lunes, 7 de septiembre de 2015

El match de La Habana. Final






  Alberto Insua

 Posee La Habana dos o tres grandes almacenes «como los de París». Los émulos de Monsieur Chauchard son españoles. Sus cafés son los más alegres, fragantes y curiosos que yo he visto hasta ahora. A un tiempo, bares americanos, cafés europeos, pastelerías, tiendas de bombones, despacho de cigarros y de billetes de lotería y «restaurants». En una de las puertas, un limpiabotas, con su banquetica para sí y el sillón, elevado como una curul, para el cliente. Los barman disponen de adminículos ad hoc para sus cock-tails y sus refrescos. En cierto café del Prado, la lista de helados, néctares, «batidos» y cock-tails arroja más texto que un volumen de Valle-Inclán.

 Uno de los espectáculos para mí más divertidos de La Habana es ver llegar el hielo a los cafés. Concluye Enero. La temperatura es dulce, pero el estómago ya apetece la bebida glacial. Llega el hielo a los cafés en grandes bloques oblongos, transparentes, y piensa uno en los Polos, en los icebergs, en las focas, en Amundsen y Shakelton, y experimenta una sensación de “frío confortable”. Este es el frío, en pasta, que se usa en los trópicos. Unos hombres prenden cada bloque con un garfio, lo arrastran por la acera suavemente, lo entran en el café y lo sumen en las grandes “neveras”. Queda una cinta de agua sobre las losas, que no tarda en secarse, y una deliciosa frigidez en el aire, que no tarda en desvanecerse. El café huele, en simultaneidad de olores, que mi olfato discierne y especifica, a piña, a ginebra, a ron, a tabaco, a hojaldres frescos, a naranjas, a hierbabuena, a limón. De niño, estos cafés me maravillaban. Ahora, también. Frecuento uno de la calle del Obispo y otro del Prado. Mientras el dependiente me presenta la lista de helados y de mezclas alcohólicas maravillosas, yo consumo, sibarita, los aromas y los colores del café. Ah, los colores. Porque en los selectos hay frutería: los primeurs de la Isla y de California, en unos estantes, a la entrada. ¡Un nuevo Snyders para toda esta “nature morte” tan viva de color! Además, los licores ardientes para los yanquis: las mil botellas, botellitas y botellines que piden con afán los ciudadanos del país abstemio. De noche, a la salida de la ópera, de la zarzuela, o de la piececita criolla del Alhambra, o de la película Paramount, estos cafés selectos se llenan de mujeres que conocen a fondo los secretos del «maquillage» y son como retratos vivientes de mi colega y compatriota Beltrán. ¡Qué ojos de azabache y qué bocas de púrpura! No lo digo en son de crítica. Me da cierta vergüenza confesártelo a ti, tan natural, pero ninguna pintura me entusiasma como las que tienen por fondo un cutis terso de mujer. A estas lindas mujeres las acompañan sus padres, sus maridos y sus novios (Aquí, entre paréntesis, al amante se le llama «marido». Y esto indica en las criollas de costumbres ligeras un pudor fino y recóndito, plausible.) En algunas mesas, a la misma hora nocturna, hay reunión de actores y escritores. Oyes decir Bernard Shaw, Pirandello, Marcel Proust, Unamuno, y te sientes un instante en la «Rotonde» de Montparnasse o en el «Regina» de Madrid. Pero estás en el «Anón del Prado”. Te lo recuerdan los aromas a pina, a guanábana, a «gin», etc. Y los ojos y las bocas de las mujeres, que toman el helado sin despintarse.

