miércoles, 8 de abril de 2026

El ocaso de los semidioses

 

  El ocaso de los semidioses

  Alejo Carpentier

  La publicación de una reciente novela de Marcel Prevost, ha puesto una nota inesperada en la actualidad Iiteraria parisiense. "¿Cómo? ¿Todavía vive Marcel Prevost?", se preguntaron algunos, y ¿todavía escribe? ¡Cuántos habían olvidado la existencia del autor de Cartas de Mujeres, y de esas novelas con pretensiones de sutileza psicológica, que alcanzaron tiradas casi fantásticas en vísperas de la gran guerra! … Las obras de Marcel Prevost no resultaron éxitos de librería tan sólo en Francia; si bien recordamos, algunos de sus volúmenes traducidos, y publicados por Bouret, conocieron días gloriosos ante los lectores de habla castellana. En una época, todos los periódicos femeninos de Francia -Femina, entre otros- se arrancaban los originales de este empomadado analista de pasiones mundanas, que no vacilaba en dejar publicar sus cuentos en revistas para viejos verdes, con tal de que se los pagaran decentemente. En aquellos tiempos se le tenía por uno de los campeones del estudio psicológico, como un conocedor profundo del alma humana, y, sobre todo, del alma femenina. Se le elogiaba; se le compraba.

 Pero Marcel Prevost tuvo demasiada confianza en su público. No pensó que la masa es inconstante y tornadiza. Creyó que el éxito le sonreiría eternamente. Y llegó la guerra, con sus inversiones de valores, sus cocktails de nacionalidades, sus cambios profundos impuestos a las costumbres europeas. Y de pronto, el "estupendo analista", el "conocedor del alma humana", se encontró en un mundo que lo miraba como a un desconocido y que se negaba a hallar realidad de observación en sus libros. Las Cartas de mujeres no interesaban a nadie. Los niños se reían de quienes intentaban educarlos de acuerdo con los preceptos encerrados en las Cartas a Francisca. Y Marcel Prevost se encerró en una suerte de melancólico mutismo… Pasaron varios años; trató de aplicar sus métodos de estudio a la sociedad de post guerra. Y al fin publicó un librito que no causó la menor sensación, ni obtuvo otro éxito que el propiciado por la curiosidad de sus antiguos lectores… Se elogió amablemente su deseo de ponerse "al día", pero no se le negó que, de acuerdo con la opinión general, no comprendía cosa alguna en lo que ocurría a su alrededor... Y algunos preguntaron cruelmente: "¿pero todavía vive Marcel Prevost?"

  Sí; todavía vive Marcel Prevost. Y lo grave, para los de su generación, es que la guerra ha traído una revolución tan profunda en la manera de ver y de sentir, que otros, mucho más fuertes, mucho más estimables que el autor de Cartas de Mujeres, han muerto totalmente para los lectores modernos... ¿Quién lee en Francia, actualmente, a escritores como René Bazin, Paul Hervieu, Lavedan, y otros que disfrutaron de una envidiable aureola en vísperas de la gran contienda? ¿Qué influencia ejerce hoy un Paul Bourget, a pesar de su innegable valor?  ¿Han dejado alguna huella sensible en lo que constituye, por los años que corren, el pensamiento contemporáneo? Creo que sólo respuestas negativas implican estas preguntas.

  Y eso no es todo. Hay un escritor que llegó a ocupar un lugar difícilmente alcanzable para cualquier talento, un escritor que fue llamado de todos los extremos del planeta para dar conferencias, un escritor que llegó a fomentar una suerte de culto internacional, y que hoy ha caído en el olvido más absoluto ante el público nuevo del país que lo vio nacer. Me refiero a Anatole France… Es posible que esta verdad sea dolorosa para muchos, pero debe confesarse que nadie lee actualmente en Francia al autor de Thais, y que sus volúmenes han llegado a ser un estorbo para los libreros que los poseen... Además, recientemente, un gran diario parisiense organizó una encuesta entre los escritores franceses de la hora presente, para conocer sus opiniones acerca de la obra del viejo ironista. Todas las contestaciones hubieran podido resumirse con las palabras lacónicas y terribles empleadas por Blaise Cendrars: "Aburrimiento... aburrimiento … aburrimiento..."

