sábado, 9 de julio de 2016

Ingenios



  Anselmo Suárez y Romero


 De Puentes Grandes, de ese pintoresco pueblecillo, donde en los meses de calor se reúne tanta gente de la Habana a bañarse en las frescas aguas del río que lo cruza por medio, me he trasladado a un ingenio en Güines. Larga será mi estancia aquí, y por consiguiente me sobrará tiempo que dedicar al estudio de nuestras costumbres, y a la contemplación de tantas maravillas y magnificencias con que Dios quiso embellecer estas tierras de los trópicos, y en especial a nuestra adorada patria la preciosa isla de Cuba.

 Pero, aunque aquí haya la misma feracidad y lozanía que en las risueñas campiñas de Alquízar y San Marcos, la misma brillantez en el sol, un cielo siempre azul, apacible; aunque las plumas de los carpinteros y tocororos sean tan lindas, y los árboles estén todo el año cubiertos de hojas; de buena gana cambiaría mi residencia en Güines por los cafetales, o más bien por los jardines de la Vuelta-Abajo. Porque yo no sé, amigo mío, los ingenios, hablándote con franqueza y lo que siento, no me gustan. Visto uno, puede decirse que se han visto todos. No más que cañaverales inmensos de color verdegay que forman horizontes, divididos en cuadros de diverso tamaño por estrechas guardarayas, a cuyas orillas no ostentan, como en las de los cafetales, sus anchas copas ni el mamey, ni el mamoncillo, ni el aguacate, ni difunden tampoco su fragancia los azahares de los limones y naranjos; si acaso en medio de ellos se alza solitaria alguna palma ondulando a merced de la brisa sus melancólicos penachos; palma que se libró de caer bajo el hacha que descuajó el monte donde naciera, y que hoy parece llorar por los otros árboles de su tiempo, las caobas y los cedros, según es de lúgubre como suenan las pencas. ¿Y en las casas hay más alegría por ventura? No ciertamente. Aquí la de purga, allí a un lado la de calderas, enfrente la del trapiche, más allá la del mayoral, y separada de todas algún trecho la de vivienda, pero formando con ellas, a pesar de eso, una especie de cuadrilongo. El espacio que abraza éste se llama batey. Los bohíos se hallan a corta distancia detrás de las fábricas, y pueden por su miseria y desnudez considerarse como los suburbios o arrabales del pequeño pueblo a que un ingenio se parece. Las casas de purga, de calderas y de trapiche, sobre ser muy grandes, son monótonas, son monótonas en su parte exterior; largas paredes y tejados de figura cónica, o, de dos aguas, como dicen; la primera sin embargo es más gacha que la segunda, y la última menos que ésta, cuya torre y chimeneas, por donde salen el humo de las fornallas y el vapor de las pailas y los tachos, la diferencian también de las otras.

 Por fortuna, ahora que es tiempo de molienda hay quien se mueva dentro de estos caserones; que, si no, la soledad y el silencio reinarían por todas partes. Pero mira, no atino a elegir entre la zafra y el tiempo muerto; las dos épocas me parecen iguales. Siquiera en los cafetales recolectar el café es una operación muy sencilla, antes distrae que molesta a los negros, es cosa que se hace jugando hasta por los criollitos; de noche no se vela, se escoge el café un rato, y luego se van a dormir. Cuando no están en la cosecha, podar los cafetos y echar semilleros son todos los trabajos, tan pocos y tan simples en verdad que es menester ocupar la negrada en otros que no pertenecen al cultivo de aquella planta para no desperdiciar el tiempo, como en chapear y barrer las guardarrayas, recortar los árboles y embellecer los jardines. Mas en los ingenios, quizás porque así lo exijan el cultivo de la caña y la elaboración del azúcar, las faenas son muy diferentes. Los negros se levantan mucho antes de rayar la aurora, y luego no tienen ni lindas guardarrayas, ni frescas arboledas, ni olorosos jardines donde trabajar a la sombra. Cortar caña, si es tiempo de molienda, al resistero del sol durante el día, meterla en el trapiche, andar con los tachos y las pailas, atizar las fornallas, juntar caña, acarrearla hasta el burro, cargar el bagazo; y por la noche hacer estos trabajos en los cuartos de prima y de madrugada al frío y al sereno, muriéndose de sueño, porque para diecinueve horas de fatiga sólo hay cinco de descanso; y acabada la zafra, sembrar caña y chapear los cañaverales, que es de las faenas más recias de un ingenio por la postura del cuerpo inclinado hacia la tierra no permitiendo enderezarse los machetes, instrumento que regularmente se usa para el efecto; y todo aguantando las copiosísimas lluvias de la estación de las aguas entre el fango y la humedad; he aquí la pintura, aunque muy por encima, de la clase de labores que hay en estas fincas, y sobre las cuales te hablaré más por extenso en otra carta.

