miércoles, 7 de agosto de 2013

sábado, 3 de agosto de 2013

El club de esgrima




 Enrique José Varona

 
 Hablando, hace próximamente un año, de las ruidosas disensiones de los clubs de pelota, escribimos: “Como remedios particulares deben recomendarse la introducción de otros sport, la formación de sociedades gimnásticas, de clubs de esgrima y tiro, que compartan la afición de los jóvenes y aún la curiosidad pública.»
 Con satisfacción podemos registrar que de entonces acá el progreso ha sido constante en este sentido. Subsiste sin menoscabo el base ball, que se va esparciendo con lentitud, pero sin retroceder, por toda la Isla. Tenemos ya dos clubs de regatas, se sostiene la afición al tiro de palomas, y ahora mismo acaba de inaugurarse con una fiesta brillante el Club de esgrima de la Habana. El hecho merece toda suerte de plácemes.
 La esgrima ha contado siempre con profesores y aficionados de mucho mérito entre nosotros. Desde Galleti, que adiestró a más de una generación, hasta los señores Maciá, Berenguer, Cherembeau, Granados, Cardenal y Alonso, que agrupan hoy en torno suyo a la flor de nuestra juventud, nuestras salas de armas han contado con verdaderos peritos, a que debemos buen número de excelentes tiradores. Pero tenemos ahora por primera vez una sociedad que puede reunirlos a todos, y ser un foco permanente de estímulo, de noble emulación y de propaganda. Este es el único medio de que el entusiasmo no sufra intermitencias, y de que la esgrima no pase por períodos de marasmo, como aquel en que cayó a la muerte de Galleti. Y así solamente lograremos que un sport, que merece estar en primera línea, salga del circuito de la Habana y se extienda también por todo el país. Porque una sociedad no debe sentirse satisfecha hasta que no forma otras y otras a su semejanza. Elle doit easaimer.
 Las ventajas de la esgrima presentan dos aspectos, uno puramente gimnástico y otro eminentemente social. Es, como gimnasia, incomparable; porque no solo robustece los músculos, sino que da singular flexibilidad al cuerpo, y rapidez y precisión a los movimientos. Pero es además un gran elemento de reforma social. En países como el nuestro, en que la tradición, las costumbres y los ejemplos se aúnan para mantener en auge el duelo, el único medio de combatirlo victoriosamente es fomentar la esgrima. En tesis general un tirador se bate menos que los que no lo son; y a medida que aumentan los tiradores disminuyen los duelistas. Un buen tirador puede rehúsar tranquilamente un desafío injusto y desdeñar sin rubor una provocación fútil. Su pericia es conocida y su temple está probado. Y no se olvide que lo que perpetúa el duelo es la opinión. Es el temor de pasar por cobarde. Por otra parte, el que confía en su brazo tiene más reposo, más dominio de sí. Lo que constituye una gran ventaja en sociedad.
 Y no terminan aquí los beneficios de la pericia en el manejo de las armas. Los que están avezados a ellas, son naturalmente los llamados a intervenir como jueces y testigos en los desafíos de los demás. Y como conocen toda la extensión de su responsabilidad y pueden medir en cada caso la plenitud del riesgo, es seguro que no tenderán nunca a favorecer un encuentro que decorosamente se pueda evitar. Y esto último, aun para los más quisquillosos, ocurre en el mayor número de casos.
 En el ruidoso proceso a que ha dado lugar ahora mismo en Francia el duelo Habert-Dupuis, ha llamado vivamente la atención la respuesta que dió al jurado el experto M. Féry d'Esclands. A la preguta: ¿Cuál es el primer deber de los padrinos? contestó sin vacilar:— Ir a pedir el duelo.
 De todos modos un nuevo sport que se introduzca o se propague, donde tanto se ha descuidado la educación física, es un bien positivo, una nueva sociedad que se funde, donde ha vivido tan lánguido el espíritu de asociación, es un progreso real; pero además si ese sport y esa sociedad contienen el germen de más de una reforma en las costumbres y en el carácter, el suceso reviste importancia vedadera y merece la atención de cuantos se interesan por el bien y el adelanto de nuestra comunidad.
 Por esto, especialmente, nos congratulamos con la fundación del Club de esgrima.

