miércoles, 31 de diciembre de 2025
domingo, 28 de diciembre de 2025
Pascin por Girondo
Casi célebre antes de llegar a París,
debido a su colaboración en “Simplicissimus” —donde se consagra como uno de los
mejores dibujantes de la época— Pascin vive un destino tan dramático como el de
Utrillo o el de Modigliani.
Convencido de poder alcanzar lo que se le
antoje, cuando el hastío no le aconseja renunciar a lo que se ha propuesto,
derrocha su talento en todos los cafés de Montparnasse, con un desprecio
absoluto por las alcancías y por el calendario. Los ditirambos de la crítica,
los contratos más ventajosos de los “marchands”, le harán encogerse de hombros.
Con la desolación profunda de ser siempre el que da, acepta todas las
circunstancias que le impidan encontrarse consigo mismo, y si durante un
momento parecería que el vicio lo distrae, al apartarlo de lo trillado, muy
pronto su escepticismo lo persuade de que la muerte es la única aventura digna
de ser vivida.
En cierta ocasión —para referirnos a una de tantas— se encierra con su
mujer y abre la llave del gas, después de convencerla de que es necesario
eliminarse. Cuando comienzan a sentirse intoxicados, oyen los maullidos de su
gato. Pascin se precipita a abrir las ventanas, y feliz, por haberlo salvado,
descorcha una botella. Pocos meses después circula por todos los cafés de
Montparnasse el rumor de que Pascin acaba de suicidarse. La noticia provoca tal
consternación que hasta los más adictos al whisky logran seguir el derrotero
que los conduce a su puerta. En el quinto piso, yace Pascin, en medio de un
charco de sangre. Después de abrirse las venas, como la muerte demorara se ha
colgado con su corbata de un picaporte, no sin antes haber escrito, en la
pared, y con su propia sangre, la célebre exclamación cambroniana.
Aunque nada exprese mejor que este encarnizamiento, el hartazgo que le
procuran los dones con que la vida se propuso agobiarlo, no ha de creerse que
su temperamento, ni su arte, se impregnen de una violencia desesperada.
Demasiado fino y descreído para calarse unas gafas de moralista, si señala el
ridículo, no será con la intención de censurarlo, sino para alimentar su
sonrisa y entretener su desamparo. Pese a ciertos puntos de contacto, esta
actitud no sólo adquiere, así, un significado muy distinto a la de Grosz
—eternamente imbuido de la importancia de su rol de censor—, sino que le
permite complacerse en los desfallecimientos de su propia sensualidad y acallar
algunos instantes su desdén, para deleitarse en las carnes nacaradas de un
desnudo (“Joven recostada”, núm. 25), en los blancos equívocos y en los
violetas enfermizos de “La niña del moño rojo” (núm. 26).
Más dibujante que colorista, su trazo nervioso
y espiritual no consiente que el color llegue a suplantarlo, ni siquiera en las
ocasiones en que se vale de él para acentuar un volumen o envolver sus modelos
en una atmósfera ambigua e irizada. Aunque a través de un empaste que se diluye
en pinceladas vaporosas y en tonalidades marchitas, la sugestión de la línea
conserve su eficacia, rara vez alcanza la libertad que asume en sus dibujos,
los que, sin duda alguna, constituyen la parte más significativa de su obra.
Sin otros alardes técnicos que el empleo constante de las coloraciones
desleídas y el aprovechamiento del escorzo, con el que satisface su necesidad
de imprevisto al ofrecernos las perspectivas menos accesibles, sus óleos dejan
traslucir, sin embargo, una sensibilidad tan exquisita, que no se requiere
recordar sus grandes dibujos coloreados para persuadirse de que Pascin es uno
de los artistas más finos y penetrantes de nuestra época.
“Pintura
moderna” (fragmento), Obra Completa, ed. crítica Raúl Antelo, ALLCA XX,
1999, pp. 296-97.
sábado, 27 de diciembre de 2025
Con Pascin en el Dôme
Ernest Hemingway
Era
un atardecer muy agradable, y yo había trabajado de firme todo el día, y al fin
dejé el piso encima de la serrería y salí atravesando el patio con sus pilas de
madera, cerré la puerta, crucé la calle y entré por la puerta trasera de la
panadería que por delante daba al boulevard Montparnasse, y salí a la calle
después de pasar a través de todos los buenos aromas de pan que llenaban el
horno y la tienda. En la panadería ya tenían las luces encendidas, y afuera se
acababa el día, y caminé en la penumbra temprana hasta llegar al restaurante
del Nègre de Toulouse, donde guardaban nuestras servilletas a cuadros blancos y
rojos metidas en los servilleteros de madera y puestas en sus estanterías,
esperándonos a que fuéramos a comer. Leí el menú multicopiado en tinta violeta
y vi que el plato del día era cassoulet. Sólo leer el nombre ya me dio hambre.
