden, reciben batacazos descomunales, como le aconteció a nuestro compatriota, el mago Belarmino de Arriaza, que a consecuencia de un encantamiento mal hecho quedó con un desvío de la columna vertebral. Les molesta particularmente a los diablos acudir por obligación a las citas, y por esto el «Libro del papa Honorio» da instrucciones detalladas para trazar los círculos, añadiendo que no se puede jamás evocar a los demonios con seguridad sin estar colocado en un círculo que ponga a cubierto de sus atentados, pues lo primero que procurarían es asirse a uno y aporrearle.

 Sin embargo, han existido casos en que los demonios aparecen sin necesidad de encantación alguna. Uno de estos casos -quizá el más curioso- es el de M. Alexandre Vincent-Charles Berbiguier, que vivió en París de 1813 a 1817 en el número 54 de la calle Mazarme, y sufrió lo indecible a causa de los diablos, duendes y diablillos que le seguían por todas partes. Los hallaba en su casa, en la calle, paseando por el «Pontneuf» o por el «Pont-au-Change», e incluso bajo el pórtico de la iglesia de Saint-Roch o yendo de visita a casa de los amigos. Berbiguier aguzó tanto su visión en las cosas infernales que llegó a descubrir a los representantes que en este mundo tienen los diablos. Por ejemplo: a Moreau, representante de Belcebú en París; a Nicolás, médico de Avignon, representante de Moloch; a Prieur, comerciante droguero, representante de Lilith,  etcétera. 
 
 El oculista Grillot de Civry nos cuenta en «Le Musée des sorciers, mages et alchirnistes» que Vieent-Charles Berbiguier tuvo un enemigo mortal, el brujo M. Pinel, el cual vivía en el número 12 de la rue des Postes. Un día, el malvado Pinel se fue a casa de Berbiguier con la aviesa intención de atormentarle, introduciéndose en la habitación por el tubo de la chimenea. Con ello quedó demostrado que Pinel era brujo o, peor que esto, un verdadero diablo, un «farfadet», como así se complacía en llamar a los entes infernales el señor Berbiguier.



 Era tal la insolencia de los «faríadets» y las «farfadettes» —también llamaba a las diablesas «parafarapines»— que en una ocasión le acompañaron tumultuosamente a casa del gran penitenciario de Notre-Dame con gran befa y escarnio. La primera Restauración y los «Cent-Jours» intimidaron apenas a las furias, del averno, las cuales siguieron molestando al brujo de Berbiguier.

 Todas estas noticias fueron relacionadas en los tres volúmenes de su obra autobiográfica «Les Farfadets», publicada en París el año 1821. En ella, ornando ricamente la edición, se contienen ocho estupendas litografías que ilustran las hazañas de Berbiguier. No tienen desperdicio. «La primera litografía —comenta el autor— representa mi retrato en el momento en que decido tomar el sobrenombre de «Fléau (azote) des Farfadets». La segunda representad la habitación donde la Jeanneton Lavalette y la Moncot (brujas, sin duda) despliegan ante mis ojos el Tarot. En este momento fui sometido a la influencia de un planeta maléfico; en los ángulos, dos diablos bajo la apariencia de un mono y de un murciélago. La tercera litografía -continúa Berbiguier— ofrece la imagen de Rhotomago, seguido de una tropilla desastrada de cornudos, viniendo a proponerme que ingrese en su execrable comunidad. Los rechazo, indignado, mientras miro fijamente la Santa Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, Los infernales se espantan al descubrir mi botella conteniendo varios millares de prisioneros de su ejército abominable. A pesar de todo, Rhotomago no se atreve a utilizar contra mí su tridente. En la cuarta litografía se ofrece la escena que tuve con un bombero cuando hacía mis preparativos a fin de que la fiesta de nuestro buen rey fuese soleada y sin nubes (había quemado azufre para alejar a sus entrañables «farfadets» y los vecinos habían llamado a los bomberos creyendo que se trataba de un incendio). En la quinta se me ve preparando con plantas aromáticas mis pócimas. La sexta, me representa continuando mis preparativos para el remedio «anti-farfadéen». Estoy sentado en un rincón de mi chimenea, junto a una mesa llena de agujas, hierbas, azufre, sales, etc. También hay una botella repleta de diablos cautivos. Contemplo a mis prisioneros con mirada provocadora; pero los miserables están reducidos a la impotencia. El malvado Pinel, armado de un tridente y acompañado de horrendos seres invisibles, quisiera aterrorizarme; pero nada puede alterar la calma de mis sentidos. Etienne Prieur (estudiante de Derecho), transformado en puerco, no puede resistir el olor de mis plantas anti-infernales y vomita lo que quizá viene de comer en casa de otra de sus víctimas. En la séptima litografía aparece la asamblea de los diablos con Belcebú y Rhotomago sentados. Entre los asistentes, se distingue a los señores Pinel, Moreau, Chaix y Etienne Prieur, este último siempre bajo la apariencia de cerdo y quejándose de las picaduras de mis agujas. Por último, la octava estampa es una representación del infierno con el infame Belfegor y un macho cabrío. Entre los numerosos asistentes se encuentran la Jeanneton Lavalette, la Maogot y la Vendaval. Todos los signos que hay en torno a la litografía son signos mágicos.»


