jueves, 10 de diciembre de 2015

El rascabucheo, considerado como una de las bellas artes





  Emilio Roig de Leuchsenring

 Si Tomás de Quincey escribió su obra El asesinato considerado como una de las bellas artes, bien puedo titular este artículo de manera análoga. Es verdad que el asesinato es tan antiguo como el mundo, pues Caín, «que mató a Abel por envidia de su virtud», es el primer asesino de que nos habla la historia; pero el rascabucheo no se queda atrás en lo de tener una gloriosa antigüedad, pues la Santa Biblia nos cita el caso de aquellos tres viejos que quisieron rascabuchear a la casta Susana cuando se estaba bañando.
 Como todas las bellas artes, sus comienzos fueron toscos y rudimentarios. Recordemos los primeros trabajos que han llegado hasta nosotros de pintura y escultura, hechos por hombres de las épocas terciaria o cuaternaria. Es con el transcurso de los siglos que el rascabucheo, como arte también, va perfeccionándose poco a poco, hasta llegar a adquirir en nuestra época —su edad de oro— el esplendor y grandeza que hoy goza, sobre todo en Cuba, su verdadera patria, «la Italia del rascabucheo», como la llamó uno de nuestros más insignes críticos de arte.
 ¿Qué es el rascabucheo? Veamos el diccionario: «Rascabucheo. Acto o efecto de rascabuchear. Se dice también del arte liberal descubridor de los secretos de la naturaleza».
 Como sucede siempre con los diccionarios, no están explicadas aquí las distintas acepciones de la palabra; pero consultando las obras de los más eminentes lingüistas, podemos ampliar estos conceptos. El verdadero sentido y significado del rascabucheo, más que el descubrir todos los secretos de la naturaleza, es el de descubrir los secretos físicos femeninos, y ya en esto encontramos el refinamiento a que ha llegado este arte, pues ha elegido como su fin principal lo más bello de la Naturaleza: la mujer. Ahora bien, aunque este arte en sí es puramente ocular, hay, como derivación de él, un oficio que se conoce con el mismo nombre y se practica simplemente por medio del tacto. De esto no hablaré hoy.
 Billiken, escritor cubano perito en estas materias, afirmó hace años que Adán fue el primer rascabucheador del mundo. Esta afirmación es completamente falsa. Adán no podía rascabuchear lo que no estaba oculto, y Eva, según nos dice la historia, no ocultaba nada. El rascabucheo es arte complicado y sutil, gusta de refinamientos y de exquisiteces, es arte de nuestro siglo, cerebral y civilizado. Busca descubrir los secretos femeninos, pero su mayor encanto y atractivo está en no llegar a descubrirlos por completo. Se rompería entonces el encanto. Más que los ojos, es el cerebro el que actúa. ¡Oh poder inefable y embrujador del misterio! Más que el deseo de lo desconocido y determinado, nos atrae y nos sugestiona en la vida lo que, ignorado, despierta en nosotros ensueños e ilusiones. La verdad desnuda es prosaica y antiartística. Cuando fantaseamos, nos convertimos en verdaderos genios, creando a nuestro capricho y gusto todas las cosas. Si pudiera radiografiarse el cerebro de un rascabucheador en momentos de trabajo artístico, se obtendrían las más bellas imágenes de mujer. En La isla de los pingüinos, encontramos una admirable demostración de cuanto venimos exponiendo, en la aventura que ocurrió cuando trataron de vestir a las pingüinas. La más fea, vestida, arrastraba tras sí a todos los pingüinos, jóvenes y viejos, porque dice Anatole France: «para que el interés y la belleza de esa pingüina les fuese plenamente revelado, fue necesario que dejando de verla claramente con los ojos, se la representaran en la imaginación».
 Entre nosotros el rascabucheo se cultiva en gran escala, practicándose por todos, chicos y grandes, jóvenes y ancianos. Pero no debemos considerar solamente el sujeto activo o rascabucheante, que es el hombre, sino también el sujeto pasivo o rascabucheado, que es la mujer. Ésta contribuye a su vez, de manera directa, al mayor auge y esplendor de este arte nobilísimo. ¿Cómo? Dejándose rascabuchear, contribuyendo, con su pasividad y tolerancia, a que los hombres puedan practicar estas artísticas aficiones. Otro factor importantísimo es la moda, que ha venido, con sus mil diabólicas y fascinadoras innovaciones, a dar más facilidad, más atractivos y más encantos a las que de por sí los tienen insuperables. Díganlo, si no, esas sayas cada día más torturantemente cortas que se usan en la actualidad, esas telas transparentes, esos encajes y calados...