 La noche que llegué era sábado y no estaban moliendo. Ni una paja se movía en el batey; las casas de trapiche y de calderas a oscuras, la del mayoral cerrada como todas las de nuestros guajiros en cuanto anochece; no se veían aquellos borbotones de humo ni las lengüetas de fuego saliendo por las torres de los trenes, que tanto divierte a los hacendados contemplar desde el colgadizo de la casa de vivienda; ninguna fogata ardía junto a la pila de caña, y, en vez de las canciones de los negros, de los gritos del maestro de azúcar y del estallido del cuero, sólo se escuchaba el triste mugir de los bueyes a lo lejos, de cuando en cuando el graznar de alguna lechuza que cruzaba volando por arriba de las casas, y el monótono y cansado silbar de los grillos. Yo no sé, amigo mío, por qué se me abatieron entonces las alas del corazón. Para distraerme me puse en un extremo del colgadizo, donde daba de lleno la luna, a mirar para nuestro hermoso cielo, y a formar como un niño mil figuras al capricho con las blancas y ligeras nubecillas que impelidas por la brisa se deslizaban por él todas en la misma dirección. Esto me quitó algún tanto la tristeza; pero siempre me quedó en el alma cierta congoja, cierta melancolía que no puedo expresarte, y que solamente conoce aquel que ha dejado a sus amigos a larga distancia, y que además de eso se espera no pasar días muy alegres con las cosas del punto donde está.



 Aunque era sábado la negrada sacaba faena chapeando en el platanal; hacíala allí por ser de noche, no obstante la claridad de la luna, y porque para aquélla se escogen de ordinario los puntos donde haya menos riesgo de que padezcan las labranzas. Cerca de las ocho paró el trabajo; una campanada tocó la queda, y los negros, que la aguardaban impacientes, echaron a correr hacia las márgenes del río que pasa por el ingenio a cortar haces de yerba de güinea que traer a los caballos. Cada cual cortó una buena porción, la ató con bejucos, y la cargó en la cabeza; unos metieron los machetes dentro de la yerba, otros en las vainas, y las negras los colgaron en la tira de cuero con que ciñen el talle a manera de cinturón; el contramayoral se colocó el último de todos y en este orden, aglomerados los varones y las hembras, los chicos y los grandes, y hablando un guirigay a su manera, entraron en el ancho batey. Venían haciendo una estrepitosa algazara cantando y riéndose todos a un tiempo, como quienes habían trabajado sin cesar toda la semana. Apenas botaron la yerba en la pila, se dirigió el más viejo y ladino de ellos a la casa vivienda, mientras los otros se quedaron aguardándolo, hechos un montón, a corta distancia. Venía a pedir licencia para que en señal de haber llegado aquel día los amos los dejasen bailar el tambor. Poco después tornó el viejo adonde los otros, en cuya repentina vocería y carreras hacia los bohíos bien se demostró que había alcanzado éxito favorable la solicitud. No fue menester pedir más para que yo, que me divierto tanto en observar estas cosas, siempre nuevas para quien viene de la ciudad al campo, saliese inmediatamente detrás de la negrada encaminándome también a los bohíos. Cuando llegué ya se habían sacado los tambores a un pequeño limpio circular y pelado de yerba, ciertamente con el roce continuo de los pies; me escondí detrás de un árbol, porque en habiendo algún blanco delante, los negros se avergüenzan y ni cantan ni bailan; y desde allí pude observarlos a mi sabor.

