sábado, 25 de febrero de 2012

La captura de Eyraud en La Habana

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 Desde la Habana dirige don Tesifonte Gallego una curiosa carta a El Liberal relativa a la captura del asesino del escribano Gouffé.
 La captura de Eyraud se debe a los esposos Pucheu. He aquí como refiere el señor Gallego la entrevista que tuvo con aquellos.
 «En los primeros días de Febrero —me dijo madame Pacheu— se presentó en nuestra casa un francés, no muy bien vestido, diciendo ser comisionista de una casa de París, la de Dalaunay; pero que escaso de recursos, necesitaba vender algunas cosas raras, entre las cuales se encontraba un traje turco de estilo oriental, pues solo de esa suerte podría realizar el dinero que necesitaba para ir a México, donde había vivido mucho tiempo y tenía negocios. Vimos el traje y lo compramos en cuatro centenes, pero no dejó de extrañarnos aquel aspecto poco en consonancia con su cargo.
 Sin embargo, se expresaba tan bien y daba muestras de conocer tan al detalle los negocios mercantiles, incluso al de modas de sombreros, que se le oía con gusto.
 Por aquellos días llegaba la prensa de Europa con las noticias sobre el crimen, y a madame Pucheu le asaltó la idea de que pudiera ser el asesino de Gouffé, y así hubo de manifestarlo a su esposo.
 Transcurrieron unos días, y al leer Le Courrier des Etats Units, aquellas sospechas adquirieron visos de certidumbre, pues allí se dice que Miguel Eyraud había salido de Nueva York el 5 de Febrero, después de robar en el hotel, con el pretexto de irse a retratar, el célebre traje turco a un compañero de fonda.
 Desde entonces no se conocía en el taller al vendedor del traje más que como Eyraud, y se hablaba de él con la persuasión de que no se equivocaban, cada vez que un periódico se ocupaba del crimen.
 Madame Pucheu sentía el pesar de no haberse dejado guiar de sus primeras impresiones, pues de esa suerte habría prestado un servicio a Francia (frase textual), librándole de un miserable que quizá ya no sería encontrado.
 Y así transcurrió el tiempo, hasta que el último sábado volvió a pasar por la casa. Estaba la señora detrás del mostrador y le vio por la vidriera. Salió con rapidez a la puerta y le dijo:
 —¿Ud. por aquí? Pase y siéntese.
 Aceptó y volvió a hablar de sus viajes y de mujeres y pendencias, y hasta propuso un negocio en tabacos que fue rechazado.
 La aparición del vendedor del traje turco fue un acontecimiento en la casa y todos a una se propusieron descubrirle.
 Pronto madame Pucheu logró cogerle en algunos detalles, como el de poseer diversos idiomas, contradicciones sobre viajes y amores, etc., etc.
 Cuando aquel día salió de casa, nuestra convicción   —dice madame— era absoluta y terminante, y convinimos comunicarlo al cónsul general para que procediera.
  —¿Qué nombre tenía?
 Con bastante dificultad pudo averiguarse que decía llamarse Dostki.
 —Si vuelve, que volverá —dijo— madame Pucheu,  hay que resolverse a todo.
 —Yo le ataco, si es preciso, de frente —dijo madame Biember, modista de la casa; pero nos convendría un retrato. ¿Los habrá en el consulado?
 —Es preciso mucho cuidado —dijo Mr. Pucheu— porque una imprudencia, a más de hacer inútiles todos los trabajos, puede costamos cara.
 —Es verdad; pero ya nos arreglaremos y saldrá bien, porque conviene a Francia.
 Y así estiban las cosas cuando el pretendido Mr. Dostki se presentó de nuevo el lunes en la tienda. Iba sudoso, fatigado por el calor, y a poco de sentarse hubo de quejarse de aquella temperatura, diciendo: «Es preciso haber asesinado a su padre y a su madre para vivir aquí.»
 Madame Pucheu.—Es verdad; para vivir aquí de cierta manera es preciso haber cometido algún asesinato.
 Se habló de muchas cosas, y para que la conversación fuera más expansiva se le invitó a refrescar con cerveza, que él aceptó.
 Madame Pucheu decía por lo bajo: Dios mío, alternar yo con un asesino y chocar con él mi copa! ¡Pero todo debe nacerse por el interés de la patria!
 Mostróse la familia, sin embargo, algo disgustada,  hasta el extremo de obligarle a preguntar si tenía algún disgusto.
 —No —contestó madame Pucheu— sino que con la horrible catástrofe del sábado, nadie puede estar contento. Tantos muertos, víctimas del deber.
 —Señora —dijo Dostki— a mi me preocupan más los vivos.
 —Lo que es yo —dijo madame Biember como distraída con la labor —me encuentro afectada, casi tanto como cuando los periódicos de París nos traían el relato del asesinato del notario Gouffé.
 Dostki palidece, su palabra ya no es tan fácil.
 Mr. Pecheu le observa atentamente. Toda su astucia y su valor fueron inútiles. Estaba descubierto. Bebió la cerveza y brindó, sin embargo, por la prosperidad de la casa y madame Pucheu brindó, mirándole, por su pronto retorno a París.