 Hace poco, pregunté al dueño de una de las librerías más famosas de París, cuántos libros de Anatole France se vendían al mes.

 -Tres o cuatro -me respondió este librero privilegiado.

 Estamos, pues, asistiendo a un ocaso de semidioses. Frente a espectáculos de esta naturaleza, debemos dejar toda sensiblería a un lado y explicarnos las razones del fenómeno ... ¿Quiere decir este total derrumbe de valores, que el público es inconstante, y que acabará siempre por abandonar mañana lo que amaba ayer?  No precisamente. Los hechos parecen demostrar lo contrario. Marcel Proust, el extraordinario novelista, apenas conocido por el público durante su vida, no ha dejado de subir ante los ojos de los lectores, desde el momento de su muerte, conquistando una masa de adictos cada vez mayor. André Gide se mantiene, después de la guerra, más alto que antes. Charles Peguy no está olvidado... Henri Bataille sigue considerado como uno de los más auténticos va lores del teatro moderno... ¿Entonces?

 El problema tiene, a mi juicio, una explicación muy sencilla: el público europeo de post-guerra, es más exigente y apasionado que el público de antes de la gran contienda. Marcel Proust, Alain Fournier, André Gide, Henri Bataille, Peguy y otros, se mantienen intangibles en su devoción, porque fueron hombres que supieron resolver a fondo un problema, en sus distintos aspectos . . Proust ha llevado la novela psicológica a su punto de máxima tensión; Peguy ha planteado dramáticamente la cuestión de fe; Bataille ha escrito un teatro que vive por la fuerza de los sentimientos, sin pagar tributo a una época dada… La guerra ha demostrado a los hombres nuevos que era peligroso jugar con las ideas, y que vivíamos en una época que necesitaba afirmaciones profundas... Cuando se existe en una era implacable y recia como la nuestra, el hombre que pretende hacer mutis, con una son risa irónica a flor de labios, sin querer "meterse en líos", cobra categoría de malhechor público.

 Esto explica, desgraciadamente, la caída de un Anatole France. Fue un delicioso escritor, pero fue un literato –“en todo el horror de la palabra”, como diría André Bretón- y nada más. Coqueteó con la política, con la filosofía, con el amor, con la fe, con las ideas sociales, con las convicciones profundas del individuo, sin llegar al fondo de las cosas, y sin traer una sola solución aceptable. Esto es lo que no le perdonan los hombres de hoy. Después de su muerte, Joseph Delteil pudo decir, sin que nos atreviéramos a contradecirlo: Se afirmará que Anatole France fue el Voltaire de los tiempos modernos; pero hoy no necesitamos hombres como Voltaire; preferimos los Rousseau, los Robespierre, los Saint Just, hombres de afirmaciones trascendentales. 

 

 “El ocaso de los semidioses”, Carteles, octubre 19, 1930, pp. 16 y 67. Versión modificada en Palabras en el tiempo, Argos Vergara, 1984, pp. 187-88.


martes, 7 de abril de 2026

José Carlos Mariátegui: La revisión de la obra de Anatole France


   LA REVISIÓN DE LA OBRA DE ANATOLE FRANCE

   José Carlos Mariátegui

  En los funerales de Anatole France, todos los estratos sociales y todos los sectores políticos quisieron estar representados. La derecha, el centro y la izquierda, saludaron la memoria del ilustre hombre de letras. Los sobrevivientes del pasado, los artesanos del presente y los precursores del porvenir coincidieron, casi unánimes, en este homenaje fúnebre. La vieja guardia del partido comunista francés escoltó por las calles de París los restos de Anatole France. Hubo pocas abstenciones. Pravda, órgano oficial de Rusia sovietista, declaró que en la persona de Anatole France la vieja cultura tendía la mano a la humanidad nueva.

 Pero este casi armisticio que, en una época de aguda beligerancia, colocaba la figura de Anatole France por encima de la guerra de clases, no duró sino un segundo. Fue sólo la ilusión de un armisticio. Algunos intelectuales de extrema derecha y de extrema izquierda sintieron la necesidad de esclarecer y de liquidar el equívoco. La juventud comunista francesa negó su voto a la gloria del maestro muerto. En un número especial de Clarté, cuatro escritores clartistas definieron agresivamente la posición antifrancista de su grupo. Y, por su parte, los representantes ortodoxos de la ideología reaccionaria, católica y tradicionalista, separándose de Charles Maurras, rehusaron su acatamiento a Anatole France, a quien no podían perdonar, ni aún in extremis, el sentimiento anticristiano y anticlerical que constituye la trama espiritual de todo su arte.

