domingo, 25 de abril de 2021

Futurismo en Cuba. Final


  Pedro Marqués de Armas 

 En diciembre de 1933, Emilio Ballagas impartió en el Lyceum de La Habana su conferencia Pasión y muerte del futurismo, con la que acaba el presente dossier. El entonces muy joven poeta y profesor –apenas tenía veinte y cinco años– impactó a los oyentes por su ecuanimidad y claridad expositiva, como por la solidez de sus conocimientos sobre el fenómeno Marinetti, al que sometió a un exhaustivo balance crítico.

 Si bien señalaba los valores del movimiento estaba muy lejos del elogio y de otra simpatía que no fuera la de diseccionar, no sin cierta candidez, su objeto de estudio, a fin mostrarlo más que como una corriente artística ya superada como un “estado de espíritu” que podía tener todavía nuevas consecuencias.

 Pondrá el acento, pues, no en los rasgos estéticos del futurismo, aunque los repase en detalle, sino en las secuelas de una visión del mundo dominada por el culto al caos y la deshumanización, cuyo temprano corolario fueron la guerra y el fascismo. Se apoya al efecto no solo en los críticos de Marinetti, citando ensayos como el de Mario Puccini, sino en la crítica más general a los valores de Occidente, siguiendo manifiestamente a Spengler y a Berdiaeff, y de modo soterrado, aunque obvio, a Ortega y Gasset. 

  Si para ponerlos a buen recaudo frente al maquinismo sin alma, se detiene en Whitman y Verhaeren, acentuando sus diferencias respecto a Marinetti; más interesante resulta la distinción y, sobre todo, las semejanzas que establece con su eterno rival D'Annunzio. Gran lector de éste, como lo fue (tal vez por mediación suya) Piñera en sus años formativos, Ballagas no opta por el autor de Forse che sì forse che no, sino que relega a ambos poetas a una misma identidad para proponer en cambio una fórmula que permita trascender lo que presenta, no sin clamante reduccionismo, como la peor de las dicotomías: el desacuerdo entre la palabra ferozmente liberada y las imágenes enclaustradas en sí mismas y sometidas a la exigencia de los sentidos.  

 En otros términos, y con el trasfondo de la crisis de las vanguardias en su punto más álgido –crisis que en 1933 ya había alcanzado mortalmente al efímero y nunca radical vanguardismo cubano–, Ballagas ofrece, con la formula, la solución: un poética que anticipa más bien a la de la generación de Verbum y Espuela de Plata, y de paso, a su propia evolución creadora: 

 "El hombre de los inicios del Renacimiento sabía devorar una manzana sin destruirla: la saboreaba, no perdía la fruta su unidad. Mas era una manzana lo que entregaba a su paladar. El hombre deshumanizado sin llevar la manzana a los labios ya la está devorando, destruyéndola en planos o volúmenes si es pintor, y en mil sensaciones, reflejos y colores si es poeta, mas nunca gozando de su belleza unitaria o integral. Hay un ascetismo y una castidad literaria a la que se hace necesario que volvamos, a la límpida visión de San Francisco frente al “hermano sol y a la hermana agua”.

 Siguiendo a Berdiaieff, pero igual a otros pensadores que situaron en el Renacimiento, o al final de éste, el comienzo de la disolución de la vida como entidad orgánica y su reemplazo por una concepción mecánica del hombre que ya en el siglo XVIII termina por agotar sus reservas religiosas, se coloca al costado de Cristo. 

 De ahí que, citando irónicamente el donde está nuestro tesoro, allí también está nuestro corazón (Mateo, 6.21), vea en la aclimatación del hombre a la máquina el poducto más nefasto. Asevera, por tanto, que "no son D'Annunzio ni Marinetti, en modo alguno, los modelos que el artista nuevo ha de tener frente para lanzarse a la creación. Ambos en el futuro darán la misma impresión de orgiásticos, de hombres que han abierto los ojos y han perdido toda inocencia; de adulteradores y corruptores de los sentidos". 

 El texto de Ballagas, sin dudas uno de los más signficativos sobre las vanguardias, tuvo en su momento una notable acogida, incluso fuera de la isla. Bien puede contraponérsele al ensayo de Fernández de Castro sobre Maiakovski (1930), con el que dialoga de un extremo al otro en lo ideológico: “Nos representamos a Marinetti –dice Ballagas- adaptado al fascismo, y a Vladimir Maiakovski al lado de la dictadura proletaria. Pero Maiakovski no en vano es más poeta que Marinetti y demostró suicidándose que no se adaptaba con tanta facilidad a esa forma mecánica de colectivismo”.

 Con su conferencia, Ballagas cerraba de un modo mucho más acabado la curiosamente profusa recepción del futurismo en Cuba, que iniciara justo en 1909 (y a la par que Darío y Nervo) el siempre enterado Fray Candil. Tan amplia como dispar, esta recepción contrasta con la débil presencia del futurismo en las dinámicas creadoras, al tiempo que delata las variadas estrategias de desasimilación. Fórmulas válidas para todos los movimientos o ismos, las reservas, prejuicios y obstáculos –no entraremos en ello–están a la vista en los textos que hemos venido publicando. 


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