lunes, 27 de enero de 2014

Unidos por el vientre




En tiempos remotos, dice Mr. Julia de Fontenelle, fue enteramente desconocida la ciencia relativa a las monstruosidades: en la edad media de las luces, no solo quedó envuelta en errores y preocupaciones absurdas, sino que llegó el caso de considerar la mayor parte de las monstruosidades como obras diabólicas, y de consiguiente dignas de muerte. Pero desde el momento en que la ciencia del hombre comenzó a hacer algunos progresos, este estudio principió a llamar la atención de los fisiólogos, y en nuestros días, merced a las curiosas y multiplicadas investigaciones de uno de los más ilustrados zoologistas, se han conocido y explicado las causas productoras de las monstruosidades humanas, aunque, a decir verdad, hay algunas, respecto de las cuales, hasta ahora nada han adelantado las investigaciones de los sabios.
Dos nuevas monstruosidades vivas acaban de anunciar los periódicos; la una de dos hermanos de Siam, unidos vientre con vientre, y la otra de una niña con dos cabezas, dos pechos y un solo tronco. Mr. Geoffroy-Saint-Hilaire, se ha ocupado inmediatamente en recoger todos los documentos posibles, entre otros los datos del Dr. Niles, de los Estados Unidos, y del Dr. Varren. Después de varias noticias presentadas a la Real Academia de Ciencias, ha hecho en unión con el Dr. Serres, en la sesión del 19 de Octubre último, una relación muy curiosa, que es en gran parte el objeto de esta noticia...
 El grupo monstruoso de los dos hermanos unidos por el vientre, nació en el Reyno de Siam, y le embarcaron para los Estados Unidos en el buque Sachen, del puerto de Boston, mandado por el capitán Coffin. El color del cutis de los dos hermanos y las facciones, son las mismas que las de los naturales de raza china, pero tienen la frente menos ancha y más elevada: su estatura es algo menos que la ordinaria, y aunque a primera vista su semejanza es asombrosa, mirados con un poco de atención, se notan algunas diferencias reales. Están unidos por un eje común que se extiende desde los apéndices xifoides hasta el ombligo. Las extremidades de estos cartílagos están pegados a la pieza única y media que resulta de ellas, y que al mismo tiempo que forma hacia el centro el complemento del eje de unión, establece allí un punto solido de resistencia. La separación que existe entre los dos hermanos es de dos pulgadas; en la región umbilical, o enteramente más abajo es de cuatro, y la longitud del eje de cinco; lo demás del eje de unión le forman la línea blanca engruesada, la reunión de las partes subyacentes de los músculos superficiales del bajo vientre, y por última capa la piel. (Véase la estampa).
Estas partes, y aun la porción común del cartílago xifoide, son bastantes flexibles para que los dos hermanos puedan separar algún tanto sus caras y ponerse en figura de escuadra. Pueden también levantarse uno sobre otro, pero muy poco, y separando la cara mantenerse en semejante postura. Esta posición, a manera de escuadra, forma por un lado una parte anterior, y por el otro una posterior. La edad y la costumbre, fortificando semejante tendencia, corrigen de esta manera el inconveniente más grave de su situación primordial, que consistía en estar vientre con vientre y rostro con rostro.
