jueves, 6 de julio de 2017

Al gran gigante fallecido. –Víctor Hugo. – Francia llorada



Seboruco


Prócer de gloria por la fama alido
Naciste divo de tu ser orlado;
Lanzaste altivo tu genio alboreado
En francés, en inglés y español traducido.

Éter riclado de Favonio ido
En París por Gambetta venerado
Ostión de tu concha glorificado
Mirífico en el ser que tú has tenido.

Homero y Cervantes, y demás que abonas
Dirán de tu talento magnifido
Grietas y perlas y demás coronas

Fulgeando cielos de color subido
Apolo y las musas de Heliconas
Almas dirán a todos: Hugo es fluido.



 Tomado de Con mucha melancolía. Poesías de Seboruco. Selección, prólogo y notas Alfredo Zaldívar. Ediciones Matanzas, 2013, p. 24. Publicado originalmente en Diario de Matanzas, 4 de junio de 1885. 

martes, 4 de julio de 2017

Ibrilio y Seboruco: dos genios



 Federico Villoch

 (...) Ibrilio y Seboruco: dos genios del pasado: el uno, olvidado antes de tiempo y obligado a recluirse en el asilo de dementes de Mazorra, en donde lo encontramos cierto día que visitamos aquel manicomio con el escenógrafo Miguel Arias, que iba a tomar apuntes del mismo para las decoraciones de nuestro sainete “La Brujería”; el otro, un precursor incomprendido y “choteado”, precisamente por aquellas sus extravagantes creaciones que en lo futuro iban a conmover con frenéticos y ensordecedores aplausos a más de un auditorio: el Retroceso.

 Ibrilio: el José Zorrilla del barrio de Tallapiedra, el genio de la décima, de quien, de haber sido su contemporáneo, el poeta vallisoletano, hubiera tomado el modelo para las suyas del “Tenorio”. Seboruco: el Dante de la Plaza de Armas de Matanzas, que vivió su infierno y cantó a su Dorotea, con idéntica inspiración que el florentino a su “Beatrice”.

 A lo mejor, así como cae un aerolito o se produce un violento temblor de tierra, Ibrilio se destapaba con una sarta que dejaban detrás las famosas del “Vértigo”, de Núñez de Arce. No había acontecimiento que él no glosase con su lira criolla -¡a medio la décima! vendida por él en persona por las calles- ni dicharacho callejero que no le sirviese de tema para sus improvisaciones; y cuando la actualidad no le daba ocasión, inventaba un cuento como aquel –homérico- que titulara “La vieja soliviantada”; y que remataba con un arranque lírico que el propio Quintana hubiera envidiado como penacho de su oda más inspirada; y que decía así:

 Cuando la vieja vio
 que la cosa iba de veras,
 arrojó la sorbetera
 y dijo -¿A mí?- y se templó.

 En otro poema dice, refiriéndose al General Salamanca, que como sabemos vino a Cuba a moralizar la administración de la Colonia:

 Yo te lo digo, Gaspar
 Salamanca es un portento
 de valor y de talento
 que a Cuba viene a arreglar;
 así pues, tienes que andar
 pero muy bien del cogote;
 pues si te hace el zote
 y con el civil tropiezas
 vas a parar de cabeza
 al banquillo del Garrote.

 Otra vez, refiriéndose a la explosión del Polvorín que tuvo efecto en La Habana el 29 de abril de 1884, decía:

 De La Habana llegó el fin
 cuando algo más de la una,
 de una manera importuna
 hizo –¡Pun!- el Polvorín.

 Ibrilio era fecundo, fácil y osado. Llegó a graduarse de Bachiller en el Instituto de La Habana. Sería interminable la lista de sus “obras”. Las cazaba al vuelo. Su escopeta lírica disparaba, rápido, sobre el primer asunto nacional, callejero, meteorológico o doméstico que sobrepasase lo corriente. Ahora se hubiera lucido. Se recuerdan sus décimas: “El mono de mi vecina”, “El Polvorín”, “Chuchita se sacó un diente”, “El crimen de los Sanudos”, “El crimen de la Víbora”, “La caída de Machín”, “Salamanca te va a arreglar”, “Huye que viene el Ciclón”, etc., etc., y por el estilo hasta cien; hasta mil, acaso. Probablemente si doctas plumas hubiesen tratado estos asuntos, fechas y jalones de nuestra historia político social, el pueblo se hubiera sentido defraudado en sus gustos; burlado.

