domingo, 3 de noviembre de 2013

Buque Sant Louis





  Margalit Bejarano

 El St. Louis llegó al Puerto de La Habana el sábado 27 de mayo a las 4 de la madrugada. El presidente Laredo Bru emitió una orden especial que le prohibía entrar al puerto, y una lancha policial lo escoltó hacia fuera del mismo. La policía costera prohibió al Comisionado Benítez subir al barco; los documentos de los pasajeros fueron examinados por funcionarios de la Secretaría de Estado en el barco mismo. Según informó el Diario de la Marina, su objetivo era verificar las acusaciones relativas a visas y pasaportes falsificados. El New York Times escribió que 12 diplomáticos y cónsules cubanos fueron depuestos de sus cargos bajo acusación de haber concedido visas a los pasajeros del St. Louis sin la autorización requerida.
 La firme determinación del gobierno tuvo expresión en el decreto 1168 del 1º de junio de 1939, firmado por el Presidente y por el Secretario de Hacienda Joaquín Ochotorena. En la introducción del decreto se decía que "las disposiciones sobre inmigración han sido burladas" por los pasajeros y por la empresa alemana. Se trata de personas que fueron obligadas a abandonar su país por razones políticas, y no es posible reconocerles el status de turistas "que viajan por placer". La permanencia de la nave en el puerto de La Habana se había convertido en "una verdadera perturbación del orden público" y por ende el gobierno había decidido una medida sin precedentes: "Requerir al Sr. Luis Clasing en su carácter de Agente de Hamburgo Amerika Linie para que proceda a dar inmediatamente las órdenes oportunas para la salida, en el propio día del requerimiento, del buque St. Louis, conduciendo a bordo cuantos pasajeros en él se encontraran y cuyo desembarco no hubiese sido autorizado.
 En el caso de que dicho Agente se negase a dar tales órdenes las fuerzas de la Marina de Guerra Constitucional procederán a conducir el repetido buque St. Louis fuera de las aguas jurisdiccionales de la Nación.

 El juego con el destino de los refugiados


 La salida del St. Louis del puerto, escoltado por lanchas de la policía cubana, constituyó uno de los momentos culminantes del drama que se desarrollaba en la costa de La Habana.
 Aún antes de que llegase el buque, el puerto se llenó de parientes y amigos ansiosos por el destino de sus seres queridos. Cuando la nave fue alejada del atracadero, los familiares alquilaron lanchas para ir hacia ella, y trataron de hablar por señas y a gritos con quienes se hallaban en cubierta.
 Mientras tanto, en el puerto se iba congregando toda la comunidad de refugiados, y quizás toda la comunidad judía de Cuba. También había allí no judíos, que contemplaban el conmovedor espectáculo que constituía el tema del día en la calle cubana. Reina Pérez recuerda que "en una clase de cívica me pusieron esta pregunta: ‘Qué cree Ud. se debe dejar entrar a los hebreos del St. Louis o no?
 Sólo 22 refugiados recibieron autorización para desembarcar, luego de que sus documentos fueron reconocidos por los funcionarios de Inmigración.
 El número 23 fue Max Lowe, quien se cortó las venas y se lanzó al agua; las autoridades portuarias lo enviaron al hospital. Ese intento de suicidio confirmó las advertencias del capitán Schroeder sobre una posible ola de suicidios a bordo. Otros seis refugiados bajaron de la nave diez minutos antes de que ésta zarpara, luego de que dos abogados norteamericanos les consiguieron visas con la ayuda del Embajador de Cuba en Estados Unidos. Quedaron a bordo 907 refugiados.
 El 2 de junio, el St. Louis zarpó rumbo al océano, escoltado por una guardia de lanchas policiales. La despedida de los refugiados de sus parientes que quedaban en La Habana fue un espectáculo desgarrador. El Habana Post lo describió: "En pequeñas lanchas van y vienen sus cónyuges o sus hijos [que están en cubierta]. Algunos los oyeron, otros no. Algunos lograron gritar un ahogado ‘auf wiedersehn’ con forzada alegría; otros, exhaustos, no podían hablar. Una frase era repetida con obstinación: ‘¡Ustedes no serán enviados de vuelta a Alemania!’".
 El Embajador norteamericano y su Cónsul General siguieron con gran tensión los dramáticos eventos y recibieron informes continuos etapa por etapa, pero se cuidaron de no asumir actitud oficial alguna. La posición del Departamento de Estado era que "[cuán] difícil nos es intervenir en un caso de este tipo, que se halla completamente fuera de nuestra esfera y constituye un asunto totalmente interno de Cuba"; en cuanto al Presidente Roosevelt, fiel a su "Política de buen Vecino", no respondió a los judíos norteamericanos que le solicitaban que interviniera a favor de los refugiados.
 Mientras el St. Louis se abría lentamente camino hacia Europa, la directiva del Joint hizo esfuerzos febriles para evitar el regreso de la nave a Hamburgo y encontrar asilo para sus pasajeros fuera de Alemania. Bélgica recibió 214 refugiados, Holanda 181, Inglaterra 287 y Francia 224. El buque Flandre debió retornar al puerto de partida de Francia, y a los refugiados del Orduña se les halló finalmente asilo en la zona del Canal de Panamá.
 Como se sabe, los pasajeros del St. Louis (salvo los que desembarcaron en Inglaterra) no se salvaron del destino que les habría aguardado si hubiesen vuelto a Alemania: tras la invasión nazi a Europa occidental, muchos de ellos fueron enviados a campos de exterminio. Pero, en aquel momento, parecía que se habían salvado