 Algo nuevo, quiero decir que yo no sospechaba en La Habana, son los clubs. Los he visitado y no puedo eludir una comparación entre los Centros, casinos y círculos españoles y los clubs donde se reúne la aristocracia habanera. Existe esa aristocracia: mosaico formado, como en todas las naciones de constitución política reciente, por gente noble o ennoblecida de los tiempos de la colonia; por las familias de los políticos y militares que hicieron la revolución; por los hombres que dominan en la banca, la industria y el comercio; por los que poseen un gran periódico, un acta de representante o de senador; por todo el que se destaca y figura en los «carnets» de los cronistas, que aquí son por antonomasia los que redactan los ecos de sociedad y rinden cuentas de los bailes y las gardens-partics. Yo, por ejemplo, soy un aristócrata y ya «he salido» varias veces en las crónicas de Fontanills y de Alberto Ruiz. No por mi Santángel, ni por mi Moguer, dos apellidos ilustres, sino por «La Gloria», que me pertenece. Aquí la aristocracia es plutocracia. Los escudos que cuentan no son los de la heráldica. En toda América, tierra joven, lo importante es ser rico. Si yo hubiera llegado a La Habana con mis lienzos expresionistas de Montparnasse, sólo un pequeño grupo de escritores y pintores me habría prestado alguna atención. También el éxito y la fama se cotizan. En suma, cuanto significa fuerza. En países dinámicos como este, la vida tiene un ritmo y un sabor de batalla, de match. ¡A ver quién vence! Y la aristocracia —volviendo a mis casinos y a mis clubs—la forman los vencedores o, más bien, los hijos de los vencedores. En su mayoría, los criollos del «Unión Club», del “Country» y el «Yacht Club», proceden, fisiológicamente, de antiguos socios del «Centro Gallego», del «Centro Asturiano», del «Casino Español», de cualquiera de las múltiples sociedades españolas que, clasificadas por regiones, forman todavía aquí un sistema hispánico poderoso y fecundo. Llega a Cuba un galaico, un astur, un catalán, un montañés, un canario, y lo primero que hace, a poco que sus recursos se lo permitan, es solicitar un número de socio en el círculo de su comarca. Si se enriquece y contrae matrimonio en Cuba, sus hijos serán cubanos y socios del «Unión», del “Country» y del «Yacht». He estado en unos y otros. Los centros españoles son hermandades regionales, instrumentos pacíficos de la conquista individual de América. Sus instalaciones suelen ser grandiosas. Los gallegos se enorgullecen, con razón, de poseer uno de los más bellos palacios de La Habana moderna y de haber erigido en su seno el Teatro Nacional. En todas las sociedades peninsulares se dan fiestas filarmónicas, literarias y oratorias y banquetes patrióticos. En todas puede jugarse a los naipes, al dominó, al billar y al ajedrez y recrearse con la lectura de los libros y revistas de España. Pero lo que predomina en ellas es el sentido de comunidad organizada para defenderse. Sus aspectos pedagógico y sanitario superan con mucho a los recreativos: clases elementales y superiores; clínicas y sanatorios modelos. El ambiente, democrático. Y su españolidad tan sensible, tan exacerbada por la distancia, que cualquiera español de nota que llegue de la Península y se atreva a censurar algunas de sus costumbres o a hacer crítica de sus Gobiernos, se concitará el «boycot» de estos círculos, cuya fuerza se hace sentir en toda la superficie de la Isla. Cada una de estas Sociedades es un a modo de somatén. No tiene España admiradores más absolutos, defensores más pugnaces —con armas retóricas—que estos hijos suyos que pasaron el mar sin conocerla casi. Al patriotismo le ocurre lo que al amor, y es un fenómeno biológico: de cerca se entibia, ablanda y desfallece; de lejos se fortifica e inflama en todas las centellas de la ilusión. 

 Estas sociedades españolas me parecen perfectas. Así son. Y así deben ser. Es lógico que en sus salones cuelguen retratos de Doña María Cristina de Habsburgo, de Don Alfonso XIII, de Cánovas del Castillo, y que para alguna se esté ya pintando el del marqués de Estella. ¿Qué son sino agrupaciones nacionalistas?

 En cambio, en los clubs criollos todo es amenidad, comodidad y deporte. Poca política. El patriotismo de los socios se sobreentiende. No se habla de la patria. Se la disfruta. Almorzar en la terraza del Unión Clubs, frente al Morro, que desde ese punto da tal impresión de cercanía —tan neto sobre el cielo, tan precisas sus líneas, tan limpios sus colores— que se le «echa a uno encima», como cuando contemplamos cualquier panorama con potentes prismáticos; almorzar en esa loggia del Unión, te digo, es para mí un placer. Voy siempre con Sostoa. El criado coloca delante del grande, del inefable Sostoa una mesita cuadrada y otra delante de mí. Cerca de nosotros almuerzan el presidente del Senado, el alcalde, tal ministro, tal banquero. Cada uno en su mesita y en su sillón. Te traen, si lo pides —y debes pedirlo—, el cangrejo moro, que comes con mucho limón. Pides un plato, que será excelente. Y concluyes con unos cascos de guayaba, un café insuperable y una vitola de las “mías”.



 Fragmentos de “Nuestra Habana y la de ahora” (título original), capítulo de la novela Humo, dolor, placer. Tomado de La Esfera, Madrid, 21/7/1928, n.º 759, página 23.