 Seboruco era más jeroglífico; más conceptuoso; estampemos el exacto calificativo más gongoreano. Tenía aquél, “Poema para la enseñanza de los niños en las escuelas diocesanas y filosófico-morales”, que publicó en “El Trichino microbiano, periódico de Cuba libre mística con Minerva y Astrea filosófico político, con la santa encarnación de los dioses”, que decía así:

 -Nace el ternero
 en su pequeño lecho,
 y la vaca que lo mira
 le dice -¡Abur chiquito!-

 ¿No era un genio el poeta que le llamaba a la Rosa:

 Retortijón de savia ascendente,
 exponiente bien oliente
 que embalsama el ambiente
       y lo orea
       y lo rosea?

 Varios jóvenes de buen humor de la ciudad yumurina, entre ellos Ricardo de la Torre; el pianista Alberto Saldarriaga; Ramoncito Prendes; y un dependiente conocido por “Vitriolo”, de la botica de San José, de Matanzas, acostumbraban a celebrar allá por las “alturas de Simpson” de dicha ciudad, unas ruidosas cenas a las que de exprofeso invitaban a Seboruco, para que las amenizara con sus geniales elucubraciones poéticas. Si es cierto que existe la inspiración, y que en ocasiones le ha sugerido a los vates grandes cosas, más de una vez el tal soplo divino se apoderó del infeliz Seboruco, dando prueba de su existencia material, y espantando a los testigos que pudieron dar constancia de ello.

 Seboruco que en lo externo pertenecía a la serie del contrahecho Quasimodo, creado por Víctor Hugo picado de la víbora de la inspiración, bufaba; se retorcía, se tiraba de los pelos; abría los ojos hasta sacárselos de las órbitas; y echaba por la boca espuma y versos, unos tras otros, como el Apolo de una fuente pública arroja sin cesar chorros de agua por la boca. En aquellas cenas nacieron las más famosas, por extravagantes, creaciones del Quasimodo yumurino. Se hicieron célebres y populares sus inspiraciones y sus brindis. Sería un dato de gran importancia, para la “historia del disparate”, la publicación de todos los que concibió aquel numen estrafalario. Puesto uno a imitarlos en son de burla, con el mayor ahínco, fracasaría en el empeño. ¿Caería Seboruco en el ridículo por haber llegado precisamente en sus creaciones líricas al extremo de lo sublime? También podría pensarse que en ese mundo misterioso de la gestación artística, el hado que los inspira se hace el propósito de engendrar un genio: más por causas a él ajenas –y también misteriosas como todo lo que proviene de ese mundo superespiritual- cae en un descuido y el genio, a pesar de la intención creadora, deriva en monstruo. ¿Cómo se explica, si no, el número crecido de éstos, que nos amargan la vida; y que no han podido ser creados exprofeso para martirizar al género humano?

 Como se ve por lo que hemos copiado, entre Ibrilio y Seboruco, media un abismo: Ibrilio es clásico, respeta los moldes; Seboruco se sale del tiesto; es renovador; es precursor.