No pudiendo sin embargo oscilar sobre su eje, forman en último resultado un solo grupo, precisado a obrar como una sola masa: de consiguiente se ha observado, que lo que el uno de ellos resuelve, lo sigue inmediatamente el otro: no hay en efecto sino una sola voluntad que mueve a los dos, dimanando el principio de esta voluntad indiferentemente de uno o de otro; así es que, ocurriéndole a uno la idea de una acción, el otro se ve en la pre cisión de acceder y conformarse con ella, porque tampoco tendría tiempo necesario de evitarla y obrar en sentido contrario: de donde resulta, que no se conforma por un consentimiento reflexionado, sino porque le arrastran sensaciones análogas que se apoderan de él, con una rapidez igual a la eléctrica; y de aquí proviene una armonía más bien de instinto, que de reflexión; es un habito que creó y mantuvo la necesidad. En alta mar, el capitán Coflin solo una vez ha visto disentir los dos hermanos. Tomaban por lo regular baños fríos, y un día uno de ellos se negó a tomarlos pretextando el rigor de la estación. Los dos hermanos son alegres y entendidos, observando con atención todo lo que pasa al rededor de ellos, y se manifiestan agradecidos a las personas que los obsequian. En breve tiempo aprendieron a jugar a las damas y al ajedrez, en términos de poder competir con los que les habían enseñado estos juegos. Pero lo que no viene muy bies con lo que acabamos de decir, es otra circunstancia de esta relación. El Dr. Varren jamás los oyó hablarse, aunque parecía que se complacían en hablar con un joven siamés que quiso acompañarlos.
No tratándose del movimiento, su personalidad propia se manifiesta distintamente, pues se les ha visto seguir una conversación separada con dos diferentes personas, implicándose uno por sedas, y pronunciando el otro algunas palabras en inglés. Como son muy vivos, bajos y fuertes, corren con admirable facilidad, porque su equilibrio está bien asegurado, y su marcha concertada de antemano, y sobre todo naturalmente, en razón de su situación habitual en forma de escuadra; así es que siguen la diagonal del ángulo que forma esta posición ordinaria. Por esto un día, en que con su consentimiento algunas personas corrían tras de ellos sobre cubierta, habiéndose encontrado con la escotilla abierta, lo que los hubiera expuesto a perecer si caían abajo, sin titubear un instante la salvaron con la mayor facilidad. Andando naturalmente con su gravedad ordinaria se pasan un brazo al cuello el uno del otro, y en fin su simpatía se nota en todo lo que hacen: de consiguiente están dispuestos a dormir al mismo tiempo, comen lo mismo uno que otro, y llenan a una vez todas las demás funciones. Si duermen, se despiertan ambos como se toque a uno de ellos. Parece que miran con placer la condición de su existencia común; porque si fuese lo contrario el dolor, y la aflicción los hubieran desmejorado y entristecido: lejos de esto, gozan de excelente salud, su fisonomía es dulce, y manifiesta una completa satisfacción: y si en los mellizos libres en sus acciones es común el profesarse una amistad reciproca, ¿cómo pudiera no verificarse esto en los dos hermanos siameses unidos por el vientre? Tantos son los motivos que hay para esto, que lo contrario sería una excepción. Sus pulsaciones son iguales; esto lo ha averiguado el Dr. Varren, el cual ha contado setenta y tres pulsaciones por minuto en cada uno de ellos: en uno se aumentaron de resultas de haberse bajado para mirar un reloj; pero volvieron inmediatamente a su número ordinario. La respiración también es simultánea. Estos dos hermanos se llaman el uno Chang y el otro Eng; pero del mismo modo que la naturaleza ha unido sus personas, se unen también sus nombres, pues los llaman Chang-Eng. Sin embargo, nunca se manifiesta mejor que son dos personas enteramente distintas, como cuando su espíritu está tranquilo, y no se ven precisados a fijar recíprocamente su atención el uno sobre el otro, pues entonces discurren separadamente, tanto que algunas veces le sucede tirar en sentido contrario.