Monsieur
Lavigne, el dueño, me preguntó qué tal marchaba mi trabajo y le dije que
marchaba muy bien. Dijo que me había visto trabajando en la terraza de la
Closerie des Lilas a primera hora de la mañana, pero no me había hablado porque
me vio muy ocupado.
-Parecía usted un hombre perdido en la jungla -dijo
-Cuando trabajo, soy como un topo ciego.
-¿Pero no estaba usted en la jungla, monsieur?
-En la pradera -dije.
Luego
paseé por la calle, contento con el atardecer primaveral y con la gente que
pasaba junto a mí. En los tres cafés mayores vi a personas que conocía de vista
y a otras con las que había hablado alguna vez. Pero siempre había otras
personas a las que no conocía y que parecían mucho más simpáticas, y que en los
atardeceres, cuando se encendían las luces, se apresuraban hacia algún lugar
donde se reunirían para beber en compañía, para comer en compañía, y para luego
hacer el amor. Las gentes que había en los cafés mayores acaso pensaran en lo
mismo, o acaso se contentaban con estar sentados y beber y hablar y darse el
gusto de que los demás las vieran. Las personas que a mí me eran simpáticas,
pero no conocía, iban a los grandes cafés porque allí podían estar solas y
estar juntas. Entonces los grandes cafés eran también baratos, y todos tenían
buena cerveza y los aperitivos costaban precios razonables, claramente marcados
en los platillos en que los servían.
En aquel atardecer, yo meditaba estos sanos, pero escasamente originales pensamientos, y me sentía extraordinariamente virtuoso porque había trabajado bien y de firme en un día en que me moría de ganas de ir a las carreras. Pero por entonces no tenía dinero para carreras, aunque siempre se podía ganar algún dinero precisamente en las carreras, tomándoselo con empeño. No habían llegado los días de las pruebas de saliva y otros métodos para descubrir a los caballos artificialmente estimulados, y el doping se practicaba en gran escala. Pero eso de apreciar las posibilidades de un caballo al que inyectan estimulantes, y notar los síntomas en el paddock y dejarse guiar por percepciones que a veces estaban al borde de lo extrasensorial, y luego descansar en aquellas percepciones un dinero que uno no puede de ningún modo perder, no es manera para que un joven que debe dar de comer a una esposa y un hijo haga carrera mediante el trabajo de todo el día que es aprender a escribir en prosa.
De
cualquier modo que se mirara, seguíamos muy pobres, y yo ahorraba todavía por
medios tales como el de decir que me habían invitado a almorzar, y pasar dos
horas caminando por el jardín del Luxemburgo, y volver a contarle a mi mujer el
soberbio almuerzo. Cuando un tiene veinticinco años y es un peso fuerte nato,
saltarse una comida pone muy hambriento. Pero también aguza todas las
percepciones, y un día me di cuenta de que entre mis personajes abundaban mucho
los que tenían grandes apetitos y les gustaba mucho comer y lo deseaban mucho,
y casi todos estaban pensando en beber una copa.
En
el Nègre de Toulouse bebíamos el buen vino de Cahors, en cuartillos o medias
jarras o jarras enteras, casi siempre diluyéndolo con algo así como un tercio
de agua. En casa, encima de la serrería, teníamos un vino de Córcega que
mostraba gran personalidad y un precio módico. Era un vino muy corso, y uno
podía diluirlo a partes iguales en agua, y seguir recibiendo sus
comunicaciones. O sea que en París se podía vivir muy bien pocasi nada, y
saltándose una comida de vez en cuando y no comprando nunca ropas se podía
ahorrar y permitirse lujos.
Esquivé
el Select porque vi allí a Harold Stearns, y sabía que él iba a querer hablar
de caballos, aquellos animales en los que yo pensaba llenándome de complacencia
moral y de espiritualidad, porque eran las bestias pecaminosas de las que me
había librado. Pagado de mi crepuscular virtud, pasé ante los habitantes de la
Rotonde y desdeñando el vicio y el instinto gregario, atravesé el boulevard y
me fui al Dôme. También el Dôme estaba lleno de gente, pero allí había algunas
personas que habían trabajado.