 Bonifacio Byrne, que entonces empezaba y Don Rafaelito Otero, que entonces acababa, y Nicolás Heredia, Garmendía Forn; Fajardo, Ambrosio López, José Luis Prado, joven poeta mexicano emigrado que casó con una matancera; Ricardo y Carlos de la Torre, Lavastida, el galleguito Iglesias, Vicente Tomás que firmaba Riverita; Nicanor A. González, Carlos Trelles, toda la sinsontería matancera en fin, de aquellos tiempos, que desde la siete de la noche hasta la una de la madrugada deambulaba por la Plaza de Armas, recitándose unos a otros sus madrigales al melancólico ritmo de la campana del Reloj del Palacio de Gobierno, que daba los cuartos, las medias y las horas, en un toque doble cuyo eco iba a perderse en el Abra; aquella muchachada, en fin, encendida en Campoamor, Bécquer, Núñez de Arce y los hispanos americanos Nájera, Abigail Lozano, Peza, Plaza, etc., admiraba, sin embargo, con respeto a Seboruco; y entreveían acaso en el nebuloso poeta una incógnita lírica que sólo podría resolver el enigmático futuro… ¿Qui lo sá?

 José Fernández Mora, “Ibrilio”, murió en el manicomio de Mazorra; a Antonio Alemán, Seboruco, se le fue hinchando la cabeza, hasta estallar en un derrame lírico cerebral. Sus restos yacen –no olvidados por cierto- en el cementerio de Matanzas.

 Enrique Gil, y un señor Medina, matanceros de aquellos tiempos, y concurrentes a las famosas cenas de Simpson, tiene coleccionados los “versos” de Seboruco: sería curioso publicarlos en un volumen. Tal vez lo que un tiempo parecieron disparates, en la actualidad no lo fueran (...)


 Título original: "El aguinaldo y sus poetas" (fragmento), Diario de la Marina, 15 de enero de 1939. 

domingo, 2 de julio de 2017

Dos piezas olvidadas de Seboruco



Nace el ternero
en su pequeño lecho,
y la vaca que lo mira
le dice -¡Abur chiquito!-


Retortijón de savia ascendente,
exponiente bien oliente
que embalsama el ambiente
y lo orea
y lo rosea


 Estas dos piezas del poeta matancero Antonio Hernández Alemán, más conocido como Seboruco, fueron citadas por Federico Villoch en una de sus “Viejas postales descoloridas” que publicaba habitualmente en el Diario de la Marina a finales de los años treinta. 
 En lo que transcribimos algún fragmento del artículo en cuestión, valga señalar que ni la cuarteta de la vaca y el ternero, ni el quinteto sobre la rosa (que resulta, por cierto, si no más lograda sí más tangible que cualquiera de las de Brull, acercándose a las rosas objetuales de Martín Adán), aparecen recogidos en la excelente antología que no hace mucho publicó, en Ediciones Matanzas, el poeta e investigador Alfredo Zaldívar.  
 Me refiero a Con mucha melancolía. Poesías de Seboruco, espléndida edición que incluye más de veinte composiciones del poeta callejero, tanto de las publicadas en revistas de la época como de las conservadas por la tradición oral, y que incorpora además el raro poema antiburocrático “Semblanza”, publicado en 1880 y que diéramos a conocer hace unos años en este blog.
 El libro añade la pieza teatral Un tipógrafo. Comedia en un acto y en verso, así como notas del propio Zaldívar, una cronología bastante detallada y una remesa de poemas dedicados al célebre “vate yumurino”.
 Entre éstos últimos destaca el por mucho tiempo inédito “Vesania Zahorí”, docena de sonetos en broma escritos por José Zacarías Tallet en 1921 y dedicados a A.H.A, es decir, a Antonio Hernández Alemán, a quien el vanguardista cubano calificaría de “precursor inconsciente”.
 Pues bien, dedicaremos las siguientes entradas a Seboruco, reproduciendo otros textos suyos menos conocidos, algunos de los incluidos en Con mucha melancolía; y, si damos con ello, reseñas de época y textos de otro poeta de la calle, el versificador habanero hoy olvidado, Ibrilio. 