"De los dos hermanos siameses de edad de 18 años, unidos vientre con vientre desde su nacimiento". Seminario instructivo..., t-II, Cádiz, 1830, pp. 30-39.

 

 

sábado, 25 de enero de 2014

Frente a la cochera, Eng y Chang




 Pedro Marqués de Armas


 Eng y Chang, los siameses más famosos de la historia, visitaron Cuba en dos ocasiones. Sobre la primera estancia, como monstruos de feria, en el invierno de 1835, existen varias referencias, suficientes para trazar una crónica; pero sobre una segunda visita realizada en 1858, en compañía de sus respectivas y demasiado íntimas mujeres, apenas si existe mención; puede que este último haya sido un viaje de placer.
 Un explorador norteamericano llamado Able Coffin los topó en Siam y tras obtener la aprobación de la madre y el permiso del Rey, no dudó un momento en embarcarlos. El periplo inicial fue efectivamente intenso: arribaron a Boston en agosto de 1828, siguieron rumbo a Inglaterra en octubre, pasaron por Francia, y ya a finales de año estaban de vuelta en los Estados Unidos.
 El propósito de Coffin siempre fue el de explotarlos comercialmente, en alguno de esos circos que cobraban brío entonces. Pero al menos en los primeros tiempos, el empresario tenía que cumplir con ciertos compromisos no menos espectaculares: las presentaciones en academias y salones, los frecuentes exámenes médicos, y las recepciones privadas. De hecho, el viaje a Londres obedecía a un ineludible compromiso con la Royal Society: se trataba de la institución que les daría el visto bueno en Occidente.
 Bien pagados en Estados Unidos, Eng y Chang conseguirían reunir en seis años un millón y medio de dólares (al cambio actual), cantidad más que suficiente para deshacerse de empresarios, rompiendo con el último de ellos, el famoso Pineas Taylor Barnun, en 1839. 
 El éxito que de inmediato tuvieron repercutió en la prensa de todo el mundo y, en especial, en la del continente americano. Por ejemplo, ya en noviembre 1829, antes incluso del célebre periplo que realizaran por la costa este, se hablaba de ellos en La Habana de modo familiar y no pocos acariciaban la idea de verlos, sobre todo tras la publicación, en La Moda o Recreo Semanal del Bello Sexo, del artículo titulado “Los mellizos de Siam”.
 Allí los describen en un tono más bien galante, mientras se les muestra en un grabado de Louis Caire, hoy considerado la primera litografía artística hecha en Cuba. Fueron los propios lectores quienes solicitaron el tema, y, desde luego, un detalle anatómico como la banda cartilaginosa que los mantenía unidos por el pecho (y más abajo) exigía al menos una ilustración.
 El grabador francés debió guiarse por algunas de las muchas láminas que ya circulaban y en las que aparecían, unas veces, vestidos de gala a modo de actores; otras, simplemente como nativos acabados del arribar, es decir, semidesnudos y semejantes a esclavos recién capturados; e incluso, ocupando el “escenario original” del que fueran desprendidos, entre la vegetación exuberante y casuchas típicas.   
 Como buen francés, Caire optó por esta última versión. Cómodamente instalados en vistosos atuendos orientales, como también en sus propios cuerpos (pese al tabique), con rostros expresivos de cierta mansedumbre, además de descalzos, en esta imagen encarnan el ideal roussoniano en su variante edénica. El artista despejó un tanto la vegetación, alejando las casuchas y suspendiendo sus miradas hacia el horizonte, lo que aporta un ápice de altivez, como si se tratara de representantes de la dinastía en condiciones de firmar un pacto.


