Pedro Marqués de Armas
Esta vez no fue una llamada,
sino una carta sin remitente
con una fotografía dentro.
Duraría una micronésima de segundo
saber que eras tú, mi gran sepultada.
Ver tu letra y recuperarte, fueron,
extrañeza y relámpago.
Y así como tu caligrafía
fugaba hacia el margen,
se imponía esa luz
al centro de la visión.
Una foto que habré atesorado
durante años, como si saltara
intacta del cajón -no a la altura
de mi edad, sino de la tuya.
Tú en una carreta de bueyes
(hierática a fuerza de tanta timidez)
entre parientes que nunca conocí
más que por tu propio
apunte al dorso.
Era esa la letra,
y esa, la imagen.
La vida es una carta
que llega a destiempo.
Finca Santa Isabel, Las Llanadas,
marzo 18, 1949.
Una transparencia.
De una visión salía otra,
y luego la siguiente.
Hasta que la realidad se desplegó toda,
como en transición hacia un sueño,
un sueño más claro.
Una explanada sin sol.
Una vega no rumorosa.
Un camino de palmas.
Una calabaza gigante
(como en el cuento de Cenicienta).
Una linde de lianas.
Y tú con tu pulsera de oro
con tu nombre grabado, que,
si mal no recuerdo ganaste
–¡no nos tocó casa!–
gracias a Jabón Candado.
Qué señal es esta
que regala el sueño.
Qué concurso este.
Y qué materia ronda
-si es que ronda-
entre nosotros.
Del cuaderno inédito Hartzenbusch 56. Impresiones domésticas.

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