 Pedro Marqués de Armas 

martes, 27 de junio de 2017

Isla de Fernando Poo




 Emilio Bravo

 No habrá seguramente un país más desconocido, más extraño a nosotros que la isla de Fernando Poo, y sin embargo esta isla pertenece a España, y en nombre del gobierno español se dictan en ella disposiciones. No parece sino que nuestras posesiones ultramarinas son tan numerosas que esta puede entorpecer la marcha de los negocios públicos, o que la isla de que hablamos es tan estéril, tan poco sana, tan escasa en fin de importancia, que casi nos hacen un señalado favor los ingleses que se han tomado allí el trabajo de enriquecerse por nosotros, y de ser los verdaderos y absolutos señores. En cuanto al primer extremo de la oración antecedente, no nos creemos en el caso de combatirlo formalmente; en cuanto al segundo, diremos cuanto de la isla de Fernando Poo hayamos sabido, y nuestros lectores juzgarán. Precisamente esta isla, sin saber por qué, ni para qué, ha sido de algún tiempo acá nuestra pesadilla. La isla mencionada fue descubierta por un hidalgo portugués llamado Fernando Poo, nombre que dio a su descubrimiento, a últimos del siglo XV, en 1495 según algunos; y según otros en 1441. Conquista del Portugal, perteneció a este reino, opulento entonces, hasta que se adjudicó a España, al mismo tiempo que la otra isla de Annobon, por el tratado que se firmó en el Pardo en 1778.
  Se encuentra situada la isla de Fernando Poo en el golfo de Guinea en 2.° 38"' N. al S., de las Arabozes, a ocho leguas de la Tierra Firme y en la boca de la ensenada de varios ríos, algunos de los cuales se llaman: Calaber, Benin, y Camarones. Propiamente la isla se halla en la embocadura del Níger, pues los dos primeros anteriormente citados son más bien dos brazos en que se divide el mismo Níger al pasar por la hermosa y grande ciudad de Kirri.
 Las naciones de Europa han hecho grandes e importantes descubrimientos en el Asia y mar Pacifico, que unidos a los que habían hecho, y principalmente la nuestra en América, han dado al comercio en estas dos partes del mundo con Europa un desarrollo tan creciente e inmenso que parece debió dejarlos satisfechos. Pero sus aspiraciones han ido creciendo al par de su elevación, y se disponen a explotar otra mina riquísima, a penetrar con su comercio en el obscuro y desconocido centro de África. El río Níger, navegable unas mil quinientas millas a lo interior, baña ricos y opulentos pueblos, entre los cuales recordamos ahora el fértil Eomboucton, la parte occidental del imperio de los Fellatahs, el Borbu, cuya capital es Boussar, el Yasurri, el Nilo, Babba, ciudad mercantil opulenta, la Calunga, capital del Yarriba y población fortificada, y también el reino Foundo, situado en los montes de Hong hasta desembocar finalmente frente a nuestra isla de Fernando Poo. En esta isla pues, ha puesto la naturaleza la llave del Níger y parece destinada a ser el vehículo que lleve el comercio Europeo a unos países para los cuales empieza a despuntar aunque perezosamente la aurora de la civilización. En este supuesto, aun cuando la isla de Fernando Poo no fuere de suya tan rica y fértil como veremos más adelante, su posición geográfica debiera bastar por sí sola para que el gobierno español no la mirase con la incalificable indiferencia que hasta aquí. Por lo demás sus tierras vírgenes habitadas por razas inofensivas y hospitalarias, sus tierras que no se han explotado todavía son abundantes en oro, marfil, palos de tinte, pieles, maderas finas de construcción, aceite de palmas y exquisitos frutos.
  Los ingleses, que en materia de apreciar sus intereses no pueden ser nada sospechosos, han comprendido como nosotros la importancia de esta parte del África, como lo prueban sus repetidas expediciones a ella desde 1850. La efectuada en el mismo año por Laig y los hermanos Llander, la de Guillermo Alleng en 1833 y otras hasta los de nuestro actual gobernador Mr. Brecaff en 1833 y 1844. He aquí lo que acerca de la importancia de nuestra isla dijo en cierta ocasión un periódico de Londres que merece entero crédito. «Tenemos, decía, necesidad de formar un establecimiento más central y más cómodo que el que existe: y que bajo este aspecto pueda facilitar nuestras comunicaciones industriales con el interior de este vasto continente. La colonia de Sierra-Leona no es susceptible de corresponder a tan vastas miras; carece de ríos