  Fenómenos de la naturaleza y a la vez profesionales de un mercado que asistía a una etapa romántica, sin la truculencia que veríamos después, ni los rezagos góticos de finales del siglo XVIII, las representaciones visuales de Eng y Chang descubren siempre alguna variación sensible, solo amplificada cuando aparecen dibujados como dicta la medicina y, en este caso, la Teratología.
 Pero antes de entrar en esta deriva sigamos con su estancia en Cuba.
 Poco se sabe de los preparativos de aquel viaje de 1835. Existen referencias según las cuales ya se les había propuesto a los siameses, dos años antes, la realización del mismo, como paso previo a una proyectada excursión europea. Es probable que la epidemia de cólera demorase aquel proyecto inicial. Pero lo cierto es que a mediados de 1834 el tour habanero estaba decidido. Comienzan así los trámites y una fuerte campaña de publicidad a cargo James W. Hale, entonces su representante.
 Ya en esta época, varias compañías norteamericanas de paso por la isla habían obtenido pingües beneficios, al contar con numeroso público, pero también con ofertas privadas. El caso de los siameses no iba a ser menos. Hale corrió con unas gestiones que se vieron varias veces interrumpidas, entre otros factores, por la lentitud en la aprobación de pasaportes y visados, hasta que a finales de diciembre de 1834 él mismo se trasladó a La Habana para amarrar el asunto.
 Una vez allí les procuró alojamiento seguro en uno de esos hostales regentados por ancianas venidas de Missouri, al tiempo que se ocupaba de velar por cuanto concernía al itinerario artístico, desde anuncios hasta recepciones y, desde luego, las ganancias. El precio por entradas quedó establecido. El cartel que anunciaba la apertura costó 12 dólares y gastó otros 15 en la edición de libretos en español. Mientras tanto, los gemelos debieron aprender algunas frases en esta lengua, exigidas por el contratista y por el propio espectáculo.
 El 2 de enero de 1835 Eng y Chang arribaron al puerto de La Habana en un vapor procedente de Charleston, acompañados por otros dos integrantes de la compañía. Allí les esperaban Hale y varios miembros de la colonia norteamericana y, seguramente, hombres de negocios y simples curiosos anhelantes de ver a esos extraños seres que exhibían varios atributos singulares: la fama, el exotismo y la anomalía.
 Se desconoce cuánto duró esta temporada invernal, pero se sabe que hicieron su primera aparición en un escenario dispuesto especialmente para ellos en la calle Tacón (aún no llamada de ese modo), frente a la cochera de la Intendencia. Es muy posible que se haya decidido este lugar por dos razones: la escasa capacidad de los teatrillos habaneros y asegurar gradas amplias y a buen recaudo junto a la Capitanía, con la más que indudable asistencia del Gobernador General, Miguel de Tacón.
 Así que La Habana de 1835 se estrenaba con un espectáculo de monstruos. Pero a decir verdad, esta no sería la única noción esgrimida. Exhibidos como objetos de curiosidad, los espectadores también podrían asombrarse y experimentar otros afectos, sobre todo piedad. Desgraciadamente, se ignoran los pormenores. Podemos imaginar, eso sí, a un público ilustrado y/o caritativo ocupando las primeras gradas. Y, por supuesto, suponer algunas recepciones privadas, con el propio Tacón y con miembros de la Sociedad Económica; y, entre estos últimos, algunos médicos de renombre. 
 El hecho de que se publicara y circularan entonces en La Habana dos textos sobre los siameses demuestra las enormes expectativas que levantaron, y hace pensar en un inevitable encuentro con la sociedad ilustrada, aunque la naturaleza de éste quede a la imaginación.
 Uno de estos artículos, Historia de los gemelos de Siam, fue una traducción del inglés, al parecer preparada antes de la llegada de los mellizos y puesta a circular a su arribo. Hoy desaparecido, se conoce de la existencia de este texto porque Bachiller y Morales lo incluye en su “Catálogo de libros y folletos”, por el cual se sabe, también, que incorporaba una lámina con varios dibujos. En cuanto al traductor, respondía a las iniciales F. C. 



