lunes, 6 de octubre de 2014

El médico de campo



 
 José Agustín Millán
       
                   Ab uno disce omnes.
                   Todos son iguales.
                   (Trad. libre)

  Sería preciso poseer la festiva pluma, la gracia y el satírico látigo del maligno escritor del tipo «El médico de campo», para bosquejar al médico en general y formar un cuadro tal que fuese digno de colocarse al lado de aquel bien trazado boceto, tan lleno de verdad y de animación, tan picante como chistoso. Pero ya que me faltan esas dotes esenciales en un escritor de costumbres, sirva de excusa a mi osadía el cariño que profeso a los discípulos de Hipócrates, a quienes algo debo, pues todavía estoy vivo y así mengua fuera y sobrada ingratitud el no dedicarles un artículo. Tomo, pues, la pluma, y después de encomendarme a la indulgencia de mis buenos amigos los médicos, y a la paciencia del benévolo lector, principium sermoni dabo... Ustedes han de perdonar si les hablo en latín, pero este latín lo entiende todo el mundo, incluso los médicos y los boticarios, que con medias palabras en latín se entienden a las mil maravillas.
 En nuestro país, esencialmente agrícola, en vez de cultivar las ciencias y las artes que tienden a perfeccionar la agricultura y llevarla al estado floreciente a que por la feracidad privilegiada de nuestros campos está llamada, encontramos más cómodo, más útil y sobre todo más noble dedicamos al estudio del derecho, al de la medicina, al de la farmacia, y particularmente al de la poesía, guiados sin duda por aquel conocido principio de que es preciso que todos vivamos, propios y extraños.
 Gracias a Dios, no nos faltan poetas, pues tenemos para surtir a toda la América y aun nos sobrarán para nuestras delicias.
 ¡¡Abogados!! No hay más que abrir la Guía de forasteros para pasar en revista la tremebunda cohorte que está encargada de cuidar de nuestros intereses, aunque sin dejar por eso de cuidar de los suyos, pues los abogados no, se han estado quemando las pestañas estudiando el Digesto para luego hacer escritos de guagua, cosa por demás indigesta.
 ¡¡Farmacéuticos!! Hay en cada calle dos o tres establecimientos piadosos, a cargo de estos profesores que prestan al público tanta utilidad como a sí propios. ¡Cuánto adornan la ciudad esas odoríferas oficinas, con cielorraso dorado, armatoste de caoba, pomos de loza fina, mostradores elegantes sobre los cuales campean enormes redomas de cristal de varios colores, a manera de instrumentos de magia, de física recreativa de algún jugador de cubiletes! Aquí se ven cajas misteriosas con sus correspondientes rótulos; allí urnas de cristal que contienen el imponderable aceite de alacrán o de lombrices o de otras sabandijas, toditas muy medicinales y sobre todo muy... caras. Más allá un pomo de vidrio que encierra nada menos que una hutía comiendo un hicaco; aquí una redoma que contiene un enorme majá en aguardiente; en fin, acá y acullá cuatro o cinco cajitas abiertas y a la disposición de los aficionados a las pastas pectorales, cuya virtud es tan notoria y cuyos resultados son tan poco nocivos (lo que no se puede decir de todos los remedios).
  ¡¡Médicos!! Cada día aumenta el número de los alumnos de Hipócrates, al paso que desaparecen los enfermos, tanto que si la cosa sigue así, a falta de, gentes a quienes administrar drogas y jarabes, tendrán que curarse a sí propios; los médicos o recíprocamente, lo cual creo que no harán jamás por motivos que ellos no ignoran.
 Sucede, pues, comúnmente, que a un hombre que tiene la fortuna de ser casado y que además es padre de dos hijos, lo cual es otra fortuna, viene la partera presurosa y con entusiasmo a anunciar que su esposa (del hombre) acaba de dar a luz un infante tamaño (aquí se esmera aquella profesora en señalar con ambos brazos). El recién papá, que, como dijimos, lo es ya de otros dos también robustos infantes, da gracias a Dios, a sí propio y a su mujer por el aumento de prole, y allá para su capote dice poco más o menos lo que sigue: «Ya tenemos en casa a un futuro abogado y a un aspirante a farmacéutico... pues, señor, este angelito que acaba de regalarme mi muy cara esposa será, será... médico: no hay remedio, o por mejor decir, tendremos quien nos dé remedios y con eso nos ahorraremos el pago de honorarios por escritos largos, los veinte reales fuertes por un simple jarabe simple y el consabido pesito, de la visita».
  En efecto, crece el niño, va a la escuela, es el mismo demonio, poco estudioso, travieso, en extremo aficionado a los dulces, a las pastillas y al orosuz. El papá deduce de todas estas cualidades que su hijo tiene grandes disposiciones para la medicina; y como no lo puede sufrir en casa, se lo manda entero y verdadero al maestro de escuela que ya lo tenía a medias, es decir, a medio pupilo.
 Pasan años. El niño ya no es niño, sino un muchachón, con pelo a la romántica, bigote y pera de chivo que mete miedo. «Entonces pasa a estudiar y todas a la vez, un sinnúmero de ciencias, de las cuales una sola bastaría para ocupar la vida entera de un hombre aplicado, pero que el alumno tiene que saber, porque todas, todas le han de servir, si no para curar a los enfermos, al menos para llegar a ser médico. Es de ver cómo por encanto aprende la botánica, la física, la química, la fisiología, la anatomía, la terapéutica, la... Señor... una infinidad de cosas más difíciles de mencionar que de aprender.
  Si, por desgracia, el alumno no tiene afición a la medicina y en vez de escuchar atentamente al catedrático, no asiste con puntualidad a las clases, prefiriendo ir a la inmediata confitería a refrescar, engulléndose para hacer boca media docena de pastelitos o chux à la crème y, a fin de hacer pasar todo eso, una copa de granizado de naranja o un vaso de agraz, o también si el enemigo le tienta se pone a jugar unas cuantas mesitas al billar... ¡ay!, ¡ay de los enfermos que cayeren algún día en las terribles manos de nuestro galeno! Por eso, cuando queremos dar un voto de confianza a algún médico a quien no conocemos y nos decidimos a encomendarle nuestro cuerpo y nuestra existencia, preguntamos con sobrados motivos: ¿Qué tal? ¿Era buen estudiante?
 El que no toma estos informes demuestra menos interés por sí propio que por las agencias funerarias, y convengamos en que los aficionados a la filantropía no pueden exigir tamaño sacrificio; y regla general: no hay cosa peor para los enfermos que tropezar con médicos que en vez de haber hecho estudios profundos en la divina ciencia, se hayan entretenido en hacer versos, en enamorar muchachas, poniendo a los papás en un continuo estado de... alarma, o en pasar su tiempo en los cafés, o en el tiro de pistola, o en el campo cazando pájaros... Todo esto es de fatal agüero para los pobres enfermos.
  Tan pronto como el bachiller en medicina recibe su diploma, busca la protección de algún médico de reputación, para que le acabe de enseñar lo que no sabe (por supuesto que hablo de lo que no sabe el bachiller) y le perfeccione en la humanitaria ciencia de curar. El médico protector franquea al modesto bachiller su biblioteca compuesta de cuantos libros sobre medicina se han escrito desde Hipócrates hasta nuestros días, es decir, de medio millón de gruesos volúmenes llenos de admirables teorías, lo cual prueba de un modo evidente lo mucho que han... sudado las prensas tipográficas.