navegables, y su suelo ligero por naturaleza produce muy poco. Por otra parte su clima mortífero opondrá siempre un obstáculo invencible a una empresa tan importante. La gran Bretaña necesita nuevas fuentes de comercio: el despacho de los productos de sus manufacturas reclama nuevos consumidores: es cierto que la actual condición social de las tribus africanas promete poco por ahora, pero cuando se lleguen a establecer relaciones libres con los más inteligentes, cuando se les haya hecho apreciar el valor de las artes europeas, inculcándoles la moral y los usos de la civilización; este continente inmenso sumergido hoy día en las tinieblas de la ignorancia y la barbarie se convertirá en un mercado importante para la salida de nuestras mercancías: y tanto más importante cuanto que para aquel tiempo la concurrencia do las demás naciones comerciantes nos habrá cerrado en gran parte los mercados del antiguo mundo Benin, en este punto es donde convendría formar una colonia permanente pero es muy enfermizo. Si este rio Níger es navegable por más de 1000 millas podremos comerciar hasta en el corazón del África en sus orillas hay dos veces más movimiento mercantil que en el alto Rhin; su población es todo comerciante; hombres, mujeres y niños, todos trafican... En la isla de Fernando Poo situada a su embocadura, es donde debiera establecerse el cuartel general del poder británico en estos mares…»
 Hagamos ahora una breve historia do todo lo que España ha hecho para la dominación y colonización de la isla, que por fuerza tiene que ser breve, muy breve. Firmado en 24 de Marzo del referido año de 1778 el tratado en el cual la nación portuguesa cedió aquella posesión, el gobierno español organizo una expedición compuesta de la fragata de guerra Catalina y dos buques de menor porte tripulados por 130 hombres entre operarios y tropa, con los pertrechos, armas, provisiones correspondientes y una pequeña suma de dinero. Esta expedición, cuyo mando obtuvo el brigadier conde do Argelejos, y en la cual el segundo jefe el coronel de artillería D. Joaquín Primo de Rivera, salió de Monte-video el 17 de Abril del mismo año. El 21 de octubre llegaron a Fernando Poo, el 24 tomaron posesión de la isla, partieron al siguiente día para hacer lo mismo en la de Annobon. Desde esta salida todo fue desastre y luto para la expedición española. Murió en la travesía el conde de Argelejos, hicieron armas contra su sucesor Primo de Rivera los naturales de Annobon, se sublevaron contra él mismo muchos de sus soldados, regresó en fin la armada a Montevideo con su jefe, y 22 hombres solamente que hablan sobrevivido a la guerra, a las privaciones, a las calenturas africanas contra las que no podían oponer los remedios del arte y el buen trato. En tanto Madrid dictaba órdenes para la toma de posesión, y escaseaba los recursos de todos géneros que habían de ayudar a ella.
   Olvidada desde esta fatal época la isla de Fernando Poo, los ingleses pensaron en aprovecharse de este descuido, y en 1826 fijaron en ella la vista para que fuese el punto de apoyo de sus excursiones científicas, comerciales y explotadoras al Níger, pensando también en hacerla residencia del tribunal misto para la abolición del tráfico de esclavos, que se halla en Sierra Leona. Sin embargo, nuestro gobierno entonces protestó contra la expedición inglesa al mando de Obben, y la Inglaterra conociendo el derecho que la España tenía, renunció a su proyecto, hasta 1859 en que insistió en él con más fuerza, aunque por otros medios. Propuso la compra de ambas islas al gobierno español mediante la suma de sesenta mil libras esterlinas, con aplicación al pago de la deuda, y esta propuesta que presentó a las cortes en 1841 el ministro de Estado entonces don Antonio González, fue rechazada como era justo por las mismas, por la prensa y por la opinión pública. El honrado ministro, lejos de irritarse contra la enérgica oposición que el país manifestaba a desprenderse de aquellas posesiones, dispuso con sus colegas una nueva expedición a Fernando Poo, la cual fue confiada al capitán de navío Don Juan José de Lerena, el que se dio a la vela en el Ferrol a 18 de diciembre de 1842, a bordo del bergantín Nervion con dirección  Sierra- Leona. H aquí de la manera que el ilustrado misionero que fue de aquellas regiones, el licenciado D. Gerónimo María de Usera y Alarcón, refiere los resultados de esta expedición:

  «Con 21 días de navegación arribó a Sierra-Leona el 9 de enero de 1849 a las diez de la mañana; 29 días permaneció Lerena en Sierra-Leona ocupado en adquirir datos de la mayor importancia que atañían al Estado, y cuyos documentos obran en la secretaría del ministerio del ramo. El 6 de febrero y a las dos de su tarde, abandonó a Sierra-Leona, haciendo rumbo a Fernando Poo, a donde arribó el 23 del mismo, fondeando en la bahía de Clarense. Los 13 que permaneció en bahía los aprovechó de un modo extraordinario. Entre sus actos merece particular mención la energía que desplegó para arrojar do la isla a los agentes de la compañía inglesa llamada del Oeste del África, los que hacia catorce años se aprovechaban de las hermosas maderas, de que abundan los bosques de aquella isla. En seguida, con una solemnidad a que no están acostumbrados los naturales, proclamó por Reina y soberana de aquellas islas a doña Isabel II, trocando en santa Isabel el nombre de la capital, conocido hasta entonces con el de Clarense. Recibió a nombre de S. M. los homenajes de los jefes negros (Escórceos) a quienes regaló con magnificencia, quedando en relaciones y buena armonía con los mismos. Y para asegurar en lo sucesivo el buen orden y concierto y mejor administración de la isla, nombró por gobernador al caballero Mister Becroff para que en unión con un consejo de gobierno compuesto de los más principales del país, contribuyese al bienestar de sus habitantes.
 A las nueve de la noche del 8 de Marzo se dio a la vela con dirección a Corisco, en cuya bahía fondeó el 15 del mismo a la una de la tarde. El cometido del Sr. de Lerena con respecto a esta isla se reducía únicamente a adquirir datos y pormenores acerca de la quema que en 1840 habían hecho los ingleses de unas factorías españolas: pero prendados los naturales del buen porte de Lerena y de cuantos le acompañaban, le pidieron con instancias cartas de nacionalidad española. Para el efecto se reunieron los ancianos de la isla, gobernadores natos de la misma, bajo de su frondoso árbol, y colocando a Lerena en su lugar de preferencia, le hicieron presentes sus deseos. Concedida que les fue la carta de naturalidad e incorporación a los dominios españoles, la recibieron en medio de una grande algazara y entusiasmo.»
 «Cuatro días solos se detuvo Lerena en Corisco, pasando en seguida a Annobon, adonde arribó el 22 del mismo a las 10 de la mañana. Aquí se contentó con proclamar a S. M. la reina del mismo modo que lo había hecho en Fernando Poo; vistió al gobernador negro a la española; y para satisfacer los sentimientos piadosos de sus habitantes, quienes a pesar de ser católicos hacia setenta años que no habían visto por sus playas a un ministro de Jesucristo, dispuso el cantar una misa solemne a bordo del bergantín.»
 «Otros cuatro días como en Corisco pasó el capitán Lerena en Annobon, dándose en seguida a la vela para Cádiz adonde arribó a las 11 de la mañana del 15 de mayo de 1843.»
 Indudablemente, el ministerio que entonces gobernaba, habría llevado a cabo la obra; pues en vista de los buenos resultados de la expedición, Lerena, nombró una junta que en unión de este examinó detenidamente el negocio, acordando entre otras cosas orgánicas otra expedición más sería, y conferir el mando de aquellas islas a Lerena.  Pero los sucesos políticos que por aquella época dividieron los ánimos de todos, y el cambio repentino que experimentó la administración pública, estorbaron la realización de un proyecto que contaba en su apoyo la buena fe y el entusiasmo que había inspirado.
 El día 28 de julio de 1843 salió no obstante de Cádiz otra expedición al mando del capitán de fragata D. Nicolás de Manterola, compuesta de la corbeta Venus, de 20 cañones de porte, y tripulada por 28 hombres de las brigadas de artillería de marina, y 123 de gente de mar. Esta expedición, más que de carácter militar, estaba revestida de explorador y religioso. A bordo de la Venus iban algunos misioneros y empleados, contándose entre los primeros al licenciado Usera y Alarcón, a quien hemos ya citado, y cuyo celo por la conservación de nuestras posesiones de Guinea le hacen con otras muchas prendas un eclesiástico apreciabilísimo. La Venus hizo rumbo a Santa Cruz de Tenerife, y después de hacer víveres en la Gran Canaria, fondeo en Sierra-Leona el 3 de octubre de aquel año, no llegando a Fernando Poo hasta el 24 de diciembre por haberse ocupado Manterola en reconocer las posesiones de Cabo Corta y Aera. Una vez en la isla, los expedicionarios no fueron seguramente muy afortunados. Ni pudieron crear una escuela española, ni fundaron templo católico que sustituyese al protestante, único existente allí, ni hacer en fin, nada de cuanto se proponían, de manera que la isla de Fernando Poo, continúa en el mismo estado de abandono y extrañeza por parte de España.

