domingo, 4 de agosto de 2024

Leminski


  Haroldo de Campos 

 

 Fue en 1963, en la Semana Nacional de Poesía de Vanguardia, en Belo Horizonte, que Paulo Leminski apareció, dieciocho o diecinueve años, un Rimbaud curitibano con físico de judoca, midiendo versos homéricos como si fuese un discípulo zen de Bashô, el Señor Banano, recién salido del templo neopitagórico del simbolista filelénico Darío Veloso.

 Noigandres, como faro poundiano, lo recibió en la plataforma de lanzamiento de Invenção, lampiro-más-que-vampiro de Curitiba, chispeante de poesía y vida. Ahí comenzó todo. “Caipira cabotino” (como dice afectuosamente Julinho Bressane) o plurilingue parroquiano cósmico, como preferiría yo sintetizar en ideográfica fórmula de contrastes, ese caboclo polaco-paranaense supo, muy precozmente, deglutir el pau-brasil oswaldiano y educarse en la piedra filosofal de la poesía concreta (hasta hoy en el camino de la literatura brasileña), piedra de fundación y de toque, imán de poetas-poetas.

 Desde las primeras invenciones a Catatau, desde la poesía contraventora y lírica (pero siempre construida, conocida, de fabbro, de hacedor) hasta el verso verde-verdura de la canción trovadoresca-popular, Leminski viene lloviendo en el endomingado picnic sobre la hierba en que se convirtió la poesía neoacadémica brasileña, dividida hoy entre institucionalizadas marginalidades plácidas y exploradores orfeónicos, de medallitas y brazaletes. Y es bueno que llueva, con piedras y zarzas y barro. ¡Evoé Leminski!

  

                                                                                      Sao Paulo, junio de 1983

 

 Texto publicado en la primera edición de Caprichos e relaxos (1983), tomado de Paulo Leminski. Toda poesia (Companhia Das Letras, 2013, pp. 394-95.

 

viernes, 2 de agosto de 2024

El resto mortal

 


 Paulo Leminski

 Quería no morir del todo. No en lo mejor. Que lo mejor de mi quedase, ya que, por encima o más allá, soy todo dudas. Quería dejar aquí en este planeta no solo un testimonio de mi pasaje, pirámide, obelisco, entradas en una oscura enciclopedia, campos donde no crece más hierba.

 Quería dejar mi proceso de pensamiento, mi máquina de pensar, la máquina que procesa mi pensamiento, mi pensar transformado en máquinas objetivas, fuera de mí, sobreviviéndome.

 Durante mucho tiempo, cultivé ese sueño desesperado.

 Un día, intuí. Esa máquina era posible.

 Tenía que ser un libro.

 Tenía que ser un texto. Un texto que no solo fuese, como los demás, un texto pensado. Yo precisaba de un texto pensante. Un texto que tuviese memoria, produjese imágenes, raciocinio.

 Sobre todo, un texto que sintiese como yo.

 Al partir, yo dejaría ese texto como un astronauta solitario deja un reloj en la superficie de un planeta desierto.

 Claro, yo podría haber escogido un ser humano para ser esa máquina que pensase como yo pienso. Bastaba conseguir un alumno. Pero las personas no son previsibles. Un texto es.

 La impresión de mi proceso de pensamiento no podría estar en la escucha de las palabras ni en el rol de los eventos narrados. Tendría que estar inscrito en el propio movimiento del texto, en los flujos de su dinámica, traduciendo el juego de sus mañas y mareas.

 Un texto así no podría ser fabricado ni forjado. Solo podría ser deseado.

 El mismo escogería, si quisiese, la hora de su advenimiento.

 Todo lo que yo podría hacer en esa dirección era estar atento a todos los impulsos, incluso los más ciegos, sin saber si el texto estaba llegando o no.

 Era obvio, un texto así tendría, como mínimo, que llevar una vida humana entera. En la mejor de las hipótesis.

 Una cuestión se planteó desde el principio. La tensión de la espera de un texto de este tipo podría ser el mayor obstáculo para su surgimiento. En este sentido, no había solución. La cuestión tendría que ser vivida a nivel de enigma y conflicto, sigilo y disimulación.

 Por supuesto que el texto que resultase de ese estado debería, por fuerza, reproducirlo en su esencial perplejidad. La máquina-texto que surgiese no sería un todo armónico, ya que la armonía solo conviene a las cosas muertas. Lo que yo pretendía era una cosa viva, una vida que me sobreviviese. Y la vida es contradictoria.

