viernes, 18 de septiembre de 2026

Mater

 


Pedro Marqués de Armas

 

Esta vez no fue una llamada,

sino una carta sin remitente

con una fotografía dentro.

 

Duraría una micronésima de segundo 

saber que eras tú, mi gran sepultada. 

 

Ver tu letra y recuperarte, fueron, 

extrañeza y relámpago. 

 

Y así como tu caligrafía 

fugaba hacia el margen,

se imponía esa luz

al centro de la visión.

 

Una foto que habré atesorado

durante años, como si saltara

intacta del cajón -no a la altura

de mi edad, sino de la tuya.

 

Tú en una carreta de bueyes 

(hierática a fuerza de tanta timidez)

entre parientes que nunca conocí 

más que por tu propio 

apunte al dorso.

 

Era esa la letra, 

y esa, la imagen. 

 

La vida es una carta 

que llega a destiempo. 

Finca Santa Isabel, Las Llanadas,

marzo 18, 1949. 

 

Una transparencia.

De una visión salía otra, 

y luego la siguiente.

 

Hasta que la realidad se desplegó toda,

como en transición hacia un sueño,

un sueño más claro.

 

Una explanada sin sol.

Una vega no rumorosa.

Un camino de palmas.

Una calabaza gigante

(como en el cuento de Cenicienta).

Una linde de lianas.

 

Y tú con tu pulsera de oro

con tu nombre grabado, que, 

si mal no recuerdo ganaste 

–¡no nos tocó casa!–

gracias a Jabón Candado.

 

Qué señal es esta

que regala el sueño.

Qué concurso este.

Y qué materia ronda

-si es que ronda- 

entre nosotros.



 Del cuaderno inédito Hartzenbusch 56. Impresiones domésticas. 


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