Había
chicas que aquel día habían trabajado de modelos, y había pintores que
trabajaron hasta quedarse sin luz, y había escritores que bien o mal habían
cumplido una jornada de trabajo, y había bebedores y personajes variados, y a
unos los conocía mientras los demás eran mera decoración.
Entré y me senté a una mesa donde estaba Pascin con dos modelos que eran hermanas. Pascin me hizo una seña con la mano, cuando yo estaba parado en la acera de la rué Delambre, dudando si entrar a tomar una copa o no. Pascin era un pintor muy bueno, y estaba borracho, de una borrachera sostenida y deliberada y llena de sentido. Las dos modelos eran jóvenes y bonitas. Una era muy morena, menuda, bien formada, con una viciosidad falsamente frágil. La otra era aniñada y tonta, pero muy linda, en un estilo aniñado poco duradero. No estaba tan bien formada como su hermana, pero' es que aquella primavera no lo estaba nadie
-La hermana buena y la hermana mala -dijo Pascin-. Tengo dinero. ¿Qué quieres beber?
-Una caña de rubia -dijo el camarero.
-Pide un whisky. Tengo dinero.
-Me gusta la cerveza.
-Si de verdad te gustara la cerveza irías a Lipp.
-¿Y a ti quién te ha dicho algo? -le preguntó Pascin.
-Sí.
-¿Marcha?
-Espero que sí.
-Bien. Así me gusta. ¿Y todo conserva su buen sabor?
-Sí
-¿Cuántos años tienes?
-Veinticinco.
-¿Quieres tirártela? -miró a la hermana morena y sonrió. Lo necesita.
-Ya te la
habrás tirado tú bastante por hoy.
Ella me sonrió con abiertos labios.
-Tiene muy mala lengua -dijo. Pero es bueno.
-Puedes llevártela arriba al estudio.
-No seas cerdo -dijo la hermana rubia.
-¿Y a ti quién te ha dicho algo? -le preguntó Pascin.
-Nadie. Pero yo dije lo que pienso.
-Pongámonos cómodos -dijo Pascin-. El serio joven escritor y el sabio y cordial viejo pintor, y las dos hermosas muchachas, con toda la vida abierta ante ellos.
Allí estuvimos sentados, y las chicas bebían sorbitos de sus bebidas, y Pascin se tomó otra fine à l'eau y yo mi cerveza, pero nadie estaba cómodo excepto Pascin. La morena estaba nerviosa y se exhibía como en un escaparate, volviéndose de perfil y haciendo que la luz destacara las concavidades de su cara, y enseñándome los pechos ceñidos por el jersey negro. Llevaba el pelo corto, liso y negro como el de un oriental.
-Has posado todo el día -le dijo Pascin-. ¿Hay alguna razón para que ahora sigas de modelo de este jersey?
-Me gusta -dijo ella.
-Pareces una muñeca javanesa.
-No lo dirás por los ojos -dijo ella-. Mi estilo es más complicado.
-Pareces una pobrecilla muñeca pervertida.
-Tal vez -dijo ella-. Pero estoy viva. Tú no llegas a tanto.
-Ya lo veremos.
-Muy bien -dijo ella-. Pero exijo pruebas.
-¿No las tuviste hoy?
-Oh,
eso -dijo la chica volviéndose para recoger en su cara la última luz del
crepúsculo. Te puso caliente lo que pintabas. Está enamorado de sus telas -me
explicó. Siempre hace con ellas alguna porquería…
-Quieres
que te pinte y que te pague y que te joda para aclararme la cabeza, y que
además me enamore de ti -dijo Pascin-. Pobre muñeca tonta.
-A
usted le gusto, ¿verdad, monsieur? -me preguntó ella.
-Mucho.
-Pero
usted es mucho mayor que yo -dijo con tristeza.
-Todos tenemos el mismo tamaño en la cama.
-No es verdad -dijo su hermana-. Y ya estoy harta de esta conversación.
-Mira -dijo Pascin-. Si piensas que estoy enamorado de las telas, mañana mismo te pinto a la acuarela.
-¿Cuándo cenamos? -preguntó la hermana. ¿Y dónde?
-¿Cenará usted con nosotros? -preguntó la chica morena.