 ¿En qué sitios se practica principalmente el rascabucheo?...
 En todas partes, aunque existen verdaderos centros artísticos. Voy a citar algunos de ellos:
 Hay en nuestras principales avenidas, tales como Obispo y San Rafael, sitios estratégicos, en los que en ciertas horas del día, al dar el sol de manera adecuada, produce maravillosos efectos de transparencia cuando pasan las bellas hijas de Eva en el diario recorrido de tiendas. En las esquinas de las calles; al subir a los tranvías; en los teatros, a la entrada y a la salida de la concurrencia; en la Acera del Louvre, por la noche, al bajar y subir de los automóviles, las damas que acuden al Telégrafo e Inglaterra; en las iglesias, a las horas de misa, los domingos, o los jueves en la visita del Santísimo... son estos lugares que frecuentan y ocasiones que buscan los fieles de esta nueva religión de la Belleza y de la Forma.
 Los balcones ofrecen, asimismo, ancho campo de experimentación. Las mujeres se colocan, tranquila y disimuladamente, como quien no quiere enterarse de lo que está sucediendo, y efectivamente, por debajo, pero mirando hacia el cielo, pasan los hombres, disimuladamente también, con una cara de inocencia y de ingenuidad que no les envidiaría una colegiala de El Corazón de Jesús. Hay muchas casas en las que los maridos o novios celosos y los padres de ideas atrasadas, han hecho colocar unas tablas feas, horrorosas. ¡Cuán pocas son las personas que saben comprender y sentir el arte!
 La casi totalidad del público que acude a la playa de Marianao, durante el verano, no va a tomar fresco ni a mitigar los rigores de la canícula, sino a contemplar a las encantadores bañistas. Y hay más de un señor muy respetable que se pasa las horas y las horas sumergido hasta el cuello en el agua, pescando lo que Dios o el Diablo se sirvan depararle. ¡Cuidado con los resfriados! En los baños del Vedado, durante la temporada, raro es el día que no se ven cruzar muy cerca de la costa, botes y lanchas tripuladas por amantes del divino arte. Entre las muchachas y señoras hay entonces carreras, zambullidas, sustos y hasta desmayos...
 En las casas cuyas azoteas dominan todas las colindantes, es costumbre poner sobre el muro un cajón con su correspondiente agujero, cajón que, por estar permanentemente colocado allí, no llama la atención de las vecinas, quienes, sin temor, se entregan en sus cuartos, con las ventanas y puertas abiertas, a hacerse la toilette. Mientras, resguardado y escondido tras el cajón, el rascabucheador toma cuantos bocetos desea de sus gratuitas e inocentes modelos.
 Hoy en día se ha llegado al extremo de proveer a muchos automóviles de potentes focos eléctricos, giratorios en todas direcciones, que situados en la parte delantera del carro, a un lado del cristal del parabrisas, permiten alumbrar, en las tinieblas de la noche, lo alto de los balcones, las ventanas o el interior de salas y cuartos. Son la industria y los inventos modernos puestos al servicio del arte.
 Infinidad de anécdotas, aventuras y sucedidos, realmente curiosos e interesantes, podría contar para hacer ver cómo se ha extendido y propagado entre nosotros el arte del rascabucheo; pero no dispongo de espacio suficiente. Me limitaré a citar un caso que publicó hace meses toda la prensa y que tuvo su epílogo en el Juzgado Correccional de la Primera Sección de esta capital.
 Cierta noche fue detenido un individuo de aspecto decente, a quien se le sorprendió mirando por las persianas de una casa de la calle del Tejadillo esquina a la de La Habana. Registrado por el vigilante de posta, se le ocuparon en los bolsillos del saco unos gemelos de teatro, un berbiquí y una barrena, instrumentos todos que utilizaba este artista para el mejor desempeño de su arte. Llevado al Prescinto de Policía, se contentó con sonreír maliciosamente a las preguntas que le hizo el oficial de guardia.
 El divino Pietro el Aretino no hubiera tenido, con seguridad, otro discípulo más aprovechado.

