Porfirio Barba Jacob
Fui a La Habana. Su mar galano, soberbio,
sonoro, opulento de olas, irisado de diamantes, insólito de
fulgor, cada ola como un torso de mujer en floridez, cada efluvio como
insinuación al deleite de engendrar en la gloria del día. Su mar latino me
volvió místico. Me acuerdo que paseaba yo una noche desamparada por el Malecón,
y ardía en tales fuegos y temblaba con tales zozobras, que volví a Dios mis
entrañas. El acto contrito se me desvaneció como el rumor del mar de Cuba, y no
quedó en mí sino una especie de ternura religiosa, un indeciso anhelo de paz en
el regazo de una creencia, de una deidad, de una locura sublime en el alma. Era
que el señor estaba en mí mismo. Las flores de este puro sentimiento perfuman
algunas de mis canciones más imperfectas.
En La Habana conocí al dulce y valeroso
Catalá, a quien tanto recuerdo en mi cariño. Conocí a Arturo de Carricarte, que
dudaba entre si yo pertenecía al presente o era ya del pasado. Conocí a los
trovadores colombianos Franco y Marín, a cuya locura de andar cantando debe Colombia
un hecho glorioso: que se hayan difundido en México el bambuco, el pasillo y mil
tonadas de canciones. Las dos melancolías musicales, la de aquí y la de allá,
se han reconocido fraternas; los dos pueblos se han oído sus rumores Y sus amores
íntimos en sus íntimas melodías. En México se desbordan la más fina inteligencia
y la más fina percepción artística, y por eso la muchedumbre ha encontrado en
las canciones de Colombia, sin analizarlas, una excelencia de flor que se mustia,
de miel que se acendra... Después vinieron otros trovadores, pero eran muy
calaveras.
En La Habana conocí a Tobón Mejía... Creo que
éramos algo parientes por la parte, linajuda de mi familia. Él se dedicaba a
buscar su expresión por medio de la pintura, pero no tenía libertad para
moverse dentro del cuadro. Sus ideales de pintura eran bizantinos. Después ha
logrado resonantes triunfos en París -según las trompas de oro- más no como
pintor, sino como escultor. ¡Cada uno se encuentra a su tiempo, menos los
tontos de remate! Tobón Mejía me dejó un alto ejemplo de valor para la lucha,
una firme esperanza en su talento, y una grata memoria de paisano.
Conocí, por último, a Hernández Catá, un
muchacho que a mí me parecía el prototipo de los amigos por su bondad y de los
hombres por su hombría. Estaba casado con una joven muy linda y muy honesta;
había compuesto unos libros que a mí no me gustaban; tenía enemigos de verdad
-no solapados como los míos de Barranquilla- y lo acababan de nombrar cónsul en
No-sé-dónde, costas de Francia. Alfonso creyó en mí, me ayudó, me alentó. Fue
el primer literato de los que yo traté hasta entonces, que no tuviese resabios
ni excesos de vicio, ni pereza, ni vanidad ni envidia. Su talento me marcó la
ruta de México, y vine a México. Yo todavía no sabía francés.
El
campesino que había en mí se asustó con el estruendo de la capital mexicana, y
me encaminé a Monterrey. Aquella ciudad me fue materna, y a su estimulo cordial
empecé a trabajar. ¡Qué terneza, qué vaga esperanza, qué divina ceguedad había
en mi corazón! Me extasié en el goce de aquellas montañas únicas, todo el imperio
de la fantasía de la tierra, todo el caudal de matices de la luz refractada y envolvente,
todo el símbolo, toda la fuerza... ¡Espectros de una amistad elevada, sencilla,
noble!... Poemas inseguros, mujeres amantes de una noche, de un día, labor obscura,
consuelo de los libros. Y... ¡oh, Shakespeare! ¡si esta carne mía demasiado
sólida pudiera deshacerse y fluir en lluvia de lágrimas! Yo celebré mis nupcias
con la Dama de Cabellos Ardientes. Fue una noche de tormenta horrísona cuando
la ciudad se había inundado hacia los barrios obreros, y seis mil cadáveres humanos
pregonaban la inocencia de la catástrofe. Y la obscuridad se entenebreció.
Entré al periodismo, y rodando, rodando, he
venido hasta el de la capital, esto es, al alto periodismo. Ya sé su secreto:
lo aprendí pocos días después de llegado a Monterrey. Consiste en escribir
muchos artículos cortos con desenvoltura comedida, opinar sobre todos los temas
que uno no conoce, saber ponerse romántico todos los días de distinto modo, profesarle
horror a la verdad, y urdir todos los días pequeñas trampas donde caigan los lectores
ingenuos, que aún quedan algunos. Lo cierto es que así, de redacción en
redacción, empecé a afirmar la conciencia de mi ciudadanía en el mundo. Me hice
hombre. Ahora sí, ya hubiese podido ensillar, poner el freno y orientarme en
las llanuras nocturnas. ¿Y el arte?
1931
Fragmento de Antorchas contra el viento, Colombia, 1944.
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