-No. Iré a cenar con ma légitime…
Así se decía entonces. Ahora dicen ma
régulière.
-¿Tiene
que ir?
-Tengo que ir y quiero ir.
-Vete, pues -dijo Pascin. Y no te enamores de
la máquina de escribir.
-Si me lo noto, escribiré a lápiz.
-Mañana a acuarelar -dijo. De acuerdo, niñas, me tomo otra copa y luego cenamos donde queráis.
-Chez Vikings -dijo la morena
-Yo también -insistió la hermana.
-De acuerdo -convino Pascin-. Buenas noches, jovencito. Que duermas bien.
-Lo mismo te digo.
-Éstas no me dejan dormir -dijo él-. Nunca duermo.
-Duerme esta noche.
-¿Después de los Vikings?
Hizo una mueca, y llevaba el sombrero hacia atrás, encasquetado en la nuca. Se parecía más a un personaje de revista de Broadway a fines de siglo, que a un pintor excelente como era, y luego, cuando se hubo ahorcado, me gustaba recordarle tal como estaba aquella noche en el Dôme. Dicen que las simientes de todo lo que haremos están en todos nosotros, pero a mí me parece que en los que bromean con la vida las simientes están cubiertas con mejor tierra y más abono.
París era una fiesta (Ed. Seix Barral,
1983); traducción: Gabriel Ferrater.
viernes, 26 de diciembre de 2025
jueves, 25 de diciembre de 2025
jueves, 18 de diciembre de 2025
Diez poemas de Guido Ceronetti
Guido
Ceronetti
Muerte de Ignacio Felipe Semmelweis
¡Ah cuántos muertos demasiado excavados
Cuántos cadáveres de madres ofendidas
Por mi escalpelo, ciudad de larvas,
Tu relámpago infecto castiga!
Sobre la boca de la Melancolía
Que me torcía con su rabia ha puesto
Hambre a un Enigma triste y desmoronado
Con sus manos, a la víctima quejumbrosa
Feroces garfios. Muero.
Ah Skoda, Skoda. Tu consumada *
Mano clínica como un pensamiento
Que acompaña, grave bondad, sentir
Posarme los ojos táctiles sobre el pecho,
Más dulce me es que el rostro de una mujer.
Dime: ¿por qué no dejamos
Aquellos úteros enfermos morir?
¿Querer que la vida perdure
No es crimen, Skoda? ¿No muero impío
Por extraer tantas vidas?
¿Por qué hay un mal en dar la vida
Como en quitarla? ¿Y el dolor
En la ardiente víscera materna
no lo propago yo también dando aire,
Vigilando los lechos donde lo quemaba
La fiebre vomitada por su parto?
¿Por qué cada acto del hombre es malo
Sumado al mal en el incendio humano?
La sabiduría de un hombre que delira
Esta aquí desplegada, la rota lámpara
Suspendida en mi oscuridad, tropieza
Con su peso descolgándose
Sobre mojados escalones: llévame
Del subterráneo al juego de los jardines.
Mi bramido apagado, aferra ya,
Purgada caricia, esta mano especial:
Símbolo del bien que se precipita
A sí mismo en el lamento que lo atrae.
* Skoda fue el gran clínico de la escuela médica vienesa, maestro y protector de Semmelweis. Cuando S. estaba muriendo presa del delirio, por septicemia, estaba a su lado el viejo maestro Skoda.
Respuesta de Carlota Corday interrogada
La bañera del sarnoso ante tu luz
En psoriasis tremenda fulminada *
Tras la puerta cerrada permanece vacía
Ávida de cualquier cosa
Solitaria y ennegrecida pide
Un cuerpo que se descama,
Y su sangrienta sombra
Mi mano de improviso castiga
En fuga de una puerta vigilada
-Cada uno tiene su Marat. Póngase el hombre.
Golpes para una audiencia delatora.
Susurrándole cauto, la boca obscena
La hiel sombría, la infecta espalda
Con el puñal que enterrado se limpia
Día y noche golpeando.
Hasta que caiga sobre ti el suplicio
Del brazo severo que tú hieres –
* psore alude a la dermatosis de Marat, il rognoso (sarna). La bañera donde estaba inmerso es "fulminada" por la luz de Carlota.