 Si el médico director es partidario del sistema antiflogístico, no permitirá que lea su discípulo sino las obras en que se prueba de una manera que no deja la menor duda que desde que el mundo es mundo hasta la fecha, esto es, desde que no había médicos y cada quisquis se curaba como Dios le daba a entender, y morían las gentes ni más ni menos como ahora (aunque no en regla es muy cierto), el médico que no manda sacar sangre y no emplea (para los enfermos) las sanguijuelas y ventosas, no es digno de entrar en el gremio de la facultad. Non ets dignus intrare in docto corpore... siempre latines... de cocina, quiero decir, de medicina.
  Empapado el alumno en tan sabias doctrinas, jura, cual otro Aníbal, puesta la mano sobre un tomo de Broussais, odio implacable a todos los sistemas curativos pasados, presentes y futuros, y desde luego profesa a las sanguijuelas un cariño digno de mejores bichos. Hace además firme propósito de no recetar sino aquellos remedios que señala la terapéutica como debilitantes, extenuantes y que tienden precisa y directamente a desahogar al doliente de cuanta sangre tenga en el cuerpo para luego tener el gusto de írsela renovando (si es que escapa el enfermo) a merced de limonadas, suero, leche, huevos pasados por agua y cuando mucho sopas de gato. La irritación... he aquí el enemigo; he aquí el duende o sea coco que hay que combatir. Aquel joven alumno, por lo demás de buena índole y aun amable, no sueña sino con las sangrías, las sanguijuelas, las ventosas y no habla en todas partes más que de las irritaciones, de las sopas de gato, de los baños calientes, de aneurismas, de agua helada, de belladona, de gastroenteritis, cefalalgias, colitis, peritonitis, atrofias, etc.
  Hasta en su misma casa viene a ser el terror de su familia, queriendo curar a los buenos y sanos, para probar la eficacia de su sistema; pero como quiera que todo el mundo le zafa el cuerpo, ya es un inocente perro, ya un apacible gato, ora una incauta cotorra, ora un robusto cochino los que experimentan, con notoria desgracia, los admirables resultados de su método.
  Si el médico director protector es humorista, es preciso entonces declarar guerra a muerte a las sangrías, a las sanguijuelas, a los calmantes, al agua fría, al agua caliente, a las limonadas, a los baños, a los jarabes, a las pastas, a las tisanas y en general a toditas las drogas de la botica. No hay más que penetrarse de que nuestro cuerpo, objeto de la vanidad humana, es pura... o mejor dicho, impura corrupción y basura; y así es fuerza limpiarlo constantemente ni más ni menos que nuestra casa, que aseamos todos los días con la escoba. Y ¿cómo? Con purgantes y vomitivos, con ambas cosas a la vez, o al menos alternando sucesivamente hasta que quede el cuerpo limpio como una patena.
 Es de advertirse (entre paréntesis) que este sistema tiene pocos partidarios entre los discípulos de Hipócrates, sin duda desde que los enfermos se han convencido que para zamparse dos o tres cucharadas de Le Roy no se necesita llamar a ningún médico.
 Si el caballero médico director es partidario del sistema de Raspail, hablará en estos términos al joven alumno: «Todos los achaques desagradables que afligen a la humanidad provienen de una multitud de bichos o gusanos enemigos del orden y de la tranquilidad del hombre, que han dado en la gracia de andarse paseando por nuestro cuerpo con la misma libertad que si estuviesen en su casa. Conviene, pues, desalojarlos... pero ¿cómo?, dirás tú, oh joven alumno, ¿cómo?, ¿por medio del alcanfor? No acierto a comprender cómo hasta la fecha no habíamos dado con ese remedio universal que es el único que cura todas las enfermedades. Muchos individuos ignorantes (sin ser médicos) conocían, hace siglos, la notoria eficacia del alcanfor para destruir la polilla y otros insectos que se alojan en las gavetas de una cómoda o en los escaparates; pero estaba reservado a Raspail el honor de hacernos conocer que el alcanfor y sus compuestos mata a los insectos doquiera que se les pueda pillar. Viva, pues, tan admirable remedio, que, además, tiene un olor muy agradable pora el que le guste.
 Et sic de cæteris... es decir, que de los sistemas curativos adoptados por los médicos directores, resulta lo mismo. Cada cual pondera el suyo y asegura que el de su cofrade no sirve para maldita la cosa. Yo creo que todos tienen razón.