 Seminario Pintoresco Español, 1850. 

lunes, 26 de junio de 2017

Isla de ensueño


 Alfredo Serrano

 Se ha escrito poco, muy poco, sobre Fernando Poo. Y aun se ha publicado menos. Sólo muy de tarde en tarde, algún artículo breve y poco ilustrado ha constituido uno de los aspectos gráficos de nuestra gran Prensa ilustrada.
 Mientras las tradiciones del Ganges misterioso y místico, las rinconadas poéticas del Nilo, los encantos líricos de Xauen, la bella, o las regiones exóticas del inmenso Congo belga, han hecho su desfile por las páginas gráficas de nuestras primeras revistas, las bellezas, la Historia, las costumbres y, en suma, los valores étnicos y comerciales de los territorios españoles del Golfo de Guinea han brillado por su ausencia. ¿Por qué? Porque el espíritu de colonización moderna no ha cuajado en España. Y España se olvidó ya de que de su potente imperio colonial le quedan aún unos restos, allá en el Continente negro, muy chiquitos sin duda, pequeñísimos, pero de una extraordinaria riqueza. Restos a cuyo cuido le obligan, no un mal entendido imperialismo trasnochado, sino la necesidad humana de una protección a las razas degeneradas que los pueblan y las exigencias actuales de la economía del Estado.
 Nueva política colonial, estudios razonados, proyectos, siempre proyectos, y alguna mejora indiscutible, han sido el producto de estos últimos tiempos. Pero la Guinea, Fernando Poo, necesitan más, mucho más. Femando Poo es una isla de ensueño. El trópico, que suele hacer de sus tierras paraísos, y de sus mares, inmensos lagos de aguas rizadas, sobre las que el sol borda el encaje de sus reflejos, le ha prestado el hechizo de todos los encantos. Sus costas y sus playas tienen una quietud dulce y bienhechora. Sus selvas y sus montañas elevadísimas —el Pico de Santa Isabel alcanza a los 2.800 metros de altitud— son un puro manto de verdura bellamente salvaje.
 En sus bosques interminables, junto a las márgenes de los ríos o en las playas, el viejo imperio bubi ha desparramado los típicos poblados indígenas de toscas construcciones de bambú, de hoja de ñipa, de corteza de árbol y de fibra de melongo. Son pueblos primitivos, en los que todavía privan costumbres y ritos ancestrales, donde el «tan, tan» de los tambores rústicos y de las tumbas —otro instrumento de ruido, porque escribir «de música» resultaría un sarcasmo— atruena el espacio y convida al balele, la fiesta característica de los bubis, los pamúes y otras tribus del país de enfrente, de la Guinea.
 Aún hay hechiceros en los poblados, aún hay pintorescos jefes de tribu y aún subsiste un descendiente del gran rey de la isla, a quien todos los años, en una fecha determinada, van en peregrinación sugestiva a rendirle pleitesía infinidad de personalidades indígenas.


