jueves, 6 de septiembre de 2012

La muerte





 Fernando Tarrida del Mármol

            

             Ven, muerte, tan escondida
             Que no te sienta venir,
             Porque el placer de morir
             No me torne a dar la vida.

                             Cervantes


 La muerte en sí no existe. La cantidad de materia, la cantidad de movimiento, son constantes; no sólo no mueren, sino que también son invariables. Lo único que ha hecho, hace y hará eternamente la materia del mundo infinito, es transformarse por efecto de las infinitas combinaciones de que son capaces los elementos que constituyen el mundo material.

 Al pasar un cuerpo de orgánico a organizado, se produce la vida; al pasar de organizado a orgánico o mineral, se produce eso que llaman muerte.

 Si no estuviéramos profundamente convencidos de que Dios no existe, creeríamos en él sólo por el hecho de existir ese benéfico fenómeno que los sabios filósofos ignorantes designan con el terrorífico nombre de muerte.

 ¡Loada sea la muerte! Ella pone fin a nuestros sufrimientos, ella preside a las transformaciones incesantes de la materia, ella hace desaparecer los seres vetustos para dar origen a los nuevos, ella es el instrumento de la selección natural, fuente de todo progreso, ella es la dulce amiga que nos hace desaparecer del rudo combate cuando ya ansiamos, o cuando menos necesitamos un reposo relativo. ¡Loada sea la muerte!

 Bendecimos a la muerte, y no deseamos morir.

 Deseamos, al contrario, vivir largos años para seguir luchando y ser un soldado más en el momento de la pelea. Pero no nos hacemos ilusiones. Comprendemos que cuando el sufrimiento físico aniquila nuestro organismo, sería terrible que este sufrimiento no tuviera un término determinado precisamente por la intensidad del dolor, y la idea de la muerte nos consuela. Comprendemos que cuando los órganos ya gastados de nuestra máquina animal se hallan estropeados por el uso, sin más esperanza que el estropearse más cada día, sería terrible que una eternidad inflexible nos atara a esa rueda infernal de podredumbre. Comprendemos que ínterin no venga la igualdad social durante la vida, la dulce amiga lleva ya resuelto el problema sociológico desde largos años, igualando bajo su rudo golpe a nobles y a plebeyos, a parias y a magnates.

 Cuando al cabo de un día pesaroso, el cuerpo fatigado descansa en brazos de Morfeo, es aquel sueño una delicia tal que al despertar y entrar de nuevo en posesión de nuestras penas, sentimos hondo pesar porque aquel feliz estado de reposo no se ha prolongado. ¡Loado sea el sueño! ¿Y la religión, que pretende eternizar el yo, quiere que se la llame consuelo? ¿Y Dios, que eternizaría el sufrimiento en los infiernos, ha de ser reconocido como archivo de bondad?

 La muerte es el sueño para no despertar. ¡Loada sea la muerte!