 Revista cubana, 1888, tomo VIII, p. 91.

viernes, 2 de agosto de 2013

Escuela de gimnasia





 Si se examina el sistema de educación adoptado en Cuba, se verá que solo tiene por objeto el cultivo de las facultades intelectuales, olvidándose de robustecer el cuerpo y dejando en una completa inacción los órganos de los sentidos y de la locomoción. No pensaban así los antiguos, pues los griegos y los romanos incluyeron la educación física en sus leyes, apoyados sin duda en el principio de Platón de que la gimnástica daba ligereza al cuerpo y comunicaba al espíritu una actividad nacida del sentimiento intimo de la robustez y de la salud.
 Estas costumbres, conservadoras de la higiene pública, se perdieron en las naciones modernas, conservándose apenas débiles rastros de su existencia. Por mucho tiempo el baile, la esgrima, la natación y la equitación, han sido los únicos ejercicios de la juventud, hasta que el ilustre Pestalozzi, después de los infructuosos ensayos hechos en Dessau y en Schepfenthal, establece un gimnasio en Iberdun del que salieron numerosos discípulos que de vuelta a su patria los introdujeron en ella y se multiplicaron en Alemania, Suiza, Dinamarca, Rusia, Suecia y recientemente en Inglaterra, donde el gobierno los protege con vigor. En Prusia las autoridades han declarado que la gimnástica formaría una de las bases fundamentales de la educación pública; pero en ninguna parte había alcanzado el grado de perfección de que era susceptible y estaba reservado al coronel D. Francisco Amorós, sobrepujar al mismo Pestalozzi.
  En la época que el gimnasio de este servía de modelo en Europa, Amorós establecía en España el suyo bajo los auspicios del Sr. D. Carlos IV, y entre sus discípulos se contaban a los hijos de las principales familias de la corte, siendo uno de ellos el infante D. Francisco de Paula. La mala suerte que cupo a España en aquella época, derribó su establecimiento y con él las filantrópicas miras de su fundador, que tuvo que emigrar, y habiéndose naturalizado en Francia llevó a cabo en París el proyecto que había ensayado en su patria: aquí como allá tuvo por discípulo a un príncipe de la sangre Real, al Duque de Burdeos, heredero presunto del trono bajo la dinastía de Carlos X. El gimnasio normal civil y militar de París, es de lo más grandioso que se conozca en su clase, y tan digno es de los tiempos antiguos por su tamaño y por la multitud de máquinas e instrumentos que tiene para los ejercicios, como de los tiempos modernos por el espíritu de su institución.



