miércoles, 28 de agosto de 2013

Diario de la peste







  Severo Sarduy



  V

  28.I.91

 Reinaldo Arenas: tres rebeliones, En Cuba, muy joven, contra la familia, contra la pobreza y la insoportable mediocridad del campo -recuerdo la melancolía, la tristeza de los atardeceres, como si una muerte se avecinara-; luego, rebelión habanera, contra lo arbitrario de la revolución, la persecución de los homosexuales, la confiscación de los derechos de autor, el caos organizado. Finalmente, en el exilio, concluye su vida revelándose contra la voluntad de Dios, y contra el sida.
 Fue su última libertad. Escoger su muerte. No dejarla en manos de nada. Ni de ese Nadie que la decidió.


  VIII

  1X.11.91

 Pleuresía, en francés, contiene llanto -pleure-; así, de ese llanto imprevisible, que se prolongó por un mes, ahora me quedan sollozos. Me asaltan, mientras duermo, los sollozos de alguien que ha llorado mucho, sin que logre traducir a nadie esta sensación en francés: la palabra, o la noción, no tienen equivalente preciso en ese idioma.
 Pero quizás hay más en la pleuresía: el traumatismo de mi nacimiento, mi deseo, que voy descubriendo lentamente mientras la vida avanza, de no nacer, de no afrontar el aire.
 Nací ahogado. En el estado intrauterino las paredes de la pleura se tocan, están cerradas; el aire del nacimiento las abre. En las secuelas, que padezco, de la enfermedad, está escrita mi pulsión de regreso al estado prenatal, el único feliz, que no sé por qué identifico con el estado póstumo, como si yo tuviera que terminar como empecé: en el ahogo.
 Nacer ahogado. Morir ahogado. Toda muerte, como quiera que se presente ¿no será una forma disfrazada de ahogo?
 Equivalencia de lo prenatal y de lo póstumo. Obsesión de Cocuyo, personaje de mi última novela. La vida se presenta pues como un entreacto, una vigilia entre dos ausencias infinitas. Brusco chispazo del ser.
 La presencia, el estado despierto de la vida ¿implicará un telos, un propósito consciente o no?
 Para algo me salvé de la pleuresía. Sentí, una noche, que un orisha particular, Oyá, responsable de la entrada al cementerio -y que se identifica en el sincretismo católico con Santa Teresa de Ávila-, me rechazaba, o me señalaba con brusquedad que aún no había llegado el momento. Al otro día, inexplicablemente, me desperté sin fiebre.
 Para algo me salvé; es seguro. Pero no he llegado a saber para qué.


 IX

 18.II..91

 Ayer murió mi padre en La Habana. Terminaba de escribir el párrafo precedente cuando llamó mi hermana para dar la noticia. Ya sabía que algo pasaba. Por la mañana había visto una sombra, algo incorpóreo que pasaba, como siempre me ocurre cuando alguien a mi alrededor va a fallecer. Estaba preparado.
 “No sufrió” -me dice mi madre cuando me atrevo a llamar por teléfono para asumir el nombre, el papel de hombre de la familia que la genética ahora me asigna. Murió con la cara entre mis manos. Mi hermana piensa que se dio cuenta de que todos estaban a su alrededor, ocupándose de él, queriéndolo.
 Me reconforta la fidelidad de algunos hombres: todos los escritores cubanos, mis amigos de siempre, fueron al entierro.



 Diario de la peste (fragmentos); tomado de Vuelta, enero de 1994, no. 206, pp. 33-35.