Versos para "La Toilette" de François Boucher *
Como una oscuridad que hacia la noche
Se oculta, el cuerpo desapareció
En la cueva diurna de los ornamentos,
Y el puñal del que lamer su punta
Enfundado de pliegues como un gato
En una transacción de falso sueño
Entre mamparas, espejos, pulseras, cepillos
Y fuegos en agonía ni siquiera una flor
Pero de la flor más extraña la fuerza arcana
Hela aquí: todo lo sombrea y reconduce
Donde tiene luz la noche
En el círculo de la nocturna
Emanación, Norte fijo,
Mira cuántos sumisos cuantos perdidos
Cuántos extorsionados por su abismo;
El nicho vacío, húmedo de huellas
De ilimitadas armas, de telones de fondo
Oscura escena, los barrotes lima
De la moderación con su evadirse,
Mientras les llama por los conductos
De seda azul y blanca a su noche.
*Estaba en la colección Thyssen de Vila Favorita en Lugano.
Ahora se encuentra en el Prado.
Correo del comandante de la compañía ciclística
Parece un rincón de Holanda
En los tonos consumados de un Vermeer,
No es más que una humilde fotografía
De un Comando en un Véneto perdido.
Pero su triste rigor, el contenido viril
Tienen corazón de tiempo, fibra de ignoto.
Una agonía de sombras, la silla de nadie,
Una ventana Nórdica; y sellos, fechas,
Nombres escritos en tinta sobre postales alineadas.
Todo soplado, enviado ya...
Municiones de vida todas disparadas…
Mientras se marcha hacia la Apatía,
Dice atrás la trompeta Nostalgia.
Todos duermen
El hombre duerme.
La mujer duerme.
El león, cuando nada lo disturba, duerme.
Los amantes, abrazados, incómodos, duermen.
Los niños, interminablemente, duermen.
Los astronautas, mediante trucos, duermen.
Los curas, en el confesionario y durante la misa, duermen.
Los rabinos, después del sonido del shofár, duermen.
Los imanes duermen.
Los brahmanes duermen.
Las Carmelitas Descalzas, aunque poquísimo, duermen.
Las moscas pegadas a los cristales duermen.
Los ladrones, tras un buen golpe, duermen.
Los elegidos por el pueblo,
en las banquetas de la Cámara, duermen.
Los viejos en los asilos duermen.
Los anestesiados, sobre la mesa de operaciones,
duermen y duermen.
¿Quién es el que no duerme?
Yo.
¿Por qué, maldita sea, yo no?
¿Por qué, por cuál culpa que ignoro, no duermo, yo?
Y tú, Sueño mío, ¿por qué me abandonaste?
Escapar a la Verónica
A la Verónica como un cuenco de oración
A la Verónica de los lienzos que lagrimean
Toda energía untuosa, estrella invitada del peregrino,
La dolorosa luz humedece el Calvario.
Verónica
surco de la mañana
Verónica
gallo de la tarde
Verónica
inmersa en sudores
Ombligo
saliente, ola de proa
¿Quién contó las apariciones del amor infinito?
Esta es la tierra del millón y uno
De gestos sobrehumanos que a la humana
Forma se inclinaron y cuyo nombre suena
Verónica para los desesperados que lo esperan
Cuando la oscuridad del hombre está en las gargantas
Tigre de los desgarrados, la ilesa Verónica
Cuerpo es de lámpara y conoces el final.
Verónica
surco de la mañana
Verónica
gallo de la tarde
Verónica
inmersa en sudores
Ombligo saliente,
ola de proa
¿Nadie viene, dices? ¿Y Verónica?
Viene porque la tierra de las cruces
Vibra al suspendido gong de los milagros,
Verónica ni griega ni católica
Hormiga de las dunas del dolor.
El dragón
Con millones de cabezas tenebrosas
El dragón humano tupe los resquicios de la luz,
La garganta de la vida.
En los oscuros sepulcros de hormigón
Lo Abierto es maldito y lo Vasto ciego.
Maya
Ve en la debilidad de lo finito
Ve en la falsedad de lo acabado
Nunca más en el desvanecimiento de lo finito
Labios polvo de lo infinito
La ofrenda de alegría más que el cuerpo
El don descarnado del dolor
A ti que languideces la aparición
La gloria de amar la sombra
A las mujeres que pasarán
Tocando y no la tierra
La dura ciencia de la imperfección
agotable de las pasiones.
Después del espectáculo
Ven,
alegría propia de los vencidos:
Al
reaparecer los rostros, transcurrida la hora,
En
el espacio doliente y fatigado
Entre
olores taurinos ¡hay un Mal penetrante!