 Esta edición de «Les Farfadets» se agotó rápidamente y jamás ha vuelto a ser publicada. Hace unos años, durante la ocupación de París por el Ejército alemán, el general Ludwig von Wier halló un ejemplar completo de esta obra rarísima y, a partir de entonces, tuvo comunicación con los «farfadets», sometiéndolos a una durísima y científica reeducación castrense, pro-germánica. El Führer se interesó vivamente por este caso y mantuvo animadas charlas con Von Wier. Desgraciadamente, este general desapareció de la manera más misteriosa y sin dejar otro rastro que su dentadura postiza.


 La Vanguardia, 27 de enero de 1968. 

viernes, 16 de enero de 2015

Delirar a lo grande






 Pedro Marqués de Armas


 A Raymond Queneau le rechazaron por demasiado loco su libro sobre los “locos literarios”, que concluyera en 1934. Un estudio sobre autores paranoicos empeñados en producciones tan encopetadas como el origen del mundo, la cuadratura del círculo, o la creación de lenguas originales. El libro no se publicó en Francia hasta el 2002, si bien algunos fragmentos se conocían por formar parte de su flaubertiana novela Les Enfants du Limon (1938). En castellano aparecería en 2005 bajo el título En los confines de las tinieblas, en otra excelente entrega de la Asociación Española de Neuropsiquiatría.

 Según Queneau, rasgos comunes a estos “heteróclitos”, como también les llamó, eran la extravagancia de los argumentos, lo flagrante de los errores, el carácter indiscutible de las tesis, el valor nulo respecto a los conocimientos de la época, y el trasfondo más que nada autobiográfico de sus escritos: por lo general libros de memorias y folletos científicos que el autor de Ejercicios de Estilo fue pescando, casi durante una década, en las colecciones más insólitas. 

 Aunque semejante proyecto contaba con antecedentes, desde Algunos libros excéntricos (1835) de Charles Nodier hasta Los locos literarios (1880) de Pierre-Gustav Brunet, entre otros, Queneau intentaba una aproximación más dinámica, acogiéndose a sus lecturas psicoanalíticas: no solo comprender la locura a través de los escritos en cuestión, sino también distinguir, desde éstos, a los auténticos desquiciados de quienes simplemente se embarcaban en profecías y fatuidades.

 Muy cercano, entonces, a un joven Lacan que ya había publicado su tesis de doctorado De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad (1932), como también Escritos inspirados: Esquizografia (1931) –estudio en colaboración con Lévy Valensi y M. Migault sobre las producciones psicóticas de la paciente Marcelle C.- Queneau usaría con cautela los conceptos y las categorías analíticas, mostrando fragmentos extensos de aquellas obras delirantes, a fin de que éstas hablaran por sí mismas. 

 Se trata de textos casi todos anteriores a un clásico del género: las Memorias de un enfermo nervioso, del Presidente Daniel Paul Schreber, el jurista alemán del que Freud se valió para escribir su tesis sobre la paranoia (la cual concibió, según confesara, tras leerse las primeras páginas), y donde Elías Canetti supo ver el carácter político de tales construcciones.

