Julio Antonio Mella
He aquí un comentario a La Zafra,
que no tiene nada de crítica literaria. Se hace necesario. La Zafra es el
primer gran poema político de la última etapa de la República. No es espontánea
una opinión sobre el contenido político del mismo. Y además, Agustín Acosta
merece se le tienda una mano. Está en el momento crítico y lleno de tragedia de
los intelectuales modernos que son honrados y no pueden aceptar la realidad
social. Mas, como en el mito bíblico, sufren por los delitos de sus
antepasados. No pueden negar la sangre familiar, ni desvincularse de la clase
de sus mayores y que fue su clase durante casi toda su vida. En medio de ella,
en el hogar, en las reuniones, en la escuela, en la biblioteca paterna, se fue
formando su personalidad. Y ahora, ¿cómo matarla? Sin embargo, si Agustín
Acosta ha de llegar a ser lo que debe y lo que puede por su genio y por su
sensibilidad ante los dolores de la multitud, tendrá que “matarse” y volver a
hacerse él mismo. Solamente los “sin padres” pueden ser útiles y lograr un
triunfo social en esta vida moderna.
Las terribles contradicciones de
su espíritu están expuestas en el prólogo, donde vacía todo su sentir, toda su
angustia ante la realidad social, y la realidad de su individualidad en
contraste con el espíritu de la época.
El poema es de “combate”. Su
“verso es un aire incendiado que lleva en sí el germen de no se sabe qué
futuros incendios”. Pero ahí salta el fallo individualista del motor de su
espíritu: “no quiere que se le crea un poeta de muchedumbre”. Bueno, querido amigo;
si se ha de combatir, si ha de haber incendios, ¿quién, sino la muchedumbre, es
capaz de realizar lo uno y lo otro?
Esta posición, si no es sincera,
resulta horrenda; si lo es, dolorosa y lamentable, como la confesión de una
enfermedad mortal.
En muchos poetas no es más que una “pose”. En otros -¿estará entre ellos Agustín?- un contagioso padecimiento que fue de moda en el
siglo pasado y que se contrajo en las lecturas de la adolescencia. O, seamos
honrados, ¿esa posición mental de Acosta es debida al pesimismo final de su
poema? ¿Será la causa el hecho de que no ve salida para “la patria que canta”?
El pesimismo es infundado. No existe en la realidad, como él afirma. Lo que hay
es una interpretación no exacta de los hechos, una falta de comprensión total
del problema. Luego veremos.
Otra razón queda para rechazar la
muchedumbre: su incomprensión del valor artístico. El puro valor artístico,
dolorosamente cierto es, no será emprendido por las muchedumbres de hoy en su
totalidad. Pero, ¿qué es el valor artístico de una obra? Para una minoría, en
todas las épocas, puede ser algo analizable, valuable, comprensible, algo que
se conoce cómo nació, cómo se expresó: la cantidad exacta que se puso en la
balanza. Se aplican siempre al Arte reglas más o menos nuevas. Pero siempre
existen... La muchedumbre no tiene la culpa que el régimen le haya prohibido ir
a las clases de retórica, comprar las revistas literarias modernas, y tener
tiempo, después de explotado y agotador trabajo, para estudiar las obras de
arte. Si alguna vida espiritual tiene, es la que lleva su lucha, el ideal de su
emancipación. Esto basta por hoy. Precisamente por este rumbo es donde
encuentra al artista. Y ahora algo más importante.
¿Constituye el medio de
expresión artística -la forma- una exhibición para ser valorada por sí misma,
como la pluma de ciertos animales tropicales o la ropa lujosa de los maniquíes
de la Quinta Avenida? De ninguna manera. Para todo artista honesto, la forma no
es más que el vehículo de la expresión de la idea. Y nada más... Luchará por
una gran forma, porque amará un rápido y perfecto vehículo de su idea. Pero no
amará la forma por la forma como las mujeres burguesas las joyas costosas y
deslumbrantes.
El artista no debe temer que va a deslumbrar a la multitud con
su carro. Puede montar sin temor un Packard silencioso de doce cilindros, o un
Rolls Royce lujoso. (Mr. Ford ha derrotado a Pegaso.) Ella no sabe cómo se hizo
cada pieza. Pero te comprenderá y te admirará cruzando veloz. Ella no conocerá
toda la diferencia entre un buen avión y uno malo, entre una locomotora 1928 y
otra 1895. Pero cuando ve a uno sobre los aires, y se siente arrastrada por una
“Baldwin Locomotive” es feliz y comprende...
Así la forma en el poema. Llega a
la multitud por el instinto y no por la razón, como llega la belleza de un
atardecer a los guajiros, de una noche de tempestad a los marinos, o de una
gran máquina moderna en movimiento a los obreros. Esto debe bastar. ¿Qué más se
debe aspirar?
Acosta, a pesar de haber escrito La Zafra para “sus amigos”—lo
son todos los que él cantó y descubrió en sus dolores— a pesar del precio
prohibitivo de “un peso”, que tiene el ejemplar, no podrá impedir, no ha
impedido, que la multitud lo lea. Entonces, no es sincero negar en realidad. El
obrero agrícola, que ha leído ya las obras de Trostky y de Lenin, el obrero
industrial, que en todos los centrales constituye la base del movimiento
proletario lee La Zafra como un libro suyo, como una más para realizar ese
incendio soñado, que en unos, está prácticamente expuesto y, en otros, bellamente.
He aquí donde —como se decía— el revolucionario encuentra el artista. La gran
falta política del libro —y de aquí su pesimismo final— es que está escrito con
criterio intelectualista y no histórico materialista dialéctico.