 De esta revisión de la obra de Anatole France, únicamente las críticas de la extrema izquierda tienen verdadero interés histórico. Que la Aristocracia y el Medioevo excomulguen a Anatole France, por su paganismo y su nihilismo, no puede sorprender absolutamente a nadie. Anatole France no fue nunca un literato en olor de santidad católica y conservadora. Su filiación socialista situaba, normalmente, a France al lado del proletariado y de la revolución. France era comúnmente designado como un patriarca de los nuevos tiempos. La sola crítica nueva, la sola crítica iconoclasta que se formula contra su personalidad literaria es, por consiguiente, la que le discute y le cancela este título.

 El documento más autorizado y característico de esta crítica es el panfleto de Clarté. Anatole France, como es notorio, dio su nombre y su adhesión al movimiento clartista. Suscribió con Henri Barbusse los primeros manifiestos de la Internacional del Pensamiento. Se enroló entre los defensores de la Revolución rusa. Se puso al flanco del comunismo francés. Su vejez, su fatiga, su gloria y su arterioesclerosis no le consintieron seguir a Clarté en su rápida trayectoria. Clarté marchaba aprisa, por una vía demasiado ruda, hacia la revolución. La culpa no era de Anatole France ni de Clarté. France pertenecía a una época que concluía; Clarté a una época que comenzaba. La historia, en suma, tenía que alejar a Clarté de Anatole France y de su obra.

 La obra de France encuentra su más severo tribunal en el grupo de intelectuales organizado o bosquejado bajo su auspicio. Esta circunstancia confiere a la crítica de Clarté un valor singular.

 Marcel Fourrier no cree que se pueda establecer una distinción entre France hombre de letras y France hombre político. Clarté no puede pronunciarse sobre una obra, cualquiera que esta obra sea, sin examinarla desde un punto de vista social, "Sobre este plano —escribe— y con pleno conocimiento de causa, nosotros repudiamos la obra de France. Estamos animados en esta revista por una preocupación demasiado viva de probidad intelectual para poder hablar diversamente a un público que aprecia la nuestra franqueza. La obra de France niega toda la ideología proletaria de la cual ha brotado la Revolución Rusa. Por su escepticismo superior y su retórica untuosa, France se halla singularmente emparentado a todo el linaje de socialistas burgueses". Luego estudia Fourrier los móviles y los estímulos de la conducta de Franca den dos capítulos sustantivos de la historia francesa: la cuestión Dreyfus y la gran guerra. En ambos instantes, France sostuvo la política de la «unión sagrada». Su gaseoso pacifismo capituló ante el mito de la guerra por la Democracia. A este pacifismo no tornó sino después de 1917 cuando Romain Rolland, Henri Barbusse y otros hombres habían suscitado ya una corriente pacifista.

 El oportunismo mundano de Anatole France es acremente condenado por Jean Bernier. Con mordacidad y agudeza maltrata la estética del maestro, que "ajusta sus frases, combina sus proporciones y carda sus epítetos", perennemente fiel a un gusto mitad preciosista, mitad parnasiano. "El hombre, sus instintos y sus pasiones, sus amores y sus odios, sus sufrimientos y sus esfuerzos, todo esto resulta extraño a esta obra". Bernier se opone, con tanta vehemencia como Fourrier, a toda tentativa de anexar la literatura de Anatole France a la ideología de la revolución.

 Otro de los escritores de Clarté, Edouard Berth, discípulo remarcable de Jorge Sorel, ve en Anatole France uno de los representantes típicos del fin de una cultura. Piensa que las dos familias espirituales, en que se ha dividido siempre la Francia burguesa, han tenido en Barres y en Anatole France sus últimos representantes. La cultura burguesa -dice- ha cantado en la obra de ambos escritores su canto del cisne. Observa Berth que nadie ama tanto al maestro como "ciertas mujeres, judías cerebrales, grandes burguesas blasées,2 a quienes el epicureismo, aliado a un misticismo florido y perfumado y a un revolucionarismo distinguido, hace el efecto de una caricia inédita; y ciertos curas en quienes el catolicismo eso hijo del Renacimiento y de Horacio más que del Evangelio, prelados untuosos, finos humanistas y diplomáticos consumados de la corte romana".