 Queneau dividió su estudio en cuatro partes, según las temáticas generales que encontrara: el círculo, el mundo, el lenguaje y el tiempo. En estos órdenes se insertan y reaniman las elucubraciones de sus “locos literarios”. 

 A Jean Pierre Aimé Lucas, matemático vinculado a la Academia de Ciencias de París, le tocó en suerte en 1775, tras años de forcejeos, recibir una inspiración del Altísimo por medio de la cual pudo resolver “el magno problema”. Luego de reformar el álgebra y la geometría, saltándose pruebas y demostraciones, descubrió un método ideal: fruncir el ceño del modo más intenso posible hasta que fórmulas y teoremas se animaran como encantamientos…  "Seguro de la victoria –concluye en unos de sus escritos- tomo sin más demora mi título inmortal que nadie en este mundo puede negarme. El autor de la cuadratura del círculo. Lucas".

 No menos gracioso es el caso del campesino Joseph Lacomme, al que se le revela, en 1836, la misma verdad. Tras construir un pozo en su finca, se le ocurrió pavimentar el fondo y quiso saber cuántos bloques de piedra eran necesarios. Acudió a un profesor de matemática que le respondió por las claras: nadie había descubierto la relación de la circunferencia con el diámetro. A partir de ese momento, se le metió en la cabeza que debía descubrir lo que otros geómetras ignoraban. Después de vender la casa y empeñar el resto de sus bienes, y en tanto aprendía a multiplicar y dividir siguiendo un método propio, se instaló en el fondo del pozo a fin tomar las medidas pertinentes.

 En cuanto al sistema del mundo, Queneau nos habla, entre otros, de Pierre Roux, quien estableció una concepción del acto sexual según la cual la Anunciación era el resultado de una procreación fotográfica, instantánea, entre la Virgen y el Ángel Gabriel. La visión de Roux era a la vez escatológica: atribuía al sol una condición excrementicia y cavilaba acerca de cómo sus desechos, en forma de energía solar, influían sobre los seres humanos (“esos pequeños soles ambulantes”). Roux, que veía el universo como una planta de reciclaje, fusionó en el neologismo scatotherme los dos conceptos de que se valía: calor y mierda.

 El lenguaje lo representa mejor que ninguno otro el lingüista Jean-Pierre Brisset, de grata memoria entre los surrealistas, y a quien Foucault dedica un magistral ensayo. Brisset, autor de La gramática lógica, estaba convencido de que el Señor le había comunicado una lengua particular: sus herméticos y divertidos retruécanos y juegos de palabra, esmerado código hecho para confundir a sus rivales e incluso a Dios mismo. También escribió el folleto La natación o el arte de nadar aprendido sin maestro en una hora, ya traducido al español en 1880 y donde patenta un "cinturón-calzoncillo aerífero de doble reserva compensatoria". Brisset acabaría por demostrar, tras el examen de ciertas homofonías caprichosamente saltarinas que descompuso hasta sus mínimos elementos, que el homo sapiens desciende de las ranas. 

 Otro gran filólogo fue Paulin Gagne, quien además de escribir el poema de 3000 versos Le suicide, creó el monopangloto, idioma que entrevera más de veinte lenguas distintas y en el que estuvo trabajando casi veinte años. El fracaso no lo desanimó, pues volvería a la carga con la filantropofagia, cuyo presupuesto era la solidaridad caníbal: comerse a los ancianos para mitigar el hambre y aliviar de paso la suerte de aquellos. 

 En la cuarta y última parte, el tiempo, asoman utopistas y mesiánicos. Ejemplos por excelencia serían M. Monfray, autor de unas Memorias que comienzan así: "Y yo Monfray el verbo encarnado"; y J. J.B Charbonnel, quien en su Historia de un loco que se ha curado dos veces a pesar de los médicos y una tercera vez sin ellos, interpelaba a los Doctores con estas sabias pregunticas: "¿Qué pueden los tesoros de la ciencia sobre una carne sin vida? ¿No es preciso que el espíritu del enfermo ayude a la ciencia?"

 Tanto Gallimard como Denöel rechazaron el libro por desordenado y farragoso, aunque también, un tanto, por las inevitables sospechas en cuestiones de locuras y de locos nada egregios que tan poco aportaban a esa otra faz siempre esperable en estos casos: la genialidad.