 Conclusión


 El episodio del St. Louis fue la dramática culminación de la lucha por el ingreso de refugiados judíos a Cuba. Su viaje exhibicionista, destinado a servir los intereses de la Alemania nazi, se convirtió en un desafío abierto al gobierno de Cuba presidido por Laredo Bru y a su capacidad de imponer su política. Aun quienes criticaron con dureza la ideología racista del nazismo, como el Secretario de Estado Juan J. Remos, colaboraron con el Presidente al prohibir a los refugiados judíos el desembarco en Cuba; los defensores fanáticos del nacionalismo laboral, encabezados por el Secretario de Trabajo Portuondo, actuaron influidos por la propaganda antisemita. Y quienes pretendían defender la ley y los intereses del país, eludieron la responsabilidad moral que este caso planteaba.
 La inmigración a Cuba fue posibilitada solamente por quienes esperaban recibir soborno, y se realizó en forma extraoficial, aprovechando las fisuras de la ley. El único que habría podido ayudar al St. Louis ante la oposición del Presidente Laredo Bru era el Comandante en Jefe Fulgencio Batista, pero la aceptación de soborno a plena luz o la defensa de un asunto impopular habrían puesto en peligro su carrera personal.
 Otro factor que habría podido cambiar el destino de los pasajeros del St. Louis era el gobierno de los Estados Unidos, pero ni las autoridades en Washington ni sus representantes en La Habana estaban dispuestos a desviarse de la política del buen vecino. Su abstención de tomar partido en un asunto al que estuvieron ligados etapa tras etapa, constituyó de hecho una intervención disfrazada en favor de la expulsión de la nave. El Consulado en La Habana aceptó la posición del Presidente cubano y culpó del fracaso al representante del Joint, Lawrence Berenson. Pero es evidente que, pese al poder económico que se le atribuía, Berenson, al igual que los pasajeros del St. Louis, no fue sino un juguete en manos de fuerzas mucho más poderosas.
 El episodio del St. Louis se convirtió en símbolo de la actitud del mundo libre hacia los refugiados judíos en la época del Holocausto. Desde el punto de vista de Cuba, fue el portazo final en la cara de los judíos alemanes, tres meses antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial.

 Fragmentos del "La historia del buque St. Louis: La perspectiva cubana", de Margalit Bejarano, investigadora y docente de la Univ. Hebrea de Jerusalem.