lunes, 11 de abril de 2016

Samedi





  Fredrika Bremer 

 Tengo que hablarte de un negro, cuya historia –que me han contado- casi está unida a la de la familia dueña de esta plantación. Es un bello testimonio de la nobleza original del carácter de los negros, cuando este se desarrolla como es debido. Se llama Samedi (o Sábado), y en Santo Domingo era criado de los padres de mis anfitriones cuando la célebre matanza tuvo lugar. Con peligro de su propia vida salvo de aquélla a los dos hijos de su amo –mi anfitrión es uno de ellos- sacándolos de la ciudad por la noche, sobre sus hombros, y llevándolos a través de todos los peligros hasta el puerto, donde se había procurado un pequeño barco que los condujo, a él y a los dos niños, a Charleston, en Carolina del Sur. 
 Allí dejó a ambos pequeños en una escuela y se empleó él mismo como jornalero. Él, lo mismo que los niños, había perdido todo durante la terrible noche de Santo Domingo. Solamente había podido salvar su vida. En Charleston los alimentó y los vistió con su trabajo. Todas las semanas les daba a cada uno tres dólares de su trabajo. Así continuó, hasta que los niños fueron grandes y él un viejo. 
  Mi anfitrión se embarcó y consiguió ganar una fortuna con su diligencia y con ayuda de la suerte. Después de haber comprado la plantación en Cuba y de haberse casado aquí, trajo a su viejo Samedi, lo alimentó como es debido y le dio todas las semanas tres dólares, en compensación de los que había recibido de él en sus años de niñez. El viejo Samedi vivió aquí feliz y despreocupado, amado y respetado por todos, durante mucho tiempo. Murió hace un par de años, a una edad muy avanzada. Era un verdadero cristiano y muy devoto; un buen cristiano en todos los sentidos. Por eso fue una sorpresa para su amo encontrar sobre su pecho, después de su muerte, un amuleto africano, una hoja de papel finamente impresa y doblada, con letras y palabras en lengua africana, y al que el negro parece haber concedido un poder sobrenatural. Pero a un buen cristiano no le importa nada esta superstición pagana, que ha quedado como un crepúsculo después de la vieja noche. En Suecia, nuestros buenos campesinos cristianos no pueden dejar de creer en las ninfas o en los trasgos, en los curanderos y curanderas… Yo mismo creo, hasta cierto punto, en ellos. Los trasgos existen y reinan, pero


 ¡El que bien puede rezar el Padre Nuestro

 No le tema al diablo ni al duende!


 Sin embargo,


 ¡Todo es oscuridad allá, allá en lo profundo del bosque!


 ¿Qué me dices de este esclavo negro? Un pueblo que muestra tales héroes, ¿debería ser convertido en esclavo? Además, el ejemplo de Samedi no fue único en su clase durante las matanzas de Santo Domingo.




 Cartas desde Cuba (Fragmento), La Habana, Editorial Arte y Literatura, 1995, pp. 78-80.