jueves, 17 de noviembre de 2016

Moral de las ejecuciones




  
   C. Wright Mills


 ¿Qué pasó luego? Sabemos muy bien qué clase de fotografías habéis visto: cubanos fusilando a otros cubanos. Y son ciertas. Ejecutamos a muchos hombres de Batista, unos quinientos o seiscientos. Les dimos muertes sin lo que los norteamericanos considerarías –harto curiosamente- como un “juicio justo”. Sabemos que decís que no aprobáis ese proceder, y por eso queremos explicarte un poco como lo vemos nosotros.

 Estábamos en guerra. Durante el régimen de Batista, millares de los nuestros fueron asesinados. Aquellas personas que los rebeldes ejecutamos eran los peores criminales de la tiranía de Batista; les conocíamos perfectamente a todos. Así, pues, ¿qué cabía esperar que hiciéramos?

 Quizás en el plano de un moral cómoda ninguna muerte está justificada, incluidas –no lo olvides, por favor- las enormes matanzas de las guerras en las que los yanquis habéis participado. Pero por inmorales que sean, los fines y los resultados de las muertes son completamente diferentes según los lugares y las circunstancias. Porque tiene su importancia quién es el muere y la causa por la que se le mata. Ello no justifica, repetimos, la matanza; como cristianos, bien lo sabemos; pero da diferente significación a los diferentes hechos; y las ejecuciones cubanas, a nuestro juicio, eran justas y necesarias.

 Puedes estar de acuerdo o no, pero en ningún caso puedes hablar de justicia. ¿Acaso se les concedió un juicio justo a los habitantes de Hiroshima? Sí, claro, también se trataba de una guerra, en aquel caso.

 Recuerda también, yanqui, que es fácil moralizar cuando uno vive tranquilamente en su casita de las afueras, lejos de todo el problema, bien protegido de sus efectos. Es fácil hablar de moral cuando se es rico y fuerte y hay una serie de cosas que te ocultan los aspectos desagradables del mundo; la distancia, las diversiones, la propia indiferencia, el propio estilo de vida.

 Pero volvamos a la historia, a la historia de la que ahora formas parte, esa historia que es cruel… para los demás. Volvamos a Cuba. En Cuba la historia ha sido muy cruel, ciertamente. Estamos tratando –compréndelo- de poner fin a la injusticia y la crueldad que formaban parte integrante de nuestro modo de vida, y las que tú tuviste mucho que ver, yanqui. 



 Pero he aquí lo más importante que es preciso que sepas. Con la ejecución de los peores esbirros de Batista, y el encarcelamiento de otros criminales de guerra, Fidel y sus soldados rebeldes salvaron a Cuba de un baño de sangre. ¿Sabes que Fidel Castro y sus hombres pidieron al pueblo por radio: “Actúa con mesura revolucionaria; se te hará justicia”? De no haber obrado así, el pueblo cubano habría organizado un baño de sangre en Cuba. Y ahora le agradecemos a Fidel que nos impidiera organizarlo; pero en aquel entonces estábamos furiosos hasta la locura; les habríamos matado a todos, y quizás entonces se habrían perpetrado injusticias.

 Tal vez habrás oído a algún antiguo hombre de negocios cubano decirte que está en contra de Fidel Castro a causa de aquellas ejecuciones. Ese ese el estribillo contrarrevolucionario corriente hoy día en todo el mundo de los negocios. ¿Sabes lo que significa? Significa que la revolución ha afectado sus libros de contabilidad. Lo que esa clase de cubanos querían era una pequeña democracia, linda y sin peligros, sin la vieja deshonestidad latinoamericana, con el fin de poder seguir ejerciendo el tipo de deshonestidad yanqui, más impersonal y disimulada, de manera más fácil, más pulcra, más sistemática.

 ¿Sigues creyendo, yanqui, que es a la moral de las ejecuciones a lo que se oponen? Si así fuera, ¿cómo se explica que ni esas gentes, ni los periódicos, las radios y las revistas que ellos controlan organizaran propaganda alguna cuando eran los hombres de Batista los que llevaban a cabo las matanzas? No solo no existía esa propaganda contraria, sino que había todo lo contrario: vuestro gobierno enviaba a sus militares a nuestra isla para ayudar a adiestrar a los hombres de Batista, a los que entonces llevaban a cabo las ejecuciones. Vuestro gobierno les daba cañones, y aviones y bombas, y les enseñaba a usarlos contra nosotros. Acuérdate de eso, yanqui, cuando pienses en nuestros pelotones de ejecución.

 Porque mientras gobernó Batista, vuestros negocios y vuestro Gobierno participaron directa e indirectamente en ello, sin que tú protestaras. Al contrario: lo ayudaste. Ni siquiera cuando los fidelistas triunfamos protestaste. Difícilmente habrías podido permitírtelo. Era tan evidente, que los cubanos nos sentimos colmados de satisfacción.

 Pero en cuanto empezamos a organizar en beneficio nuestro la propiedad de las compañías –lo mismo cubanos que yanquis, no lo olvides- entonces tus periódicos, tu Gobierno yanqui, todas tus radios empezaron a vociferar contra nosotros. Vuestro Departamento de Estado puso el grito en el cielo, vuestras radios se desgañitaban, y pronto nos cortasteis la cuota de azúcar. No ayudaste a nuestra revolución. Nunca la habéis ayudado. La habéis perjudicado siempre. Y ahora tratáis de asfixiarla, de aniquilarla; y procuráis perjudicarnos cada vez más. Por eso gritamos con todas nuestras fuerzas, al mundo y a vosotros:

 “¡Cuba, sí!”

 “¡Yanquis, no!”

 Pero si estamos equivocados acerca de este punto, quizás podáis demostrárnoslo. Debería seros fácil. ¿No sois una democracia?




 Escucha, yanqui. La revolución cubana, (1960; ediciones Grijalbo, 1979, pp. 78-82).