 Anatole France ha, sido considerado siempre como un griego de las letras francesas. Contra este equívoco insurge George Michael, otro escritor, de Clarté, que desnuda la Grecia postiza de los humanistas franceses. La Grecia, que estos helenistas admiran y conocen, es la Grecia de la decadencia. Anatole France como todos ellos, se ha complacido y se ha deleitado en la evocación voluptuosa de la hora decadente, retórica, escéptica, crepuscular, de la civilización helénica.

 Tales impresiones sobre el arte de Anatole France venían madurando, desde hace algún tiempo en la conciencia de los intelectuales nuevos. Ahora adquieren expresión y precisión. Pero, larvadas, bosquejadas, se difundían en la inteligencia y en el espíritu contemporáneo, especialmente en los sectores de vanguardia, desde el comienzo de la crisis post-bélica. A medida que esta crisis progresaba se sentía en una forma más categórica e intensa que Anatole France correspondía a un estado de ánimo liquidada por la guerra. Malgrado su adhesión a Claridad y a la Revolución rusa, Anatole France no Podía ser considerado como un artista o un pensador de la humanidad nueva. Esa adhesión expresaba, a lo sumo, lo que Anatole France quería ser; no lo que Anatole France era.

 También de mi alma, como de otras, se borraba poco a poco la primera imagen de Anatole France. Hace tres meses, en un artículo escrito en ocasión de su muerte, no vacilé en clasificar a Anatole France como un literato fin de siglo. "Pertenece —dije— a la época indecisa, fatigada, de la decadencia burguesa".

 Pienso, sin embargo, que la requisitoria de Clarté es, en algunos puntos, como todas las requisitorias, excesiva y extremada. En la obra de Anatole France es ciertamente, vano y absurdo buscar el espíritu de una humanidad nueva. Pero lo mismo se puede decir de toda la literatura de su tiempo. El arte revolucionario no precede a la Revolución. Alejandro Blok; cantor de las jornadas bolcheviques, fue antes de 1917 un literato de temperamento decadente y nihilista. Arte decadente también, hasta 1917, el de Mayaskowski. La literatura contemporánea no se puede librar de la enfermiza herencia que alimenta sus raíces. Es la literatura de una civilización que tramonta. La obra de Anatole France no ha podido ser una aurora. Ha sido, por eso, un crepúsculo.

 

 Mundial, Año V, Núm. 243, 30 de enero de 1925; La escena contemporánea, Editorial Minerva, Lima, 1925, pp. 217-22; Social (La Habana), abril 1926, pp. 16 y 73. 


sábado, 4 de abril de 2026

José Carlos Mariátegui: Anatole France

 


   ANATOLE FRANCE

   José Carlos Mariátegui

   El crepúsculo de Anatole France ha sido el de una vida clásica. Anatole France ha muerto lenta y compuestamente, sin prisa y sin tormento, como él, acaso, se propuso morir. El itinerario de su carrera fue siempre el de una carrera ilustre. France llegó puntualmente a todas las estaciones de la inmortalidad. No conoció nunca el retardo ni la anticipación. Su apoteosis ha sido perfecta, cabal, exacta, como los períodos de su prosa. Ningún rito, ninguna ceremonia ha dejado de cumplirse. A su gloria no le ha faltado nada: ni el sillón de la Academia de Francia ni el Premio Nóbel.

 Anatole France no era un agnóstico en la guerra de clases. No era un escritor sin opiniones políticas, religiosas y sociales. En el conflicto que desgarra la sociedad y la civilización contemporáneas no se había inhibido de tornar parte. Anatole France estaba por la revolución y con la revolución. "Desde el fondo de su biblioteca -como decía una vez un periódico francés- bendecía las empresas de la gran Virgen". Los jóvenes lo amábamos por eso.

  Pero la adhesión a France, en estos tiempos de acérrima beligerancia, va de la extrema derecha a la extrema izquierda. Coinciden en el acatamiento al maestro reaccionario y revolucionario.