  Discípulo de él por tres años consecutivos y convencido por mi propia experiencia de las inmensas ventajas que produce, tanto individualmente como con respecto a la salud y la moral pública, me he propuesto establecer en esta capital una escuela normal de gimnástica, contando para fundarla con el patrocinio del ilustrado Cuerpo patriótico que invoco por medio de V. como secretario de su Sección de Educación, pues creo que por el enlace que tiene con esta debe ser de su incumbencia.—Mi objeto es seguir en cuanto lo permitan las circunstancias, el sistema adoptado por el Sr. Amorós en su establecimiento, no solo por hallarme persuadido de que es el mejor, sino por haber también practicado su sistema.
  Un establecimiento de esta clase no puede reemplazarse como lo han pretendido algunos, ni por las academias de baile o esgrima, ni por los picaderos, ni escuelas de natación, ramos accesorios de la gimnástica; pues los ejercicios que en ellos se practican no fortalecen sino ciertos músculos, y no enseñan sino algunos movimientos, al paso que una escuela de gimnástica bien organizada, abraza estos ramos y todos los demás que tienden a perfeccionar y robustecer al hombre. En estos establecimientos es donde únicamente pueden hallarse los instrumentos necesarios para ejercitar como es debido todos los miembros desarrollando las fuerzas, la agilidad, la destreza y las otras cualidades de que es susceptible la especie humana; en ellos es donde el médico puede hacer sus aplicaciones dirigiendo y modificando los movimientos musculares con el fin de curar algunas enfermedades, y haciendo uso de máquinas propias para corregir los defectos y vicios de la naturaleza.
 Movido por el amor de la humanidad y considerando los perjuicios que consigo trae el errado sistema de educación puramente intelectual, en el que se desprecia sin razón el desarrollo de la mitad de las facultades del hombre, y pensando también en el grave daño que puede resultar (que por desgracia no es ilusorio) para la salud de los jóvenes de una vida en extremo inactiva y de una continua exaltación de la sensibilidad cerebral, me creo obligado a ofrecer a la Real Sociedad Patriótica la escuela normal de gimnástica, para que por la mitad del precio de las lecciones la reciban los alumnos de los colegios de esta ciudad. Estos jóvenes en sus cortas horas de recreo se abandonan a los impulsos del instinto y se entregan a las diversiones de su edad; mas como no tienen otro móvil que el del placer, no eligen los juegos en que tienen mayores probabilidades de triunfar. En ellos ejercitan exclusivamente las partes más fuertes de su cuerpo y las facultades que tienen más desenvueltas; pero los otros órganos, los más débiles y que por consiguiente necesitan de más desarrollo, quedan en inacción, resultando de aquí que los unos se fortifican y adiestran en la misma proporción que los otros se debilitan y entorpecen: todos estos inconvenientes desaparecerían si aprovechando la necesidad de acción que experimentan los jóvenes se dirigiese metódicamente sus ejercicios. En un clima ardiente como e1 de Cuba en que el desarrollo de las facultades físicas e intelectuales, es tan prematuro y en que todo convida al ocio y al placer; es preciso no olvidar que hay cierta época en que son de absoluta necesidad los ejercicios gimnásticos.— La pubertad! He aquí el escollo en que se estrellan las esperanzas de muchos padres.
  En esta crisis el principal objeto de la gimnástica es el de repartir en todos los miembros la actividad que se encuentra en ciertos órganos, precaviendo los vicios que muy comúnmente está expuesta a adquirir la infancia, o distrayéndola de ellos si ya por desgracia los ha contraído. Solo con la gimnasia, con el cansancio de los miembros, con la violenta excitación muscular, se consigue este objeto, y es bien seguro que alternando los ejercicios físicos con los trabajos intelectuales, se verían menos jóvenes debilitarse en los colegios, minar y algunas veces destruir para siempre una robustez que prometía salud muy duradera: por este medio se evita también el fastidio que necesariamente nace de la uniformidad de una vida de colegio.
  La distancia a que estos están unos de otros será tal vez un inconveniente para que se aprovechen todos los niños de los beneficios de la escuela que me propongo establecer; pero si por influjo de la Real Sociedad Patriótica llegan a determinarse sus directores a introducir en ellos un pequeño gimnasio adoptado a las necesidades particulares de cada uno, me ofrezco gustoso a dirigir su planificación sin llevar nada por mi trabajo.
 Confiando pues, en el interés del ilustrado Cuerpo Patriótico por el bien del país y en el loable empeño de V. por las mejoras de la educación, espero que se aprovechará de esta circunstancia para abogar en su obsequio, y que sostendrá mi solicitud con todas las razones que le sugiera el convencimiento que tiene V. de su utilidad.
  Dios guarde a V. muchos años. Habana 21 de marzo de 1839.—J. Rafael de Castro.—Sr. secretario de la Sección de Educación Dr. D. Manuel González del Valle.

 Memorias de la Real Sociedad Patriótica de La Habana, Volumen 7, 1838, pp. 415-17.


jueves, 1 de agosto de 2013

Juegos olímpicos





  Fray Candil


 La prensa parisiense ha prestado poca, poquísima atención a los juegos olímpicos celebrados en Londres. En cambio, los ingleses, los americanos del Norte, los escandinavos, los húngaros, los italianos mismos, les han acogido con verdadero entusiasmo. Entre los vencedores no figura un francés. Se explica esta indiferencia. El único «sport» que prospera en Francia es la esgrima, y perdónenme los «chauffeurs» que no incluya entre los deportes físicos el automovilismo. Tengo mis razones.
 La esgrima es un «sport» que no requiere fuerza, sino agilidad y «souplesse». Está en armonía con los rasgos salientes del carácter francés. No es la perseverancia, ni la paciencia, ni la abnegación, lo que le distingue. El disco, el salto, la carrera, el dardo, los ejercicios náuticos, la lucha... exigen un largo, oscuro y penoso aprendizaje. En Francia aumenta, sin embargo, por días el número de sociedades y de federaciones esportivas, pero los atletas no parecen.
 Yo, al menos, no les veo. Los «Hércules de feria» que invaden en estos momentos el bulevar no cuentan. El francés pretende ser el único heredero de la antigua civilización griega. Desde cierto punto de vista no lo niego. Sí, hay ciertas afinidades (intelectualmente hablando) entre el francés y el griego. La inteligencia de ambos es fina y más propensa a razonar que a someterse a los hechos. Gustan de la conversación frívola, del arte, del orden, de la claridad. En sus costumbres la cortesana ejerce un gran influjo. Por lo que toca a la religión, ni al uno ni al otro parece desvelarles el enigma del más allá. En lo referente a lo físico, no veo la menor semejanza. El galo es gordo, desgarbado, pelirrubio, de cara redonda. El griego (hablo del antiguo griego, tan diferente en todo y por todo al griego de hoy) era esbelto, dolicocéfalo, ágil.
 ¿Dónde están en Francia los gimnasios (de los que nos dejó Vitruvio una exacta descripción) y las palestras? 