 Social, 4 de abril de 1923

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Pacificar al Tibet



  Pablo de la Torriente Brau

  Hablando y hablando se nos había hecho muy tarde. Los dos amantes seguían «haciendo un silencioso trabajo nocturno de alambradas» —según expresión de Hiliodomiro— y acaso todavía continúen en el mismo, pero nosotros tuvimos que separarnos, no sin que antes el Soldado Desconocido me invitara a pasarme un weekend en el Cementerio de Arlington para conocer el resto de sus aventuras. Yo cogí a lo largo de Riverside y él, como en una representación de Don Juan Tenorio, pero a la inversa, se fue introduciendo en el mármol del monumento, tan sutilmente como una neblina que se diluía.
 Y al primer weekend que tuve libre —que han sido todos los de mi estancia en este país— me fui hasta Washington, para visitar el Cementerio Nacional, pero, en el fondo, con la duda prendida de si, efectivamente, se me aparecería de nuevo el Soldado Desconocido.
Llegué, según me había indicado Hiliodomiro, al atardecer, a la hora en que se hace el último cambio de guardia hasta la madrugada, y cuando el soldado que había sido relevado se alejó, me acerqué a su relevo, quien me presentó el arma, y ante mi más profunda estupefacción, en un cómico español chapurreado, me dijo:
 —¡Carajo, Pablo, chico, Hiliodomiro te está esperando a ti!... —Y, con la misma, me dio un afectuoso palmetón en los hombros, como si me conociera. 
Inmediatamente, sin embargo, mi estupefacción cambió de motivo, cuando una tenue bruma se fue condensando alrededor del monumento, adquiriendo, a poco, ese aspecto lácteo y denso de las fotografías del ectoplasma. Poco después, todo cobró forma y voz y ya no me cupo duda ninguna de que Hiliodomiro del Sol, el Habanero, famoso parrandero de Santiago de Cuba, era el auténtico Soldado Desconocido de Arlington. De paso, comprobé que el espiritismo es una realidad y, al efecto, Hiliodomiro, con la videncia innata en los espíritus, según ya dije, me advirtió:
 —Ya ves. Soy una realidad. Soy, luego existo, como dice todavía mi amigo Renato... Descartes, quiero decir, sabes, pero nos tuteamos, porque le he caído bien ¡y de vez en cuando le gusta su toque de Bacardí! Y que no se te ocurra en tu libro hacer ninguna alusión despectiva al espiritismo, porque entonces le vas a quitar verosimilitud a todo esto y voy a tener que presentarme en todos los «centros» como Juan Bruno Zayas para dar fe de la realidad...
 Enseguida se puso a hablar, mitad en inglés mitad en español, con el soldado, que entre risas sacó de no sé dónde, una botella de ron Bacardí, y nos dimos un trago para entrar en calor, porque ya las nochecitas se estaban poniendo frescas.
 —Este —me dijo Hiliodomiro refiriéndose al soldado— es el gran cabrón... Nos llevamos muy bien y todas la noches o charlamos, o nos vamos de parranda por ahí, o se va él solo y así no tiene que estarse pasando el tiempo marcha que te marcha delante de este monumento estúpido y pesado... Yo tengo influencia bastante para que lo dejen siempre con este trabajo y así, aun cuando venga la guerra, pues se libra de ser un soldado desconocido, como yo, y verse obligado a estar de retén ad perpetuam, como dice Santo Tomás de Aquino, que es un coñón de mil demonios...
 »Porque no te quiero decir lo terrible que es estar fijo de posta en un solo lugar toda la vida... O toda la muerte, como tú quieras... ¡Tú no sabes las ganas que tengo de ir a pasarme unos carnavales a Santiago!... Pero me es por completo imposible... Las obligaciones de mi cargo me lo impiden en lo absoluto. ¡Y gracias que yo he sabido «trabajar» al tipo este y puedo pasar mis noches por ahí!...
 Mi silencio interrogativo fue suficiente para que Hiliodomiro comprendiera y se extendiese en las consideraciones necesarias.
 —Te voy a explicar —me dijo. No pienses que es una «botella» lo que tengo. Nosotros, los soldados desconocidos, tenemos un trabajo muy intenso que realizar.
 »Debes saber que, al principio, no hacíamos nada más que recibir honores; mas cuando se generalizó esta idea de honrar a los héroes anónimos, la avalancha fue tal que hubo que poner un poco de orden y hacer una especie de Liga de las Naciones lo suficientemente elástica para ir culipandeando entre tantas protestas y limar asperezas, como dicen todos los diplomáticos, vivos y muertos.