 No han existido, sin embargo, dos Anatole France, uno parte uso externo deja burguesía y del orden, otro para regalo de la revolución y sus fautores: Acontece, más bien, que la personalidad de Anatole France tiene diversos lados, diversas facetas, diversos matices y que cada sector del público se consagra a la admiración de su escorzo predilecta. La gente vieja, la gente moderada ha frecuentado, por ejemplo La Rotisserie de la Reine Pedauque y ha paladeado luego, como un licor aristocrático, Les opinions de Jerome Coignard. La gente nueva, en tanto, ha gustado de encontrar a France en compañía de Jaurés o entre los admiradores de Lenin.

  Anatole France nos aparece un poco más complejo, un poco menos simple del France que nos ofrecen generalmente la crítica y sus lugares comunes. France ha vivido siempre en un mismo clima, aunque han pasado por su obra diversas influencias. Ha escrito durante más de cincuenta años, en tiempos muy versátiles, veloces y tornadizos. Su producción, por ende, corresponde a las distintas estaciones de su época heteróclita y cosmopolita. Primero acusa un gusto parnasiano, ático, preciosista; en seguida obedece una intención disolvente, nihilista, negativa; luego adquiere la afición de la utopía y de la crítica social. Pero bajo la superficie ondulante de estas manifestaciones, se advierte una línea persistente y duradera.

 Pertenece Anatole France a la época indecisa, fatigada, en que madura la decadencia burguesa. Sus libros denuncian un temperamento educado clásicamente, nutrido de antigüedad; curado de romanticismo, amanerado, elegante y burlón. No llega France al escepticismo y al relativismo actual. Sus negaciones y sus dudas tienen matices benignos. Están muy lejos de la desesperanza incurable y honda de Andreiev, del pesimismo trágico de El Infierno de Barbusse y de la burla acre y dolorosa de Vestir al desnudo y otras obras de Pirandello. Anatole France huía del dolor. Era la suya un alma griega, enamorada de la serenidad y de la gracia. Su carne era una carne sensual como la de aquellos pretéritos abates liberales, un poco volterianos, que conocían a los griegos y los latinos más que el evangelio cristiano y que amaban, sobre todas las cosas, la buena mesa. Anatole France era sensible al dolor y a la injusticia. Pero le disgustaba que existieran y trataba de ignorarlos. Ponía sobra la tragedia humana la frágil espuma de su ironía. Su literatura es delicada, transparente y ática como el champagne. Es el champagne melancólico, el vino capitoso y perfumado de la decadencia burguesa; no es el amargo y áspero mosto de la revolución proletaria. Tiene contornos exquisitos y aromas aristocráticos. Los títulos de sus libros son de un gusto quintaesenciado y hasta decadente: El Estuche de Nácar, El Jardín de Epicuro, El Anilla de Amatista, etc. ¿Qué importa que bajo la carátula de El Anillo de Amatista se oculte una procaz intención anticlerical? El fino título, el atildado estilo, bastan para ganar la simpatía y el consenso de la opinión burguesa. La emoción social, el latido trágico de la vida contemporánea quedan fuera de esta literatura. La pluma de France no sabe aprehenderlos. No lo intenta siquiera. El ánima y las pasiones de la muchedumbre se le escapan. "Sus finos ojos de elefante" no saben penetrar en la entraña oscura del pueblo; sus manos pulidas juegan felinamente con las cosas y los hombres de la superficie. France satiriza a la burguesía, la roe, la muerde con sus agudos, blancos y maliciosos dientes; pero la anestesia con el opio sutil de su estilo erudito y musical, para que no sienta demasiado el tormento.

 Se exagera mucho el nihilismo y el escepticismo de France que, en verdad, son asaz leves y dulces. France no era tan incrédulo como parecía. Impregnado de evolucionismo, creía en el progreso casi ortodoxamente. El socialismo era para France una etapa, una estación del Progreso. El valor científico del socialismo lo conmovía más que su prestigio revolucionario: Pensaba France que la Revolución vendría. Pero que vendría casi a plazo fijo. No sentía ningún deseo de acelerarla ni de precipitarla. La revolución le inspiraba un respeto místico, una adhesión un poco religiosa. Esta adhesión no fue, ciertamente, un episodio de su vejez. France dudó durante mucho tiempo; pero en el fondo de su duda y de su negación latía una ansia imprecisa de fe. Ningún espíritu, que se siente vacío, desierto, deja de tender, finalmente, hacia un mito, hacia una creencia. La duda es estéril y ningún hombre se conforma estoicamente con la esterilidad. Anatole France nació demasiado tarde para creer en los mitos burgueses; demasiado tempranos para renegarlos plenamente. Lo sujetaban a una época que no amaba, el pesada lastre del pasado, los sedimentos de su educación y su, cultura, cargados de nostalgias estéticas. Su adhesión a la Revolución fue un acto intelectual más bien que un acto espiritual.

