lunes, 19 de agosto de 2013

Sarduy: ¿final de obra?





 Pedro Marqués de Armas


 El pasado 8 de junio Severo Sarduy cumplió veinte años de muerto. Aprovechándose de un olvido que no es más que el olvido que siempre hicieron de la literatura, si es que alguna vez pasaron por la experiencia literaria, y que no es sino consecuencia de un academicismo cansando de sus construcciones y ahora de vuelta en calidad de enterrador, ciertos críticos han anunciado por ahí el final de su obra.

 La colocan en una cartografía cubensis que todavía apuntalan con citas de Ortiz y encubren aún de una “Era lezamiana” que suponen, por supuesto, el pecado original de este escritor… Como si no fuera una perfecta disyunción Piñera/Lezama, Caribe/Mar del Plata, etc., y no estuviese invitado a esa ficción futura que los escritores cubanos de hoy no logran producir pero que ronda inevitablemente.

 En este mercado donde los textos cuentan cada vez menos, una opinión de García Vega podría cotizarse mejor que tres páginas de su buena prosa, mientras olvidan sus sólidos vínculos con los poetas neobarrocos y se permiten leer al revés “Un heredero”, sin duda polémico ensayo, pero que leído a la cañona conduce a una idea de la literatura como Casa Pairal. Olvidan además su extraordinaria transversalité y se cargan su estupenda novela Pájaros de la playa.

 Desde luego, toda la obra de Sarduy se defiende sola. Pero Pájaros… –que no avistan– fue su motor de cambio, tanto, que le acercó sin la consabida cosmética (o sólo con la necesaria) a los místicos y al núcleo duro de la lengua española, renovándolo allí, al punto que sale de todo eso una suerte de no-literatura que es también una experiencia misteriosa e indudablemente moderna, de esas que escasean en casi todas las tradiciones.

 ¿Hay una marca Sarduy? Sin duda… Y es tan propia que no se la puede usurpar, al menos no así como así. Como mismo no se puede quedar uno con el relato de unos pájaros que oyeron otros pero ninguno vio. El significante Camaguey (que traen a colación, por lo general, para hundirlo en la ignominia, recordándole, por afrancesado, su punto de partida) cobra ley para diluirse sin peaje en lo sublime del don literario. Porque al final lo que su literatura construye es el vacío; y en este sentido, Cuba es un significante vaciado y puesto a girar. 

 Claro que, como todo escritor, Sarduy pifia. Pero a discreción… La pregunta sería: ¿a qué vienen a cuenta unos siboneyes, un antepasado chino que supuestamente se inventó y hasta el formidable Gadda, sino como sospechas territorialistas o identitarias? Lo primero es puro familiarismo, es decir: miopía. Y en cuanto a Gadda, de qué vale señalar un supuesto error clasificatorio, si pocos lo habrán leído y la comparación con Lezama no afecta a ninguno de los términos.

 Como si existiera un auténtico adentro le reclaman (todavía) lo que todo el mundo sabe: el estructuralismo, el psicoanálisis; que sin embargo no limitaron su escritura o imaginario sino que le permitieron, al contrario, ir más allá de la congelada textualidad. Sarduy arrastra por el moño y con gracia a mucho más que a Auxilio y Socorro: un goce, una risa tremenda, una de las pulsiones figurales más resueltas que pueda concretarse en cualquier estilo.

 Pero lo más cómico es que le culpan de no tener descendencia cubensis, como si la hubiera tenido Piñera; o como si fuera problema suyo que los escritores cubanos de hoy sean más flojos y aturdidos que los tres magníficos del exilio, esos a quienes les preocupó sobre todo escribir, escribir, y escribir.

 En cierta ocasión Sarduy recibió de un amigo la noticia de que ya “no existía”, al haber sido borrado de los anales de la literatura nacional. Expresó que ese olvido prepóstumo no le asombraba en lo más mínimo, pues el exilio era precisamente eso: borrar la marca del origen, pasar a lo oscuro donde se vio la luz. Quienes vaticinan su desaparición dentro de los diversos cánones, llegan invariablemente tarde.

 De un cuaderno de apuntes que llevaba a comienzos de los años 90 tomo lo que escribí al enterarme, por la vieja radio de mi padre siempre pegado al dial, de su muerte:  

 “Foco más resistente de una elipsis entre La Habana y el mundo, acabo de escuchar por Radio Francia Internacional que ha muerto a los 55 años, en París, Severo Sarduy. Tal vez no haya muerto y se trate de una gacela que, para salvarse, se entrega a la nada higiénica artimaña de la hipertelia; algo que simula la muerte pero no es tal… Entonces el cazador se acerca y la gacela, de un salto, se convierte en Buda”.

 Apunte ingenuo, sin duda: no pretende tampoco resucitarle. Hay cosas que están más allá de su fin.