 Por su parte, el segundo de los textos publicados, “Historia de los gemelos de Siam. Unidos por una ligadura que empieza en la extremidad inferior del esternón de ambos y se extiende hasta el abdomen”, apareció en Diario de la Habana el 31 de enero, tal vez al término de la gira. Desafortunadamente, se trata de un documento de difícil consulta, lo que impide hablar con propiedad. Pero según algunas referencias todo indica que fue escrito en la isla, lo que reafirmaría esa probable cita con los médicos y que éstos hayan examinado a los siameses, tal como habían hecho otros galenos en Boston, Londres y París.
 Si el título del folleto que Bachiller y Morales menciona sugiere un carácter más bien divulgativo, una crónica de los avatares de Eng y Chang desde el nacimiento, tampoco es descartable que contuviera información médica más o menos detallada, pues el recurso a combinar historias de vida y descripciones anatómicas era propio del momento, como se aprecia en casi todas las recepciones del caso. Del mismo modo, el artículo publicado en Diario de La Habana, aun orientando, por el título, a que fuese escrito por algún médico, sería también –presumiblemente- una crónica, un relato invariablemente exótico. 
 No era inusual la publicación de textos de claro enfoque académico en los periódicos de la época, con variado grado de concesiones con el público. A fin de cuentas la vulgarización ilustrada en almanaques y magazines logró aunar a un público extenso llamado a consumir un saber a la vez que instructivo, ameno, y al mismo tiempo que científico, normativo. 
 En la vulgarización de los más variados conocimientos, alentaba una cuestión moral ineludible: el oscuro y lejano origen de la anomalía. En efecto, la representación “positiva” del monstruo no puede sino alternar con la “artística”, pues el saber se establece también como valor estético y, por extensión, como espectáculo. “Exhibition” fue, de hecho, el vocablo empleado cuando se les presentó en la Royal Society de Londres, como en los teatrillos ambulantes de Norteamérica. Los museos funcionaban, ya se ha dicho, como teatros científicos, mientras los zoológicos humanos que ya entonces surgen, añaden a la serie de cíclopes y de otros monstruos abortivos esas "piezas vivas" que, en estrecha contiguidad, constituyen ciertas tribus y seres deformados.  
 Como demuestra Sara Mitchell, el caso de los siameses es un ejemplo de cómo se vincula tempranamente monstruosidades y razas. En el reporte de Bolton ante el Colegio de Cirujanos, en 1830, Eng y Chang fueron descritos según valores (medidas físicas y nivel de desarrollo) siempre más precarios en relación al hombre europeo, considerado modelo ideal. Ya cuando aparecen por primera vez ante la mirada de un occidental, a los siameses se les confunde con un animal. El relato que el viajero Robert Hunter realiza de ellos en 1824, aun cuando carecía de cualificación científica, movilizaría sin embargo a los médicos británicos. De modo que el traslado a occidente se organiza, desde antes de llevarse a efecto, como un apetecible manjar para los más distinguidos miembros de la sociedad de medicina.
 Joshua Brooks, conocido anatomista londinense quien los examina a “nivel privado”, informará a continuación que constituían, efectivamente, una “gran curiosidad natural” que no iba a decepcionar a ninguno, legos o no en la materia.
 Tanto la crónica de sus vidas en el Reino de Siam, como la descripción de su particular condición física, generaron desde el comienzo una mezcla de nociones étnicas y médicas organizadas, más que nada, a partir de valores culturales contrapuestos. Bolton detalló sus hábitos específicos en lo concerniente a sus juegos infantiles, movimientos y acuerdos para adaptarse a la vida diaria, a la par que los entremezclaba con la narración de sus costumbres culturales, es decir, según estereotipos étnicos. Dijo además, apelando a una suerte de teoría de la aclimatación, que una vez en Londres hasta el color de la piel se hizo más pálido y la sincronía de sus aparatos mentales más refinada.   
 En fin, no solo se les traslada y exhibe en occidente en virtud de su inusual aspecto, también en interés de la raza. Ambos elementos reforzaban la percepción de monstruosidad. Y el más claro ejemplo de ello es la extensión que cobró el término “siameses”, usado en adelante, con preferencia a otros, para clasificar malformaciones parecidas en individuos de cualquier nacionalidad. Igual persistencia puede constatarse en la expresión más general de “monstruos”, utilizada hasta bien entrado el siglo XX. Sólo a partir de la década de 1870 comenzaría a ser gradualmente sustituida, dentro del ámbito médico y educacional, por el más abstracto pero definitorio concepto de anormales. 
 Tras su paso por Cuba, Eng y Chang prosiguieron su ruta artística. Visitaron México y Canadá, y recalaron luego en París, donde despertarían el interés de médicos y empresarios y se sucederían los informes y artículos de prensa. Aunque se retiran más tarde a Carolina del Norte, donde se asientan como granjeros y convierten en padres de dieciocho hijos, no dejaron de exhibirse de tanto en tanto. Su leyenda se mantuvo viva, no menos que ellos. Y cuando la fotografía comenzó a extenderse en la década de 1850, se extendió igualmente su celebridad. Cierto que en estas imágenes aparecen, por lo general, acompañados, como si se tratara de confirmar un orden de normalidad. Hay una serie que los muestra en todas las variantes de lo que eran capaces de realizar, sin que aquella banda cartilaginosa se los impidiera: educar a sus hijos, tocar diversos instrumentos musicales, remar y cazar, etc. El discurso de la mutua sincronía siempre estuvo presente en sus descripciones, no solo como instinto, sino también como aprendizaje, con referencias tempranas al ajedrez o al conocimiento de idiomas; pero aquí se trata de resaltar la destreza en la adquisición de hábitos y roles burgueses, y no hay la menor duda que los asimilaron a la perfección.