 «El personaje ideal a sus ojos —dice Taine— no fue el espíritu pensador o delicadamente sensible, sino el cuerpo desnudo, de buena raza, bien proporcionado, activo, experto en todos los ejercicios.»
 Luciano, en su apología de la gimnástica, dice que preserva a los jóvenes de la loca ambición de luchar entre sí por fruslerías; que les impide volverse holgazanes, ligeros e imprudentes; que les enseña a defender el hogar, la patria y el honor.
 El origen de la gimnástica y de la agonística (del griego “agón”, que significa lucha) arranca de los tiempos prehistóricos. Desde época inmemorial se celebraban las fiestas de los dioses y el recuerdo de los héroes con juegos solemnes en que la destreza y el vigor muscular desempeñaban el principal papel. En estos ejercicios legendarios estaba ya el germen de los torneos ulteriores, que la legislación de Licurgo y de Solón contribuyó a desarrollar.
 Al francés le gusta la vida sedentaria. Su placer principal consiste en permanecer horas y horas de sobremesa charlando. Claro que su placer se duplica si es una mujer con quien habla.



 El boxeo es sin duda un «sport», pero un «sport» sangriento, despertador de la ferocidad que dormita en el fondo de nuestro organismo. No es un sport sereno, eurítmico. Asistí el otro día a un match de trompadas en Neuilly, ocupada ayer por la feria, con su charivari vulgar y pintoresco de barracas, y hoy, por el mundo elegante, taraceado de los más temibles granujas. Del otro lado de la avenida el Bosque extiende su sombra, tijereteada por ciertos coches de verano que pasean un amor que comienza o que acaba. En 1871 todo esto estaba sembrado de ruinas, al través de las cuales se ametrallaban comunistas y versalleses. Hoy es un suburbio de millonarios. Los automóviles vienen cargados de elegantes «toilettes». En el estadio dos púgiles medio desnudos, los puños crispados, se preparan a la lucha. Un placer nervioso agita a los espectadores. En torno de la arena se alargan unas cuerdas para impedir que los luchadores se arrojen sobre el público.
 Un timbre anuncia el reposo de los combatientes por unos segundos. Les secan las espaldas, les esponjan, les hacen masaje. El pugilato recomienda. El público no ha de ser más heteróclito: mundanas, actrices, literatos, hasta «souteneurs», cuyo tocado característico no permite que se les confunda con el resto de la multitud; alcohólicos, criminales salidos del hampa de París, de Londres y Nueva York, del bulevar de la Gare, de Whitechapel y de Bowery street, esos focos de la basura humana, especie de Bastro de harapos vivos. En uno de estos lugares (en Whitechapel) he visto yo a un mendigo comiéndose... ¡una cataplasma!
 Los boxeadores se acribillan a golpes. De las narices de uno de ellos fluye un chorro de sangre. Su adversario tiene un ojo negro. Los golpes suenan sordamente contra el pecho, contra la cabeza. Los bustos, pálidos al principio, se van volviendo rojizos; las piernas, nerviosas y rígidas, son de una blancura marmórea.
 El espectáculo es monótono. Descanso, lavatorio, masaje y... «reprise». Me fijo en los ojos de las mujeres. Brillan con ardiente sumisión. Estas hembras, que se dormirían de fastidio en el teatro, aquí abren los ojos ávidamente. ¡El cuerpo desnudo! ¡El músculo prominente, el puño agresivo! ¡Qué lenguaje tan irresistiblemente voluptuoso hablan a estas mujeres, eternas perseguidoras de la sensación brutal!
 ¡Cómo hubieran gozado con la «pasión» y muerte del terrorista Juan Rull (ejecutado ayer en Barcelona), de un colorido y de una intensidad genuinamente españoles!


 Con la capucha vuelta (crónicas), París, 1909, pp. 295-301.