jueves, 24 de septiembre de 2015
lunes, 21 de septiembre de 2015
Dolencia rebelde
Joaquín Nicolás Aramburu
En diez
años apenas tiene tiempo para cambiar de fisonomía moral un pueblo. Una década
es un soplo en la vida de la humanidad; representa ella, ante la inmensidad de
los siglos, menos que un minuto en la vida del individuo.
Los vicios de origen, los desequilibrios del
espíritu, por ley de herencia, y las
degeneraciones del carácter, por errada educación, no sólo han menester tiempo,
sino un régimen depurativo severísimo para desaparecer o modificarse.
Es axiomático en patología la violencia de
ciertos virus, que no penetran en el organismo
para dejarlo a los primeros esfuerzos de la terapéutica, sino que se extienden,
arraigan y perduran hasta el borde mismo de la fosa; que se trasmiten á la
descendencia y reaparecen en el curso de las generaciones, si una mano hábil no
las ha neutralizado o barrido, a fuerza de cauterios, en alguna de las etapas
del mal.
Asegura Lombroso que las grandes estadísticas
del crimen se nutren de las grandes fuentes del alcoholismo. Para la medicina
legal contemporánea, consoladora y humana, el delito no es una maldición
divina, ni la obra de lo imprevisto: generalmente laten sus gérmenes en la
dolencia corporal o se elaboran sus energías en el medio ambiente, incitante y
corruptor. Hacer sanos de cuerpo y puros de espíritu, equivaldría á cerrar las
cárceles y abolir el patíbulo.
Nacen del olvido de los preceptos sociales los
paroxismos que caracterizan algunas épocas, y el rebajamiento intelectual y
físico de que adolecen algunas variedades de la especie racional.
Sin un
continuado tratamiento, vigoroso, no se curan dolencias que han viciado los
órganos humanos.
Del mismo modo persisten los errores de un
pueblo y las debilidades de una sub-raza, criada en atmósfera mefítica, cuando
no se establece un plan curativo de ciencia y virtud, enérgico; si no
sobreviene un robusto esfuerzo colectivo por vencer del peligro y se entabla
una abnegada labor en pro del mejoramiento nacional.
Porque así creo, no se ha unido a la natural
amargura de mi corazón la extrañeza de mi ánimo, en presencia del crecido número
de presos políticos que ha dejado la constitución de las mesas electorales; de
la aterradora cifra de cubanos detenidos y procesados por sedición, escándalo,
coacción o atentado a agentes de la autoridad; por hechos, en fin, que no
hubieran ocurrido en el tranquilo desarrollo de la existencia social, a no ser
esa trastornadora política del personalismo, que ofusca las inteligencias y
perturba las voluntades.
Pueden contarse por cientos los ciudadanos
recluidos en distintas cárceles, y los acusados en distintos Juzgados, cuando parecía
que con la redención política de la tierra y el gobierno libre del pueblo,
sancionado por una de las Constituciones más democráticas que se conocen, todos
nuestros graves problemas quedaban resueltos y satisfechas todas las
aspiraciones de dignidad y justicia, que llevaron al sacrificio de la guerra
civil a los hombres de dos generaciones.
El extranjero, ignorante de las miserias que
nos corroen, que después de hojear los libros de las cárceles y conocer el
registro de las Audiencias, quisiera explicarse lógicamente el origen de tantos
delitos, por la pasión sectaria inventados, pensaría que a los tres años de
República independiente, centenares de locos se habrían propuesto repetir el caso
de Santo Domingo, de mediados del pasado siglo, luchando por reincorporar la
tierra nativa a la Corona castellana, y pidiendo tropas a otra Isabel II para imponer
la reconquista a sus paisanos; pensaría si el ideal de los días de Narciso López y Saco habría reencarnado
en parte de esta generación, y centenares de utópicos se habrían empeñado en precipitar
la anexión, poniendo a los pies de un poderoso que no les quiere ahora, su
condición de ciudadanos y su prestigio de luchadores.
Porque sólo así tendrían atenuación las
violencias y explicación los arrebatos. Una mitad de la población, orgullosa de
su personalidad civil, y otra sedienta de la opresión extraña; una mitad de
dignificados, y otra de envilecidos, una de esclavos despreciados y otra de
soberanos soberbios, bien podrían llenar cárceles, desgarrarse en la vía
pública, temerse y odiarse.
Pero cuando el extranjero supiera que no se trataba
de traer otro Maximiliano de Europa, ni de incorporarse a la Federación como
Haití; sino que ha sido la lucha por una candidatura presidencial, la pugna de
dos partidos de burócratas, se haría todas las cruces del asombro, e iría como
Lombroso a buscar en las grandes fuentes de anteriores vicios, el germen fatal
de las actuales torpezas.
No me extraña que resulten liberales todos los
procesados. Son la oposición. Los que asaltan la fortaleza son los que ruedan
siempre al foso. No me admira que los jueces procesen. Lo que me entristece es
que sobren acusadores y denunciantes; lo que retrata al pueblo de diez años atrás,
es el cúmulo de testigos de cargo, hermanos por la sangre y la tierra, por el
habla y la historia, por todas las amarguras del pasado y todas las esperanzas
del porvenir, de los perseguidos.
Es la eterna desdicha: en la manigua, acusando
de espía al compañero, y de cómplice del soldado a la familia labriega. Cepos
de campaña, ahorcados por Consejo de guerra, macheteados sin formación de
sumario. La Revolución fue pródiga en estos hechos.
¿Los que acusaban? cubanos. ¿Las víctimas?
cubanos. No siempre existió el delito, pero siempre se aplicó la pena: terrores
de la guerra civil.