 Dos negros mozos cogieron los tambores, y sin calentarlos siquiera comenzaron a llamar, ínterin los demás encendían en el suelo una candelada con paja seca o bailaban cada cual por su lado. Al toque los guardieros de aquí y de allí, los que servían en las casas, los criollitos, todos se juntaron en el limpio. Entonces sí que fue menester calentar los tambores, para lo cual se encendía la candelada; así es como se endurece el cuero que cubre la más ancha de sus cabezas, y rebota la mano, y retumba mejor el sonido en el hueco del cilindro; la candela es la clavija de esos instrumentos, sin ellos ni se oyen bien lejos por las fincas a la redonda, ni aturden los oídos, ni alegran los ánimos, ni hacen saltar. La negrada cercó a los tocadores, pero dos bailaban solamente en medio, un negro y una negra; los otros acompañaban palmeando y repitiendo acordes el estribillo que correspondía a la letra de las canciones que dos viejos entonaban, ¿Y qué figuras hacían los bailadores? Siempre ajustados los movimientos a los varios compases del tambor, ora trazaban círculos, la cabeza a un lado, meneando los brazos, la mujer tras del hombre, el hombre tras de la mujer; ora bailaban uno enfrente de otro, ya acercándose, ya huyéndose; ora se ponían a virar, es decir, a dar una vuelta rápidamente sobre un pie, y luego, al volverse de cara, abrían los brazos, y los extendían, y saltaban sacando el vientre. Algunos, luego de tomar calor, alzaban un pie en el aire, seguían sus piruetas con el otro y cogían tierra con las manos inclinándose hacia el suelo que parecía que iban a caerse. A montones llovían pañuelos y sombreros sobre los más diestros bailadores, y, agotados que eran, había quienes por hacer de los chistosos y gracejos les tiraban un collar de cuentas, a ver cuál lo levantaba antes si el hombre o si la mujer, pero se entiende que sin dejar de bailar ni perder el compás. ¡Qué bulla, qué gritería, qué desorden, amigo mío! Ya he dicho que sólo dos bailaban en medio; pero ¿quién contiene a los negros de nación y a los criollos que con ellos viven, en oyendo tocar tambor? Así es que por brincar se salían muchos de la fila, y aparte de todos, como unos locos, mataban su deseo hasta más no poder, hasta que bañados de sudor y relucientes como si los hubiesen barnizado, jadeando, casi faltos de resuello, se incorporaban nuevamente en la fila. Los varones iban sacando las hembras; un pañuelo echado sobre el cuello o sobre los hombros hacía las veces de convite. Viejos y muchachos, hasta los más cargados de niguas, todos bailaban.

 Mucho me distraje mirando bailar el tambor; pero te confieso que lo que más me gustó fueron las canciones, tal vez porque las tonadas que guiaban los negros minas, eran de las de esta nación; y no es menester más para que sepas hasta qué grado me divertiría oyéndolas. Cada ingenio, amigo, cada cafetal tiene sus canciones particulares, que se diferencian no sólo en los tonos sino también en la letra. Unas sirven para solemnizar aquellos días en que está alegre el corazón, la pascua de Navidad, la de Resurrección, la de Espíritu Santo, el día que reparten las esquifaciones y las frazadas, los bautismos, los matrimonios, el principio de la molienda y de la recolección del café, el año nuevo, los Santos Reyes. Otras acompañan a los entierros, a las grandes faenas, al frío y al calor excesivos. En el primer caso más bien se grita que se canta. En el segundo las modulaciones de la voz son tristes y lúgubres, apenas se oye al que guía ni a los que responden y es necesario no ser hombre para oír esos cantares y no saltársele a uno las lágrimas. Pero hay tonadas que nunca varían, porque fueron compuestas allá en África y vinieron con los negros de nación; los criollos las aprenden y las cantan así como aquéllos aprenden y cantan las de éstos; son padres e hijos, ¡no lo extrañemos! Lo particular es que jamás se les olvidan; vienen pequeñuelos, corren años y años, se ponen viejos, y luego, cuando sólo sirven de guardieros, las entonan solitarios en un bohío, llenos de ceniza, y calentándose con la fogata que arde delante. Pero si Italia es en Europa el país privilegiado de la armonía, la tierra de los minas lo es en África. La música de estos negros llega al alma, habla al corazón; principalmente aquellas canciones que entonan en memoria de los difuntos con el cadáver en medio sobre una tarima, y ellos en tomo sollozando.

 La repentina aparición del mayoral vino por una parte a turbar la inocente diversión de la negrada, y por otra el dulce solaz que con ella disfrutaba yo. El tambor desmayó al instante, desmayaron las canciones, los bailadores apenas movían los pies, y a ocasiones hasta faltaban. Al fin, a un estallido del cuero, apagaron la candela, y cada cual se fue a su bohío.

    

                                 (1840)


jueves, 7 de julio de 2016

Los domingos en los ingenios

  



  Anselmo Súarez y Romero

 Si en los ingenios son tristes los días de trabajo, especialmente a la hora de la siesta, aún más tristes son los domingos, porque en aquellos hay siquiera el recurso, ya que no pueda uno salir a causa del sol a pasearse por el campo, de irse al trapiche y a la casa de calderas, y distraerse allí aunque no sea más que con las canciones de los negros. Pero la molienda para regularmente los sábados a media noche, y, si bien siguen andando hasta el domingo los tachos y las pailas, es sólo hasta la hora en que se acaba de echar en las hormas del tingladillo toda la azúcar. Así es que a excepción de dos o tres negros que se quedan limpiando los trenes, de los macuencos y enfermizos que pican, apalean y revuelven el azúcar en los secaderos, y de algún otro que cruza por el batey con su jícara de funche en la mano, el cual viene de la cocina de la gente y va a comérselo a su bohío, no ve uno otra alma viviente esos días.