 He buscado infructuosamente pistas sobre el segundo viaje a Cuba en 1858. Entonces tenían 47 años y no estaban contratados. Eran todavía años boyantes pero ya de graves conflictos, en los que Adelaide y Sarah Ann Yates, las hermanas con las que se casaran en 1843, se enfrascaban en enconadas disputas, a lo que se adjudica el alcoholismo de Chang. Al terminar la guerra civil norteamericana estaban prácticamente arruinados y tuvieron que regresar por un tiempo al circo Barnum quien, aprovechando un viejo leitmotiv, los anunciara en estos términos: “Mejor verlos ahora porque un cirujano los va a separar”.
 Pero los médicos jamás se atrevieron a tanto. Unidos hasta la muerte, por fin ésta les llegó a los 63 años. Cierta noche Chang no podía conciliar el sueño y le comentó a Eng que sentía vagos dolores. Eng no tardó en dormirse, pero al abrir los ojos descubrió que su hermano no respiraba. Uno de sus hijos entró a la habitación: “¿Cómo está tu tío Chang?”, se dice que preguntó Eng. “Tío está helado”, respondió. La hora había llegado; Eng lo sabía con total certeza. Ciento veinte minutos más tarde y antes que llegara el médico, había expirado.
 La necropsia realizada en el College of Physicians and Surgeons de Filadelfia reveló que Chang falleció por la rotura de un aneurisma. Eng, se supone, murió de miedo.

