jueves, 28 de abril de 2016

Baños de San Diego


  Análisis de las Aguas Minerales de La Paila, El Tigre y El Templado, por el Dr. Mialhe, Farmacéutico, Profesor Agregado a La Facultad de Medicina de París, y Caballero de la Legión de Honor.


 J. F. de Aenlle


 El nuevo mundo posee multitud de aguas minerales que jamás han sido examinadas bajo el punto de vista de su composición química, y que sin embargo merecían serlo porque muchas de ellas están dotadas de propiedades terapéuticas incontestables. Las que nos van a ocupar, han sido enviadas por el Sr. Conde de San Fernando de Peñalver y producidas por tres manantiales situados en el caserío de S. Diego de los Baños, a cuarenta leguas próximamente de la Habana, y designadas en aquel país con los nombres de la Paila, el Tigre y el Templado.

 Estas aguas son cristalinas y sin olor ni sabor sensibles: pero debemos advertir que en el momento en que examinábamos el agua de la Paila desprendía un olor muy pronunciado de ácido sulfídrico y contenía en disolución una cantidad considerable de este gas, del que una parte se había descompuesto produciendo un depósito de azufre: pero que a pesar de esto creemos no deben colocarse en el número de las sulfurosas, pues al contrario todo hace creer que son como sus semejantes, simplemente salinas y gaseosas y que el ácido sulfídrico que hemos encontrado, se produjo durante el tiempo del transporte, por la acción recíproca del sulfato de cal y las materias orgánicas que contiene en disolución. Por esta razón hemos considerado el azufre depositado y el que constituye el ácido sulfúrico, como proveniente de la descomposición de cierta cantidad del ácido sulfiídrico: el sulfato calcáreo encontrado, lo hemos añadido al ácido sulfúrico no descompuesto que hallamos en el agua mineral. Lo que da e esta opinión una gran probabilidad es que el total del ácido sulfúrico así encontrado, está en cantidad exactamente suficiente para formar el sulfato de cal, completamente saturado como se verifica en el agua del Tigre: lo que desde luego hace presumir que la cal y el ácido sulfúrico fueron introducidos simultáneamente en estas aguas, en el estado de sulfato calcáreo.

 Otra circunstancia que confirma esta opinión es, que una de las otras dos aguas de S. Diego, examinada al mismo tiempo y que a su llegada a París no tenía el olor sulfuroso, lo adquirió de una manera sensible después de permanecer cerca de un mes en una botella tapada con corcho: de lo que creemos poder deducir que el agua de la Paila, no es naturalmente sulfurosa, y que el hidrógeno sulfurado que encuentra el análisis, debe considerarse como efecto de la descomposición de uno de sus principios constitutivos, (el sulfato de cal). Corrobora esta opinión el que el hidrógeno sulfurado que los Sres. Dublanc y Payen, han admitido en el número de los elementos mineralizadores de un agua mineral análoga, el agua de Longuesche llevada a París, provenía de una causa semejante, como lo demostraron después las investigaciones de los Sres. Bruner y Pagenstocher. En su consecuencia vamos a exponer la composición de estas tres aguas naturales, en el orden siguiente:




 Estas tres aguas minerales tienen según se ve por su naturaleza y por la cantidad de sales que contienen una semejanza muy marcada. El principio que forma su base, es el sulfato de cal, único compuesto calcáreo existente en las aguas del Tigre y la Paila, pero que en el Templado se encuentra acompañado de una cantidad bastante notable de carbonato de cal. Contienen además estas tres aguas, una pequeña cantidad de cloruro de sodio, de carbonato de magnesia, de carbonato de protóxido, de hierro &c, y todo esto induce a creer que tienen un mismo origen y que la poca diferencia que presentan en su naturaleza y en la proporción relativa de sus principios constitutivos, debe atribuirse a un fenómeno puramente termométrico. En efecto, se sabe que las aguas cargadas de sulfato y de carbonato de cal o de magnesia dejan precipitar una cantidad de esas sales, cuando se eleva la temperatura: sentado este principio diremos que de las tres aguas que acabamos de examinar, la más rica en principios mineralizadores debe ser fría, según hace presentirlo la teoría que precede, y este carácter corresponde a la del manantial nombrado la Paila, mientras que las otras dos son termales, y de ellas la más caliente es la del Templado, que marca de 32 a 34 grados del centígrado (algunos grados más que el Tigre) siendo la más pobre en principios salinos como lo indica la misma teoría que expusimos: de donde se ve como ya manifestamos, que estas tres aguas tienen un origen geológico común.

 El examen químico de las sustancias que contienen las aguas de S. Diego de los Baños, las coloca en la clase de las aguas minerales excitantes salinas, y recordemos que a ese numeroso grupo pertenecen todas las aguas minerales más o menos salinas, pero que no son bastante ricas de sales para ser purgantes, y que además no son ni francamente alcalinas ni muy sulfurosas: que esas aguas son en lo general calientes, que contienen siempre proporciones más o menos grandes de sales calcáreas o magnesianas y muy pequeñas de cloruro de sodio, de carbonato de hierro etc. Estos caracteres pues, pertenecen exactamente a los de las aguas de la isla de Cuba, cuyo análisis acabamos de presentar y que corresponden con los de las Coutreville en Francia, con las de Louesche en Suiza y con las de Luccques en Italia.

