jueves, 6 de diciembre de 2012

El hombre puerco-espin




 En el año de 1731 Mr. Juan Machin dio noticia a la Real Sociedad de Londres de un joven de cosa de catorce años, hijo de un labrador de las inmediaciones de Euston-hall en el condado de Suffolk, que tenía aquellos caracteres singulares que son peculiares a una variedad muy rara de la especie humana, que por ellos ha recibido el nombre de hombres puerco-espines.
 En lugar de pellejo estaba envuelto su cuerpo en una costra de color oscuro, que se asemejaba a una corteza de árbol, o cuero arrugado, y tenía unas cerdas como púas en algunos puntos.
 Esta costra cubría todo su cuerpo excepto la cara, las palmas de las manos y plantas de los pies: ofreciendo así un aspecto como si estuviera vestido; y habría sido muy difícil indicar otra cosa de cubierta que se le pareciese. Algunas personas la consideraban como una verruga extendida, o muchas verrugas unidas y entendidas por todo el cuerpo. Otros las comparaban con la piel del elefante o la que rodea los pies del rinoceronte; al paso que otros la comparaban a la de la vaca marina, o a la corteza de árbol. Las partes donde había púas, que estaban principalmente hacia el vientre y a los lados del cuerpo, hacían un ruido como rechinando, cuando se movía, al modo de las púas de un erizo, y parecían como cortadas a menos de una pulgada de la piel, aunque probablemente no eran más que unas prolongaciones de los poros de la piel, que habían crecido hasta el grueso de un hilo carreto o bramante; pero estaban tan espesas como las cerdas de un cepillo, y como estas, parecían cortadas todas iguales, y como del largo de media pulgada. Vistas con lente parecían de varias figuras, cóncavas unas, aplastadas por la punta otras, y aun algunas de figura cónica.
 Esta piel era callosa e insensible toda a los contactos exteriores; pero había una circunstancia muy notable, y era que todos los años por el otoño solía crecer hasta el largo de tres cuartos de pulgada, y entonces se despegaba y la reemplazaba una piel nueva, que salía debajo de la antigua. Esta cubierta rugosa no causaba al muchacho ni dolor ni molestia, excepto cuando se ocupaba en un trabajo fuerte, que se le pegaban y luego se separaban brotando una poca de sangre.
 Su cara era de proporcionadas facciones y de buen color, y más bien era demasiado colorado; pero las palmas de sus manos no eran más ásperas que lo son comúnmente en los artesanos y labradores.
 La estatura era proporcionada a su edad. Su cuerpo y piernas derechos y además bien formados, y nada tenían de irregular ni en sus hábitos ni en su disposición o genio.
 Refería su padre que cuando nació, la piel de este niño era igual a la de los otros, y que así continuó por espacio de siete u ocho semanas; y entonces sin causa aparente, y aun sin que se sintiera enfermo empezó a ponerse amarillo como si tuviera ictericia: que después se fue volviendo negro, y por último quedó de la forma que hemos descrito.
 Cuando creció este joven, ganaba su vida dejándose ver y anunciándose por el hombre puerco-espín: enseñando también a un hijo suyo, en el mismo estado que él. Se llamaba Eduardo Lambert, y a la edad de cuarenta años, le observó y descubrió Mr. Henrique Baker, de esta manera: “Es bien parecido y bien formado, y de un aspecto sano y florido; y cuando tiene cubiertas sus manos y su cuerpo, en nada se diferencia de los demás hombres; pero fuera del rostro, las palmas de las manos y las plantas de los pies, todo el resto de su piel estaba cubierto del mismo modo que lo tenía el año de 1731. Esta costra me parecía semejante a un sinnúmero de excrecencias, de color pardo oscuro, y de figura cilíndrica, de igual largo, y tan apiñadas como es posible; pero tan tiesas y elásticas, que cuando se pasa la mano por encima de ellas hacían ruido rechinando.”