viernes, 24 de enero de 2014

El fantasma de Richet




  Fray Candil

 Carlos Richet es un hombre de ciencia muy conocido y estimado. Nadie —salvo sus enemigos, nadie pone en duda su sólido saber y su penetración psicológica. Pues bien, este Carlos Richet, científico y psicólogo, ve... visiones. No es broma ni hablo en sentido metafórico. Le Matin, diario parisiense muy serio, así lo dice, al menos. Es más: publica la fotografía del fantasma que Richet ha visto con sus propios ojos en una sesión de espiritismo, o metapsiquismo, a escoger. ¿Espiritismo dijiste? — ¡Bah, pura blague! —exclamará el lector no iniciado en estos misterios en que creen algunos millones de almas ingenuas. —Entre el cielo y latierra —decía Hamlet a Horacio, si mal no recuerdo— hay muchas cosas que tu filosofía no conoce. Lo mismo podrán decir, a su vez, a los incrédulos los partidarios de Allan Kardec.
 ¿Cómo explica Richet el fenómeno? Pues diciendo que el espantajo de que se trata salió de la propia substancia del médium. El que lo quiera más claro que le eche agua. De la substancia del médium! Y el tal fantasma habló al oído a Carlos Richet y sopló en una botella. No era, por lo visto, un verdadero fantasma; era un hombre de carne y hueso, por señas, muy flaco y transparente, que andaba envuelto en una sábana blanca, conforme a la indumentaria característica y tradicional de los duendes, para uso de niños insomnes y majaderos.
 Si el fantasma hubiera contado algo interesante de ultratumba... pero, no; se concretó a soplar en una botella, lo cual hago yo sin ser fantasma. Los hombres de ciencia suelen padecer alucinaciones como el más pintado. Yo sé de algunos que pierden el juicio cuando no la vergüenza. Se puede saber mucho y no tener asomo de sentido moral. El pobre Nietzsche se volvió loco, aunque no fue, en rigor, sabio, sino filósofo (hasta cierto punto), que no es lo mismo. ¿Quién no ve en su superhombre, un coco, o algo así? Yo no debo de tener nada de vesánico cuando no he logrado ver —ni en sueños— un fantasma todavía. He asistido a dos o tres sesiones de espiritismo con mesas giratorias y todo, y he salido tan escéptico como entré. He atravesado de noche completamente solo, los Andes; me he internado de noche también, caballero en un mulo, al través de un bosque medio virgen de la América del Sur, y, nada, no he visto un mal espantajo. Ea, que carezco del fluido evocador. El único duende que he visto... fue un burrero. Veamos cómo. Me preparaba yo desde hacía unos meses para graduarme de abogado (título que doy barato si alguien quiere comprarle).
 El exceso de estudio (¡oh tiempo neciamente perdido!) me puso muy nervioso. Me acostaba todos los días con la aurora. Habiendo pillado cierta noche un catarro madrileño, de esos que duran meses, encargué a la patrona que me hiciera subir a mi cuarto, mientras me durase el muermo, un vaso de leche de burra. Serían las seis de la mañana, hora en que los justos duermen y salen los lecheros. La habitación estaba medio a obscuras. (¿Qué tal? Sé preparar gradualmente las situaciones dramáticas). Yo dormía a pierna suelta como un criminal. (Está científicamente averiguado que los que duermen bien son los criminales y... los que tienen mucho sueño). De pronto oigo que me abren la puerta. (Las señoritas miedosas pueden retirarse, porque lo que sigue es realmente trágico). Luego vi un gigante con una vara en la mano como un picador. El gigante traía zuecos que olían mal. (¿A qué quieren ustedes que huelan los zuecos de un
burrero?).
 Echarme de la cama y agarrar al duende por el pescuezo todo fue uno.
 — ¡Qué haces aquí, Goliat ! —le grité.
 — Non, non soy Juliá, señoritu ; soy el burrero que venjo a traerle la leche.
 Vuelto en mí, me arrojé en el lecho desfallecido, como si hubiera acabado de leer un libro sociológico de ligarte. El infeliz se dejó la vara y los zuecos y... hasta la fecha.



