martes, 4 de julio de 2017

Ibrilio y Seboruco: dos genios



 Federico Villoch

 (...) Ibrilio y Seboruco: dos genios de pasado: el uno, olvidado antes de tiempo y obligado a recluirse en el asilo de dementes de Mazorra, en donde lo encontramos cierto día que visitamos aquel manicomio con el escenógrafo Miguel Arias, que iba a tomar apuntes del mismo para las decoraciones de nuestro sainete “La Brujería”; el otro, un precursor incomprendido y “choteado”, precisamente por aquellas sus extravagantes creaciones que en lo futuro iban a conmover con frenéticos y ensordecedores aplausos a más de un auditorio: el Retroceso.

 Ibrilio: el José Zorrilla del barrio de Tallapiedra, el genio de la décima, de quien, de haber sido su contemporáneo, el poeta vallisolentano, hubiera tomado el modelo para las suyas del “Tenorio”. Seboruco: el Dante de la Plaza de Armas de Matanzas, que vivió su infierno y cantó a su Dorotea, con idéntica inspiración que el florentino a su “Beatrice”.

 A lo mejor, así como cae un aerolito o se produce un violento temblor de tierra, Ibrilio se destapaba con una sarta que dejaban detrás las famosas del “Vértigo”, de Núñez de Arce. No había acontecido que él no glosase con su ira criolla -¡a medio la décima! vendida por él en persona por las calles- ni dicharacho callejero que no le sirviese de tema para sus improvisaciones; y cuando la actualidad no le daba ocasión, inventaba un cuento como aquel –homérico- que titulara “La vieja soliviantada”; y que remataba con un arranque lírico que el propio Quintana hubiera envidiado como penacho de su oda más inspirada; y que decía así:

 Cuando la vieja vio
 que la cosa iba de veras,
 arrojó la sorbetera
 y dijo -¿A mí?- y se templó.

 En otro poema dice, refiriéndose al General Salamanca, que como sabemos vino a Cuba a moralizar la administración de la Colonia:

 Yo te lo digo, Gaspar
 Salamanca es un portento
 de valor y de talento
 que a Cuba viene a arreglar;
 así pues, tienes que andar
 pero muy bien del cogote;
 pues si te hace el zote
 y con el civil tropiezas
 vas a parar de cabeza
 al banquillo del Garrote.

Otra vez, refiriéndose a la explosión del Polvorín que tuvo efecto en La Habana el 29 de abril de 1884, decía:

 De La Habana llegó el fin
 cuando algo más de la una,
 de una manera importuna
 hizo –¡Pun!- el Polvorín.

 Ibrilio era fecundo, fácil y osado. Llegó a graduarse de Bachiller en el Instituto de La Habana. Sería interminable la lista de sus “obras”. Las cazaba al vuelo.  Su escopeta lírica disparaba, rápido, sobre el primer asunto nacional, callejero, meteorológico o doméstico que sobrepasase lo corriente. Ahora se hubiera lucido. Se recuerdan sus décimas: “El mono de mi vecina”, “El Polvorín”, “Chuchita se sacó un diente”, “El crimen de los Sanudos”, “El crimen de la Víbora”, “La Caída de Machín”, “Salamanca te va a arreglar”, “Huye que viene el Ciclón”, etc., etc., y por el estilo hasta cien; hasta mil, acaso. Probablemente si doctas plumas hubiesen tratado estos asuntos, fechas y jalones de nuestra historia político social, el pueblo se hubiera sentido defraudado en sus gustos; burlado.

 Seboruco era más jeroglífico; más conceptuoso; estampemos el exacto calificativo más gongoreano. Tenía aquél, “Poema para la enseñanza de los niños en las escuelas diocesanas y filosófico-morales”, que publicó en “El Trichino microbiano, periódico de Cuba libre mística con Minerva y Astrea filosófico político, con la santa encarnación de los dioses”, que decía así:

 -Nace el ternero
 en su pequeño lecho,
 y la vaca que lo mira
 le dice -¡Abur chiquito!-

 ¿No era un genio el poeta que le llamaba a la Rosa:

 Retortijón de savia ascendente,
 exponiente bien oliente
 que embalsama el ambiente
       y lo orea
       y lo rosea?