Hija
del anciano ciego, puedes desprenderte *
De
mi brazo, llegamos el final
De
un viaje admirable.
*La hija del viejo ciego es Antígona.
Capítulo
El
hombre de Oriente ofrece su cráneo como incensario
Su
bigote es la gloria del relicario
El
hombre de Oriente manipula Sombras*
Los
ritmos de la materia con el prepucio de la lengua
El
hombre de Oriente se aparta de las súplicas
Mira
a la mujer que rociará la herida
La
mujer está allí como una languidez no conquistada
Su
mirada inmóvil atraviesa la multitud exterminadora*
Dicen
que el hombre de Oriente está a punto de declarar
La
guerra al mal, o quizás la guerra al bien
El
hombre de Oriente levanta una flor para no hablar
La
luz que irradia parece agotada
Diez
mil millones de años pasan
El
hombre de Oriente querúbicamente
Planta
constelaciones de manchas al Ungido
Sobre
sábanas de destinos recién lavados
Atanòr arde en la árida jornada
*El hombre de Oriente, extremadamente reacio a revelarse (cfr.
en Deliri disarmati: “L'uscita del cobra”), es naturalmente también un dalang
(manipulador del Teatro de Sombras) y da sonido a los ritmos sofocados (en la
Biblia: con prepucio), deslenguados, de la materia.
*A esta mujer se la puede encontrar tal vez en un cuadro del
Bosco, en medio de una multitud de asesinos.
Morte di Ignazio Filippo Semmelweis
Ah quanti morti troppo scavati
Quanti cadaveri di madri offesi
Dal mio scalpello, città di larve,
Il vostro infetto fulmine punisce!
Sulla bocca della Malinconia
Che mi storceva la sua rabbiosa ha messo
Fame un Enigma triste e sbriciolato
Coi suoi Mani, alla vittima irritante
Feroci uncini. Muoio.
Ah Skoda, Skoda! La consumata tua
Mano diagnostica come un pensiero
Che accompagna, grave bontà, sentire
Posarmi gli occhi tattili sul petto,
Mi è dolce più del viso di una donna.
Dimmi: perché non li lasciamo
Quegli uteri malati morire?
Volere che la vita perduri
Non è crimine, Skoda? Empio non muoio
Per aver troppa spremuto vita?
Perché c'è un male a dare
La vita come a toglierla? E dolore
All'infuocato viscere materno
Dando frescura non ho sparso anch'io
Vegliando i letti dove lo bruciava
La febbre vomitata dal suo parto?
Perché ogni atto d'uomo è male
Aggiunto a male nell'incendio umano?
La sapienza di un uomo che delira *
Eccoti squadernata, la rotta lampada
Prendine dal mio buio, incespica
Col suo peso di spenzolata
Fradicia sui gradini: portami
Dal sotterraneo ai giochi dei giardini.
Il mio bramito spento, ormai purgata
Stringi, carezza, questa speciale mano:
Simbolo è del bene che precipita
Se stesso nel lamento che lo attira.
*Skoda fu il grande diagnostico della scuola medica viennese,
maestro e sostenitore di Semmelweis. Quando S. era morente e in preda al delirio, per setticemia, gli era
accanto il suo vecchio maestro Skoda.
Risposta de Carlotta Corday interpellata
La vasca del rognoso dalla tua luce
Alle psore tremenda fulminata *
Dietro la porta chiusa sosta vuota
Avida di qualcosa
Solitaria e annerita un corpo chiede
Che si desquama, un'ombra laida e sanguinosa,
Una mano improvvisa punitrice
Sfuggita ad una porta vigilata
-Ha un suo Marat ciascuno. Mettici l'uomo,
Bussa per un'udienza delatrice.
Bisbigliandogli cauto, la bocca oscena
Il fiele cupo, l'infetta schiena
Col pugnale che immerso si pulisce
Giorno e notte colpisci
Finché non cali su te il supplizio
Braccio del torvo che tu ferisci.
*psore allude alla dermatosi di Marat, il rognoso. La vasca dov’era
immerso è “fulminata” dalla luce di Carlotta.