Expliquémonos. Hay muchos cantos
al ayer, y esto cubre, como la neblina de vapores del ingenio, el hoy y el
mañana. El libro expresa políticamente, el ideal, la protesta del colono que se
siente amenazado, y del antiguo hacendado, cubano, arruinado por el central
norteamericano. Es justa y real esta protesta. Pero hay algo más. El central
yanqui -la penetración imperialista con
palabras generales- no es un fenómeno de hoy. Si la “independencia” existió,
fue precisamente porque ya comenzaba a existir el imperialismo que hoy tanto
nos asusta. Este es un hecho no fatal, en el concepto místico de la palabra,
sino una realidad que obedece al determinismo histórico. Ningún canto de poeta,
ninguna lamentación de pequeño burgués arruinado o en vías de arruinarse -el
colono podrá cambiarla.
El colono luchará contra el yanqui hasta que obtenga lo
que aspira, o será vencido y convertido en un proletario puro para trabajar la
tierra al gringo. Esto es lo que la historia nos está enseñando en todo el
mundo, desde el derrumbamiento del régimen feudal y el nacimiento del
capitalista. En cada central existen los vengadores, los sepultureros del
monstruo que tanto nos arredra: los 200.000 obreros en la industria de la caña.
Ellos son los que van a darle solución al problema de Cuba.
En el “poema de
combate” falta un canto a los combatientes, a los soldados únicos. Allí no se
dice nada de las huelgas que eran “por Cuba y por la clase” que incendiaron los
campos de Oriente, Camagüey y Santa Clara, y que fueron el mejor combate contra
el imperialismo, y que el mejor se podrá seguir dando. Cuando en Cuba no exista
el Imperialismo, cuando los centrales vuelvan a ser cubanos, como debe ser
nuestra aspiración, como es la de todos los revolucionarios de hoy, no serán de
los antiguos hacendados que tenían los cachimbos y trapiches, ni tampoco de los
nuevos burgueses nativos, quienes habrán seguido la suerte común de sus amos:
¡Serán de los trabajadores de Cuba!
Triste es que falte este capítulo. Podría haber
sido el canto épico de la nueva revolución que ya han iniciado con sus
movimientos sociales los obreros. No habría lugar para el pesimismo en este
canto final. Una clase que ha tenido ejemplos como aquel malogrado Enrique
Varona, y mártires como las docenas que han caído por la lucha en pro de su
liberación, es una clase potente que nadie podrá destruir. El colono sí podrá
ser destruido económica, social y políticamente. La tierra se labrará por
administración. Pero el obrero no puede ser exterminado. ¿Quién trabajará? A
ese centinela, a ese amo en potencias no se le puede matar sin que perezca toda
la industria.
Es necesario que se sepa que la huelga de los centrales
azucareros no tiene nada que envidiar a la batalla de Mal Tiempo, ni los jefes
obreros del movimiento revolucionario de hoy a los generales del Ejército
Libertador. Es una nueva época que impone nuevas tácticas. No vemos por qué no
se puede cantar la huelga general ferrocarrilera como ayer se cantó Peralejo,
por ejemplo.
¡Ah! ¿Pero qué le proponen al
poeta? ¿Que se haga político, que se haga socialista, que se sectarice?
Llámenle como quieran. Estamos en el caso común y angustioso en que unas mismas
palabras tienen distintos significados para grupos distintos que creen poseer
la interpretación exacta. Política, para unos, es el asalto al poder por la
turba de aventureros. Socialistas, el nombre que se les da a los locos de hoy,
o a los bandidos que se disfrazan. Así reza, para esto último, el lenguaje que
se impone por decreto. Y ¿quién se rebela hoy contra un decreto, aunque esté en
contra de la ciencia y de la realidad?
La vegetación estéril y “los libros para
los amigos” o la lucha activa y el canto para la multitud. Este es el dilema
que el mismo Agustín Acosta se ha planteado en ese libro que lo ha desplazado a
él mismo. Habría que ver el asunto, por lo menos, desde un punto de vista de
utilización de energías y de responsabilidad por la época en que vivimos.
Imagínese a los productores de mercancías haciendo solamente las que cuadren a
su gusto personal y para sus amigos. La producción intelectual también tiene su
demanda en el mercado. Y no nos referimos al mercado donde pagan comercialmente
sus trabajos, los magazines tipo yanqui, sino al amplio mercado social. Puede
existir un mercado como el de las cosas raras e inútiles, muy pequeño, pero
veamos la gran producción de los grandes poetas. Limitémonos a Cuba: Heredia,
Martí... Y en la Literatura Universal podría señalarse la coincidencia de que
una gran época política ha sido paralela al “Siglo de Oro” de las artes.
Que no
se confundan estas líneas con el trabajo de un crítico. Que las considere
Agustín como opinión “amigable”, ya que es la única que le interesa según
expone; pero que recuerde existe algo más que el fosilizado y reaccionario
“arte por el arte”. ¿Con la muchedumbre? No irá “hacia la gloria” -no se trata
aquí de esa tontería- sino que habrá vivido. Eso es todo. ¿Sin la muchedumbre?
Será un guarismo sin valor y la sociedad continuará avanzando, y luchando y triunfando
por el derrotero que se ha expuesto. No importa. Algún día sentirá el dolor de
haber sido un inconsciente desertor cuando pudo haber sido un gran capitán.
"Un comentario a La zafra, de Agustín Acosta”, en Julio
Antonio Mella. Documentos y artículos, La Habana, Instituto de Historia,
1975. Inicialmente se publicó en Ahora, 5 agosto, 1934. Luego en Bohemia,
9 agosto 1963, pp. 70-71, 79. También Alma
Mater (311): 34-47; enero, 1989. -Original mecanografiado con notas manuscritas de
Mella, México, D.F., 1928 (Archivo Nacional, Fondo Especial).