miércoles, 3 de julio de 2019

Cómo era Rubén Darío


 Osvaldo Bazil

 Mi amistad personal con Rubén Darío data del año 1910. Antes de esa fecha nuestra relación era epistolar. Su nombre tenía ya los prestigios de un monarca del verso. Todos ansiábamos conocerlo. Había anunciado, por cable, su llegada a la Habana, de paso para México. Para la juventud literaria de cualquier capital de Hispano-América, la llegada de Rubén Darío era un acontecimiento.
 El cetro de la lírica de América era en sus manos. ¡Todas las cabezas se inclinaban a su paso! Natural, pues, que la Habana literaria le rindiera jubilosa, sus homenajes. La hora de la llegada nos la comunicó Catalá.
 Era de seis a siete de la mañana, hora absurda e inconcebible para las estrellas y para los poetas. Pero, ese día, habían estrellas razagadas en el cielo, para verlo llegar. Y poetas, sin dormir, que esperaban al poeta príncipe. Esto acontecía en una mañana del mes de septiembre del año 1910. Ya el poeta está entre nosotros. En un remolcador lo conducíamos Catalá, Arturo R. de Carricarte, Bernardo Barros, Francisco Sierra, Eduardo Sánchez de Fuentes y yo.
 No me lo imaginaba tal como apareció ante mí, a pesar de que me era familiar su rostro por los retratos que publicaban las revistas. El Rubén que vi ante mí era así: pálido, marfileña la color, alto, grueso, abdomen abacial, ojos chicos y vivos, casi mongólicos, escrutadores. Sus ojos preguntaban lo que la boca callaba. Manos magníficas, dedos finos, largos, perfectos; la nariz terriblemente ancha y fea, los labios finos, tenuemente rosados.
 Era un hombre más bien feo, pero no se le veía la fealdad, sin duda, porque la ocultaba la luz espiritual que emanaba de su personalidad. Se sentía ante él, al minuto, la impresión de estar delante de un hombre de genio. Algo búdico había en su gesto y en su rostro.
 La presencia del hombre superior se manifestaba en él, no por lo que decía sino por cómo lo decía o por lo que callaba o por cómo escuchaba a los demás. Nunca he visto a un hombre que, como Rubén, sin pronunciar una palabra, tomara parte activa en una conversación hasta el punto de dirigirla y hacerla interesante. Rubén era hombre así: Gesto lento. Ademán lento. Andar lento. Hablar lento. ¡Majestuosa lentitud de incensario ante el altar de un Dios era la suya!
 Como el poeta venía de Embajador de su país, a la celebración del Centenario de México, la primera visita fue hecha a la Secretaría de Estado. Allí lo esperaba la gentil presencia de Sanguily, de quien escuchó la bienvenida de Cuba. Seguimos a la Legación de México, y después a la de Santo Domingo, entonces a mi cargo, en donde le ofrecí un improvisado Champagne de Honor. En la noche hubo el indispensable banquete de rigor, en el "Hotel Inglaterra".
 Entre los oradores de esa noche tengo fijo en la memoria a Max Henríquez Ureña y a Fernando Sánchez de Fuentes. En la Habana se enteró Darío de que el Gobierno que lo había nombrado Embajador había sido derrocado y que el nuevo Gobierno lo había sustituido con otra persona, sin avisarle cuál era su situación. Esta América ¡siempre igual! La inconsciencia midiendo con una misma vara todas las categorías! Nadie podía, en su patria, dar la representación que él.
 Nadie podía honrar como él a su patria, y, sin embargo, le dejaban abandonado en una ridícula situación. Y todo porque era amigo personal del Presidente caído! Rubén no sabía qué cosa hacer! Ponía cables a México, a Nicaragua. Nadie contestaba. Por fin, decidió seguir viaje, atraído por el deseo de conocer el maravilloso país azteca, en donde tenía grandes amigos, que no dejarían caer sobre Nicaragua la triste gloria de que su hijo más ilustre padeciera la afrenta del hambre.
 Pero la situación, al llegar a Veracruz, se hizo casi trágica: en la capital de México, los estudiantes complicaron la situación, tomando el nombre del poeta como bandera de guerra contra los Estados Unidos. Y Rubén no tuvo más remedio que retornar a la Habana, en el mismo barco que lo había llevado. Sus amigos y el Gobierno mexicano así lo aconsejaron. Le dieron en la persona del pintor Ramos Martínez un noble emisario oficial para que lo acompañara a Cuba.
 De nuevo el poeta, en la Habana, en el "Hotel Sevilla", instalado en lujoso "apartamento". El poeta está en desgracia, pero ya está en tierra cubana, en donde toda esperanza es como más dulce y de más grata realización. La primera tarde de su regreso de México fuimos a buscarle al "Hotel Sevilla". Eduardo Sánchez de Fuentes y yo, para dar un paseo en automóvil.
 El poeta se preparaba a dar solo este paseo. Pero se alegró de nuestra compañía. Quería dar muchas vueltas por el Malecón -nos dijo-. Un misterio de amor asomaba en su sonrisa! Rubén no era hombre de amor. Era hombre tímido, ruboroso, callado, miedoso, aunque sensual y artista del amor! Pero, de esto a ser hombre de amor hay una gran diferencia, como que ambas categorías tienen su naturaleza y su tipo que le son peculiares!
 Durante el paseo no hacía sino mirar para los píos altos del Malecón. Su inquietud era evidente. No me atrevía a ofrecerle mi ayuda ante tal misterio. Yo lo trataba con gran respeto. Mi intimidad con él sobrevino después, y con ella, el cariño profundo y el "tuteo", irremediable en el trópico.

 Vidas de iluminación, Habana, Cuba: J. Arroyo, 1932, p. 76.

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