 La conversación continuó algunos momentos, y después Eyraud se alejó. Los esposos Pucheu y la Biember se vistieron para asistir al entierro de las víctimas del incendio, y estando en el Parque Central presenciando el fúnebre desfile, se encontraron de nuevo con Dostki; éste les saludó con exquisita cortesía, y luego sacó un número de la Republique Ilustrée, diciendo:
 —Aquí tienen los retratos de Gabriela Bompard y de Eyraud. Miren que fea es la primera y qué ojos de canallas tiene el segundo.
 Madame Pucheu contestó sin poderlo remediar:
 —Efectivamente, los tiene muy canallas.
 Dejaron a Dostki y se fueron al consulado.
 El marqués de Momlar, cónsul general de Francia, creyó al principio que se trataba de una de tantas equivocaciones como vienen sufriéndose en la persecusión de Eyraud; pero cuando oyó a la señora Pucheu empezó a creer que se trataba de algo importante.
 En el consulado no había retrato, pero un agente que se llama San Germain recordó que podía identificarle por un francés establecido en la Habana, que se llama Gautier y que tuvo a sus órdenes en Sevres a Eyraud.
 El cónsul tomó sus medidas y desde entonces sucedieron algunos incidentes notables.
 Dostki se creyó descubierto y en vez de retirarse de la escena y esconderse, vigiló el consulado, al extremo de que la familia Pucheu le vio al salir de la casa de monsieur Momlar. Desde aquel momento empezaron a tomar precauciones para evitar cualquiera agresión que pudiera intentar Eyraud. Llagaron los agentes a su casa y por la noche vieron en las cercanías al Dostki, y por lo que pudiera ocurrir manifestaron sus temores a la policía, consiguiendo la vigilancia de la casa.
 El cónsul dio parte al gobernador, poniendo en sus manos todos los antecedentes para la segura captura, incluso el dato de que en la madrugada siguiente saldría para Matanzas.
 El agente del consulado, Cumberman, se vio con Gautier por la noche en el Parque, y cuál no sería la sorpresa de éste al notar que les seguía el individuo en cuestión.
 Separóse Gautier del otro y tras él siguió Dostki y al llegar a una calle de escaso tránsito le acometió de la siguiente manera.
 —Buenas noches. Usted es francés y me conoce.
 Gautier.—Yo soy francés y no le conozco a usted.  D.—Si usted no tiene inconveniente, podríamos adelantar hasta esa calle para hablar de un asunto que me interesa.
 G.—Por ciertas calles de la Habana no se puede ir porque asesinan fácilmente.
 D.—Usted es licorista.
 G.—¿A. usted que le importa? _
 D.— Me importa mucho, va en ello mi vida. Us ted me ha conocido; yo soy Eyraud y necesito que no me denuncie y me de algún dinero para huir, porque no tango nada.
 G. -Sí, te había conocido, pero te ofrezco no denunciarte. Vete.
 En cuanto se convenció de que había sido descubierto, se fue al Hotel de Roma donde se hospedaba, y sacó sus maletas, disponiéndose a marchar pero ya era tarde. .
 Eran las señas tan cabales y precisas, que la policía no ha tenido que hacer otra cosa que echarle el guante, y así se hizo en la madrugada de hoy por el celador señor Leal y el inspector señor Hernández, momentos antes de dirigirse a la estación Salamanca, donde ya tenía las maletas para ir a Matanzas.
 En los comienzos mostró serenidad y extrañeza; amarrado convenientemente le presentaron acto continuo en casa de la familia Pucheu y ésta dijo era el señor Dostki en cuestión, o sea el que tenían por Eyraud.
  Conducido a la jefatura de policía, se dio parte al cónsul y al gobernador, se presentó el juez y comenzó la instrucción necesaria para la identificación.
 Dostki al ser interrogado, no tuvo inconveniente en  decir: “Soy Miguel Dostki, de 45 años, soltero, natural de Polonia, y vecino accidental de la Habana, con domicilio en el Hotel Roma».
 Como es consiguiente, se le registró, y cosa rara, entre los efectos que le encontraron, había un certificado judicial a nombre de Michel Eyraud y una cartera que con todas sus letras dicía: Eyraud Michel.
 Una vez detenido, fácil fue recoger su equipaje, y en el se encontraron las siguientes prendas: Una llave inglesa, tintura para teñir el pelo, palanquetas, pelucas, navajas de afeitar, papeletas de empeño de México, varios documentos con distintos nombres y uno de ellos con el de Eyraud, y los periódicos Le Pettit Parisién, Le Republique llustree y Le Courrier des Etats Unís, todas ellos con extensas noticias sobre el asesinato de Gouffé.
 Ya está Eyraud detenido e identificado, pero sobre todo, está amarrado y en disposición de ser entregado al guarnían de los calabozos de la jefatura.
 Entra sereno Eyraud por el portalón de la casa de policía, ábrase un calabozo de la galería de la izquierda y allí es metido con las esposas puestas.
 Ciérrase la puerta y queda al exterior un vigilante con bayoneta calada. Pronto apunta el día y gracias a esto pudo evitarse un suceso doblemente terrible. 