 »Como comprenderás, se formó un Consejo Supremo de la Liga, atendiendo a las categorías, y yo, como Soldado Desconocido de Arlington, entré a formar parte del mismo. Inmediatamente, surgieron las envidias y los insultos y los ataques. Los otros soldados desconocidos de este país rechazaron, indignados, la idea de que yo, un mulato, y cubano además, un spanish como ellos dicen despectivamente, fuese quien los representase. Pero yo me defendí con la elocuencia de un candidato a Senador, y a uno le dije: Si usted es judío ¿a qué viene a decirme que soy extranjero? A otro: Si usted es alemán y no yanqui, y, en realidad no ha sido más que un traidor, ¿a qué viene a combatirme? A otro más: Si usted es un italiano que debió irse a pelear tres años antes, ¿a qué viene a protestar?... Y así, uno por uno, fui rechazando soldados desconocidos americanos, húngaros, rusos, franceses, polacos y hasta finlandeses... Sólo quedaba uno que, por casualidad, era realmente americano, y para más señas, de Boston, graduado de Harvard y descendiente de los peregrinos del «Mayflower», pero el pobre era tan estúpido e hipócrita que como el día de la asamblea caía domingo, temía asistir a ella, para cumplir con las Leyes Azules de Massachusetts, y al fin fui acatado por la gran mayoría. Esto aparte, desde luego, de la declaración del Soldado Desconocido inglés, quien, pensando que, por no tener yo muchas simpatías por los yanquis, sería un buen aliado suyo en el Consejo de la Liga, afirmó que sólo me reconocería a mí, oído lo cual por los americanos y temiendo una nueva cuchufleta de Bernard Shaw, se apresuraron a ratificarme en el puesto.
 »Yo sólo te cuento lo mío, porque no me gusta chismear. Esto que te voy a contar es sólo para ti, desde luego... (El soldado de posta ya se había dormido, después del décimo trago.) Mira, lo que pasó conmigo, pasó con todos más o menos. Con el inglés no. Ese sí es inglés legítimo. Esa gente todo lo prevén y, por eso, aunque dicen que lo recogieron en Iprès, la realidad es que nunca estuvo en Francia, porque los encargados de hacer su selección, para no incurrir en errores, dirigidos por el Ministerio de la Guerra, enterraron antes a un miembro de la Cámara de los Lores, y a ese fue al que le hicieron los honores... Sí, porque ellos pensaban con muy buen juicio, que a la Guerra sólo habían mandado a toda la canalla de los barrios bajos de Londres, o a irlandeses que no podían ver a Inglaterra, o escoceses de quienes ellos se burlaban... Sin contar, claro está, a los indios y negros y canadienses y australianos, que bastante honor habían recibido ya con habérseles permitido morir por Inglaterra... En cuanto al soldado italiano, resultó ser un tirolés y el pobre, en realidad, no sabía si era italiano o austríaco, por lo que el soldado inglés lo rechazó enérgicamente y, contando con mi apoyo —no te negaré que entonces tenía yo mis prejuicios raciales— impuso a un negro de Trípoli que no podía ver a los italianos... El soldado francés resultó ser francés, pero por casualidad. Para comprobarlo, no hubo más que tocarle La Marsellesa, y aunque el pobre había sido un modesto y pacífico boticario de Lyon, apenas escuchó los acordes de La Marsellesa, su rostro se puso tan feroz que parecía un antiguo galo... No hubo duda ninguna... No te ocupes, para los franceses La Marsellesa es como para los cubanos La Chambelona o para los mejicanos La Cucaracha... En cuanto al soldado ruso, después de lo de Kerenski, se nos pasó a los bolcheviques y allá está en la Plaza Roja, en Moscú...
 »Pero no te he contado lo mejor. Lo que nos ocurrió con el soldado alemán. Esto sí fue fenomenal... Yo no sé, a esta gente con tantos cálculos y tantos estudios, siempre les coge la noche, igual que a nosotros los negros... Nosotros, no, qué carajo, que yo no soy negro... que estoy bien «adelantao»... Pues el caso fue, según hemos averiguado, que los alemanes, para perfeccionarle la obra a los ingleses, escogieron una comisión de antropólogos eminentísimos, que dictaminaron cuál era el arquetipo del alemán entre una montaña de huesos... Y verás lo cómico: escogiendo un cráneo aquí, una clavícula allá; un fémur en un lado y un hioides por otro, con un talento maravilloso completaron los quinientos y pico de huesos que tiene el esqueleto humano, según me ha contado mi amigo Ambrosio Paré, con tal precisión y exactitud milagrosa que todos correspondieron, efectivamente, a un sólo individuo, con sus mismas muelas, colmillos y dientes, inclusive uno que tenía medio picado... Es algo para pasmar a cualquiera, te lo aseguro. Puesto en su ataúd, «armado» como suele decirse, el hombre tenía seis pies, era calvo, robusto, barrigón (claro esto se desprendía de la configuración de las costillas, ¿tú entiendes, no?). En fin, ¡era tan alemán aquel esqueleto que parecía que estaba bebiendo cerveza!... Bien, pues lo enterraron y lo desenterraron de nuevo y entre músicas van y vienen, Deutschland uber Alles, estampidos de cañón, taconeos de infantería prusiana y coros de miles de voces, fue enterrado bajo el Arco de la Avenida de los Tilos, le encendieron su lamparita para todos los siglos venideros y a reposar se ha dicho, siempre bajo una montaña de rosas.