 Pero así como todo respira tristeza en las fábricas, ponte el sombrero de paja, y endereza tus pasos a los arrabales del ingenio, quiero decir, a las enyerbadas calles de los bohíos, y escucha. No oirás más que risas y cantos alegres que te ensancharán el corazón, no oirás más que el ruido de los pilones donde los negros preparan ciertas comidas, el chisporroteo de la leña que arde en medio de la sala de cada bohío con viva llama, el cacareo de las gallinas y el piar de los pollos que vienen de las maniguas a comer los pocos granos de maíz que les riegan sus amos en el limpio de enfrente de la puerta. Pero guárdate por Dios entonces de ponerles a tus negros un semblante adusto, de demostrarles en nada la autoridad de señor, porque en tal caso la linda escena perderá todo su mérito, porque en tal caso, apenas te columbren, se callarán y se estarán quedos. No, amigo mío, llega con la cara risueña más bien brindando confianza que inspirando recelo, anímalos con algún donaire, entra en los bohíos, acércate a los criollitos, cárgalos, suspéndelos por las sienes en el aire o hazles otra maldad cualquiera, y verás qué diferencia! Delante de ti seguirán sus pláticas, delante de ti entonarán canciones, delante de ti bailarán llenos de animación y de júbilo, y tendrán sus retozos y sus juegos.

 Mas ese tiempo de huelga y de alegría pronto pasa, porque el trabajo de toda la semana, el sueño de tanto velar en la molienda, y la sombra de los bohíos después de haber estado abrasándose a los rayos de fuego de nuestro sol, van poco a poco amodorrando a los negros, que acaban los más por que darse dormidos como una piedra sobre las tarimas o sobre la yerba bajo las ramas de algún árbol, hasta que la campanada de botar la gente al campo, los gritos del contramayoral y el estallido del cuero los hacen levantarse apresuradamente a coger el machete y el garabato. Las hembras son las que casi todas se quedan despiertas y en movimiento, ya dando de mamar a los hijos, ya lavándolos y sacándoles las niguas, ya cosiendo y remendando sus cañamazos y los de sus novios o maridos, ya orillas del rio o de la laguna jabonando la ropa sucia. Porque ¡ay, amigo, el destino de la mujer ha sido siempre más, trabajoso que el del hombre! No digo entre los negros; entre los libres blancos sucede, que mientras el marido descansa a media noche, la infeliz mujer vela con las mitades de su corazón en los brazos, y le amanece sin haber cerrado los ojos ni un instante. Nosotros la gente culta las llamamos nuestras señoras, bello título que se merecen; pero la naturaleza misma parece que las ha hecho de más triste condición que la nuestra. ¡Oh sí, nosotros deberíamos besar como cosa sagrada la tierra donde imprimen sus plantas! Mas ¿a qué esta digresión, me dirás?



 Te hablaba de las negras, de las negras, que mientras sus novios y maridos y sus padres y hermanos y parientes duermen en la tarima o a la sombra de los árboles, siguen las pobres sus quehaceres, desde la muchacha que empieza a suspirar con el machete o el azadón en la mano hasta la tierna madre que oyó en torno suyo el llanto de los criollitos. Esas negras puedo decirse que no descansan ni los domingos ni los días de tiesta, esas negras parece que son hechas de hierro, porque no dormir más que cinco horas durante la molienda, levantarse cuando aún no piensan en lucir los primeros resplandores de la mañana, y estarse metidas, sin más tregua que el rato del mediodía en que vienen a comer a las casas, entre los cañaverales tumbando caña al sol, al sol derretidor de los trópicos, y en medio de esto, si cae un aguacero, aguantando agua, y en invierno, el frio, que en el campo y a los africanos penetra hasta los huesos, y luego el domingo y los días de fiesta dar de mamar al hijo, lavar y coser la ropa, guisar la comida ¡yo no sé, yo no sé cómo tienen resistencia para tanto! Y con todo, amigo, ¿lo creerás? andan siempre alegres, el rostro placentero, no tienen aquella gravedad que tienen de ordinario los negros, y rara vez se las ve desesperadas quitarse la vida ahorcándose. Por esto dicen los mayorales que las negras son de más resistencia y de más constancia en el trabajo que los hombres, y lo atribuyen a ser de mejor temple su naturaleza física; pero los mayorales, como es natural, no pueden penetrar el fondo de las cosas. Por lo que a mí hace, cuando veo que a las negras no les falta nunca el tiempo para sus hijos, sus esposos y sus padres, por muy largas y recias que hayan sido sus faenas; cuando las veo peinándose trenzas y moños los días de descanso en lugar de acostarse como los negros a dormir, engalanarse con túnicos de zaraza, con pañuelos de vayajá, con collares de cuentas de vidrio de vivos colores, y estar siempre prontas a reír y a cantar y a bailar, busco la causa en otra fuente muy diversa. Entonces me voy al corazón y digo: el hombre nace más fuerte que la mujer, pero la mujer nace más sensible; la llama de la sensibilidad no se apaga nunca en su alma, es un manantial caudaloso que nunca deja de correr, es el sol que siempre alumbra la bóveda del cielo; la mujer ha de amar con más vehemencia que el hombre, ha de querer más a sus hijos, a sus padres y a sus amigos; y por tanto, sea cual fuere la condición de su vida, ha de anhelar por granjearse, mediante las buenas obras y procurando parecer hermosa, el amor de los unos y la estimación de los otros.
 Pero a la sazón que te escribo estos renglones oigo la algazara de muchas negras que salen de los bohíos y se acercan a la casa. Es seguramente algún bautismo, y vendrán, antes de ir al pueblo, a que los amos las vean. Con que salgo corriendo al colgadizo y adiós hasta otra, en que te contaré.
                                                                                                                                                                    (1840)