 El bachiller, dócil a los consejos de su director, acompaña a éste en todas sus visitas y aun en sus ausencias y enfermedades le sustituye, no apartándose ni un ápice de las doctrinas que le inculcara su sabio maestro. Esto lo alienta y aun se permite in ocultis curar por sí y ante sí a algún enfermo, pero esto es muy raro y si lo hace es... sin ejemplar.
 Guiado por las máximas y el ejemplo de su maestro, muda de costumbres, de carácter y aun de fisonomía. Se vuelve serio, gasta poca conversación, tiene trazas de estar siempre meditando acerca de las innumerables enfermedades que afligen a la humanidad y de buscar remedios para curarlas. De un abogado vivo y hablador, dirán las gentes, cuando mucho, que es travieso y de ardiente imaginación y por supuesto muy propio para hacerse cargo de un pleito por desesperado que sea; de un médico locuaz, de genio alegre y que camine de prisa, dirá el vulgo: «es un loco; no le llamaré por cierto, sí tengo la desgracia de caer enfermo». Esto lo saben los médicos y por tanto se dominan, hablan poco, caminan con paso grave y su semblante revela, al parecer, como diría un escribano, los afanes y desvelos; y aun muchos gastan espejuelos a pesar de tener una vista de lince. Muy rara vez se permite el médico ciertas diversiones inocentes como los teatros y las sociedades filarmónicas, pues se lo impide el constante e ingrato estudio de la ciencia que profesa. Además, ¿qué opinión formaría el público de un hombre cuya vida pertenece a los enfermos, si le viesen todas las noches en el teatro? Haciéndole sobrado favor, dirían las gentes que no tiene aquel médico enfermos a quienes visitar o que no tiene amor a la carrera. El médico no debe tampoco ir a los bailes. El médico no baila: esto es indigno de su carácter, de su indispensable gravedad.
  En fin, ya nuestro bachiller es médico: ya vuela con sus propias alas, por su cuenta y... entonces, merced a algún complaciente localista que anda a caza de noticias con que llenar la sección que está a su cargo, puede leer cualquiera el párrafo siguiente: «Grado. -Tenemos el gusto de anunciar a nuestros lectores que anteayer, previo un riguroso y lucidísimo examen, recibió el grado de licenciado en medicina el aplicado joven don Luis Serato y Miel Rosada, a quien felicitamos cordialmente deseándole el mejor éxito en su noble y ardua carrera. Vive...» (aquí las señas).
 El primer cuidado de nuestro tipo es proporcionarse, a costa de los primeros enfermos que caen bajo sus manos, una volante o quitrín flamante, con buenos arreos, robusto caballo y rechoncho calesero. Este aparato que nada tiene que ver con la ciencia médica, es indispensable. El médico que visitase a pie, se daría todas las trazas de un corredor vendiendo granos de café o muestras de azúcar. La volante indica el gran número de enfermos; los arreos de plata anuncian la comodidad y lujo con que vive el médico que todo o debe a sus admirables aciertos; en cuanto al rechoncho calesero y al robusto caballo, son las pruebas vivas y palpables de que en casa del facultativo todos están gordos, buenos y sanos que da gusto, desde el amo hasta el caballo, y cuenta que este último no cesa de trabajar todo el santo día, otra señal inequívoca de que el médico no puede con sus enfermos, es decir, no puede dar abasto con los dolientes aunque no tenga todavía ninguno. Con efecto, en todas las carreras hay que pasar lo que vulgarmente se llama el año de noviciado, máxime en la de medicina en que pululan los médicos.
  ¿Veis aquel hombre que va en un quitrín, con un libro o folleto en la mano, absorto, al parecer, en la lectura de algún nuevo remedio para curar la hidrofobia, vulgo rabia? ¿Adónde se dirige? Ni él mismo lo sabe. Lo esencial es que el público, naturalmente curioso, llegue a saber que allí va el doctor tal. Lo esencial, pues, es darse a conocer, porque nadie puede curarse con médicos desconocidos. Esto lo saben los médicos y por eso inventan mil ingeniosos arbitrios para adquirir reputación y crédito.
  Ya es un comunicado suscrito por un amigo que estuvo agonizando, pataleando que metía miedo, con los preparativos hechos y el lío debajo del brazo para irse al otro mundo, avisada la agencia funeraria y ajustado el entierro de segunda clase, cuando... ¡oh asombro!, vino a habérselas con la inexorable parca el joven licenciado don Mamerto Mosca y en menos de quince días arrebató su presa a la diosa muerte, restituyendo a la vida al comunicante, que, en cuanto saltó de la cama, se apresuró a rendir el debido homenaje de gratitud a su joven salvador que vive en la calle de... tal... número...
 Ya es un soneto remitido y suscrito por una señora a quien el joven doctor don Ventura Bisturí practicó la difícil operación de extraer siete golondrinos que no la dejaban dormir hacía la friolera de nueve meses. Dice así el soneto, que es a fe tan bueno como los muchos que se publican todos los días en los periódicos:


Presa de horrendo mal, la sepultura
ante mis pasos débiles se abría;
de Galeno a la ciencia resistía
mi perenne opresora calentura.

Hice del testamento la escritura
y de mis hijos ya me despedía,
cuando acercóse en venturoso día
a examinarme el sabio don Ventura.

Aunque la fama le nombraba experto,
su remedio acepté sin esperanza;
porque ese don de levantar a un muerto
sólo al Dios de los orbes se le alcanza.
¡Me levantó en seis horas el bendito!
Y estas gracias le ofrezco por escrito.

 Como quiera que, según ya hemos dicho, pululan los vates en esta feraz tierra de Cuba, le es sumamente fácil a un médico que quiere darse a conocer, granjearse la amistad de algún poeta complaciente que le obsequie el día de su santo con un par de sonetitos por el estilo del anterior y en los que asegura que el tal doctor es por lo bajo un Dupuytren, un Corvisart, un Magendie, un Valpeau, etc, etc.
  Ya es un anuncio pomposo redactado por el mismo facultativo en que participa a sus amigos y al público (cuya amistad anhela también) que por un método sumamente sencillo, fruto de una larga práctica y constante observación, cura todas las enfermedades conocidas y por conocer, endereza jorobas de nacimiento, vuelve la vista a los ciegos, compone brazos y piernas que es un primor, bate las cataratas en un abrir y cerrar de ojos, facilita la salida de los fetos sin dolor ni lesión; posee el secreto para que las mujeres morosas tengan al fin el dulce consuelo de dar a luz media docena de muchachos robustos, etc, etc. A los insolventes se les cura de oficio o séase de guagua.
  Al día siguiente se llena la casa de nuestro galeno de una legión de ciegos, de paralíticos, de jorobados, de cojos, de tuertos, de mancos, de negras viejas, de chinos que dan compasión.
 Otro de los ingeniosos medios para adquirir crédito es la invención de algún jarabe especial para poner el hígado como nuevo; o de alguna pasta maravillosa para los catarros que se pronuncian en los pulmones; o de algunas píldoras que limpian la masa de la sangre mejor que con una escoba; o de algún ungüento prodigioso que es lo que hay para las almorranas y la sangre de espaldas. El caso es ver su nombre en letras de molde.
 Cuando el médico va a visitar a un enfermo por primera vez tiene sumo esmero en su toilette, engalanándose con la mejor casaca y luciendo en la bien planchada pechera de su camisa un hermoso alfiler de brillantes. Entra en la casa, por supuesto armado del consabido bastón con borlas, con suma gravedad y circunspección, si bien deja asomar en sus labios dulce sonrisa como prueba de su amabilidad y también para tranquilizar en cierto modo el pánico terror que infunde siempre en una casa la presencia de un médico. Se acerca al doliente y, al mismo tiempo que le toma el pulso, echa una mirada distraída a la mujer del paciente y si éste es rico, lo cual se conoce por el aparato y lujo con que está adornada la casa, suele entonces sacar el reloj, frunce las cejas, se muerde los labios, vuelve a tomar el pulso con la diferencia de que la mano que toma ahora es la derecha y antes era la izquierda.