 Intento de suicidio

 Eyraud había dicho que no le cogerían vivo; pero se equivocó. Vivo y sano le metieron en el calabozo. En cuanto se quedó solo pensó en el suicidio y no teniendo soga con que ahorcarse, ni puñal con que herirse, se le ocurrió un medio brutalmente ingenioso. Rompió con los dientes el cristal de sus gafas, cogió con los dientes el pedazo más afilado y se rasgó el brazo con intención de romper la artería humeral; pero como va muy profunda, no pudo conseguirlo. En vista de esto, se mordió el brazo para que la pérdida de sangre fuera mayor y se hirió en las piernas para que la muerte fuera más rápida, y cuando creyó que no tenía necesidad de más, dejó correr la sangre, y aguardaba con calma la pérdida de la última gota.
 No quiso la suerte que tal sucediera y al despuntar el día y abrir la puerta del calabozo para hacer la limpieza, el guardia vio la sangre, dio aviso al médico, le dio unos puntos de sutura, le vendó y certificó de ser leves las heridas, salvo accidentes inesperados.
 Eyraud no confesó que hubiera intentado suicidarse, sino que quiso por este medio obligar a que le llevaran una cama para descansar. En efecto, le llevaron la cama y no se acostó en mucho tiempo. Sentado en uno de sus bordes estaba cuando le visité. A las nueve de la mañana se presentó el cónsul general de Francia, y á las primeras preguntas le dijo el preso:
 —Sí, yo soy Eyraud, podéis excusaros más interrogatorio.
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 Identificado por el cónsul telegrafió éste a su gobierno para proceder a la extradición, en lo que no encontrará dificultad alguna de parte del nuestro, sino por el contrario, todas las facilidades que la ley permite, y terminada esta interesante operación, el marqués de Momlar se dirigió a casa de los esposos Pucheu para dar las gracias.
 Cuando se insinuó a madame Pucheu si no temía a las amenazas, contestó:
 —Me importaba todo poco. Le he denunciado para propia satisfacción, pues aunque siento en el alma que vaya un hombre a la guillotina, lejos de mi país, lo que interesa a la honra de Francia me afecta doblemente y mi patria se halla sujeta a una vergüenza si no se castiga el horrendo crimen.
 Eyraud llegó hace cinco días a bordo del «Orizaba» y se hospedó en el cuarto núm. 17 del Hotel de Roma.
 Madame Pucheu, según ella me dijo, ha vivido en el núm. 18 del mismo Hotel.
 Lo único que el dueño del Hotel notó en él fue que en la mesa guardaba profundo silencio y que cada día se mostraba más reservado.
 Dícese que explica llevar la cartera con su nombre, porque, atentando suicidarse, quería que a su muerte se supiera quién era; pero esto no pasa de ser un rumor.
 Le vi ensangrentado, con fisonomía amarga y ojos vacilantes. A una mirada que le dirigí me contestó frunciendo el cejo y con intento de incorporarse. Su aspecto es ordinario y vulgar; de robusta musculatura, parece más el obrero de un taller de maquinaria que el hombre que tuvo mucho dinero cuando joven. Sobre su cabeza tenía un sombrero de paja con ancha cinta, y su traje era de hilo, bastante sucio por el uso.
 Con frecuencia miraba al centinela que se le había puesto en el interior del calabozo. No se quejaba; pero se sentía inquieto sobre la cama donde estaba enfado.
 Es uno de esos tipos que no justifican los amores de una mujer, que como la Bompard, es hermosa y joven.
 Eyraud nació el año 1843 y su vida azarosa ha dado huellas duras en su semblante. Se han sacado algunos retratos suyos; pero todos mal hechos, pues ni aun de sorpresa han podido cogerle en postura natural.
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 Es sabido que está ofrecida la cantidad de 25,000 francos a quien capturara a Eyraud. La ofrenda a nadie corresponde más que a los esposos Pucheu y a la modista de su taller madame Biember.
 Los héroes de la importante captura son ellos.
 —A ustedes corresponde el premio -dije a los esposos Pucheu.
 —Así parece —replicó madame Pucheu— pero no lo queremos. Nos basta con haber hecho algo bueno desde aquí por la Francia. No necesitamos por fortuna ese dinero. Que se lo den a la Beneficencia de París. 


  La Vanguardia, Barcelona, martes 10 de junio de 1890, pp. 1 y 2. 

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