 “Cuando yo vi este hombre, por septiembre último, se le estaban cayendo las verrugas en muchas partes, y le salían nuevas de un pardo claro en lugar de las otras, y me aseguró que esto le sucedía cada año en uno de los meses del otoño o del invierno; y entonces lo sangraban, para precaver alguna ligera indisposición que le solía sobrevenir cuando aquella caída. En otras temporadas le son incómodas, pero solo con el roce de la camisa, lo que le sucede ligeramente; y cuando llegan á todo su incremento, que tienen en algunas partes cerca de una pulgada, le es muy molesto el contacto de su ropa.”
 “Ha tenido ya las viruelas, y dos veces se le ha administrado el mercurio, con la esperanza de librarle de tan desagradable costra; y en todas estas ocasiones se le han caído las excrecencias, y la piel le ha quedado blanca y suave como la de cualquiera otra persona: pero luego que se ha recobrado, se ha vuelto a poner como estaba antes. En todo lo demás de su vida ha gozado de muy buena salud.”
 “Pero lo más extraordinario de la vida de este hombre y ciertamente la única razón de molestar yo a usted con esta carta, es que ha tenido seis hijos, todos cubiertos de la misma costra que él; habiéndoseles presentado esta deformidad, del mismo modo que le sucedió a él, a las nueve semanas de nacidos. Solo vive ahora uno de ellos, y es un muchacho hermoso, y está exactamente en la misma disposición que su padre; y que por tanto es excusado repetir. También ha pasado las viruelas, y entonces estuvo libre de su deformidad.”
 “Parece por consiguiente y sin género de duda que por medio de este hombre puede propagarse una casta de gentes que tengan la misma costra que él; y si así sucediese, y se borrase de la memoria el origen accidental que tuvo, es probable que se creyesen tales hombres de una especie diferente en el género humano; consideración que casi nos hace creer que la piel oscura de los negros, y otras muchas diferencias semejantes, tal vez han podido provenir en su principio de una causa accidental como aquella.”
 El mozo último de que se trata, casó después, y tuvo dos hijos que en todo se le parecían así a él como a su abuelo. En 180l se fueron a Alemania, en donde se dejaban ver de las gentes. El Dr. Blumenbach que los vio, dice que las palmas de sus manos y plantas de sus pies, eran como las comunes, y que aun le parecían ser más bien encarnadas.
 El Dr. Autenrieth que trató de descubrir una analogía entre estos hombres y los negros, y que hasta sospecha que sean africanos de origen, piensa que las plantas de los pies de ambos hermanos, están planas y lisas lo mismo que las de los negros así niños como adultos. La piel de las otras partes del cuerpo estaba cubierta de excrecencias córneas, o puntas más o menos grandes que variaban en su consistencia córnea. Las más largas, fuertes y duras, estaban en los antebrazos y muslos; y las más delgadas en algunos parajes del vientre. Las del hermano más joven eran por lo común menores, y en varios lugares estaba la piel suave y era comparable a un tafilete negro ordinario. Las mayores tenían de largo cuatro o cinco líneas, y una figura prismática irregular con las esquinas romas; y muchas parecían como si las hubiesen aplastado. De ellas las más gruesas tenían como tres líneas de diámetro por su extremidad, y estaban o hendidas o ahorquilladas. En cuanto a la figura cilíndrica que les atribuye Baker, (que además las supone huecas) el Doctor Blumenbach apenas observó así una de ellas.
 El Dr. Telesio notó que aquellos hombres parecían en el otoño otra cosa de lo que eran en las otras estaciones, porque entonces mudaban su piel exterior o costra antigua, y parecían con manchas o pintas.
 Examinando los fragmentos de aquellas excrecencias, halló que las que él rompía eran más blandas al tacto que las que se le caían espontáneamente tal vez por causa de que las primeras aun estaban bajo la influencia de los vasos exhalantes y de las glándulas sebáceas; Las excrecencias más largas y gruesas parecieron al Dr. Blumembach como las que tiene el elefante debajo de la frente y sobre la poboscis o trompa; su color era por lo común de castaña o pardo de café; pero esto solo era en la superficie, porque la parte inferior, en especial en las mayores, era de un gris amarillento. Alguna parte de los pelos de la piel parecían como nacidos en la misma sustancia córnea de las excrecencias. La piel del copete de la cabeza en la parte anterior, especialmente en el de más edad, formaba una suerte de callosidad ancha algo parecida al copete del camello. En cuanto a la traspiración de estos hombres; nada tenía de particular, ni aun de alguno perceptible.
 El Dr. Blumembach da noticia de dos casos análogos verdaderamente a los de estos hombres puerco-espines, de que tuvo conocimiento. El uno era el del muchacho de Bifeglia, del cual Stalp Vanderwiel ha dado una descripción y una figura en sus observaciones; y el otro fue el de una niña de Viena descrita por el profesor Brambilla en sus Memorias de la Academia Médico-Quirúrgica de Jos. En ambos estaba la cara libre de excrecencias, pero las palmas de las manos y las plantas de los pies estaban con ellas muy desfiguradas.


 Memorias de la sociedad económica amigos del país, vol XVIII, 1844, pp. 64-66.