 La esposa. - ¿Qué opina usted, señor doctor?
 El doctor (guiñando el ojo a la esposa). - Esto no será nada... nada... cuando usted me mandó a avisar, estaba yo en una junta... aún es tiempo de combatir la enfermedad...
 La esposa. -Mi marido es muy aprensivo. Yo creo que lo que él tiene es un fuerte catarro...
 El doctor (sonriéndose). - No es mal catarro, señora mía... algo más..., pero.
 El doliente (asustado). - ¿Estoy de peligro, doctor? (a la esposa) ¡No te lo dije, Chona mía, no te lo dije!...
 El doctor. - Ánimo, ánimo... voy a recetar un jarabe... procure usted sudar, a bien que agregaré una bebidita que... hasta la noche...
 (El doctor saluda al enfermo y pasa a la sala seguido de la señora.)
 La esposa. - Puede usted, doctor, hablar con franqueza... ¿Es cierto que...?
 El doctor. - Mucho temo una reacción, señora mía, porque en estos catarros pulmonares no parece sino que la enfermedad quiere jugar con nosotros al escondite. El cerebro está amagado... ¿Me hace usted el favor de darme papel y... ¡ah!, ya sabe usted que debe mandar a la botica del licenciado Pildorín. Es hombre de conciencia, aunque llevar por sus drogas más caro que sus cofrades..., pero él no vende gato por liebre (receta). ¡Ay!, señora, los enfermos no nos dejan vivir y, sin embargo, no faltan gentes que digan que somos nosotros los médicos los que no dejamos... ¡Bah! Mire usted... tengo que ir ahora a ver a la marquesa de... y luego al conde de... y antes de ir a comer estoy citado para una junta en casa de doña Sinforosa Clito, que está con un histérico de muerte. ¡Ah!, señora... ¡qué ingrata carrera es la nuestra! A los pies de usted.
 Como el doliente no tiene sino una mera fluxión, se pone bueno, pero, como es rico, se pone bueno lo más tarde que puede... el doctor que ha tomado tanto cariño al enfermo que quisiera verle toda su vida dos o tres veces al día.
 Si a pesar de sus esfuerzos para alcanzar reputación y crédito no logra nuestro tipo que el público lea los comunicados, los sonetos ni los anuncios, entonces muda de... sistema y deserta las antiguas y venerandas banderas de la alopatía, pasando a ser un furibundo y entusiasta partidario de la homeopatía, cuyas maravillas proclama, confesando que hasta la fecha todos los médicos (incluso él) han sido unos bolos administrando brebajes, tisanas más o menos repugnantes, enormes píldoras, panaceas, etc, y haciéndose los suecos a la voz de Hannemann, el sapientísimo inventor de los globulitos y de las dosis casi invisibles.
 Si esto no basta, se declara defensor del admirable sistema del agua fría, o séase hidropatía, que cura todas las enfermedades como por encanto. Este método, en efecto, es una de los más prodigiosos de este siglo. Cuéntase que uno de los establecimientos hidropáticos de Berlín fue acometido un hombre de un cólico desenfrenado. El médico le mandó que se echara al agua. Hízolo así el doliente y... ¡oh asombro!, antes estaba con el cuerpo doblado bajo el peso del más violento dolor..., pues bien, le sacaron del baño tieso... como una tranca.
  Sin embargo, la experiencia ha demostrado que el más eficaz arbitrio que puede adoptar un médico que anhela fama y sobre todo dinero, es el de viajar a luengas tierras y al cabo de dos o tres años volver a su patria. Si trae de allende instrumentos, libros primorosamente encuadernados, botiquines completos, etc, si nos puede probar, a fuerza de repetirlo, que ha sido comensal del celebérrimo doctor tal y amigo del sapientísimo doctor cual; si a esto se agrega que chapurrea el alemán, el inglés y el francés; si, finalmente, celebra con entusiasmo todo lo que vio o no vio del otro lado del golfo, entonces es seguro su triunfo. Bueno es también que traiga de allá algún específico universal de prodigiosos resultados, algún elixir, o Rob, o panacea, o cuando menos algún ungüento para los callos.
  Nuestro héroe deberá hacerse de rogar para ir a visitar a los enfermos; llegará el último a las juntas, hablando en ellas de todo menos de medicina y adhiriéndose siempre a la opinión del médico de cabecera, única persona que se permite ocuparse allí de la salud del pobre enfermo.
 Debe cuidar también nuestro tipo de cultivar la amistad de uno o dos farmacéuticos a quienes protegerá y cuya pulcritud, conciencia, habilidad y esmero ponderará en todas partes. A su vez agradecidos aquellos boticarios hablarán acerca de nuestro médico con tanto entusiasmo y tantos elogios, que a fe, a fe que le entrarán deseos a cualquiera de caer enfermo para tener el gusto de ser curado por tan famoso doctor.
  Cuenta el chistoso autor de la fisiología del médico, que la invención del sistema hidropático se debe a los enojos de un vengativo doctor en medicina a quien negó la mano de su hija un boticario que había tenido la habilidad de transformar en buenas y sonantes onzas de oro cuatrocientas tinajas de agua de chicorea o de borrajas. ¡Tantæne animis doctoribus iræ!
 Tanto a los caballeros médicos como a los señores farmacéuticos les conviene, pues, vivir en santa paz y armonía, ni más ni menos que a los jueces con los escribanos y a los escribanos con los oficiales de causas; todo en obsequio de sus intereses como en los del público... que es el que, al fin y al postre, paga las costas.
 No pocas veces acontece (y esto, sea dicho de paso, tiene lugar en todos los países civilizados, esto es, donde hay muchos médicos) que la Discordia, con su infernal aliento, infunde en los discípulos de Hipócrates el espíritu de cábala, de rivalidad y de odio recíproco y sacude sobre ellos su horrible cabellera erizada de venenosas serpientes. Aquí fue Troya. El alópata, el hidrópata, el raspalista, el brownista, el rasorista, el broussista, el homeópata, el humorista, etc, como perros y gatos, viven en continua lucha, obsequiándose mutuamente con mandobles a diestro y siniestro, cada cual en defensa de su sistema, tratándose de una ciencia tan oscura, que el más lince camina a tientas, dando palos de ciego a todo bicho viviente, eso sí, con las mejores intenciones. Ibant obscurí sola sub nocte per umbras.
  Ahora bien. ¿A quiénes constituyen por jueces en tan intrincada contienda? Al público. ¡Ojalá pudiera éste dirimir con acierto la discordia y saber en tan peliagudo juego con qué cartas gana y con qué cartas pierde.
 Una vez adquirida la reputación que tanto ha anhelado, nuestro héroe puede prometerse un porvenir halagüeño y una vida llena de placeres, si bien no pocas veces se ven turbados éstos por las visitas que tienen que hacer a sus numerosos enfermos, pero aun esto acrecienta su nombradía y, por supuesto, su peculio. Tiene nuestro doctor entre sus clientes a dos que están ya, como si dijéramos, cada cual con el pie derecho en la sepultura y el izquierdo asido por nuestro galeno. Éste se halla en el teatro oyendo, verbi gratia, la deliciosa cavatina de Elvira en el Hernani. Llega, súbitamente y jadeando, un caballero, recorre con la vista la inmensa platea del coliseo, ve a nuestro doctor, se acerca a él y le dice al oído: doctor, el enfermo está delirando... por Dios... venga usted un momento... un minuto... ahí está el carruaje.
 -Bravo, bravo... -grita el filarmónico doctor aplaudiendo...
 -Por Dios, doctor...
