lunes, 26 de junio de 2017

Isla de ensueño


 Alfredo Serrano

 Se ha escrito poco, muy poco, sobre Fernando Poo. Y aun se ha publicado menos. Sólo muy de tarde en tarde, algún artículo breve y poco ilustrado ha constituido uno de los aspectos gráficos de nuestra gran Prensa ilustrada.
 Mientras las tradiciones del Ganges misterioso y místico, las rinconadas poéticas del Nilo, los encantos líricos de Xauen, la bella, o las regiones exóticas del inmenso Congo belga, han hecho su desfile por las páginas gráficas de nuestras primeras revistas, las bellezas, la Historia, las costumbres y, en suma, los valores étnicos y comerciales de los territorios españoles del Golfo de Guinea han brillado por su ausencia. ¿Por qué? Porque el espíritu de colonización moderna no ha cuajado en España. Y España se olvidó ya de que de su potente imperio colonial le quedan aún unos restos, allá en el Continente negro, muy chiquitos sin duda, pequeñísimos, pero de una extraordinaria riqueza. Restos a cuyo cuido le obligan, no un mal entendido imperialismo trasnochado, sino la necesidad humana de una protección a las razas degeneradas que los pueblan y las exigencias actuales de la economía del Estado.
 Nueva política colonial, estudios razonados, proyectos, siempre proyectos, y alguna mejora indiscutible, han sido el producto de estos últimos tiempos. Pero la Guinea, Fernando Poo, necesitan más, mucho más. Femando Poo es una isla de ensueño. El trópico, que suele hacer de sus tierras paraísos, y de sus mares, inmensos lagos de aguas rizadas, sobre las que el sol borda el encaje de sus reflejos, le ha prestado el hechizo de todos los encantos. Sus costas y sus playas tienen una quietud dulce y bienhechora. Sus selvas y sus montañas elevadísimas —el Pico de Santa Isabel alcanza a los 2.800 metros de altitud— son un puro manto de verdura bellamente salvaje.
 En sus bosques interminables, junto a las márgenes de los ríos o en las playas, el viejo imperio bubi ha desparramado los típicos poblados indígenas de toscas construcciones de bambú, de hoja de ñipa, de corteza de árbol y de fibra de melongo. Son pueblos primitivos, en los que todavía privan costumbres y ritos ancestrales, donde el «tan, tan» de los tambores rústicos y de las tumbas —otro instrumento de ruido, porque escribir «de música» resultaría un sarcasmo— atruena el espacio y convida al balele, la fiesta característica de los bubis, los pamúes y otras tribus del país de enfrente, de la Guinea.
 Aún hay hechiceros en los poblados, aún hay pintorescos jefes de tribu y aún subsiste un descendiente del gran rey de la isla, a quien todos los años, en una fecha determinada, van en peregrinación sugestiva a rendirle pleitesía infinidad de personalidades indígenas.


 La poesía de la selva isleña se extiende a todas las zonas de Fernando Poo, bajo el imperio de esa colosal montaña que se eleva al infinito en el Norte y domina a toda la tierra fernandma. Y ella, la poesía de las masas verdes, de los bambúes, de los árboles de mil especies, de las palmeras cimbreantes, se infiltra en los poblados, en las fincas agrícolas de los blancos, en las ciudades... En todo. Es la belleza desbordante del trópico que invade todos los confines de «La perla del Golfo de Biafra». 
 Para el periodista, para el escritor, Fernando Poo guarda emociones insospechadas. El reportaje, la crónica, el artículo colonista, el ensayo y el libro, tienen en esta isla espléndida una cantera inagotable de inspiración, de materia prima. Pero ni el periodista ni el escritor suelen ir a Fernando Poo. Y esas emociones quedan sólo en el alma del viajero, que a su retomo a España las transmitirá a sus amistades; y si es un técnico, a un reducido público, en una de esas escasísimas conferencias que acerca de aquel lejano país suelen darse en Madrid en época normal.
 Santa Isabel mismo, sin ir más lejos, tan pulcra, tan bonita, tan blanca —ciudad africana que brinda el cocktail del exotismo negro y el confort europeo—, es ya un crisol de emotivos sentimientos estéticos, que el periodista puede recoger. La vida cotidiana de la factoría, esa tienda tan de África, en la que se vende desde una jofaina y una máquina de coser hasta un gramófono, una pieza de tela blanca, una bicicleta, un jamón, unos calcetines, un saco de harina o un queso de Holanda, es ya un venero de facetas y matices en que puede bien observarse a la raza bubi. El puerto, con su muelle diminuto y sus dos aparatosas grúas eléctricas, que no funcionan, es otro lugar interesante de la ciudad. Allí se centraliza todo el vigor de la urbe y de la isla en los días de embarque.
  El cacao, el café y los plátanos, aparte de otros productos más secundarios, pregonan en ese muelle la riqueza agrícola del país. Y así, el mercado indígena, con sus ruidosas transacciones mañaneras y sus estrambóticas mercancías; la Administración de Correos, con sus curiosos incidentes de las cartas escritas por los negros; la plaza de España, lugar casi de recreo, jardín provinciano donde se alza el Gobierno General...
  Los bares, los hoteles, las calles mismas, rectas, asfaltadas, con buen alumbrado eléctrico; hasta el cine sonoro, porque ya hay cine sonoro en Fernando Poo, y el casino, modernísimo centro de reunión, con piscina, sala de fiestas y juegos en miniatura, tienen un aspecto interesante en esa Santa Isabel, que como un nido de palomas se acurruca a los pies de la gran montaña femandina, entre sus laderas, lujuriantes de verdes, y la bahía que bañan las aguas brillantes y llenas de tiburones del soberbio Atlántico.
 Pero la vida más interesante está tierra adentro. Es decir, selva adentro. En las fincas dé cacao, en las plantaciones, allí donde día a día se traza el progreso material de la isla por virtud del esfuerzo del hombre blanco, del colono español.
 Cuando la planta del cacao está en flor, las fincas adquieren la belleza poética de un madrigal hecho carne, materia bella del suelo exuberante de la isla. Bajo sus combas floridas, a su vez bajo la comba inmensa y majestuosa del sol, la vida parece ennoblecerse. Lejos de inquietudes, de conflictos sociales, de luchas políticas, de todo lo que en Europa precipita el vivir humano, aquella tierra del cacao brinda un encanto delicado que embarga los sentidos.


 Mundo gráfico, 30 diciembre de 1936. 

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