 No sé nunca si ese texto llegará. O si ya llegó.

 Todo lo que quiero es que, si llega, se acuerde de mí tanto como yo supe desearlo.

 

 Traducción: Pedro Marqués de Armas

 

 “El resto inmortal”, Gozo Fabuloso -39 crônicas e contos... (2004). Tomado de Potemkin ediciones, Núm. 11, junio-septiembre de 2015. 


sábado, 20 de julio de 2024

Birds in the nigth

                    


 Luis Cernuda

 

 El gobierno francés, ¿o fue el gobierno inglés?, 

                                  puso una lápida

En esa casa de 8 Great College Street, Camden Town, 

                                        Londres,

Adonde en una habitación Rimbaud y Verlaine, rara pareja,

Vivieron, bebieron, trabajaron, fornicaron,

Durante algunas breves semanas tormentosas.

Al acto inaugural asistieron sin duda embajador y alcalde,

Todos aquellos que fueran enemigos de Verlaine y Rimbaud 

                                          cuando vivían.

 

Con la tristeza sórdida que va con lo que es pobre,

No la tristeza funeral de lo que es rico sin espíritu.

Cuando la tarde cae, como en el tiempo de ellos,

Sobre su acera, húmedo y gris el aire, un organillo

Suena, y los vecinos, de vuelta del trabajo,

Bailan unos, los jóvenes, los otros van a la taberna.

 

Corta fue la amistad singular de Verlaine el borracho

Y de Rimbaud el golfo, querellándose largamente.

Mas podemos pensar que acaso un buen instante

Hubo para los dos, al menos si recordaba cada uno

Que dejaron atrás la madre inaguantable y la aburrida 

                                            esposa.

Pero la libertad no es de este mundo, y los libertos,

En ruptura con todo, tuvieron que pagarla a precio alto.

 

Sí, estuvieron ahí, la lápida lo dice, tras el muro,

Presos de su destino: la amistad imposible, la amargura

De la separación, el escándalo luego; y para éste

El proceso, la cárcel por dos años, gracias 

                                 a sus costumbres

Que sociedad y ley condenan, hoy al menos; 

                                 para aquél a solas

Errar desde un rincón a otro de la tierra,

Huyendo a nuestro mundo y su progreso renombrado.

 

El silencio del uno y la locuacidad banal del otro

Se compensaron. Rimbaud rechazó la mano que oprimía

Su vida; Verlaine la besa, aceptando su castigo.

Uno arrastra en el cinto el oro que ha ganado; el otro

Lo malgasta en ajenjo y mujerzuelas. Pero ambos

En entredicho siempre de las autoridades, de la gente

Que con trabajo ajeno se enriquece y triunfa.

 

Entonces hasta la negra prostituta tenía derecho 

                                       de insultarlos;

Hoy, como el tiempo ha pasado, como pasa en el mundo,

Vida al margen de todo, sodomía, borrachera, 

                             versos escarnecidos,

Ya no importan en ellos, y Francia usa de ambos nombres 

                                       y ambas obras

Para mayor gloria de Francia y su arte lógico.

Sus actos y sus pasos se investigan, dando al público

Detalles íntimos de sus vidas. Nadie se asusta ahora, 

                                       ni protesta.

 

“¿Verlaine? Vaya, amigo mío, un sátiro, un verdadero 

                                              sátiro.

Cuando de la mujer se trata; bien normal era el hombre,

Igual que usted y que yo. ¿Rimbaud? Católico sincero, 

                                como está demostrado”.

Y se recitan trozos del “Barco Ebrio” y del soneto a las “Vocales”.

Mas de Verlaine no se recita nada, porque no está de moda

Como el otro, del que se lanzan textos falsos en edición de lujo;

Poetas mozos de todos los países hablan mucho de él 

                                 en sus provincias.

 

¿Oyen los muertos lo que los vivos dicen luego de ellos?

Ojalá nada oigan: ha de ser un alivio ese silencio interminable

Para aquellos que vivieron por la palabra y murieron 

                                               por ella,

Como Rimbaud y Verlaine. Pero el silencio allá no evita

Acá la farsa elogiosa repugnante. Alguna vez deseó uno

Que la humanidad tuviese una sola cabeza, para así cortársela.