 -Bravísimo... (al caballero). Voy... voy... después del dúo... Mientras tanto, puede usted mandar en mi nombre que le apliquen al enfermo sinapismos volantes y ladrillos... y... (a un filarmónico). Qué bien ha cantado esta noche la prima donna... sobre todo el trino... (al caballero). Vaya usted... ¡ah!... que vayan a la botica y que pidan un cáustico del tamaño de mi mano... Y dos docenas de sanguijuelas...
 En esto llega otro caballero con la misma pretensión.
 -Doctor, se nos va, se nos va... desde la última sangría está peor...
 -Que le den otra... eso no es nada... yo pasaré a verla dentro de una hora.
 -Doctor de mi alma... venga usted, se lo pido por aquel angelito barrigón, hijo de usted.
 Aunque poco sensible en general, por el caro nombre invocado, accede nuestro galeno a seguir, no sin visible disgusto, al importuno caballero.
 -Ahí va el doctor Yodo -dicen algunos concurrentes-. ¡Cáspita! y ¡qué de enfermos tiene! No le dejan gozar de la ópera.
 -¡Oh! -exclama otro -, pronto volverá... con una receta más... ya está, el enfermo del otro lado. ¡Parece increíble!
 Los médicos y los abogados tienen ciertos puntos de semejanza tanto más notables, cuanto que por otra parte se diferencian en el genio y costumbres. Ya hemos dicho que los abogados, generalmente, son vivos y locuaces, al revés de los médicos que son graves y taciturnos, sin embargo de que hay alguno que otro que no deja meter baza en su casa ni a la cotorra... ¿qué digo?... ni a su cara costilla, que creo es cuanto hay que decir. Ahora bien, veamos cuáles son las circunstancias que constituyen esa semejanza de que hablamos.
 Supongamos que va a consultar a un abogado un proletario, vulgo, insolvente, para que le defienda un pleito que trata de entablar contra un individuo que le diera una bofetada.
  -¡Cómo!, ¡han dado a usted una bofetada! Ésa es cosa seria, amigo mío: ¡un pleito criminal!... Cuénteme usted el suceso, ¿Quién fue el agresor audaz que... torne usted asiento. A propósito, supongo que está usted resuelto a llevar las cosas hasta el último extremo. Bien hecho. ¡Una bofetada! ¿Sabe usted lo que es una bofetada?... a bien que debe usted saberlo...; se me olvidaba que..., pues, señor... tendrá usted la bondad de expensarme... para el papel sellado, firmas, poder, etc, etc, etc. Presumo que usted no es insolvente...
  -¡Ah!, doctorcito de mi corazón... ¡ojalá no lo fuera, pero tengo...!
  -Veamos, veamos lo que usted tiene...
 -Tengo una porción de testigos que asegurarán que no poseo ni un chico...
  -¡Ay, ay! (aparte). ¡Malo! (alto). Ya esto muda de aspecto, amigo mío. Para meterse a litigante..., sobre todo en materia criminal, es preciso tener siquiera para los gastos indispensables...; todo, por supuesto, a reserva de reintegrarse luego... pues, sí señor... bien mirado el negocio... una bofetada no pasa de ser así... una... bofetada que... al fin... eso no es nada... quizás en un momento de exaltación... las circunstancias atenuantes... la... el... los... las... Si usted supiera cuántas bofetadas se han dado y aún se dan por ahí por gentes groseras y villanas. Lo mejor es abandonar eso a un desdeñoso olvido... créame usted... Conque... que usted lo pase bien... estoy muy atareado.
  Trasladémonos ahora, benévolo lector, a la morada de uno de esos doctores de fama y de crédito que tanto abundan.
  -Señor doctor, estoy, hace más de un año, padeciendo unos dolores reumáticos que me dan muy malos ratos...
 -Caballero, me alegro...
 -¡Cómo!
 -Por supuesto. Me alegro mucho de que se proporcione nueva ocasión de experimentar los prodigiosos efectos de un remedio que he inventado para los reumatismos y aun para la gota. Es un regenerador universal de la sangre, compuesto de vegetales, y con el cual he tenido el gusto de curar a más de trescientos gotosos. Cada botella cuesta doce pesos..., pero crea usted que el precio es sumamente módico, atendida la sin igual calidad de los ingredientes de que se compone mi regenerador. Con veinte y cuatro botellas tiene usted bastante para limpiar la masa de la sangre de las impurezas que en su curso lleva. ¡El reumatismo!... cuidado con esto... si usted quiere, enseñaré a usted... una botella...
 -El caso es, señor doctor, que yo soy un pobre... Y no digo veinte y cuatro botellas, pero ni aun una cucharada de ese regenerador puedo costear...
 -¡Ah!, pues entonces, caballero, tome usted baños de mar... y... eso no es nada... el reumatismo molesta, pero no es peligroso... Usted disimulará; voy a ver a doce o trece enfermos de gravedad... así es que...
  -Pero, doctor...
  -Que usted se mejore...
  Inútil es decir que si los dolientes y los litigantes son ricos, los diálogos son más largos y, sobre todo, más interesantes para... los médicos y para los, abogados.
 Hasta ahora hemos descrito un tipo cuya vida, carácter y hábitos guardan, casi, casi, una identidad notable con todos los de su clase en el orbe entero, pero recordará el benévolo lector que hemos salvado en el prospecto de la presente obra ese inconveniente prometiendo amoldar ciertos tipos generales, de la sociedad a las costumbres de la nuestra en particular. Con efecto, el médico en todas partes es médico y a fe que es carrera la de los dichosos hijos, de Hipócrates que se halla más al abrigo de las vicisitudes de la suerte y de los azarosos vaivenes de las revoluciones. En todos los países hay enfermos... Y de consiguiente se necesitan médicos, aunque sean originarios del Celeste Imperio; prueba de ello es el ínclito y nunca olvidado Zanzí, que, sin saber más que decir dos pesus se llevó a su tierra 30.000 pesos, fruto de su talento.. ¡Talento! Sí, señor... que talento es, y muy real y efectivo, el ganar en menos, de un año esa no tan despreciable suma, máxime en un país donde abundan médicos sapientísimos que saben el latín, el griego, todas las lenguas modernas... pero que, desgraciadamente, ignoran el chino.
 Fuerza es confesar, empero, que nuestros médicos en general son estudiosos, desinteresados y humanos. Los hay, y no pocos, de ciencia y conciencia, si bien otros, adoptando, con más entusiasmo que reflexión los últimos sistemas médicos, cual el elegante que se cree obligado a vestirse a la dernière mode, llegan a inspirar no sólo poca confianza a los enfermos, sino que ellos mismos, caminando de continuo en las tinieblas de la duda, concluyen por no creer en nada. Mas diré, y esto en obsequio de los médicos cubanos, éstos no, saben ser charlatanes... digo y teniendo a tantos cofrades que en esto de embaucar al prójimo pueden servirles de modelos, pues, si bien es cierto que han visitado nuestras hospitalarias playas algunos doctores en medicina y cirugía dotados de verdadero e innegable mérito, en cambio no pocos enfermos incautos han sido víctimas de su espíritu de novelería por haber encomendado su salud a Dulcamaras tan ignorantes como imprudentes.
 Concluiremos este mal trazado tipo repitiendo lo que pregona la fama con respecto a nuestros benditos hijos de Hipócrates. Dicen que son muy enamorados... no sólo los jóvenes, sino los viejos... (éstos en mi concepto son más, peligrosos), pero... prescindiendo de que el amor es la pasión más noble del hombre... y, por supuesto, también de la mujer... el clima... la ocasión... el ahínco laudable de estudiar a fondo las infinitas maravillas de la naturaleza. Además, la carrera es ingrata y el camino por donde transita el médico no ha de verse siempre cubierto con funerales cipreses y justo es que alguna que otra flor le consuele en su triste y penosa peregrinación por el mundo, donde hay tantos farsantes... como los médicos no ignoran.