 Las izquierdas se han complacido siempre de reconocer a Anatole France como una de sus figuras. Sólo con motivo de su jubileo, festejado por toda Francia, casi unánimemente, los intelectuales de la extrema izquierda sintieron la necesidad de diferenciarse netamente de él. Clarté, negó "al nihilista sonriente, al escéptico florido", el derecho al homenaje de la revolución. "Nacido bajo el signo de la democracia -decía Clarté- Anatole France queda inseparablemente unido a la Tercera República". Agregaba que "las pequeñas tempestades y las mediocres convulsiones de ésta" componían uno de los principales materiales de su literatura y que su escepticismo "pequeño truco al alcance de todas las bolsas y de todas las almas, era en suma el efecto de la mediocridad circundante".

 Pero, malgrado estas discrepancias y oposiciones, nada más falso que la imagen de un Anatole France muy burgués, muy patriota, muy académico, que nos aderezan y sirven las cocinas de la crítica conservadora. No, Anatole France no era tan poca cosa. Nada le habría humillado y afligido más en su vida que la previsión de merecer de la posteridad ese juicio. La justicia de pobres, la utopía y la herejía de los rebeldes, tuvieron siempre en France un defensor. Dreyfusista con Zolá hace muchos años, clartista con Barbusse hace muy pocos años, el viejo y maravilloso escritor insurgió siempre contra el viejo orden social. En todas las cruzadas del bien ocupó su puesto de combate. Cuando el pueblo francés pidió la amnistía de Andrés Marty, el marino del Mar Negro que no quiso atacar Odesa comunista, Anatole France proclamó el heroísmo y el deber de la indisciplina y la desobediencia ante una orden criminal. Varios de sus libros, Opiniones Sociales, Hacia los Nuevos Tiempos, etc., señalan a la humanidad las vías del socialismo.

 Otro de sus libros Sobre la Piedra Blanca, que tiende el vuelo hacia el porvenir y la utopía, es uno de los mejores documentos de su personalidad. Todos los, elementos de su arte se conciertan y combinan en esas páginas admirables. Su pensamiento, alimentado de recuerdos de la antigüedad clásica, explora el porvenir distante desde un anciano proscenio. Las dratriatis personae de la novela, gente selecta, exquisita e intelectual, de alma al mismo tiempo antigua y moderna, se mueven en un ambiente grato a la literatura del maestro. Uno es un personaje autén­ticamente real y contemporáneo, Giacomo Boni, el arqueólogo del Foro Romano, a quien más de una vez he encontrado en alguna aula o en algún claustro de Roma. El argumento de la novela es una plática erudita entre Giacomo Boni y sus contertulios. El coloquio evoca a Galión, gobernador de Grecia, filósofo y literato romano, que habiéndose encontrado con San Pablo, no supo entender su extraño lenguaje ni presentir la revolución cristiana. Toda su sabiduría, todo su ta­lento fracasaban ante el intento, superior a sus fuerzas, de ver en San Pablo algo más que un judío fanático, absurdo y sucio. Dos mundos es­tuvieron en ese encuentro frente a frente sin conocerse y sin comprenderse. Galión, desdeñó a San Pablo Como protagonista de la Historia; pero la Historia dio la razón al mundo de San Pablo y condenó el mundo de Galión. ¡No hay en este cuadro una anticipación de la nueva filosofía de la Historia? Luego, los personajes de Anatole France se entretienen en una previsión de la futura sociedad .proletaria. Calculan que la revolución llegará hacia el fin de nuestro siglo.

 La previsión ha resultado modesta y tímida. A Giacomo Boni y a Anatole France les ha tocado asistir, en el tramonto dorado de su vida, al orto sangriento de la revolución.