miércoles, 6 de julio de 2016

División del trabajo en los ingenios






 Mucho se ha dicho sobre la división del trabajo en los ingenios; pero sobre ciertas cosas nunca se dice demasiado. Los admirables resultados producidos en Europa por la división del trabajo debieran haber influido con más energía en los hacendados de Cuba; pero, bien sea a causa de la apatía, natural en los que hemos nacido en este privilegiado suelo, bien por no romper con la rutina que veneramos como sagrada tradición, o bien porque no se hayan encontrado los medios de aplicar la teoría, es el caso que nada se ha hecho hasta hoy en pro de la tan celebrada por todas división del trabajo. Y cuenta que nunca como en el día se pudiera aclimatar con más facilidad entre nosotros ese adelanto europeo y que nunca con más urgencia le hemos necesitado.

 Los principales beneficios que produce la división del trabajo son, facilitar las operaciones, aumentar el producto en un tiempo dado, y perfeccionar a los operarios. En prueba citaremos el conocido ejemplo de la fabricación de alfileres.

 Diez obreros, haciendo diez y ocho operaciones, fabrican cuarenta y ocho mil alfileres, que corresponden a cuatro mil ochocientos por obrero; al paso que si un solo hombre tuviera que preparar el hilo, cortarlo, afilarlo, hacer las cabezas, blanquearlos &c. apenas si pudiera concluir veinte alfileres por día.

 Adam Smith atribuye la potencia prodigiosa de la división del trabajo a tres causas. La primera es que los obreros no pierden el tiempo en cambiar de ocupaciones, de lugar, de posición o de instrumentos, ni se les distrae la imaginación con los objetos nuevos. La segunda, que el espíritu y el cuerpo adquieren extraordinaria habilidad en ejecutar operaciones simples y continuamente repetidas: en las fábricas de agujas los niños están encargados de abrir los ojos por donde se pasa el hilo: algunos adquieren tal habilidad que atraviesan el cabello más fino y enhebran otro en él para provocar la generosidad de los viajeros. La tercera, que la separación de trabajos hace descubrir los procedimientos más simples, y reduce cada operación a un acto material facilísimo.

 Este gran publicista no teme decir que a la división del trabajo es preciso atribuir la superioridad de los pueblos civilizados sobre los salvajes. Eso dice de ella que es la gran palanca de la industria moderna.



 Y no se nos diga que no puede dividirse el trabajo en toda clase de industrias; pues contestaremos que se ha aplicado el sistema hasta a las elucubraciones intelectuales, ejemplo el sabio francés Mr. Prony: estaba encargado de formar las tablas de logaritmos y las trigonométricas por la nueva división centesimal del círculo, y á mas otra tabla de logaritmos desde el número uno hasta el de 200.000: este inmenso trabajo lo traía sin sombra, pues había para emplear cien años. Paseábase a la sazón por las calles de Londres cuando vio en una tienda de libros la recién publicada obra de Smith; llamole la atención el título y compró un ejemplar. Natural mente leyó el capítulo que trata de la división del trabajo y que fue para el sabio matemático un rayo de luz. El ejemplo de los alfileres le decidió: formó una sección de cinco o seis sabios para que buscaran las nuevas fórmulas, otra de siete u ocho para aplicar aquellas fórmulas a los números, y otra para los cálculos. En cada una de estas secciones se dividió también el trabajo: en la tercera, por ejemplo, unos sumaban otros restaban, otros comprobaban las operaciones &. De este modo el ilustre geómetra confeccionó en algunos años diez y siete gruesos infolios llenos de números.