 Los cubanos pintados por sí mismos, edición de lujo ilustrada por Landaluze, con grabados de José Robles, 1852,  tomo 1, 1852. 

sábado, 4 de octubre de 2014

Un médico de campo



 
 
 José María de Cárdenas Rodríguez                                                                               

Yo receto todo cuanto me da gana
... Es ventaja de un médico ser ligero
de manos, caiga el que caiga:
porque un hombre se acredita,
los parientes no se agravian,
el boticario se alegra,
y el muerto no habla palabra.

 Don Ramón de la Cruz
             
                                                                         
     -Don Jeremías.
     -Amigo editor.
     -¿No cree usted que saldría un bonito artículo de un médico de campo? Bonitos artículos salen de los médicos de todas partes; pero hay el inconveniente de que puedo enfermar mañana, y me pongan los médicos, por haber escrito los tales artículos, in articulo mortis, lo cual no es muy agradable. Todo lo más que puedo hacer, supuesto que quiere usted tener una idea del que recorre nuestros campos, es darle ciertas apuntaciones, escritas nada menos que por un individuo de la profesión, grande amigo mío, y que con declarar que se Rama don Desiderio Tumbavivos, no tengo más que decir para encarecerlo, y para que usted y todos vean si es o no es persona digna de fe. Puede usted disponer de estas apuntaciones como mejor le cuadre; aunque sea poniéndolas en letras de molde; y yo salvo mi responsabilidad, pues si algo hay en ellas que no agrade a un hijo de Esculapio, allá se entienda con otro hijo de Esculapio que las escribió de su puño y letra. Además, si me decido a entregar a usted el manuscrito en cuestión, es porque se deduce de él que un médico de campo es propio para figurar en un artículo de costumbres, no tanto porque él se empeña en ello, cuanto porque a la fuerza hacen que lo parezca las gentes a quienes ha ido a dedicar sus servicios. Y esto es todo lo que diría yo mismo si fuera a disculparme de tomarlo por sujeto de mis pobres observaciones. Así pues, haga usted de los papeles lo que le plazca.
  «-Luego que recibí mi título de licenciado y pude parapetado con él salir con mi cara lucia a hacer lo que indica mi apellido Tumbavivos, creí que lloverían los enfermos sobre mí, o con más exactitud, que llovería yo sobre ellos. Pero pasaron días y días sin que un cristiano me llamase, por lo que imaginé dos cosas: o que el pueblo se había asustado con la noticia de haber un médico nuevo, y no enfermaba nadie, temeroso de caer en sus manos, o que mis cofrades más antiguos habían monopolizado todos los faltos de salud; fuese cualquiera de ambas cosas (y yo me inclinaba a adoptar las dos), lo cierto es que por mi casa aún no se habían tañido las campanas, y eso que no me faltaban conocimientos ni práctica de hospitales. Bien es verdad que a los que mueren en éstos no se les dobla.
   »Ello, consideraba yo ser muy triste haber pasado parte de mi florida edad yendo diariamente a las aulas a divertirme con mis compañeros, a arrojarles migajones de pan, y a oír lecciones que las más de las veces no comprendía, todo por obtener después de tantos afanes una profesión, y que ésta me viniese a fallar. Conque viendo que la ciudad no era para mí, decidíme yo a ser del campo.
   »Salí, pues, un día de mi casa, no a hacer aquella obra que en todos, menos en el médico, es obra de caridad: la de visitar los enfermos. Yo no los tenía, y cuando el médico no tiene enfermos, fuera mucho exigirle que los visitase. Iba a verme con un señor amo de ingenio, gordo y sano, que necesitaba un facultativo en su finca, y a quien se me había recomendado.
  »Pocos días después ya estaba yo en el ingenio Concurso, de la propiedad de dos Próspero Débito, y ubicado en uno de los mejores y más ricos partidos de esta jurisdicción. Tuve mi sueldo, la comida y una criada a mi disposición, que era en una pieza lavandera, cocinera, costurera, y cuanto yo más quería. Dejóseme además en libertad de igualarme en las fincas cercanas, y acudir adonde me llamasen. Instalado en la habitación que se me destinó, lo primero que hice fue colocar contra la pared cuatro o seis listones de tabla a guisa de anaqueles, para plantar en ellos mi biblioteca, compuesta de las pocas, pero clásicas obras que a continuación se expresan. Patología de Roche y Sanson, La Religiosa, Formulario de recetas; tomos segundo y cuarto del Gil Blas de Santillana, Fisiología de Richerand, Poesías de Iglesias, y un Tratado de botánica aplicada a la medicina. Con ayuda de tan buenos libros, era poco menos que imposible verme perplejo, aun cuando se me presentara un caso de enfermedad más nuevo y extraño que los que se ven en el tomo de cartas inventadas y publicadas por Le Roy, o en los «atestados» donde vienen envueltos los pomos de zarzaparrilla, las cajas de píldoras de Morison o Brandreth, y otros medicamentos.
  »Pasaré por alto cómo los primeros días de mi permanencia en la finca, teniendo poco que hacer, me di a coger mariposas, de lo que no me avergüenzo, cuando recuerdo que todo un emperador romano se entretenía en cazar moscas, y eso que no estaría tan desocupado como yo. Tampoco quiero hacer mérito de las terribles exigencias del mayoral, quien al anunciarme haber un nuevo enfermo me decía: «Fulano ha caído malo, póngalo usted bueno pronto, que me hace falta», como si estuviese en el médico curar en un tiempo dado, aunque algunos lo han querido hacer creer. O cuando me echaba fuera a los convalecientes, o cuando se tomaba la libertad de aplicar otros medicamentos que los prescritos por mí.
  »Cuando vino don Próspero a visitar su finca, preguntó a este mal hombre que tal lo hacía el licenciado Tumbavivos. -Los tumba, señor -respondió él-: este año hemos tenido más muertos que el pasado-. Afortunadamente, mejor informado el amo, supo que de cinco descendientes de Cham, que habían sido enterrados, los tres debían su muerte a accidentes fortuitos; de modo que a todo tirar, sólo dos muertes pudieran achacárseme, lo que en más de cuatro meses, era bien poco para un facultativo que ha tenido tan buenos estudios como yo.