 Las aguas minerales de la Paila, el Tigre y el Templado son conocidas hace ya muchos años en la Habana y empleadas con frecuencia en baños para la curación del reumatismo crónico, las afecciones herpéticas y escrofulosas, el mal de orina, la clorosis y en una palabra en los mismos casos en que se emplean las tres aguas minerales de Europa que acabamos de referir.

 La acción medicinal de las aguas minerales excitantes salinas a cuya clase pertenecen las de S. Diego, ha sido más de una vez puesta en duda a causa de la pequeña cantidad de las materias salinas que entran a mineralizarla, pero esta es una opinión ya desmentida por la observación de los hechos, y que las teorías repelen, toda la vez que más bien es la calidad que la cantidad de principios contenidos en el agua mineral la que constituye su eficacia terapéutica. En efecto, la teoría nos enseña que el sulfato de cal, que la sal marina, que la alumina y el hierro dan a semejantes aguas propiedades estimulantes y tónicas: que el carbonato de magnesia las hace benéficas para los cálculos renales y los de la vejiga: que el bi-carbonato de cal las hace propias para la nutrición, favoreciendo la osificación de estas partes: hechos todos que han demostrado estos últimos años las investigaciones prácticas de los Sres. Lanyet, Dupasquier y Dausingault.

 Si a estas consideraciones añadimos que los carbonatos alcalinos o térreos contenidos en estas aguas, las hacen propias para aumentar la alcalinización de los humores vitales, y que como hemos demostrado por experimentos decisivos la asimilación de las materias alimenticias sacaroides no se verifica sino en presencia de una cierta cantidad de base alcalina, resulta que no pueden ponerse en duda bajo ningún concepto, las virtudes analógicas de todas las aguas que contengan esa misma composición.

 Por último, diremos que el uso de las aguas que tienen la propiedad de alcalinizar más o menos los líquidos de la economía animal, es en algún modo indispensable para el sostenimiento de la salud de los animales omnívoros en general y en particular para la del hombre: todo lo contrario a lo que se observa en los animales herbívoros, que la alcalinización de los humores es sostenida por la transformación constante de las sales alcalinas y terrosas de ácido orgánico que contienen las sustancias de que se nutren, en carbonatos alcalinos y térreos, pues se sabe que los herbívoros tienen alcalinos la mayor parte de sus humores interviscerales, incluyendo en ellos la orina.

 En resumen las tres aguas minerales de S. Diego, conocidas en este país con los nombres de la Paila, Tigre y Templado, pertenecen a la clase de aguas minerales salinas y están dotadas de propiedades terapéuticas incontestables.

  Hasta aquí la Memoria del Dr. Mialhe que hemos traducido y cuyo mérito científico es indisputable, a pesar de haber incurrido en el error de creer que dichas aguas no contienen el ácido sulfídrico libre ni en combinación, sino en muy pequeña cantidad, y que aun esa cree debida su formación a las reacciones que han podido verificarse en ellas durante el transporte a París: error que a pesar de ser trascendental para la clasificación y aplicación de estas aguas, es disculpable en el Dr. Mialhe, puesto que ha practicado el análisis después de sesenta o más días de haberse sacado de los manantiales en cuyo tiempo pudieron perder el ácido sulfídrico, conservándolo solo hasta la época del examen, una de las botellas mejor tapada que las otras, y por consiguiente darle esos resultados; pues es bien sabido no solo por los trabajos químicos anteriores y posteriores al que nos ocupa, sino por los individuos extraños a estos conocimientos que han visitado a S. Diego de los Baños, que el olor característico del ácido sulfídrico se percibe a grandes distancias de los manantiales de una manera bastante notable: lo que prueba su existencia en ellas, bien en el estado libre, bien en el de combinación: sobre cuyo particular así como sobre otros de no menor importancia, están discordes todos los trabajos practicados hasta el día. Estas circunstancias, así como otras de un interés directo para la ciencia y la humanidad, nos estimularon hace ya meses a hacer un examen imparcial de los trabajos publicados por los Sres. Estévez, Mialhe, Sánchez, Rodríguez y Pons y Codinac, tarea que acometimos con tanta mas razón, cuanto que habíamos practicado por dos veces el análisis de dichas aguas y esto nos daba el derecho de emitir una opinión basada en los principios teóricos de la ciencia y confirmada en la práctica del laboratorio. Este trabajo pues, que conservamos inédito y que sometemos al juicio de los inteligentes, ocupará un lugar en uno de los números subsecuentes de esta publicación.




  “Baños de San Diego”, Floresta Cubana, La Habana, 1865, tomo único, pp. 21-23.