 La observación puede dar a conocer a los hacendados corno deba dividirse el trabajo en los ingenios. Por lo pronto todos están acordes en que nada liga entre sí las tareas agriculturas y las de acarreo con las puramente fabriles: comiéncese pues dividiendo los operarios que han de fabricar el azúcar de los labradores, carreteros &c.

 Ahora que vamos teniendo en nuestra isla una raza nueva, raza inteligente, ávida de oro y apta para todo trabajo mecánico, ahora es tiempo de comenzar a formar con ella, para lo sucesivo, una multitud de trabajadores de casas de calderas, pásesenos el dictado. Esos hombres han de quedarse en la isla donde más fácilmente que en su desgraciado país pueden subvenir a sus necesidades. Recuérdese que solamente los tenemos contratados por un corto número de años, cumplidos los cuales nos hallaremos con esos brazos de menos, y eduquémosles para entonces. Inteligentes todos en los trabajos de la fabricación del azúcar, no pueden faltarnos brazos cumplidas que sean sus contratas, pues ellos necesitarán vivir de su trabajo y se acomodarán gustosos en los ingenios con poco que se les trate bien y se les aumente el jornal.

 Esta ventaja, que podemos llamar general, conseguiríamos con la división del trabajo en los ingenios, además de otras muchas particulares a cada finca.

 Sin embargo de lo dicho no nos toca a nosotros señalar qué divisiones hayan de hacerse en los trabajos de los ingenios de azúcar; esto es incumbencia de los mas observadores hacendados o de aquellos que deban al cielo superior talento y a la experiencia los conocimientos indispensables para aplicar cumplidamente la teoría. Solo añadiremos nosotros que la falta que se nota de brazos exige perentoriamente que se le aplique como paliativo, sino como remedio, la división del trabajo, y que esto es hoy tanto más hacedero cuanto el perfeccionamiento de los aparatos y los adelantos que diariamente aplica la ciencia a las máquinas de vapor, facilitan en sumo grado la susodicha división.

 ¡Ah! bien quisiéramos nosotros merecer de tantos extranjeros como nos visitan diariamente, que aplicasen a nuestro país el calificativo de ilustrado que le damos nosotros; pero ellos no pueden cegarse: ellos no ven que hayamos adoptado muchos de los más conocidos adelantos de la época: no ven que nuestros fértiles campos puedan competir con los pantanos de Holanda o con el suelo artificial de la Inglaterra; no ven que hayamos aliviado cuanto pudiéramos el esfuerzo corporal del hombre, y no ven, en fin, que la división del trabajo, esa gran palanca de la industria moderna, sea conocida entre nosotros.

 El Eco de Matanzas, 1859. 

martes, 5 de julio de 2016

Fisiología del administrador de un ingenio




 José María Cárdenas y Rodríguez


            «E io anche sono pittore

                   Introducción                                                           

 No sé quién fue el primer escritor de una fisiología que no versare sobre los fenómenos de la vida, o las funciones del cuerpo humano en su estado de salud; pero sé que por habernos regalado Mr. de Balzac con su nunca bien ponderada Fisiología del matrimonio, llovieron fisiologías con abundancia tal, que fue una calamidad. Diéronnos separadas fisiologías de los caracteres y estados más supuestos entre sí: las fisiologías del soltero, del casado y del viudo; las fisiologías del paisano y del militar; las fisiologías del médico y del sepulturero; las fisiologías del acreedor y del deudor; las fisiologías del escribano y del hombre de bien. Fue verdaderamente una epidemia fisiológica la que afligió la república literaria; pero pasó como la langosta, y todas ésas y todas las demás fisiologías, comenzando por la del amigo Balzac, cayeron en el profundo abismo donde caen las obras malas, y las obras tontas aunque estén bien escritas.

  Y a pesar de tan triste ejemplo, viendo yo sobre mi bufete tan elevado montón de fisiologías, recordé que examinando el Correggio un cuadro de Rafael, exclamó entusiasmado: E io anche sono pittore, y agarró la paleta y el pincel, y fue pintor; por lo cual yo exclamé: E io anche sono fisiologista, y tomé la pluma y me di a pensar de quién había de ser mi fisiología. En esto vi que bajaba las escaleras uno que había sido administrador de un ingenio, y dije para mi capote: ¡he ahí mi hombre!

 Además, tarde o temprano había yo de dedicar alguna cosa a este personaje, y alégrome que sea una fisiología, porque a la verdad es sujeto de humos, y es cosa segura que había de molestarse viéndose bosquejado en un vulgar artículo de costumbres, como cualquiera tipo de menos valor. El señor administrador de un ingenio quiere que se le distinga en todo, y no ha de ser seguramente un pobre periodista quien pretenda equipararlo con los demás hijos de Adán. Que lo hagan otros.