Los que ignoran que están muertos





 Amado Nervo

 Los muertos — me había dicho varias veces mi amigo el viejecito espiritista, y por mi parte había encontrado, varias veces también, la misma observación en mis lecturas, — los muertos, señor mío, no saben que se han muerto.
 No lo saben sino después de cierto tiempo, cuando un espíritu caritativo se los dice, para despegarlos definitivamente de las miserias de este mundo.
 Generalmente se creen aún enfermos de la enfermedad de que murieron; se quejan, piden medicinas... Están como en una especie de adormecimiento, de bruma, de los cuales va desprendiéndose poco a poco la divina crisálida del alma.
 Los menos puros, los que han muerto más apegados a las cosas, vagan en derredor nuestro, presas de un desconcierto y de una desorientación por todo extremo angustiosos.
 Sienten dolores, hambre, sed, exactamente como si vivieran, no de otra suerte que el amputado siente que posee y aun que le duele el miembro que se le segregó.
 Nos hablan, se interponen en nuestro camino, y desesperan al advertir que no los vemos ni les hacemos caso. Entonces se creen víctimas de una pesadilla y anhelan despertar. Pero la impresión más poderosa — como más cercana, — es la de que les sigue doliendo aquello que los mató.
 Y, en efecto, una tarde en que por curiosidad asistí a cierta sesión espiritista, pude comprobarlo.
 La médium era parlante. (Ustedes saben que hay médiums auditivos, videntes, materializadores, etc.). Las almas de los muertos se servían de su boca para conversar con los presentes, o como si dijéramos hablaban por boca de ganso. Debo advertir, a fin de que no parezca a ustedes ilógico ni en contradicción con lo que he dicho lo que voy a relatar, que no es preciso que un muerto sepa que está muerto para hablar u obrar por ministerio de un médium.
 En ese sopor a que me refería antes, los espíritus recientemente desencarnados rondan a los vivos e instintiva, maquinalmente, cuando encuentran un médium lo aprovechan para comunicarse, no de otra suerte que un viandante, aunque no esté en sus cabales, por instinto también, aprovecha un puente para llegar al otro lado del río.
 Empezó, pues, la sesión sin matar las luces, y la médium cayó en trance.
 Momentos después, exclamaba:
 — «¡Estoy mal herido! ¡Socórranme!» y se apretaba con ambas manos el costado derecho.
 — ¿Quién es usted? — preguntó el que presidía la sesión.
 — «Soy Valente Martínez, y me han herido aquí, en la plazuela del Carmen; me han herido a traición. Estoy desangrándome... Vengan a levantarme.»
 Y por la cara de la médium pasaban como oleadas de dolor y de agonía.
 Muchos de los allí presentes experimentamos gran sorpresa, porque, en efecto, en los periódicos de la última semana se había hablado con lujo de detalles del asesinato de Valente Martínez, cometido a mansalva por un celoso. Así, pues, la sesión se volvía interesante.
 — «¡Vengan a levantarme!» — seguía diciendo con inflexión plañidera la médium. — « Me estoy desangrando: es una falta de caridad dejarme así, tirado en una plazuela»...
 — Está usted en un error, insinuó entonces el que presidía: cree usted estar herido y abandonado en la calle; pero en realidad está usted muerto!
 — «¡Muerto yo! — exclamó la médium con dolorosa sorna. ¡Muerto! ¡Le digo a usted que estoy mal herido!»
 Y seguía apretándose el costado.
 — Está usted muerto y bien muerto. Murió usted de la puñalada el viernes último en el hospital de San Lucas.
 La médium se impacientaba:
 «¡Es una falta de caridad dejarme tirado como a un perro! ¡como a un perro, sí, en medio de la calle!»
 Y se retorcía en su asiento.
 — De suerte, preguntó el que presidía: ¿que usted insiste en que está vivo?
 «Sí ¡y mal herido! Ayúdenme a levantarme.
 ¡No sean malos!»
 — Pues le voy a probar a usted que está muerto: Usted ¿qué es, hombre o mujer?
 — «Vaya una pregunta necia: soy hombre!»
 — ¿Está usted seguro?
 La médium hizo un movimiento de contrariedad:  
— «¡Que si estoy seguro! ¡Qué ocurrencia!»
 Bueno, pues tóquese usted la cara y el pecho.
 La médium se llevó la diestra a las mejillas, y una expresión de indecible pasmo se pintó en su rostro: Valente Martínez (que, según los retratos de los diarios, era barbicerrado) se palpaba imberbe...
 La mano temblorosa se posó en seguida en el labio superior, buscando el ausente bigote. Luego, más temblorosa aún, descendió al pecho, y, al advertir la túrgida carne de los senos, la médium dejó escapar un grito, gutural, horrible, en tanto que fríos sudores mojaban su frente, lívida de tortura, en la que se leía el supremo espanto de la convicción...
 Siguió un silencio muy largo, durante el cual la médium, inmóvil, murmuraba no sé qué, con labios convulsos, y, por fin, el que presidía dijo:
 — ¡Ya ve usted cómo está bien muerto!
 Yo lo he desengañado por caridad, para que no piense más en las cosas de la tierra y procure elevar su espíritu a Dios…..
 — «Tiene usted razón, — murmuró penosamente la médium.
 Luego, después de una pausa, suspiró:
 «¡Gracias!»
 Y ya no profirió palabra alguna palabra, hasta salir del trance.