 Variedades (Lima), Año XX, núm. 868, 18 de octubre, 1924, pp. 2589-92; La escena contemporánea, Minerva, 1925; Bohemia (La Habana), 27 de septiembre, 1963, pp. 12-13. 


viernes, 3 de abril de 2026

César Vallejo: El verano en Deauville



César Vallejo: Artículos olvidados, Asociación Peruana por la Libertad de la Cultura, Lima, 1960. 

jueves, 2 de abril de 2026

La criada de Anatole France

 

  Julio Camba 


 Un día, hará cosa de dos años, yo tenía un asiento de imperial en un ómnibus Odeón Clichy para trasladarme desde Montmartre al Barrio Latino. Al llegar a los grandes bulevares, el ómnibus se detuvo y subieron varias personas. Los pocos sitios que había vacantes se ocuparon enseguida, y quedaron en pie una muchacha muy bonita, un señor con aspecto de teniente de la Guardia Civil y un joven de largos cabellos, sombrero flexible y corbata lavalière.

 Yo me apresuré a levantarme y le ofrecí mi asiento a la muchacha.

 -¿Es usted artista? -me preguntó entonces el joven de la lavalière.

-Tal vez. ¿Por qué?

 -Porque si usted supiera quién es este señor, en vez de ofrecerle el asiento a esa señorita se lo hubiera ofrecido usted a él.

 -¿Este señor? -exclamé yo señalando al presunto teniente de la Guardia Civil-. ¿Y quién es este señor?

-Es monsieur Anatole France -me contestó el joven con mucho orgullo-. ¿Verdad que si lo hubiera conocido le habría usted dejado su asiento?

 -No, señor -le contesté. Yo admiro mucho a monsieur Anatole France, pero también soy un gran admirador de esta señorita.

-Pues entonces usted no es un artista -me dijo el joven.

-¡Oh, sí! -interrumpió Anatole France-. El señor «se conoce» en obras de arte. Esa señorita es un chef-d'oeuvre.

 -¡Le vieux polisson! -dijo la muchacha.

 Anatole France no tuvo un gran éxito aquel día en el ómnibus y, sin embargo, ha continuado siendo un gran partidario de los ómnibus. A pesar de su aristocratismo, al maestro le gusta confundirse con el pueblo. Su aristocratismo le impide asistir a las reuniones de la Academia o hacerse diputado, pero no ir en los ómnibus ni meterse en los tranvías. Anatole France adora estas dos cosas tan democráticas que son el periódico y el ómnibus. Ahora ya casi no hay ómnibus en París. Se han suprimido las imperiales en la mayoría de las líneas, y esto es una pena.

 -¿Por qué no hace usted alguna interviú con literatos franceses? -me preguntaba el otro día mi director.

 -¡Hombre, sí! -me dije yo-. Iré a ver a Anatole France y le pediré su opinión sobre la supresión de imperial en los ómnibus de París.

 Busqué en el Botin las señas del ilustre escritor -5, Villa Saïd-, y aunque iba a interrogarle sobre los ómnibus, tomé un coche para dirigirme a su casa. Anatole France vive pasada la Etoile, en las cercanías el Bosque de Bolonia. Tiré de la campanilla y salió a criada.

 -¿Monsieur Anatole France? 

-¿Monsieur Anatole France? -repitió la criada-.¡Pero si está en Argelia! ?No lee usted los periódicos?

 -Muy poco, señora. ¿Y usted?

 -Yo sí. Desde que estoy al servicio del señor me he aficionado a la literatura. Yo comencé leyendo los periódicos para ver qué decían del señor, y ahora los leo para ver lo que dicen de mí.

 -¿De usted?

 -Sí, señor. ¡Qué quiere usted! Cuando se está al servicio de un hombre como monsieur France...

 Y la buena mujer hizo un gesto como diciendo: «¡Inconvenientes de la popularidad!».

-Pero ¿qué pueden decir de usted los periódicos, señora?

 -Calumnias. Injusticias...

 -Envidias tal vez.

 -Sí, señor. Envidias.

 -No me extraña. Esas malas pasiones son muy fuertes en los medios literarios.

