martes, 12 de noviembre de 2013

El Gordo, 1984





  Pedro Marqués de Armas


 Siempre me sorprende esta fotografía. Se titula El Gordo y fue realizada por Luis M. Fernández, alias Pirole. Debería puntuar como la menos épica y, sin duda, como una de las mejores de aquellos años.
 Cuando la vi por primera vez me produjo algo así como un dèjá vu. Pero lo cierto es que me ocurre, con frecuencia, este tipo de ilusión, sobre todo cuando una imagen me resulta próxima; entonces, y como si no bastara con el error, tiendo a insistir en los parecidos, entregándome vanamente a tales menesteres. La pregunta deja de ser ¿dónde lo vi antes? para convertirse en ¿a quién se me parece?
  Con el Gordo caigo en esa trampa.
 Ahora me ha dado por pensar en ciertas ramificaciones suyas que, si bien se le asemejan, no hay dudas, pertenecen a otro código.  
 Uno puede preguntarse qué lleva en esa jaba cuando es obvio que está vacía, o que carece, por lo menos, de peso específico. Y ese vaciamiento contribuye a la extrañeza. 
  También Kimbo y el Bolo reían así… indescifrables.
  A Kimbo, glandular y siempre en camisa de cuadros (en guapita), había que verlo los domingos, pues pasaba la semana en la escuela de diferenciados del Cotorro, irónicamente, Forjadores del Porvenir. Cada tarde de sábado una guagua escolar lo depositaba en el umbral de La Milagrosa, antigua casa de huéspedes donde vivía con su padre, ya anciano.
 También Bolo, como casi todos, usaba camisas de cuadros; pero no todos, como Bolo y Kimbo, llevaban botas ortopédicas, se echaban talco hasta el cuello y destacaban en el orden de la inteligencia. Esquizoide, disjunto e incapaz de dejar de reír, Bolo era un superdotado que ya a los 13 años traducía a John Donne, al tiempo que servía de monaguillo en la Iglesia de Cristo.
 El Gordo de la fotografía no está lejos de este clan.
 Pero ahora que me fijo mejor, y más allá de estereotipos, caigo en la cuenta de que podría tratarse de un negativo de Lezama.
 El negativo de todos, acaso.
 Porque si hay una genética del lenguaje –del lenguaje entendido como balbuceo- es la de este Gordo.
 Comienza a hablar, pero todavía.
 Me asombra esa sonrisa suya, donde lo cubano se entrevé, aunque eso sí, sin enigma alguno. Casi grado cero. O mejor, por debajo.
 Como la masa: inarmónica, feminoide y de una domesticidad rayana en la anormalidad.
 Que no dice nada.
 Que solo tiene que reír y mover el dedito.
 Pues, pensándolo bien, qué había en las cabezas sino pájaros, o paja.