 »Pero, resultó, chico, lo inaudito, lo increíble, lo que debía ocurrirle a cualquiera menos a unos científicos alemanes... Resultó que el alemán reconstruido no era alemán... Y no sólo no era alemán, sino que era francés, francés del Rosellón, cerca de España, y que era un misionero pacifista, que la guerra le había sorprendido en París con el encargo de ir hasta el Tibet... 
 »Y sucedió lo natural. El hombre, francés y pacifista, al verse objeto de tantos homenajes en Berlín, casi al terminar la horrenda carnicería de la guerra, sufrió una conmoción tan terrible, se emocionó de tal manera ante semejante transformación de la especie humana, que loco acaso, delirante de alegría, salió de su tumba, abrazó al soldado alemán que lo custodiaba, y que quedó medio muerto de espanto, y se lanzó, sin conocer a Berlín y sin saber alemán, en busca del primer Centro Espiritista en que poder manifestarse, sin presentarse antes, como era su obligación, al Comité Central de Almas. Al fin lo encontró. Otros espíritus estaban hablando y se puso en fila para coger su turno. Él sólo entendía lo de «la France» que citaban tanto, y casi se derretía de amor por el pueblo alemán. Pero cuando él habló todo se desencadenó. Como era de esperarse, todos aquellos alemanes allí presentes, vivos y muertos, eran poliglotas y entendieron a la perfección sus confesiones. Confesó que era francés, misionero pacifista francés, que la guerra lo cogió en París y que no había tenido más remedio que matar a bayonetazos ni sabía cuántos boches; que, al fin, fue hecho prisionero y entonces, internado en un campamento de prisioneros en Alemania, había concebido el proyecto de fugarse, vistiéndose de soldado alemán, y huir, atravesando toda Polonia y Rusia, para comenzar en el Tibet la misión pacifista que se le había encargado y civilizar un poco aquellas gentes feroces... Confesó que ante su proyecto no pensó en dificultades y, venciendo escrúpulos, asesinó una noche al centinela para encasquetarse su uniforme, pasó a terreno libre y, como no sabía alemán, se fingió mudo. Por fin, cuando ya estaba a punto de dejar a Prusia para comenzar su odisea al Tibet, fue identificado y, previo al trato correspondiente, fusilado en el acto, dejándose para más tarde el Consejo de Guerra necesario. Su fusilamiento fue tan rápido que le dejaron el uniforme alemán, y así le echaron unas cuantas paletadas de tierra encima. Después, una tarde, pasando un convoy de artillería por los alrededores, hizo explosión una caja de dinamita, explotaron otras consecutivamente, y todos los huesos salieron a danzar... De entre todos los cementerios alemanes, por haber sido este el más protegido contra la barbarie, fue el escogido para seleccionar al alemán arquetipo, fuera o no soldado... Y, al ver los homenajes que después de su muerte se le rendían, a pesar de ser francés y a pesar de ser pacifista, no podía menos que dar las gracias...
 »Apenas pudo terminar su discurso. Bismarck, que estaba presente en espíritu, lo abofeteó; el conde Von Moltke, ordenó su fusilamiento inmediato por segunda vez; Federico el Grande soltó tres carajos, en alemán, por supuesto; Schopenhauer bufó contra todas las mujeres, causantes de todas las guerras desde Helena de Troya hasta la madre del Kaiser, por haberlo parido; Goethe con su orgullo de siempre se había negado a asistir a una reunión tan plebeya y vino a resolver el problema el Barón de Humboldt quien dijo, con docta palabra, que, ante todo, había que salvar a la ciencia alemana y que no se podía desacreditar la antropología alemana por un error tan enorme, por lo que la mejor solución era nacionalizar a aquel francés, porque, al cabo, él siempre había sido partidario de la unión universal... Su idea de salvar, ante todo, la ciencia alemana, prevaleció inmediatamente y el misionero pacifista francés fue naturalizado en Postdam, en Prusia, creo. Asimismo, se tomó el acuerdo de enviar a los antropólogos que habían hecho la selección, a realizar estudios por veinticinco años más a la Universidad de Jena...
 »Y, ahí tienes tú, por qué el Soldado inglés —concluyó Hiliodomiro— no puso reparos ningunos a este Soldado alemán, a pesar de ser francés, porque este, por ser pacifista en el fondo, si se consigue que no le toquen La Marsellesa, irá acostumbrándose a todo, y ni defenderá a Alemania, porque no le interesa, ni se ocupará de otra cosa que de su frustrada misión de pacificar al Tibet...