Versi per “La Toilette” di François
Boucher
Come una tenebra che via la notte
Si rinasconde, spariva il corpo
Nel covo diurno degli ornamenti
E il pugnale di cui lecchi la punta
Inguainato di pieghe è un gatto
In un finto sonno contratto
Tra paraventi, specchi, armille, spazzole
E fouchi in agonia neppure un fiore
Ma del fiore più strano la forza arcana
Eccola bistra tutto, rinconduce
Dove c’è luce la notte
Nel cerchio della notturna
Emanazione, Nord fisso,
Guarda quanti curvarti quanti persi
Quanti postrati estorti dal suo abisso;
La nicchia vouta, umida di traccia
D’illimitate braccia, di fondali
Oscuri scena, le sbarre lima
Del ritegno col suo sbrattarsi,
Li chiama dai condotti
Di seta azzura e bianca alla sua notte.
*Era nella collezione Thyssen a Villa Favorita di Lugano. Ora è
al Prado.
Ufficio del comandante della compagnia ciclisti
Pare un interno d'Olanda
Nei toni consumati di un Vermeer,
Non è che un'usata fotografia
Di un Comando in un Veneto perduto.
Ma il suo rigore triste, il virile contenuto
Hanno cuore di tempo, fibra d'ignoto.
Un'agonia di ombre, la sedia di nessuno,
Una finestra nordica; e timbri, date,
Nomi scritti ad inchiostro su carte allineate.
Tutto soffiato, portato via ...
Cartucce di vita tutte sparate ...
Mentre si marcia verso Apatia,
Dice arretra la tromba Nostalgia.
Tutti dormono
L’ oumo dorme.
La donna dorme.
Il leone, quando niente lo disturba, dorme.
Gli amanti, abbracciati, scomodi, dormono.
I bambini, interminabilmente, dormono.
Gli astronauti, mediante trucchi, dormono.
I petri, in confessionale e durante la messa,
dormono.
I rabbini, dopo il suono dello shofàr,
dormono.
Gli imam dormono.
I bramini dormono.
Le Carmelitane Scalze, sia pure pochissimo,
dormono.
Le mosche attaccate ai vetri dormono.
I ladri, dopo un bel colpo, dormono.
Gli eletti dal popolo, sui banchi della
Camera, dormono.
I vecchi negli ospizi dormono.
Gli anestetizzati, sui tavoli operatori,
dormono e dormono.
Chi è che non dorme?
Io.
Perché, accidenti, io no?
Perché, per quale colpa che ignoro, non dormo,
io?
E tu, mio Sonno, perché mi hai abbandonato?
Fuga nella Veronica
Nella Veronica come in catino di preghiera
Nella Veronica dei lini che lacrimano
Tutta ungitiva lena, ospite stella del pellegrino,
La dolorante luce umidifica il calvario.
La Veronica
solco del mattino
La Veronica gallo della
sera
La Veronica immessa nei
sudori
Ombelico sorgente, onda
prodiera
Le apparizioni chi le ha contate
Dell'amore infinito?
La terra è questa del milione e uno
Di gesti sovrumani che alla umana
Forma si flessero e il cui nome suona
Veronica ai disfatti che l'aspettano.
Quando il buio dell'uomo è sulle gole
Tigre dei lacerati, l'illesa Veronica
Corpo è di lampada e conosci il fine
La
Veronica solco del mattino
La
Veronica gallo della sera
La Veronica immessa nei
sudori
Ombelico sorgente, onda
prodiera
Nessuno viene dici? E la Veronica?
Viene perché la terra delle croci
Vibri del gong sospeso dei miracoli,
La Veronica né greca né cattolica
Formica delle dune del dolore
Il drago
Con miliardi di teste ottenebrate
Il drago umano tura i varchi della luce,
La gola della vita.
E nei torvi sepolcri betonati
Maladetto è l’Aperto, il Vasto è cieco.
Maya
Vedi nel flebile del finito
Vedi nel finto dello sfinito
Mai più nello sfiorire di un finito
Labbra polvere d'infinito
L'offerta della gioia più che corpo
I dono senza carne del dolore
A te che langui l'apparizione
La gloria di amare l'ombra
Alle donne che passeranno
Toccando e no la terra
La dura scienza dell'imperfezione
esauribile delle passioni
Dopo lo spettacolo
Vieni gioia specifica dei vinti:
Al riapparire i volti, trascorsa l'ora,
Nello spazio dolente e affaticato
Tra odori tauromachici c'è del Male trafitto!
Figlia del vecchio cieco puoi staccarti¹
Dal mio braccio, tocchiamo il termine
Di un mirabile viaggio.
Nota: Todas las notas de Ceronetti.
Versiones: Pedro Marqués de Armas.