 Varios jóvenes de buen humor de la ciudad yumurina, entre ellos Ricardo de la Torre; el pianista Alberto Saldarriaga; Ramoncito Prendes; y un dependiente conocido por “Vitriolo”, de la botica de San José, de Matanzas, acostumbraban a celebrar allá por las “alturas de Simpson” de dicha ciudad, unas ruidosas cenas a las que de exprofeso invitaban a Seboruco, para que las amenizara con sus geniales elucubraciones poéticas. Si es cierto que existe la inspiración, y que en ocasiones le ha sugerido a los vates grandes cosas, más de una vez el tal soplo divino se apoderó del infeliz Seboruco, dando prueba de su existencia material, y espantando a los testigos que pudieron dar constancia de ello.

 Seboruco que en lo externo pertenecía a la serie del contrahecho Quasimodo, creado por Víctor Hugo picado de la víbora de la inspiración, bufaba; se retorcía, se tiraba de los pelos; abría los ojos hasta sacárselos de las órbitas; y echaba por la boca espuma y versos, unos tras otros, como el Apolo de una fuente pública arroja sin cesar chorros de agua por la boca. En aquellas cenas nacieron las más famosas, por extravagantes, creaciones del Quasimodo yumurino. Se hicieron célebres y populares sus inspiraciones y sus brindis. Sería un dato de gran importancia, para la “historia del disparate”, la publicación de todos los que concibió aquel numen estrafalario. Puesto uno a imitarlos en son de burla, con el mayor ahínco, fracasaría en el empeño. ¿Caería Seboruco en el ridículo por haber llegado precisamente en sus creaciones líricas al extremo de lo sublime? También podría pensarse que en ese mundo misterioso de la gestación artística, el hado que los inspira se hace el propósito de engendrar un genio: más por causas a él ajenas –y también misteriosas como todo lo que proviene de ese mundo superespiritual- cae en un descuido y el genio, a pesar de la intención creadora, deriva en monstruo. ¿Cómo se explica, si no, el número crecido de éstos, que nos amargan la vida; y que no han podido ser creados exprofeso para martirizar al género humano?

 Como se ve por lo que hemos copiado, entre Ibrilio y Seboruco, media un abismo: Ibrilio es clásico, respeta los moldes; Seboruco se sale del tiesto; es renovador; es precursor.

 Bonifacio Byrne, que entonces empezaba y Don Rafaelito Otero, que entonces acababa, y Nicolás Heredia, Garmendía Forn; Fajardo, Ambrosio López, José Luis Prado, joven poeta mexicano emigrado que casó con una matancera; Ricardo y Carlos de la Torre, Lavastida, el galleguito Iglesias, Vicente Tomás que firmaba Riverita; Nicanor A. González, Carlos Trelles, toda la sinsontería matancera en fin, de aquellos tiempos, que desde la siete de la noche hasta la una de la madrugada deambulaba por la Plaza de Armas, recitándose unos a otros sus madrigales al melancólico ritmo de la campana del Reloj del Palacio de Gobierno, que daba los cuartos, las medias y las horas, en un toque doble cuyo eco iba a perderse en el Abra; aquella muchachada, en fin, encendida en Campoamor, Becquer, Núñez de Arce y los hispanos americanos Nájera, Abigail Lozano, Peza, Plaza, etc., admiraba, sin embargo, con respeto a Seboruco; y entreveían acaso en el nebuloso poeta una incógnita lírica que sólo podría resolver el enigmático futuro… ¿Qui lo sá?

 José Fernández Mora, “Ibrilio”, murió en el manicomio de Mazorra; a Antonio Alemán, Seboruco, se le fue hinchando la cabeza, hasta estallar en un derrame lírico cerebral. Sus restos yacen –no olvidados por cierto- en el cementerio de Matanzas.

 Enrique Gil, y un señor Medina, matanceros de aquellos tiempos, y concurrentes a las famosas cenas de Simpson, tiene coleccionados los “versos” de Seboruco: sería curioso publicarlos en un volumen. Tal vez lo que un tiempo parecieron disparates, en la actualidad no lo fueran (...)


 Título original: "El aguinaldo y sus poetas" (fragmento), Diario de la Marina, 15 de enero de 1939. 

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