 fragmento II de Aventuras del soldado desconocido cubano. La Verónica, La Habana, 1940.
 

martes, 8 de diciembre de 2015

Ranfla moñuda





 Locución para significar en el juego, la jugada que gana a todos, cobrando todas las apuestas que hay en la mesa. Por extensión, hace ranfla moñuda el que gana todas las ventajas de un negocio, todas las posiciones en discusión, todo el dinero en caja, etc. La locución se nos resiste hasta ahora a todo intento de análisis etimológico. Indudablemente es anticuada y sobrevive por uno de tantos milagros de vitalidad idiomática. Parece que se deriva de manfla, concubina o prostituta, la cual puede, ciertamente, ser moñuda. Pero ¿por qué una ramera con mucho moño, ha venido a parar en tan afortunada Jugada? ¿Será arrambla (arrastrar con todo) y moñuda (de mérito, de copete)? A menos que sea un eufemismo para eludir una voz indecente de igual desinencia, como suele usarse moño, algunas veces, por Blasco Ibáñez y otros nada o menos literatos. Pudiera ser, porque rambla en América, según Toro y Gisbert, se ha trocado en ranfla. Y moñuda, o sea que tiene moña o moño, puede querer decir soberbia, sobresaliente, ya que moña en Colombia es orgullo, altivez; y moño es penacho, moños, darse tono, etc. El parentesco hampón de ambas locuciones no sé nos oculta; pero de ahí no pasamos.



  Fernando Ortiz, Catauro...