 »Detendréme un poco tratando de mis correrías fuera del predio donde estaba asalariado, porque ellas son las que constituyen al verdadero médico de campo. Y debo aquí advertir que no es una regla general que todo facultativo que espolea caballo por esos caminos reales ha de ser médico de una finca. Bien sé que los hay propietarios; pero saliendo de casa, todos son iguales.
 »El primer enfermo para quien fui llamado no parecía atacado sino de un fuerte catarro, por lo que me limité a ordenarle un sencillo cocimiento de flor de borrajas y prescribirle que se abrigase. Pero cuando al siguiente día pasé a hacerle mi segunda visita, salió a recibirme uno de la familia, y me participó que habiéndose llamado a otro facultativo, excusara volverme a molestar. -¿Pues no había yo de volver? -pregunté. -¡Ya!, pero como usted no recetó. -¿Y si no era necesario? -Siempre es preciso recetar cuando hay enfermo: tome usted-. Y poniéndome en la mano lo que juzgó deberme pagar, se despidió de mí.
 »Dígame si no era muy natural que volviéndome yo medio mohíno a mi casa, hiciese estas reflexiones. -La medicina es la que ha de darme a mí lo que busco, y esta gente me indica el camino que debo seguir. Debieran agradecerme que no les hiciese gastar dinero, y que les evitase la incomodidad de correr cuatro leguas y reventar un caballo para ir a la botica en busca de una medicina que en mi concepto no era necesaria; y lejos de eso han atribuido a ignorancia la buena obra de no haber recetado. Pues recetaré siempre, y me daré un aire de importancia de todos los diablos: quieren ser deslumbrados, los deslumbraré; quieren no entender al médico, no me entenderán. Ya dijo Lope de Vega que cuando el vulgo paga justo es complacerlo: yo complaceré a este vulgo del campo, pues él es quien me paga, y si llega a hacerse natural en mí la pedantería a que recurro como medio para medrar, no me culpen, por Dios; sino culpen a estas gentes entre quienes me veo.
  »Poco tuve que esperar para poner en planta mi resolución. Algunos días después fui llamado con gran urgencia para asistir a un pobre labrador cargado de años y de familia. Acudí, pues, con la precipitación que demandaba el caso, y al llegar a su habitación, pude ver como diez o doce individuos que me aguardaban con la mayor ansiedad. Todos eran hijos y nietos del enfermo, y en sus semblantes vi pintados el dolor y la consternación. Eché pie a tierra, y entrando en la casa, una mujer anciana, esposa del enfermo, me condujo al aposento de éste. Hecho el correspondiente examen y las preguntas necesarias, conocí no haber más que una violenta indigestión; pero me guardé muy bien de decirlo.
  »Salí a la sala, y todos fijaron sus ojos en mí, como si quisieran adivinar lo que pensaba yo del enfermo y la enfermedad. Dirigiéndome a las mujeres, hablé así:
  »-Encuentro al paciente bastante abatido: el pulso no está isócrono, la lengua se halla fuliginosa, la respiración algo luctuosa, hay su calorcillo mordicante en la piel, y hay tialismo, o sea salivación: todo lo cual me indica que ese hombre está enfermo, y que por eso me han llamado ustedes. Mas a pesar de los síntomas que se me han presentado, no me aventuro a formar el diagnóstico, y no puedo decir si ese señor padece de una peritonitis o de una gastroenteritis, pues son dos enfermedades éstas que se parecen como dos gotas de agua. Pero traten ustedes de contestar a mis preguntas, y saldremos de la duda.
  »-¿Ha tenido calofríos el enfermo?
  »-Sí, señor -respondió una de las muchachas que parecía más avisada.
 »-¡Bien!, ¿y ha tenido dolor en el abdomen?
 »-¿En dónde, señor?
 »-En el vientre, niña.
 »-Ah, sí, señor.
 »-Bien: ¿y fue el dolor lancinante, vivo, pungitivo, ardiente, circunscrito, extenso, fijo, móvil o superficial?
 »-Todo puede haber sido; pero el enfermo se quejaba, y eso denota que era fuerte.
 »-Bien dicho. Pues, señor, es gastroenteritis, y si viene Hipócrates, que no vendrá, y les dice a ustedes que no es gastroenteritis, digan ustedes de mi parte a Hipócrates que es gastroenteritis, y que se vaya a paseo.
  »-Bien, señor: ¿y cómo se cura ese gato enterito?
  »-Ya veremos. ¿Qué método quieren ustedes que siga con el enfermo? El método debilitante o llámese antiflogístico, o el fortificante, o sea tónico, o el contra-estimulante, o el revulsivo? La terapéutica no rechaza ninguno, y cada cual tiene por partidarios sapientísimos autores.
 »-Lo que nosotros queremos es que el enfermo se ponga bueno.
 »-Y es cosa muy natural.
 »Figúrese cualquier cristiano amigo de observar contrastes, qué parecería un hombre hablando, como dice Iriarte, en un estilo tan enfático, en la saleta de un miserable bohío formado de estacas y embarrado; donde todo demostraba la miseria y la desidia, y donde alternaban las personas con los perros, y los cerdos y las aves domésticas, y cómo sonarían mis técnicas frases en los oídos de una pobre gente, de todo punto ignorantes, y acostumbradas no más que a cavar la tierra y coger su poca o mucha cosecha de maíz o de patatas, o a dirigir una enorme carreta por entre cangilones y lodazales. Pero yo había visto que esta gente no creía en el saber del médico si cuando hablaba lo comprendía, y así es que hablé para que no me comprendiesen, haciendo al mismo tiempo la triste reflexión de si sería cierto que en la ajena ignorancia estriba y está la piedra fundamental de una ciencia tan sublime como la que profeso.
  »Prescribí algunos remedios simples; pero recordando que si no recetaba perdía fama y dineros, pedí recado de escribir, que fue necesario corriese un muchacho a escape en el mejor caballo a buscarlo a la taberna, distante de allí un cuarto de legua. He aquí mi receta, y es la misma que usé en todas las ocasiones que consideré no haber necesidad de medicinas, persuadido de que no podía resultar en perjuicio del paciente, como ha de verlo quien lea estas apuntaciones:

    
Rpe. -Sacari albi... unciam.

Aquae distilatae... libras duas.
Misce et addes syrup rosat q. s. ad colorem.

     Lic. TUMBAVIVOS

 »Póngola en castellano en obsequio de mis colegas que ignoran el latín, que no son pocos.
     
Receta. 

- Azúcar blanco... una onza.

Agua destilada... dos libras.
 Mézclese y agréguese sirope rosado en cantidad suficiente para que tome color.

 »-Ésta -dije- es una bebida coloradita y que surte siempre los mejores efectos: se darán al enfermo tres cucharadas cada dos horas; teniendo especial cuidado que se mueva y de hacerla tibiar antes.
 »Mi enfermo se restableció, yo quedé acreditado, el boticario viendo que nueva y poco costosa medicina entraba en el reino de la farmacopea, se hizo lenguas de mí y confieso que no poco le debo. Todos quedaron contentos, y más que todos yo, que me propuse continuar por una vía tan fácil.
 »De tal manera que habiéndome llamado después un pobre hombre para que viese a su mujer, que a los dos días había de estar buena y sana sin ayuda de médico ni medicinas por no tener más que un simple constipado, tuve con él el siguiente diálogo:
  »-No encuentro en la enferma ningún signo patognomónico; pero observaré los otros. Antes de todo, dígame usted si tiene anorexia.
  »-¿Cómo, señor?
  »-Quiero decir, si tiene falta de apetito.
  »-No, señor.
  »-¿Y ha comido colas de pescado?
 »-¡Qué pescado del diablo, si nunca lo catamos!
  »-Pregúntolo porque habiendo comido colas de pescado, pudiera estar atacada de una colitis simple, pero quizás sea su enfermedad una fiebre gástrica, o para que usted me comprenda mejor una gastro duo denitis; y me lo hace creer la circunstancia de que vivimos en clima cálido; si viviésemos en país frío diría que era una gastro entero colitis, o séase fiebre mucosa: aunque debo advertir a usted que no todos los autores convenimos en que la gástrica y la gastro duo denitis, la mucosa y la gastro entero colitis, sean enfermedades idénticas. De todos modos, lo que a usted le importa es que sane su mujer.
 »-Sí, señor.
 »-Pues vamos a examinarla de nuevo.
 »Hécholo así, volvíme al pobre marido que aún no sabía lo que por él pasaba; y que a pesar de ello estaba contentísimo por no haberme comprendido, y le dije:
 »-No es más que una bronquitis, y ya nos ayudará la patología a echarla fuera. Yo he asistido este invierno a diez individuos atacados de esa flegmasía y he tenido la fortuna que sólo nueve se me han muerto. El método que sigo en estos casos es infalible.
 »Dispuse un buen sudor de violetas para la noche, que era lo que había de curarla; pero dejé mi receta para que diesen a la enferma dos cucharadas de la bebida cada hora, durante el día.
 »Una mujer envió por mí, porque habiéndose una niña suya magullado un dedo al cerrarse una puerta le sobrevino un tumor que llegó a tomar un aspecto algo feo.
 »-No es nada, señora -la dije-; seis casos he tenido de niñas que se han machacado un dedo, y todos han terminado bien. La causa de este accidente parece provenir de que, teniendo una niña pues la mano en el marco de una puerta, se cierra ésta de golpe y la pilla el dedo. La estación contribuye a hacerlos frecuentes, pues los vientos nortes que reinan tienen las puertas en continuo movimiento si no están bien atrancadas.
 »La lanceta libertó a la niña de aquella incomodidad; mas para completar la curación receté mi bebida, con la diferencia que pedí doble dosis, y dispuse la diesen toda una botella de una vez, seguro de que había de agradarla.
 »Seis años pasé en el campo, al cabo de los cuales con el buen nombre que había adquirido, y más que todo con algún metálico, pude volver a establecerme en la ciudad, donde, como lo saben todos, soy uno de los más afamados facultativos. ¿Débolo a que he continuado el sistema que adopté en el campo?, ¿débolo a que me hallo en disposición de presentarme con cierto lujo, y sea un hecho que un talento mediocre, si puede ostentar, consigue más que el verdadero sabio a quien tienen arrinconado su pobreza y su timidez? Cuestiones son éstas que no trato por ahora de aclarar, ni quizás trataré de aclararlas nunca.»
  -Don Jeremías.
  -Amigo editor.
  -No veo inconveniente alguno en que publiquemos estas apuntaciones que acabo de leer. Primero, porque es un médico quien habla; segundo, porque al fin y al cabo, la pintura que él hace de sí está muy lejos de convenir a todos los facultativos del campo, y mucho menos a los de la ciudad, siendo cierto que algunos conozco yo, muy dignos del público aprecio; que honran su profesión, se desvelan por aliviar a la humanidad doliente con aquella cristiana caridad que nadie tanto como un médico tiene ocasiones de practicar, y procuran desvanecer los errores del vulgo en vez de hacer que se arraiguen más; y tercero, porque los pocos que se parezcan al licenciado Tumbavivos bien merecen una leccioncilla inocente y festiva.
  -Ya he dicho a usted que haga en ello lo que mejor le parezca, y quede usted con Dios.
    
                                                                                                                           (1845)

 Los cubanos pintados por sí mismos, edición de lujo ilustrada por Landaluze, con grabados de José Robles, 1852,  tomo 1, 1852, Imprenta y Papelería Barcina, pp. 173-79.