 -Mire usted el Gil Blas. Parece que el señor había dicho que se iba a Argelia para sustraerse a los ennuis domestiques. Pues el Gil Blas pone: /«Nous croyons qu'il s'en va pour se soustraire aux domestiques, tout simplement». Yo quiero mucho al señor, pero cuando vuelva le voy a exigir una aclaración.

 La pobre mujer estaba muy sofocada.

 -Es muy enojoso esto de servir a la gente de letras -decía.

 -Sí. Yo he conocido en España a la criada de un novelista que no había cobrado un céntimo en tres años.

 -¡Oh! El señor me paga muy bien. Yo no quiero que los periódicos españoles digan que no me paga.

 Me paga puntualmente, y a mí me gusta servirle porque siempre es mejor servir a un académico que no a un épicier. Ya ve usted, con el nombre que yo me he hecho aquí, no me faltará nunca una buena colocación. Pero, en cambio, ¡cuántos disgustos me proporciona la popularidad! No. No se puede servir a la gente de letras. ¿Conoce usted al criado de monsieur Tristán Bernard?

-No, señora.

-Pues el otro día, el criado de monsieur Tristán Bernard dejó la casa y le pidió un certificado a su amo. ¿Y sabe usted lo que le puso en el certificado monsieur Tristán Bernard? Pues puso: «Yo certifico que el llamado Juan, mientras ha estado en mi casa, me ha hecho menos servicios de los que me ha roto». Todo porque un día Juan le rompió un servicio de té. Bien es verdad que monsieur Tristán Bernard no es un hombre serio.

 -¿Y monsieur France?

 -¡Oh! ¡Monsieur France! Si se guiara por mí, no haría muchas cosas de las que hace. Los días que hay reunión en la Academia yo le cepillo la levita y la chistera, y se lo llevo todo a su cuarto. «¡Que hoy es día de sesión -le digo-; a ver si se anima a ir!» Y no va nunca. Yo pienso que el señor debería asistir a las reuniones de la Academia, y monsieur Jules Lemaitre piensa como yo. En cambio, se va a los mítines con todos esos anarquistas de la Guerre Sociale. ¡Un hombre que tiene una posición como la suya!... ¿Y hace dos años? ¿Quiere usted creer que monsieur France, todo un señor académico como monsieur France, se subió a un aeroplano? ¿Le parece a usted serio?

 ¡A su edad!... Lo mismo que eso de los banquetes rabelesianos. Ya sabe usted que el señor va a todos los banquetes de los amigos de Rabelais. Yo no conozco a monsieur Rabelais; pero he oído decir que en esos banquetes se come con exceso, y el señor está muy delicado del estómago.

 -Pues yo había venido -le digo a la buena mujer- para hablar con monsieur France acerca de los ómnibus. Yo he conocido a monsieur France en el ómnibus Odeón Clichy.

 -También eso de los ómnibus es una manía. Un señor que dispone de un automóvil magnífico. Monsieur Lemaitre, que es realista, está muy contento cada vez que el señor le saca a pasear en automóvil. A mí me parece muy bien que hayan suprimido las imperiales de los ómnibus. Con eso, el señor no volverá a subirse a ellas. Ya no es un chico, y algún día se podría caer.

 He aquí la opinión que me han dado en casa de Anatole France acerca de los ómnibus. Yo he ido allí a buscar una opinión sobre los ómnibus, y como Anatole France no estaba, me la dio su criada. La criada de Anatole France, por otro lado, es perfectamente conocida en los medios literarios de París, y en el mundo tiene mucha más importancia ser criada de Anatole France que pertenecer a la Academia Española de la Lengua. Es decir, que a un lector de Berlín, de Londres o de Nueva York no le extrañaría ver en su periódico este título: «Lo que dice la criada de Anatole France», mientras que le extrañaría mucho ver este otro: «Lo que piensa Octavio Picón».

 

  Publicada como «Anatole France» en el periódico La Tribuna, 16-IV-1912. Julio Camba la recoge, siempre con ese título, en Playas, ciudades y montañas, Renacimiento, Madrid, 1916,  pp. 178-84; reed., 1927, pp. 168-70; en Alemania, Londres. Playas, ciudades y montañas…, 1948. También recogida en Caricaturas y retratos, Fórcola, 2013, y Julio Camba; Obras 1916-1923, 2020.