                                   
                      Capítulo I


 El origen de los administradores de ingenios no es de los que se pierden en la oscuridad de los tiempos. Descubierta la América y pasados algunos años, sembraron caña en sus islas para elaborar azúcar, y a estos terrenos así cubiertos de caña, con las casas, máquinas, hornos y demás necesario para dicha elaboración, se llamaron y se llaman ingenios.

 Aquí es bueno advertir a los que pisen nuestras playas, y pase por digresión, que cuando oigan decir: Fulano tiene ingenio, no siempre han de creer se trate de ingenio intelectual, pues es más seguro que sea ingenio terrino lo del Fulano. Regla general: abundan más los que tienen el segundo que los que tienen el primero, con todo de no ser muy extraordinario el número de aquéllos.

  Volvamos al origen de los administradores, que no es sino el siguiente: no queriendo el amo del ingenio retirarse a vivir al campo a cuidar de su finca, pone a otro en su lugar para administrarla y adelantarla. Suele administrarla a las mil maravillas; pero tocante a adelantarla, es otro cantar.

 Es inútil decir que el amo asigna al administrador un sueldo y que el administrador se asigna otro igual, con cuya feliz combinación, son dos los sueldos del señor administrador. El segundo es el más seguro.


                     Capítulo II

                                    
 El señor administrador de un ingenio no está obligado a ser alto o bajo, gordo o flaco, blanco o trigueño. Todas las estaturas, todas las complexiones, todos los colores, tienen franca la puerta para abrazar esta carrera, que lo es como cualquiera otra. Pero ha de saber leer, escribir y las cuatro reglas de la aritmética; aunque ya los he visto yo que ninguna de estas cosas sabían, y no por eso han dejado de salir hombres hechos y derechos de la finca que administraban.

 Tampoco las varias profesiones que ejerce el hombre se oponen a que sea administrador de un ingenio. Así es que vemos abogados, médicos, comerciantes, etc., a la cabeza de estas fincas, en calidad de administradores; pero no lo hacen sin renunciar antes a su primera ocupación; y cuando dejan la una por la otra, ya ellos se saben el porqué. Al militar tampoco está vedado examinar este campo, con tal que sea militar retirado, y el motivo es claro.

 Ni el de noble nacimiento desdeña ser administrador de un ingenio, ni la plebeya alcurnia es obstáculo para conseguirlo. Sin embargo, un profundo observador de nuestras costumbres, que piensa dar a la prensa cosas muy buenas, ha notado que los miembros de familias donde hay un título de Castilla, no suelen administrar sino el ingenio de algún cercano pariente; pero está claro que no por eso dejan de ser administradores.


                    Capítulo III                                                        
 Las facultades de un señor administrador son omnímodas. Da y quita empleos, admite dimisiones, llena vacantes, releva de un destino y agracia con otro, toma residencias, confiere honores, juzga, sentencia y administra justicia; sube y baja salarios que paga otro, envía embajadas secretas, se entiende directamente con el refaccionista, lo que es muy bueno para los dos; dispone siembras y arranques, rompe la molienda, y la interrumpe o concluye cuando le parece; y en fin, hace todo aquello que hiciera en su lugar el amo, y mucho más.

 También puede ocupar en servicio propio a los operarios artesanos de la finca: por ejemplo, el carpintero que a toda prisa tiene que echar una yanta a la carreta, o una puerta al almacén, lo abandona todo porque el señor administrador necesita una mesa para jugar al tresillo, o un cajón para enviar un regalo de cien panecillos de azúcar a una señora del pueblo. Si es casado el señor administrador, y su mujer cultiva flores, recibe orden el tejero cuando más empeñado está por concluir unos cuantos millares de ladrillos, de dejarlo todo de la mano y proceder a la fabricación de una docena de macetas. Y así con todos los demás.

 Puede también comprar aquellos animales que en su concepto hagan falta en el predio y aunque no la hagan; pues como puede comprarlos, dando libranza contra el amo para su pago, está en sus facultades volverlos a vender; presentando luego la cuenta al año, si éste llega a saber la venta.

