Rafael Suárez Solís
¡Y menos mal que nos acordamos de él en la
hora de su muerte! Le teníamos olvidado. Hasta cuando alguna vez enviaba algo a
los salones de humorista. ¿Por qué? ¿Acaso el sello de sus caricaturas había
envejecido en la perseverancia de la originalidad? ¿Hubo algún otro que pudiera
imitarle hasta petrificarlo en el lugar común? No sé de ninguno. Cuando se nace
con el don de lo original no hay riesgo de padecer a los imitadores. Fue el
propio Rafael Blanco el culpable de su ausencia en la estimación de los demás.
Había caído en la trampa criolla de esa vana supervivencia que es agarrarse al
clavo ardiente de la burocracia. Atrapó un sueldo discreto ¡y adiós miseria!
Vivió de espaldas desde entonces a esa juventud de artista cuya biografía cabe
en esta frase: “Pan para hoy; hambre para mañana”. Y así es como aquí dimiten
tantos el dolor que en otras partes nutre de gloria a los pueblos. En Cuba ese
sacrificio tienta menos porque la miseria no tiene compensación alguna. El dinero
opaca el precio del mérito. La estimación, el respeto, la categoría se dan por
añadidura. ¿Y cómo alcanzara aquí el caricaturista esos laureles? El
caricaturista resulta a la postre un pesado: lo peor que se puede ser en Cuba.
Es un hombre expuesto a tantas enemistades como aciertos comete con el lápiz.
Recuerdo dos anécdotas que ponderan la agudeza
de la mirada estrábica del buceador de retratos que fue Rafael Blanco. Enrique
Fontanills, tan tolerante, tan comprensivo, de una benevolencia gruesa como su
propia humanidad, se enfrentó un día a la caricatura que le hiciera Rafael
Blanco, y la reacción del apacible cronista social fue esta frase airada: “Esto
no es un retrato de amigo; es un agresión personal.” Un poco ya madura, pero
todavía con su rostro de madona gitana, Pastora Imperio tomaba conmigo un día
el aperitivo en el viejo café del hotel “Florida”, de la calle del Obispo.
Rafael Blanco había publicado en la revista “Social”, de Massaguer, una
caricatura de la insuperable bailaora.
-Esto no se le hase a una mujé, y menos a esta
mujé –me decía Pastora Imperio enarbolando como un garrote la revista
enrollada.
-Pero no me negará que como caricatura…
-Esa manera de señalá se deja pa los
políticos, que siempre están amargándole la vida a la gente. ¿Pero qué mal le
hase a naiden una bailaora, que ensima no es fea d’el to?
La casualidad hizo que en aquel momento
entrase en el café Rafael Blanco a comprar cigarrillos en la vidriera del
tabaco. Quise aprovechar la ocasión para que la cortesía pusiera paz entre los
contrincantes, y a ver si se lograba que el verde de los ojos de la gitana
volviera a ser agua de esmeralda en vez de fuego de Medusa.
-Pastora, ¿quiere conocer personalmente al
caricaturista?
-Pa luego es tarde.
-Puede ser ahora mismo. Es aquel que está
comprando cigarrillos.
-¿Aquella poquita cosa? …¡Pobresito!
Tráigamelo, que le voy a obsequiá con pasteles rellenos de arfileres.
Por haberse ido a tiempo, Rafael Blanco vivió
hasta hoy. ¿Pero vivió como debió haber vivido?
Esta pregunta plantea el problema de lo que ha
dado en llamarse la protección oficial a los artistas. Una beca o un destino no
debe ser una limosna. Apenas da para enfrentarse con lo que Macaulay llamaba la
sucia tristeza de los pequeños apuros económicos. Y puesto que la limosna no da
para acometer los empeños de la superación, pues ¡a vivir! Y así es como la
vida modesta asegurada va enterrando poco a poco tantas posibilidades
artísticas, literarias, científicas.
Ha llegado para la gloria de Rafael Blanco la
hora hipócrita de los ¡ah! y los ¡oh! necrológicos. Y hasta posiblemente la de
los premios en los salones de humoristas que lleven por nombre el del original
caricaturista desaparecido. Como si la originalidad de los unos sirviera de
ponderación para los otros. En arte no deben haber premios que lleven el nombre
de Mozart, de Lope, de Goya, de Heredia… No hay otra originalidad que pueda ser
genérica, sino es la del laurel, el oro o el pergamino; símbolos a los que,
para ir tirando, se les puede agregar un poco de dinero. En otras disciplinas
la cosa es diferente; porque no se trata de crear, sino de superación. En Cuba
hay algunos caricaturistas tan buenos como Rafael Blanco; pero no iguales. Pues
la igualdad supondría parecido, imitación, copias. O desastre, ya que el idioma
no permite decir desarte.
Rafael Blanco fue único. Afortunadamente para
el arte cubano de la caricatura, uno de los únicos. Y a pesar de eso –y por lo
que dicho queda- olvidado durante mucho tiempo. Casi desde su primera juventud
hasta su última vejez.
Diario
de la Marina, 9 de agosto de 1955. Imagen: Santos Chocano por Rafael Blanco.
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