 El propio Queneau comentaría en sus Diarios, tal vez a modo de consuelo, que tan oneroso trabajo le había servido para calibrar su propia "inadaptación" a la sociedad. Por suerte, el mejor Queneau estaba por despuntar, tal vez como irónica entelequia de aquel montón de desatinos.






jueves, 15 de enero de 2015

Genealogía Schreber

  



  
  Roberto Calasso


 Los Schreber, a quienes correspondía el título de “margraves de Toscana y de Tasmania”, en los comienzos del reinado de Federico II y casi al final de la era compacta que se cerraba, se nos aparecen en la figura de Johannes David Schreber, Rector de la venerable escuela de Pforten, la escuela de los príncipes, donde Nietzche habría mojado su latín en el alcohol: detrás del atril, del otro lado de la ventana, contemplaba “el tilo en flor” y la “amable naturaleza” sobre las colinas de Saal. Otros, antes que él, estuvieron recluidos en el jardín: Klopstock, Lessing, Novalis. Después de él: fue centro de formación para la crème de los SS. Johannes David, desde su primer opúsculo, De libris obscoenis, aparecido en 1688, fijaba el destino de la estirpe en la preocupación por el “placer perverso”. Era la preocupación del que conoce, se habría comprobado dos siglos más tarde. En la lascivia de los clásicos, pero aún más en las elaboradas descripciones de los casuistas jesuitas –Sánchez, en De matrimonio, platica doctamente contra naturam con Aloysía Sigaea Toletana- había hallado ese fuego al que “los verdaderos cristianos” prefieren la quema de los libros (cap. XVI). Y la poesía no puede servir de excusa. En todo caso, podría servir únicamente la ciencia: el anatomista es el único que tiene derecho de “nombrar esas parte (sexuales), describirlas e incluso mostrarlas sin atentar contra el pudor”. Porque en ellas se muestra la “admirable estructura” y la “sabiduría del Creador”. “Admirable estructura” en el cadáver, oprobio en el cuerpo viviente: tal es el blasón de la familia Schreber. Sanear el universo, extirpando el “placer perverso”, que por corrupción filológica desciende de Tobías, VIII, 9, es la misión de los margraves de Toscana y Tasmania. El hijo de Daniel Gottfried (…1777) tiene vocación poligráfica y propone inspiradas mejoras de las particularidades del mundo, se trate de impuestos o servicios postales, del cultivo de duraznos, de la cría de terneros o de la destrucción de gusanos. Como economista, había transferido instintivamente el “placer perverso” a la “mala moneda”, y también él lucubraba visiones de mejoras definitivas: “El comercio ya no estará arruinado por la mala moneda, los judíos y otros enemigos…”; y cuando los judíos no corrompan más la moneda, también serán “utilizados todos los lugares desocupados”. Su hijo Johann Christian Daniel (1739-1810), naturalista, estudiará a fondo los medios posibles para mejorar la gramilla. De un hermano de él, jurista, nacerá el padre del presidente Schreber: Daniel Gottlob Moritz (1808-1861), que se propuso extender la persecución en nombre del Bien a toda la existencia humana, cortando la vida desde sus comienzos: se hizo educador. En él se unen las dos tendencias de los Schreber, divididos entre juristas y científicos: la educación impone una ley que es al mismo tiempo jurídica y biológica, consagrada a la moralidad total de la naturaleza. Daniel Gottlob Moritz Schreber quiso tenazmente el Bien, quiso la voluntad –la “fuerza de voluntad ética” es “la espada de la victoria en la batalla de la vida” (Kallipädie, Leipzig, 1858, pág. 134), y por consiguiente, como recordó su joven exégeta nazi Alfons Ritter, “el salvador incluso en la fiebre y en la noche de la locura”- y percibió con el rigor de los grandes visionarios el nexo circular que une los frecuentes enemas, los sacrificios para los pobres, la posición erecta, los antiguos germanos, la acumulación de esperma, la gimnasia puertas adentro, la piedad ruda y firme, los baños fríos, el baño de sol, la mesurada alegría doméstica, los pecados escritos en el pizarrón, el odio por las fábulas, la santidad del trabajo, la jardinería forzosa, la Ley Moral en nosotros. Organizó su familia como cédula experimental del nuevo cuerpo de la sociedad, tal como debería marchar hacia el sol, la luz y el trabajo con alegría, después de haber extirpado esos “tumores en el cuerpo del Estado” que son las “clases inferiores” no educadas para el “ennoblecimiento de la vida de acuerdo con la razón y con la naturaleza, por obra del poder moral” (Ueber Volkserziehung, Leipzig, 1860, pág. 14). En Alemania, en 1938, los Schrebergärten –pequeños jardines plantados según las ideas del pedagogo- produjeron trescientos cincuenta millones de kilos de fruta y doscientos noventa millones de kilos de verduras y hortalizas, y en 1958 las Asociaciones Schreber tenían más de dos millones de miembros. 