 La poesía de la selva isleña se extiende a todas las zonas de Fernando Poo, bajo el imperio de esa colosal montaña que se eleva al infinito en el Norte y domina a toda la tierra fernandma. Y ella, la poesía de las masas verdes, de los bambúes, de los árboles de mil especies, de las palmeras cimbreantes, se infiltra en los poblados, en las fincas agrícolas de los blancos, en las ciudades... En todo. Es la belleza desbordante del trópico que invade todos los confines de «La perla del Golfo de Biafra». 
 Para el periodista, para el escritor, Fernando Poo guarda emociones insospechadas. El reportaje, la crónica, el artículo colonista, el ensayo y el libro, tienen en esta isla espléndida una cantera inagotable de inspiración, de materia prima. Pero ni el periodista ni el escritor suelen ir a Fernando Poo. Y esas emociones quedan sólo en el alma del viajero, que a su retomo a España las transmitirá a sus amistades; y si es un técnico, a un reducido público, en una de esas escasísimas conferencias que acerca de aquel lejano país suelen darse en Madrid en época normal.
 Santa Isabel mismo, sin ir más lejos, tan pulcra, tan bonita, tan blanca —ciudad africana que brinda el cocktail del exotismo negro y el confort europeo—, es ya un crisol de emotivos sentimientos estéticos, que el periodista puede recoger. La vida cotidiana de la factoría, esa tienda tan de África, en la que se vende desde una jofaina y una máquina de coser hasta un gramófono, una pieza de tela blanca, una bicicleta, un jamón, unos calcetines, un saco de harina o un queso de Holanda, es ya un venero de facetas y matices en que puede bien observarse a la raza bubi. El puerto, con su muelle diminuto y sus dos aparatosas grúas eléctricas, que no funcionan, es otro lugar interesante de la ciudad. Allí se centraliza todo el vigor de la urbe y de la isla en los días de embarque.
  El cacao, el café y los plátanos, aparte de otros productos más secundarios, pregonan en ese muelle la riqueza agrícola del país. Y así, el mercado indígena, con sus ruidosas transacciones mañaneras y sus estrambóticas mercancías; la Administración de Correos, con sus curiosos incidentes de las cartas escritas por los negros; la plaza de España, lugar casi de recreo, jardín provinciano donde se alza el Gobierno General...
  Los bares, los hoteles, las calles mismas, rectas, asfaltadas, con buen alumbrado eléctrico; hasta el cine sonoro, porque ya hay cine sonoro en Fernando Poo, y el casino, modernísimo centro de reunión, con piscina, sala de fiestas y juegos en miniatura, tienen un aspecto interesante en esa Santa Isabel, que como un nido de palomas se acurruca a los pies de la gran montaña femandina, entre sus laderas, lujuriantes de verdes, y la bahía que bañan las aguas brillantes y llenas de tiburones del soberbio Atlántico.
 Pero la vida más interesante está tierra adentro. Es decir, selva adentro. En las fincas dé cacao, en las plantaciones, allí donde día a día se traza el progreso material de la isla por virtud del esfuerzo del hombre blanco, del colono español.
 Cuando la planta del cacao está en flor, las fincas adquieren la belleza poética de un madrigal hecho carne, materia bella del suelo exuberante de la isla. Bajo sus combas floridas, a su vez bajo la comba inmensa y majestuosa del sol, la vida parece ennoblecerse. Lejos de inquietudes, de conflictos sociales, de luchas políticas, de todo lo que en Europa precipita el vivir humano, aquella tierra del cacao brinda un encanto delicado que embarga los sentidos.


 Mundo gráfico, 30 diciembre de 1936.