sábado, 3 de agosto de 2013

El club de esgrima




 Enrique José Varona

 
 Hablando, hace próximamente un año, de las ruidosas disensiones de los clubs de pelota, escribimos: “Como remedios particulares deben recomendarse la introducción de otros sport, la formación de sociedades gimnásticas, de clubs de esgrima y tiro, que compartan la afición de los jóvenes y aún la curiosidad pública.»
 Con satisfacción podemos registrar que de entonces acá el progreso ha sido constante en este sentido. Subsiste sin menoscabo el base ball, que se va esparciendo con lentitud, pero sin retroceder, por toda la Isla. Tenemos ya dos clubs de regatas, se sostiene la afición al tiro de palomas, y ahora mismo acaba de inaugurarse con una fiesta brillante el Club de esgrima de la Habana. El hecho merece toda suerte de plácemes.
 La esgrima ha contado siempre con profesores y aficionados de mucho mérito entre nosotros. Desde Galleti, que adiestró a más de una generación, hasta los señores Maciá, Berenguer, Cherembeau, Granados, Cardenal y Alonso, que agrupan hoy en torno suyo a la flor de nuestra juventud, nuestras salas de armas han contado con verdaderos peritos, a que debemos buen número de excelentes tiradores. Pero tenemos ahora por primera vez una sociedad que puede reunirlos a todos, y ser un foco permanente de estímulo, de noble emulación y de propaganda. Este es el único medio de que el entusiasmo no sufra intermitencias, y de que la esgrima no pase por períodos de marasmo, como aquel en que cayó a la muerte de Galleti. Y así solamente lograremos que un sport, que merece estar en primera línea, salga del circuito de la Habana y se extienda también por todo el país. Porque una sociedad no debe sentirse satisfecha hasta que no forma otras y otras a su semejanza. Elle doit easaimer.
 Las ventajas de la esgrima presentan dos aspectos, uno puramente gimnástico y otro eminentemente social. Es, como gimnasia, incomparable; porque no solo robustece los músculos, sino que da singular flexibilidad al cuerpo, y rapidez y precisión a los movimientos. Pero es además un gran elemento de reforma social. En países como el nuestro, en que la tradición, las costumbres y los ejemplos se aúnan para mantener en auge el duelo, el único medio de combatirlo victoriosamente es fomentar la esgrima. En tesis general un tirador se bate menos que los que no lo son; y a medida que aumentan los tiradores disminuyen los duelistas. Un buen tirador puede rehúsar tranquilamente un desafío injusto y desdeñar sin rubor una provocación fútil. Su pericia es conocida y su temple está probado. Y no se olvide que lo que perpetúa el duelo es la opinión. Es el temor de pasar por cobarde. Por otra parte, el que confía en su brazo tiene más reposo, más dominio de sí. Lo que constituye una gran ventaja en sociedad.
 Y no terminan aquí los beneficios de la pericia en el manejo de las armas. Los que están avezados a ellas, son naturalmente los llamados a intervenir como jueces y testigos en los desafíos de los demás. Y como conocen toda la extensión de su responsabilidad y pueden medir en cada caso la plenitud del riesgo, es seguro que no tenderán nunca a favorecer un encuentro que decorosamente se pueda evitar. Y esto último, aun para los más quisquillosos, ocurre en el mayor número de casos.
 En el ruidoso proceso a que ha dado lugar ahora mismo en Francia el duelo Habert-Dupuis, ha llamado vivamente la atención la respuesta que dió al jurado el experto M. Féry d'Esclands. A la preguta: ¿Cuál es el primer deber de los padrinos? contestó sin vacilar:— Ir a pedir el duelo.
 De todos modos un nuevo sport que se introduzca o se propague, donde tanto se ha descuidado la educación física, es un bien positivo, una nueva sociedad que se funde, donde ha vivido tan lánguido el espíritu de asociación, es un progreso real; pero además si ese sport y esa sociedad contienen el germen de más de una reforma en las costumbres y en el carácter, el suceso reviste importancia vedadera y merece la atención de cuantos se interesan por el bien y el adelanto de nuestra comunidad.
 Por esto, especialmente, nos congratulamos con la fundación del Club de esgrima.

 Revista cubana, 1888, tomo VIII, p. 91.