Tal vez exageraba: si fuera sólo una cucaracha, y aplastarla.





jueves, 18 de julio de 2024

Cernuda en La Habana


 José Rodríguez Feo


 En la primavera de 1949, conocí a Luis Cernuda en Mount Holyoke College donde enseñaba Literatura Española desde 1947, en que abandonó Inglaterra definitivamente. Por aquella época, José Lezama Lima y yo dirigíamos la revista Orígenes donde colaboraron los poetas españoles más importantes que habían partido al exilio tras la caída de la República. Pero nunca me había decidido a escribirle a Cernuda para pedirle un poema para la revista. Un día hablando de esto con Pedro Salinas, me preguntó por qué no lo había hecho y cuando le expliqué que era porque Cernuda tenía fama de ser una persona muy difícil, me dijo: “Pamplinas, le voy a escribir y ahora mismo le voy a dar una carta de presentación para él”. Como por aquellos días estudiaba en la Universidad de Princeton no fue hasta el próximo fin de semana que emprendí viaje a Mount Holyoke. Recuerdo que me bajé del tren de lo más preocupado pensando si Cernuda habría recibido el telegrama donde le anunciaba mi visita. Aunque nunca lo había visto ni en retrato, confiaba en que reconocería fácilmente a un andaluz entre un grupo de americanos y me puse a observar detenidamente a las personas que habían acudido a recibir a los viajeros.

 Pero no vi a nadie que se pareciera al poeta. Al cabo de un tiempo, el andén quedó desierto, pero cuando me dirigía un tanto perplejo hacia la parada de taxis, vislumbré a lo lejos a un individuo que era la estampa misma de un caballero inglés. Cuando pareció haberse convencido de que yo era el visitante que esperaba, caminó hacia donde yo estaba y me dijo mirándome fijamente: “Usted debe ser el cubano”. Era Cernuda: un señor de porte distinguido, más bien delgado, de baja estatura, cabello ligeramente encanecido y un pequeño bigote. Su rostro de ángulos pronunciados parecía esculpido por algún antepasado fenicio. Conversaba con ligeras pausas, como suelen hacerlo las personas que temen cometer una indiscreción. Cuando le dije que Salinas me había animado a que le escribiera, sonrió por primera vez y me dijo que Salinas había sido su profesor en Sevilla y que le debía sus primeras lecturas de Mallarmé, Rimbaud, Proust y Gide. Cernuda tenía fama de ser retraído y de trato áspero y, aunque se mostró muy cordial conmigo, comprendí que se sentía incómodo con mis maneras joviales y efusivas. Cuando pasamos por su cuarto, antes de ir a cenar, me impresionó su sobriedad: desprovisto como estaba de cuadros, alfombras y cortinas. Parecía la celda de un monje. Sólo vi un libro, sobre una mesa de metal blanca. Me extrañó tanto que no hubiese al menos un librero que lo comenté cuando íbamos hacia la taberna del pueblo.

 Durante la cena hablamos mucho de literatura y de sus autores preferidos y finalmente me armé de coraje y le pedí una colaboración para Orígenes. Pero me dijo que no había escrito nada últimamente.

 Parecía cansado y, en el camino a la estación, no pronunció una sola palabra. Afortunadamente, cuando llegamos a la estación, vi a lo lejos las luces del tren que se aproximaba. Entonces pasó algo imprevisto: cuando le extendí la mano para despedirme, se sonrió y me dijo que no me preocupara; me enviaría uno de los ensayos en que estaba trabajando. Pero no fue hasta el año siguiente que recibí su texto sobre Vicente Aleixandre.

 En el mes de diciembre de 1951, lo invité a pasarse unos días en La Habana a su regreso de México. Cuba realmente lo deslumbró y siempre me decía que le recordaba mucho a Cádiz. Cuando recorríamos las calles de La Habana Vieja, le parecía que estaba en Andalucía por la forma de caminar y hablar de los cubanos. Le presenté a Lezama Lima y otros poetas del grupo Orígenes. Durante el tiempo que permaneció entre nosotros, parecía otra persona: locuaz, alegre y menos retraído que en Mount Holyoke. Antes de partir, me confesó que nunca había extrañado tanto a España como durante su estancia en Cuba.

 La carta que le escribió a Lezama Lima a su regreso a Estados Unidos expresa mejor que nada que yo pueda decir la profunda impresión que le causó su visita a Cuba y "Aire de la Habana", una de las más bellas evocaciones de nuestra capital y su cielo, cierra con una misteriosa y conmovedora interrogante que refleja la angustia que siente todo ser humano desarraigado de su tierra natal.


 La Gaceta de Cuba, octubre de 1987, p. 21.