                       Capítulo IV

                                    
 Cuando va el amo a su finca, es en ella el segundo, cuando no el tercer papel del drama. Verdad es que si sale de la casa-vivienda y se topa con el mayoral u otro operario, éste se quita el sombrero y le da los buenos días o las buenas tardes, según la hora del encuentro. Pero si da orden de hacer alguna cosa, será lo mismo que si la diera desde su aposento al Preste Juan de la Abisinia. Mientras el señor administrador no mande, excusado es que lo haga el amo. Al fin éste recurre al señor administrador; pero ha de ser a solas, porque nada se le puede advertir en presencia de otro, y él ofrece al amo que se hará lo que desea. Pero no se hace, y esto por una razón muy sencilla: al señor administrador no le agrada que vea el mayoral que se le ha advertido algo, pues todo ha de salir de su caletre. Y, ¡pobre mayoral!, si el señor administrador considera conveniente cumplir las órdenes del amo: porque se le despide bonitamente, se toma otro y entonces se pone en planta el proyecto, que atribuye el nuevo mayoral a los conocimientos del señor administrador.
                
                      Capítulo V

                                    
 Sin contar con las ventajas reales, positivas y materiales que nacen, por decirlo así, del empleo, tiene otras el señor administrador no despreciables.

 Buena cosa es tener ingenio; pero cuesta afanes y dinero: bien que ya hoy apenas cuesta lo segundo, pues tanto se va aguzando el otro ingenio, que casi se ha encontrado el secreto de sembrar muchísima caña y elaborar azúcar sin gastar media docena de pesos. Pero al cabo, el poseer ingenio da cierta importancia al individuo, aunque esto va también teniendo sus modificaciones. ¿Y no es cosa muy bella gozar de esta importancia sin el trabajo de conquistarla a fuerza de gastos y disgustos? Ya se ve que sí... ¿Y quién sino el administrador la goza?

 Cualquiera, pues, que le oye hablar, juraría, a no ser hijo o sobrino del amo del fundo, que éste es suyo. No recuerda la historia un solo ejemplo de que haya dicho un administrador: «-El ingenio tal, que dirijo, hará este año tantas cajas de azúcar». Nada: el administrador, usando de una figura de retórica común también entre los marinos, que dicen: «andamos diez millas por hora», para significar que el barco las anda, se explica así: «-Yo hago este año tres mil cajas de azúcar», queriendo dar a entender que el predio las ha de producir; pero quien le oye asegurar que él obtendrá esa zafra, da por sentado que el ingenio le pertenece, aun cuando rebaje de las tres mil cajas, las mil y quinientas, o las dos mil. Otras veces dice: «-Mi azúcar se venderá este año a un medio más que la de Fulano», o bien «yo vendo este año a tanto». El verdadero dueño de la azúcar vende, es cierto, a real menos; pero quien oyó con qué impavidez y seriedad dijo el administrador «mi azúcar», sin duda alguna se traga que la azúcar es suya y que él la vende.

 Si el amo mete fuerza, como decimos acá, al ingenio, el administrador hablando luego sobre el particular dice: «he metido tantos brazos en la finca», y el cristiano o el pagano que tal oye lo cree de buena fe, y forma de él un elevado concepto.

 Otra de las inapreciables ventajas del señor administrador de un ingenio, es que encuentra quien le preste dinero, con muchísima más facilidad que el amo mismo del fundo. Por eso es que muy frecuentemente lo busca el amo con la firma del señor administrador.      

                      Capítulo VI

                 
 A la vuelta de algunos años, el señor administrador de un ingenio se retira a la ciudad y da dinero a premio; y de nadie exige más seguridades que del dueño del fundo que administró.

 O bien en unas caballerías de tierra que al segundo año de su administración compró a corta distancia del ingenio, y que poco a poco fue desmontando con la dotación de éste, empieza las siembras de caña, las fábricas y demás para el fomento de otro ingenio, que podrá llamar suyo con más verdad que el primero.

 O bien titula, y pasea por esas calles de Dios convertido en conde o marqués, siendo entonces una persona inofensiva, bien que a veces algo vana.

 O bien se casa, si era soltero; y si la suerte le da hijos, los educa, para que a su debido tiempo derrochen aquel caudal que con el sudor de su frente logró juntar.

 O bien si se conserva solterón, se le aparecen como bajados del cielo los sobrinos que antes no le buscaron, y hacen lo que debían los hijos.

 O bien hace lo que le da la gana, sin que tenga yo que meterme en ello, toda vez que ya no es administrador, y que esta fisiología es de administrador.

                     Conclusiones                                            

 En ésta, como en todas las demás carreras, el hombre corre según tiene las piernas. Administradores conozco bajo cuyo gobierno pusiera yo, a tenerlos, tres ingenios, y bien sabe Dios si desearía poderlo hacer como lo digo. Lo malo es que no tengo ni tres ni uno; pero con decirlo, claro está que solemnemente confieso haber administradores a quienes debe pintarse con otra paleta que la que he usado. Hecha esta protesta entrego mi artículo al cajista, previa censura.