De trincheras adentro, el guerrillero, de los
más patriotas de ahora, arrasando sitios de labor, incendiando pueblos,
asesinando niños y violando mujeres. El chota urbano, dando confidencias a la
guardia civil. El oficialito de voluntarios, extremando la nota, por cobarde.
Aquí el proceso por infidencia, allá la confiscación de propiedades, acullá la
mentira vil enardeciendo al comandante de armas. Me acuerdo de un criollo
uniformado que en los primeros días de la contienda pretendió lo que ningún español
me habría exigido: que alojara cuatro soldados en la alcoba de mis hijitas.
Y celadores, jefes de día, y guardias, y
auxiliares de la resistencia española, no habían nacido más allá de la Punta
Maisí.
No cambia, no, en diez años la fisonomía moral
de un pueblo mal educado.
El que a la puerta del colegio hizo agresión a
la fuerza pública, el que disparó su revólver contra la Junta escrutadora, el que
amenazó de muerte al amigo y acusó de falsedad al hermano, todos los que han
denunciado y perseguido, nutriendo las cárceles y llevando el dolor a las familias,
en los odios de la lucha armada y en la atmósfera fatal de la esclavitud
colonial adquirieron la dolencia de impiedad y desamor.
Ha faltado el tratamiento. La dosis de virtud
y ciencia que penetró en el organismo social después de la paz, ha sido impotente
para destruir el virus terrible que nos devora.
Páginas. Colección de trabajos en prosa y verso, Imprenta El
Avisador Comercial, 1907, pp. 271-74.
sábado, 19 de septiembre de 2015
Protesta de un cerdo
A. Pompeyo
Ya que el pavo se lamenta, bueno es que yo
proteste. Pero ante todo, amable lector o simpática lectora, voy a presentarme
a usted, sin formalidades de ningún género, y ya que no puedo levantar el
sombrero, levantaré el hocico, y menearé el rabo en señal de respeto y
sumisión.
Soy Pancho, el cochino más estrepitoso de esta
comarca. El nombre que llevo me lo puso la hija del mayoral de una estancia del
Camagüey, la guajira más graciosa que jamás ojos vieron. Fue mi padre un
verraco que padeció achaques a la vejez y como nací enclenque se condolió mi
dueña y ésta fue la que me crió… con panetela y leche fresca de vaca. ¡Ay, cómo
me gustaba la pezonera! A la eficaz solicitud de mi madre adoptiva,
correspondía yo con chiqueos y siguiéndola como un perro. Decididamente tenemos
los puercos un instinto grande de conservación y correspondemos con gratitud a
los favores. De aquella época feliz lo único que recuerdo con desagrado eran
las cuchufletas de un enamorado que tenía mi ama, que solía decir cuando me
veía comiendo sopa: “Pero, ¿qué entenderá el cochino de panetela?”
Los alimentos y el cuidado me hicieron crecer
pasmosamente. Pronto entré en la pubertad y me dieron carta blanca para comer
de todo, aprovechándome de los sobrantes de las comidas que me ponían pando. No
conozco nada más agradable que las siestas que echaba después de la pitanza.
Comer, dormir y no trabajar es el colmo de la felicidad; pero también es cierto
que pagamos caro nuestras felices disposiciones para la ceba y en los momentos
más solemnes nos inmolan. No hay animal en el mundo cuya carne sea más gustosa
que la nuestra ni que rinda más manteca ni de mejor calidad.
Tengo a orgullo haber nacido lechón y seguir
siendo marrano. Tengo conciencia de lo que valemos, de la bondad y excelencia
de nuestra carne y del servicio grande, trascendental que hemos prestado a los
hombres, proporcionándoles con nuestros perniles el jamón que es un verdadero bocato di cardenale.
Nuestra carne es la más sabrosa que el hombre
se lleva a la boca. Chupa nuestras costillas hasta el hueso y la vaca y el
cordero son inferiores a nuestro lado.
Un puerco ahumado con hojas de guayaba, con
plátano verde y mojo de naranja agria, es el alimento predilecto del guajiro
criollo. La boca se me hace agua al recordar lo rico que es ese plato. En la
mesa más modesta como en la más encumbrada, desempeña el ajiaco un papel
importante y del ajiaco el alma soy yo.
Por todo lo expuesto se comprende que
merecemos más miramientos y más respeto por parte de los hombres. Protesto en
nombre de los de mi especie contra los epítetos denigrantes que se nos dedican.
En primer lugar no somos puercos en
el sentido de desaseados, porque si el hombre no limpia nuestros chiqueros y
huelen mal, la culpa no es nuestra.
Mucho hay que hablar sobre eso que los hombres
llaman higiene y microbios y otras zarandajas. Comiendo desperdicios de comidas,
frutas en descomposición y revolcándonos en los charcos, crecemos, engordamos y
disfrutamos de la salud más perfecta. ¡Hablarme a mí de higiene! Yo creo que
cada animal tiene la que necesita y al que más falta le hace es al hombres, que
hay algunos que ya, ya!...
Protesto contra Mahoma que prohibió la carne
de cerdo a sus prosélitos y no son ellos más sanos ni más morigerados e
inteligentes que los cristianos. De estos lo hay que comen carne de puerco todo
el año y están tan saludables y tan campantes y el que lo dude que venga aquí a
esta tierra de Cuba.
Si Mahoma hubiese probado la gandinga de
puerco, de seguro que deroga la orden de prohibición.
Protesto contra el nombre de cochinos que se nos aplica, pues hay
animales que hacen más porquerías que
nosotros, y no quiero señalar.
Protesto de que se nos mate prematuramente y
no nos deje morir de viejos, o de un atracón, y por último, si no es posible
dejarse matar antes de tiempo, conste que a la hora de nuestra muerte
protestaremos con todas nuestras fuerzas, alborotando a la vecindad, llorando a
lágrima viva y poniendo el grito en el cielo!
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