 Fecundo inventor de instrumentos para enderezar a la humanidad, que eran construidos por el mecánico Johann Reichel en Leipzig, D.G.M. Schreber estudiaba sus efectos en sus propios hijos; por consiguiente también experimentó en el pequeño Presidente, que tenía diecinueve años cuando murió su padre. A.D.G.M Schreber además le debemos: el Geradhalter (en dos versiones: portátil, para usar en la casa: fijo, adosado en los bancos escolares), instrumento metálico que obligaba a los niños a mantenerse derechos cuando estaban sentados; el Kopfhalter, un tirador de cuero aplicado por un extremo a los cabellos del niño y por el otro a la camisa, de modo que tirara los cabellos de los que no mantenían la cabeza derecha; el Kinnband, una especie de casco hecho de correas de cuero que rodeaba la cabeza del niño y aseguraba el crecimiento armonioso de la mandíbula y de los dientes; una rienda de cuero fijada a la cama, que obligaba al niño a mantenerse acostado boca arriba, evitando así la perversión del sueño de costado, pero no necesariamente la profanación del cuerpo mediante la masturbación. A esta última, que entonces constituía la forma más acreditada del pecado original, D.G.M. Schreber hizo raramente alusión, pero cuando se refirió a ella fue con acento de condena implacable por las “silenciosas aberraciones” (Kallipädie, cit., pág. 256): “El hombre puede hundirse hasta llegar a ser un verdadero horror, si se pierde por caminos antinaturales en su intento por satisfacer el placer sexual, como precisamente ocurre con el espantoso vicio de la profanación de uno mismo; puesto que nada se venga de manera tan segura y terrible como la naturaleza violada” (Das Buch der Gesundheit, Leipzig, 1839, pág. 164). Pero no basta con evitar el abominable acto: D.G.M. Schreber sabe muy bien que el enemigo está en lo inconsciente, si es cierto que, nuevamente según las palabras de su exégeta nazi A. Ritter, “El progreso de la historia se manifiesta como el pasaje del dominio de lo inconsciente al dominio de lo consciente”, y quiere evitar ante todo las poluciones nocturnas; por eso aconseja que por la noche se efectúe “un simple enema de agua a una temperatura de 10-12 grados, que debería retenerse todo el tiempo posible (por lo cual no debería ser muy abundante) (Aerztliche Zimmer Gymnastik, Leipzig, 1855, pág. 81). Una noche durante el invierno de 1894 el presidente Schreber –segundo hijo de D.G.M. Schreber: el primero, Gustav, también juez, después de volverse loco se había suicidado algunos años antes- tuvo “un número absolutamente insólito de poluciones (alrededor de media docena)”. Esa noche, escribió el Presidente, “fue decisiva para mi derrumbe espiritual”. Y “desde entonces se produjeron los primeros síntomas de una relación con fuerzas suprasensibles, sobre todo de una conjunción nerviosa que el profesor Flechsig (a cuyos cuidados él se había entregado en ese momento, encerrado en su clínica psiquiátrica universitaria) había establecido conmigo, en el sentido de que hablaba con mis nervios sin estar presente personalmente. Desde ese momento también tuve la impresión de que el profesor Flechsig no tenía buenas intenciones con respecto a mí”.




 Trad. Italo Manzi: El loco impuro (fragmento), 1977, Buenos Aires, Marymar.